La fabulosa tienda de don Cosme González (Parte III)

LA FABULOSA TIENDA DE DON COSME GONZÁLEZ
Parte III

[Ver la segunda parte]

Poco después de la llegada de Luisito, empezaron a llegar más clientes, ya que era la hora en que los niños salían de la escuela para usar las monedas que les habían dado sus madres para comprarse golosinas y refrescos. Justo entre una multitud de chiquitos Jorge Millán entró aquel lunes a la tienda de don Cosme y pidió un paquete de cigarrillos, pues es por todos bien sabido que un buen intelectual debe fumar compulsivamente, entre otras cosas, tabaco.

-¿De cuáles?- preguntó don Cosme a su cliente

-De los que sean.

-Don Cosme, don Cosme,- decía un niño que estaba de pie junto a Jorge tratando de asomarse por encima del mostrador para llamar la atención del tendero -¿me cambia estas corcholatas por un hieloco?

-Espérate, Camilo. ¿Qué no ves que estoy atendiendo al señor?

-No importa.- dijo el joven poeta –No tengo prisa. Dele su juguete.- y se hizo a un lado para dejar que don Cosme atendiera al niño. Una vez terminada la transacción, el tendero volvió su atención hacia Jorge.

-Bueno, entonces de los cigarros que sean, ¿no?

-Sí, sí, de los que haya.

Don Cosme, para evitar complicaciones, tomó la primera cajetilla que tenía a la mano y la colocó sobre el mostrador.

-Serían catorce pesos, joven.

Jorge pagó, tomó un cigarro, lo encendió y se puso a fumarlo mientras recorría con la vista los interiores de la tienda y don Cosme atendía a otros niños. Fue entonces que el joven poeta se fijó en Luisito y en su libro de ingeniería genética.

-Disculpe, señor.- se dirigió al tendero -¿Qué está leyendo ese niño?

-¿Ah?- murmuró don Cosme alzando la vista de su libretita de notas –Ah. Es un libro de ingeniería genética.

-¿Y a poco eso le dejan de tarea en la escuela?

El tendero rió –No, ¡qué va! Lo que pasa es que Luisito está terco con que quiere inventar un olmo que dé peras. Ya sabe cómo son los chiquitos.

-Mire nomás, qué chistoso.- en ese momento, Jorge concibió una idea –Oiga, señor. Fíjese que soy escritor y quiero escribir una historia interesante, y pues me preguntaba si usted, que de seguro conoce a mucha gente, no sabría de alguna historia del pueblo.

El tendero lo meditó un momento y luego respondió –No, pos aquí nunca pasa nada. Nomás puros chismes de pueblo que no creo que le interesen para hacer una historia.

-Pues depende de qué tipo de chismes sean…-

-Nada importante. ¡Ah! Espérese, ya sé. Hace algunos años vinieron al pueblo un grupo de gringuitos. Eran unos chamacos, como de veinte años a lo mucho.

-Ajá.- Jorge apoyó el codo en el mostrador para escuchar con mayor comodidad la anécdota del tendero -¿Y qué pasó?

-Pos eran bien raros estos muchachos. Tenían ideas medio mafufas. Llegaron y decían que venían a adorar a los dioses mayas y qué sé yo. Hasta querían hacer ceremonias el día del equinoccio y creo que querían que todos los del pueblo participáramos en ellas. Vivieron aquí como un mes, pero luego empezaron a hacer mucho escándalo.

-¿Escándalo? ¿Por qué?

-Pos empezaron a decir que por culpa dela Iglesiaya nadie adoraba a los dioses mayas y esas cosas. Y pos la gente se molestó y el padre Jacinto juntó a un montón de gente y entre todos los agarraron y se llevaron a los gringuitos caminando, como escoltados, hasta la carretera, donde está el letrero que dice “San Felís a un kilómetro” y ahí los dejaron con todas sus cosas.- don Cosme empezó a reír con el recuerdo –Pinches gringos, están relocos.

-Oh.- musitó Jorge algo decepcionado por el carácter de la historia que le acababan de contar y en parte molesto por la actitud intolerante de los feliseños con los extranjeros, pues todo buen intelectual sabe que cualquiera que practica una religión pagana es interesante, mientras que los cristianos provocan urticaria. La verdad es que Jorge, en lo más profundo de su ser, habría querido que esta anécdota acabara en un abominable linchamiento, para poder así despotricar en contra de las nefastas consecuencias del fanatismo religioso. Sin embargo, para la mala suerte de nuestro joven poeta, el padre Jacinto es muchas cosas, pero no un imprudente y sabe que, por más que se quiera, en esta era de la información ya no es tan fácil hacer canoas.

–Pero yo tenía en mente una historia… trágica y desgarradora; de esas que conmueven, que indignan, que da coraje oírlas.

-¿Como un asesinato o algo así?

-Ándele.

-No, pos de eso nunca ha pasado por aquí. Nomás entre los narcos se matan, pero ésos viven más para allá, por la sierra. Aquí nunca pasa nada de eso.

-¿Y quién se supone que es narco por aquí?

-Mire usted, que yo no sé nada de eso.- don Cosme se cruzó de brazos –Yo tengo mi tienda, mi mujer es cocinera y no nos metemos en esas cosas.- dijo muy serio.

-Está bien. Pues ni modos, tendré que buscar en otra parte…

Jorge estaba a punto de salir de la tienda cuando en ella entró una hermosa muchacha de bellas formas, cabello negro, de mediana estatura y piel morena. El joven poeta no pudo evitar quedársele viendo, pues había dudado que pudiese encontrar a una criatura así en un pueblo como San Felís.

La chica se fue hasta los refrigeradores y sacó de ellos dos caguamas, que le pagó a don Cosme, y salió de la tienda para subirse al asiento del conductor de una camioneta azul vieja y maltratada, en la que estaba de copiloto un joven apuesto y bientratado.

-¿Quién es ella?- preguntó al fin Jorge cuando la camioneta se hubo ido.

-Es Conchita. Y ése que iba en el coche era su novio. Supuestamente están de día de campo, pero ya ve usted con esta lluvia…- insinuó don Cosme

-Si, ¿verdad? ¡Cómo llueve!

-¡Asu madre! ¡Pero si parece el diluvio universal! ¡Qué va a andar de día de campo! Pero en fin, si esa niña sigue así va a acabar embarazada y su mamá no tiene dinero para mantener a un chiquito

-Sí, qué barbaridad. Bueno, pero yo ya me iba…

-Espérese, espérese. Ahí viene el maestro Cacho, él segurito le va a decir algo que le sirva para su libro. Él es muy inteligente.

[Continuará…]

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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