La fabulosa tienda de don Cosme González (Parte IV)

LA FABULOSA TIENDA DE DON COSME GONZÁLEZ
(Parte IV)

[Ver la tercera parte]

-Buenas tardes don Cosme- dijo, con un marcado acento español, el profesor, un hombre de más de cuarenta años y con canas en las sienes. El pedagogo entró a la tienda pasando por debajo de la cascada que se forma siempre en las cornisas de los edificios cuando llueve y que moja más que la lluvia misma. – ¡Jolines! ¡Cómo llueve!

-¡Asu madre! Parece el diluvio universal. ¿Qué se le ofrece, maestro?

-Un paquete de pan para emparedado.

-Ahí agárrelo del estante. Oiga maestro, fíjese que este joven es escritor.- le dijo el tendero señalando a Jorge.

-¿De verdad? ¿Y quiere escribir un libro sobre San Felís?- le dijo el maestro al joven poeta estrechándole la mano.

-Jorge Millán, escritor y poeta, para servirle- se presentó –Pues a lo mejor escribo algo, por eso le preguntaba aquí al señor si conocía alguna historia del pueblo que fuera interesante.

-Ah… muy bien. ¿Y qué le ha contado?-

-Le conté lo de los gringos que vinieron hace tiempo, pero que no le sirve, y le dije que usted sabe más cosas de San Felís y que a lo mejor le decía algo que le pudiera servir.

-Ah… muy bien. Pues verá, joven, que yo no soy un gran conocedor de historias.- dijo el profesor con falsa humildad, tratando en vano de ocultar el hecho de ser de ese tipo de personas que cuando alguien estornuda, estornudan más fuerte, y que si no lo logran, le dirán que conocen a alguien que puede hacerlo. –Pero con gusto le contaré lo que yo sepa. ¿Qué quiere saber?

Jorge calló unos segundos y luego dijo –No tengo ninguna duda en particular, sólo quería saber de alguna historia trágica que haya ocurrido en el pueblo. Pero ahora que lo menciona, maestro, ¿usted sabe porqué San Felís se escribe así y no con Z?

-Claro que lo sé- dijo el profesor, orgulloso de su acervo cultural –Verá, cuando los conquistadores fundaron este pueblo, estaba lleno de gatos, que en latín se dice felis. El san se lo han agregado porque en esa época a todos los pueblos les ponían “san algo de algo”.-

-Mire nomás. Eso es muy interesante

-Sí.- dijo el profesor –Si se fija, a la entrada del pueblo hay un letrero que dice “Bienvenidos a San Felís,la Tolucadel este”. Y junto a él está pintado un minino, porque es el símbolo del pueblo.

-¿O sea que aquí hay muchos gatos?

-No.- dijo don Cosme incorporándose a la plática  -La gente de aquí no tiene gatos; no nos gustan. Y a los callejeros, los matamos.

-Ah, vaya.- musitó Jorge algo confundido

-Si queréis también os cuento otra historia. ¿Sabíais que aquí en San Felís fue inventada la pajilla, o como vosotros decís, el popote?- el tendero y el poeta negaron con la cabeza –Pues bien, antes de que llegaran los conquistadores, los indígenas nahuas de la región usaban pajillas hechas de papel de amate, que en náhuatl se llamaban “pópotl”. Después los conquistadores hispanizaron el nombre como “popote” y lo llevaron a Europa.- esta explicación siempre lograba convencer de su autenticidad a quien la escuchaba; si ésa es la verdadera etimología de la palabra “popote”, yo no lo sé, pero suena lógico, ¿no?

En ese momento, entraron a la tienda los muchachos Fernando y Armando, que en ese entonces tenían quince años. Fernando le decía a su amigo:

-Y que me dice “no me digas”, y le digo “te lo dije” y me dice “te digo que me dijo” y yo “¡no mames!” le digo.

-Sí, es que así pasa cuando sucede.- le contestó Armando

Al ver a los tres adultos presentes, los saludaron con un seco “Buenas tardes” que aquéllos devolvieron con la misma entonación.

-Oigan, muchachos, vengan acá.- les ordenó don Cosme con una amplia sonrisa y los chicos obedecieron –Me dijo mi hermano que los agarró el otro día chupando ahí en la hacienda. ¿Qué pasó?

-Ay, don Cosme.- contestó Armando –Lo que pasa es que fuimos a buscar chaneques, que dicen que hay ahí en la hacienda y se aparecen de noche. Llevamos unas chevas nomás para aguantar el frío. ¡Si le dijimos al poli!

-Además, bien que nos bajó una buena lana.- protestó Fernando.

-Tú no andes de hocicón, chamaco.- le advirtió don Cosme –Porque bien le pudo haber dicho a tu papá y en buen lío te hubieras metido. Mejor que te bajen tu domingo nada más para que se te quite lo burro. Dicen que fueron a buscar chaneques, ¿y no les da miedo que se les aparezca uno?

-No,- contestó Armando alzando la cara en un gesto desafiante –nosotros no creemos en esas cosas y no nos da miedo.

-Y si no creen en esas cosas- inquirió el buen tendero- ¿pa’ qué fueron a buscar chaneques?

No pudiendo responder ante el razonamiento socrático del tendero, los muchachos callaron y se limitaron a tomar de los estantes dos bolsas de papitas y a pagarle a don Cosme. Armando compró también dos pesos de felicidad y al terminar de pagar, los muchachos tomaron sus cosas y se fueron.

Si Jorge hubiera estado en San Felís sólo dos meses después, habría podido oír la historia trágica que tanto buscaba: durante un bailongo –un bailongo es como un merequetengue, pero menos guapachoso-, Armando, bajo la influencia del alcohol y de los celos, usó el revólver de su padre para introducir una bala en el cráneo de Fernando. De inmediato, el novel homicida se escapó del pueblo y se fue a esconder al monte. Hasta ahora, casi un año después, no lo han vuelto a ver. Claro está, que el conocer esta historia no habría sido suficiente para hacer una buena obra literaria… o sí, como todo el mundo sabe.

[Continuará…]

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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