La fabulosa tienda de don Cosme González (Parte II)

LA FABULOSA TIENDA DE DON COSME GONZÁLEZ
(Parte II)

[Leer la Primera parte]

Eran las doce del día cuando el padre Jacinto, cura del pueblo, entró en la tienda de don Cosme, cerrando su paraguas y sacudiendo su sotana para quitarse esas gotitas de agua que, sin absorberse ni secarse, quedan rodando sobre la tela.

-¡Ave María purísima! ¡Cómo llueve!

-¡Asu madre, parece el diluvio universal!- exclamó el tendero -¿Qué se le ofrece, padre?

-Pos nomás la cervecita del medio día.

-Péreme, ahorita se la traigo.

-Que sean dos.

Don Cosme sabía que el cura no habría de caminar hasta los refrigeradores, así que él mismo fue a buscar las dos botellas de cerveza. El padre Jacinto es el tipo de hombre al que le gusta oler nucas, pasatiempo por el que ha tomado más afición desde que llegó a los treinta años de sacerdocio. Por lo demás, es un eficiente ministro de Dios y todos en San Felís lo quieren, en especial las mujeres, los ancianos y los pobres.

Cuando don Cosme regresó con las cervezas, el padre le dijo, -Y también deme dos pesos de felicidad.

El tendero se metió detrás del mostrador y tomó un frasco, del cual sacó la cantidad de felicidad equivalente a dos pesos.

-Van a ser diecisiete pesos en total, padre.

-Gracias, don Cosme, que Dios se lo pague.- y sin que esto sorprendiera al tendero, el cura tomó las cervezas y la felicidad y se fue sin pagar.

Un rato después, llegó a la tienda doña Conchita, una señora muy abusada, ya que era tan tonta, que todo el mundo abusaba de ella. Como no traía paraguas, venía con su vestido y sus canas mojados, y correteaba salpicando entre los charcos, quizá esperando huir de la lluvia. Entró en el negocio y saludó al tendero con su voz chillona:

-Buenas tardes, don Cosme. ¡Cómo llueve, ¿verdad?!

-¡Asu madre, parece el diluvio universal! Buenas tardes, doña Conchita.

La señora se internó entre los estantes de la tienda y empezó a meter en su sabucán los productos que necesitaba y algunos otros que le recordaban buenos tiempos. Pues resulta que doña Conchita era –digo era, porque ya murió- viuda del hacendado don Felipe Suárez, y en otros tiempos podía darse el lujo de comprar jabones y menjurjes de los caros. Pero sucedió que la hacienda de textiles de don Felipe ya no producía nada útil, si bien seguía produciendo lo mismo, y los Suárez empezaron a perder su dinero. Aún así, ellos dos y su hija Conchita vivían cómodos gracias a algunas cabezas de ganado que aún poseía el hacendado. La peor tragedia ocurrió cuando don Felipe, a sus cincuenta y cinco años de edad, falleció de un ataque cardiaco durante una puesta de cuerno, dejando a sus Conchitas dependientes de un capataz más bien canijo que se encargaba de la hacienda.

Doña Conchita terminó de elegir los productos que quería y los llevó hasta el mostrador de don Cosme, quien los tomó de uno en uno y los fue anotando en una libretita. La máquina registradora de don Cosme no funcionaba, y sólo servía para guardar el dinero y para que los niños pegaran sobre ella las calcomanías que les salían en los paquetes de galletas. Por ello, don Cosme no orquestó esa molesta sinfonía de tecleado y pitidos que se oye en los supermercados de las ciudades, y se limitó a abrir el cajoncillo de la máquina para meter el dinero que doña Conchita le pagó. Mientras sucedía este intercambio comercial, platicaban.

-¿Cómo le va doña Conchita? ¿Cómo es que salió a la calle con esta lluvia y sin sombrilla?

-Pues es que, como quien dice, se me olvidó dentro de la camioneta y Conchita la tiene, ¿verdad?

-¿Y dónde andala Conchitacon la camioneta?

-Quesque salió con unos amigos y que se fueron de día de campo, como quien dice, ¿verdad?

Don Cosme se volvió para ver la lluvia y se compadeció de doña Conchita, pues sabía que su hija era de ese tipo de muchachas que llegan con el doctor Gómez con la historia de que habían tropezado y caído sobre un pepino. No era incomprensible esta actitud de la muchacha, porque era la más guapa del pueblo y muy popular entre los varones. La pobre de doña Conchita, ni en cuenta, por más que casi todos en San Felís murmuraban sobre las andanzas de su hija.

-Si quiere le presto una sombrilla, para que ya no se moje.- ofreció el buen tendero. Se agachó detrás del mostrador y cogió un paraguas que le extendió a su clienta.

-¡Ay! Muchas gracias don Cosme.- dijo la señora tomando el paraguas y el sabucán con los productos recién comprados. –¡Hasta luego!- se despidió y salió a la calle, ahora protegida de la lluvia.

-¡Sale!- contestó el tendero, sintiendo en su corazón atacado por el colesterol una profunda empatía por doña Conchita.

-Si algún día llego a tener hijos- se dijo el tendero mientras veía a su clienta alejarse –Ojalá que todos sean varones, para que no me den estos problemas.

Don Cosme no tiene hijos, a pesar de los grandes esfuerzos que ha hecho con su esposa, doña Marcelina. A estas alturas, ninguno de los dos espera ya tenerlos, pero de vez en cuando la idea da dos o tres vueltas en la calva cabeza del tendero. Sin embargo, cuando alguno de sus amigos le pregunta -¿Por qué no te buscas otra que te dé hijos?- él siempre responde:

–Porque con Marce me casé hasta que la muerte nos separe y si el Señor no nos mandó hijos, pos ni modos, por algo habrá sido.- especie rara, este don Cosme.

Pasó media hora de cumbias en la radio de la tienda antes de que llegara alguien más. Frente a la entrada se detuvo la patrulla de policía del estado con matrícula 1138 y de ella bajó el oficial González, hermano de don Cosme, sin preocuparle que su vehículo se quedara a media calle –lo cual de hecho no importaba, teniendo en cuenta el poco tránsito que había. En una mano llevaba un paraguas y con la otra tomaba del brazo a su hijo, un niño moreno, pequeño, más bien menudito, con una mochila colgada a los hombros que se veía demasiado grande para su delgado cuerpecito. Su padre, en contraste, era grande y gordo, y sus lonjas caían colgando por encima del cinturón de su uniforme.

-¿Qué pasó? ¿Todo bien?- saludó el oficial al entrar en la tienda.

-Sí, todo bien. ¿Cómo va la chamba?- contestó a su vez el tendero.

-Pos ahí va. El otro día agarré a unos chamacos, estos que siempre andan juntos… Armando y Fernando. Los agarré chupando allá en la hacienda abandonada y les bajé una buena lana, pero desde entonces ya nada. Ahí sigo con las deudas, ya sabes.

-Pos sí, ni modos. ¿Qué se le va a hacer?

-Bueno, ya me voy. Ahí te encargo al chilpayate.

-Sale.

En cuanto su padre se fue, Luisito caminó hasta el fondo de la tienda y de un rincón cogió un huacalito, que llevó hasta su lugar favorito al pie del mostrador, y se sentó en él, a leer el grueso libro de ingeniería genética que sacó de su mochila.

Ésta es la rutina de lunes a viernes: Luisito sale de la escuela a la una y se va a pasar la tarde a la tienda con su tío. El oficial no lo puede cuidar, porque debe patrullar la mayor parte del día y su esposa, la madre del niño, trabaja desde el mediodía hasta la medianoche en una maquiladora ubicada en un pueblo más grande y no muy lejano. Entonces a Luisito le dan dos opciones: la primera es ir con su tía Marcelina, que es cocinera y en su casa hace platillos para vender. Pero el pequeño prefiere la segunda opción, ir con su tío Cosme, que lo mima y siempre le da dulces y galletas. De cualquier forma, bien podría cambiar de parecer a media jornada e ir con su tía, pues la casa de doña Marcelina (y de don Cosme, desde luego) está junto a la tienda.

Poco después de la llegada de Luisito, empezaron a llegar más clientes, ya que era la hora en que los niños salían de la escuela para usar las monedas que les habían dado sus madres para comprarse golosinas y refrescos. Justo entre una multitud de chiquitos Jorge Millán entró aquel lunes a la tienda de don Cosme y pidió un paquete de cigarrillos, pues es por todos bien sabido que un buen intelectual debe fumar compulsivamente, entre otras cosas, tabaco.

[Continuará]

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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