La fabulosa tienda de don Cosme González (Parte I)

LA FABULOSA TIENDA DE DON COSME GONZÁLEZ
(Parte I)

Llamada miscelánea, changarro, tendejón o minisúper -por aquellos que buscan imitar de manera mini lo que consideran súper-, la tienda de abarrotes de don Cosme González no es muy distinta a cualquier negocio del mismo estilo que puede encontrarse por todo el país. Ni siquiera es diferente a las otras tiendas que han sido erigidas en algunas esquinas del pueblo de San Felís. ¿Qué es, entonces, lo que hace tan especial a la tienda de don Cosme? ¿Qué característica o particularidad la hace digna de ser referida? La respuesta es bien conocida por todos los feliseños: la de don Cosme es la única tienda en el pueblo que vende felicidad.

Tal vez a usted no le parezca muy extraordinaria una tienda en la que se vende felicidad, pero por ser don Cosme el único en San Felís que la vende, su establecimiento goza de gran aprecio por parte de los pueblerinos. Muchos de ellos recorren los diez largos kilómetros que separan el extremo norte del sur del pueblo, sólo para adquirir un poco de felicidad. Y es que además el buen tendero es muy querido por todos sus clientes; su carácter bonachón y alegre lo hacen una persona muy simpática con quien estar y conversar.

Si hoy mismo fuésemos a San Felís y visitásemos la esquina formada por la intersección de las calles 14 y 19, veríamos gente entrando y saliendo continuamente de un pequeño edificio blanco, bajo las bendiciones de la leyenda “El Señor es mi Pastor” y de un anuncio de Coca-Cola. Si entrásemos, veríamos una gran cantidad de estantes puestos en dos filas que contienen toda clase de productos inútiles y algunos útiles, pero menos populares. Estas dos filas de estantes crean, desde la pared de la izquierda hasta el mostrador a la derecha, tres pasillos por los cuales la clientela puede caminar hacia el fondo, donde se encuentran los refrigeradores, custodios del elíxir del pueblo, la cerveza. Detrás del mostrador de madera vieja y rayoneada veríamos a un hombre de cuarenta años -cuarenta y uno, si fuésemos en agosto- alto, barrigón, de brazos fuertes, completamente calvo, con un grueso bigote sobre una amplia sonrisa en el centro de su redonda cara. Sabríamos por algún presentimiento inexplicable que se trata de don Cosme, su simple imagen nos haría sentir en confianza y recibiríamos con mucho gusto los buenos días -tardes o noches según fuere el caso- que sin duda nos desearía al entrar en su tienda. Si fuésemos en la tarde, encontraríamos junto al mostrador a un niño de nueve años -diez, si fuésemos a fines de septiembre- sentado en un huacalito de madera, con la nariz metida en un grueso volumen de ingeniería genética. Éste sería el escenario que encontraríamos en un día cualquiera, y es en un día cualquiera que se desarrolla nuestra historia.

Llovía, como todos los lunes, cuando Jorge Millán, con sus gafas de pasta, su bufanda veraniega y su mirada de hastío, llegó al pueblo. Jorge es un joven intelectual de veintiocho años -veintisiete cuando visitó San Felís- con fuertes aspiraciones de poeta y escritor, pero con un terrible problema que le impedía realizar sus sueños: Jorge nació en el seno de una familia muy acomodada. No conocía, por tanto, la miseria ni el sufrimiento de ningún tipo. No conocía la pobreza, ni el hambre, ni los horrores de la guerra; no sabía lo que es sudar para obtener el sustento; nunca había enfrentado el dolor de la pérdida de un ser querido; no conocía ni siquiera el desamor y nunca había tenido una crisis existencial, único privilegio del que gozan los acomodados para poder sufrir. Era realmente afortunada la vida de Jorge Millán; tanto, que lo frustraba, pues es por todos bien sabido que el sufrimiento es lo que hace a un buen poeta. Jorge sabía, como todo mundo, que las mejores obras de arte y literatura hablan de miseria y dolor. Pero, ¿cómo podría el joven poeta escribir sobre algo que no conocía? Jorge había intentado de todo para contagiarse del espíritu romántico, melancólico y bohemio que debe tener todo buen artista; incluso había viajado a Bohemia, pero aún así la musa divina se le escapaba. En uno de sus intentos por encontrar inspiración y convencido de que al convivir con gente común y trabajadora de algún pueblito típico lo lograría, los azares del destino y la carretera 51 llevaron a Jorge hasta San Felís. Llegó por la mañana temprano y después de instalarse en el único motel del pueblo y de suministrarse cigarrillos en una farmacia, se fue a pasear bajo la lluvia en busca de la musa deseada.

[Continuará…]

Anuncios

Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en Las siete formas de combate. Guarda el enlace permanente.

Sé brutal

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s