¿Quién vive?

¿QUIÉN VIVE?

-Uno de estos tres aún está vivo.- dijo el Enterrador componiendo una sonrisa maliciosa que dejaba entrever sus dientes amarillos, -Si usted es tan inteligente como dice, sabrá cuál es.- y señaló con uno de sus rechonchos dedos los tres cuerpos desnudos que estaban sentados en posición pensativa, cada uno sobre una gran roca gris y mirando el suelo bajo la poca sombra que les daba un árbol seco y sin hojas.

El Profesor arqueó una ceja que sobresalió por encima de sus gafas oscuras y redondas. Era alto y fornido, tenía el cabello negro y con corte militar, la nariz recta y una actitud hierática. Vestía una bata de médico ajustada y unos pantalones negros; con la mano derecha sostenía un maletín del mismo color.

El Enterrador rió entre dientes. Era un individuo bajo y redondo, de nariz grande y gruesa, con la cara y las barbas sucias de tierra y grasa. Llevaba un sombrero vaquero todo huango por el uso y el color de su ropa no podía identificarse bajo las capas de polvo rojizo que la cubrían.

-Si usted es tan listo, sabrá quién vive.- repitió el Enterrador.

El Profesor dio dos pasos en dirección a los cuerpos y éstos, al sentir su proximidad, se volvieron hacia él con la mirada perdida y empezaron a respirar con ese sonido característico de los cadáveres, parecido al que produce una botella vacía cuando se le sopla.

-Los tres parecen estar muertos.- dijo el Profesor.

-Así es.- contestó el Enterrador con su risa canina -Pero uno de ellos vive. Si usted es tan bueno, sabrá cuál es.

El Profesor se quedó mirando los tres cuerpos con detenimiento. A espaldas de éstos, hacia el oriente, se extendía una llanura yerma y rocosa de color café rojizo con sólo algunos árboles muertos que interrumpían la perfecta monotonía del paisaje. Más allá, en el horizonte, se alzaban las Montañas, rocosas, afiladas y de un color gris metálico, a cuya sola vista el que las contemplaba casi podía sentir cómo le cortaban las palmas de las manos. Frente a los cuerpos, y a espaldas del Profesor y del Enterrador, estaba erigido el Pueblo, todo hecho de madera de un color fangoso entre café y gris. La luz dorada de la tarde iluminaba la escena.

-Tendría que hablar con ellos para averiguarlo.- dijo el Profesor después de un rato.

-Adelante- contestó el Enterrador con tono burlón -Hábleles todo lo que usted quiera.

El Profesor se acercó al primer cuerpo desde la izquierda, se inclinó sobre él y le preguntó: -¿Cómo está el clima hoy?

El cuerpo le dirigió la mirada y respondió con voz gutural:

-Seco y frío, como una mañana de Todos los Santos en la que predomina el olor de las calabazas frescas.

-¡No se necesita estar vivo para darse cuenta de eso!- exclamó el Enterrador.

-Lo sé.- respondió el Profesor con calma -Sólo estoy probando. Verá, a veces no hay una sola prueba contundente para demostrar una hipótesis o resolver un problema de lógica. En tales casos es necesario que todas las pruebas sean reunidas para constituir una especie de metaprueba que…

-¡Ah, ya cállese!- gritó el Enterrador -No me dé cátedra, sólo ocúpese de averiguar quién vive.

-Muy bien.- el Profesor se dirigió hacia el cuerpo de en medio. -Dígame, esa roca que usted utiliza como asiento, ¿es cómoda?

El cuerpo respondió con voz seca y rasposa:

-Tan cómoda como podría serlo una roca dura y afilada una tarde de octubre.

-¡Nada! ¡Eso no significa nada!- aulló el Enterrador, acompañando sus gritos con muchos aspavientos. -Hasta el idiota del Pueblo podría haber dicho algo así. Incluso la viuda de mi hermano dice cosas como ésas, y ella está muerta desde hace muchos años.

-Por el contrario, mi obtuso amigo, esta respuesta significa mucho si se le contrasta con la del cuerpo anterior y significará aún más cuando la analice frente a las otras respuestas que obtendré…

-¡Ta, ta, ta! ¡Menos plática y más manduca!

-Muy bien.- El Profesor le habló al cuerpo del extremo derecho. -¿Qué sentiría usted si en este momento le cortara el miembro fálico con una piedra afilada?

-¡Ah! La típica pregunta.- exclamó el Enterrador

El cuerpo pareció reflexionar por unos momentos y luego dijo con una voz muy clara:

-Supongo que eso dependería del momento en que fuese realizada una acción tan funesta. Si me encontrara en una situación ordinaria, me sería indiferente. Sin embargo, si estuviera practicando el coito…

-¡Guarde silencio, pedantísimo retórico!- exclamó el Profesor muy enfadado -Le he preguntado de una forma nada hermética ni gongorina. Claramente he establecido que la situación hipotética sobre la que usted diserta tan alegóricamente no sería sino, y cito textualmente mis propias palabras, en este momento.

El Enterrador se espantó al ver al Profesor montar en cólera, pues nunca se habría imaginado que tan grave individuo fuera capaz de tales arrebatos. Pero el cuerpo no pareció inmutarse y se limitó a responder con tranquilidad:

-Ahora mismola Lunase oculta tras las Montañas, esperando a que el sol se vaya, para poder salir y llamar a los lobos.

-Éste indudablemente está muerto.- dictaminó el Profesor

-¿Cómo está tan seguro?- inquirió el Enterrador con algo de escepticismo en la voz.

-Al principio trató de imitar mi elegante forma de hablar, pero cuando le demostré que mis habilidades retóricas son infinitamente superiores a las suyas, tuvo que desistir y contestó de la misma manera ambigua que utilizan los cadáveres. Verá, una de las características de los muertos es que por lo general tratan con desesperación de ser tomados por vivos.

-Oh.- dijo el Enterrador con sincera admiración -Sorprendente. Pero aún le falta descubrir quién vive.

-Y así lo haré.- aseguró el Profesor mientras se acercaba al cuerpo de en medio -¿Qué opina usted dela Situación?

-En Infierno corroe desde dentro todos los estatutos dela Fundación. Lamaravilla de la verdad es inalcanzable para todos los conformistas que eligieron el Sistema. Cuando el colapso dela Situaciónse dé al fin, las hojas secas de los árboles bailarán llevadas por el viento y llegará el reino de la noche,la Lunay el otoño. Los gritos y los susurros dejarán de hacerse la guerra y serán libres al fin.

-¡Bah! Un cuento chino parecido al de cualquier mocoso. Eso no significa nada, Profesor.

-Ya lo veremos.- el Profesor se dirigió al cuerpo de la izquierda y le preguntó -¿Le gustaría ser llevado al pueblo y colocado en una cama cálida después de un buen baño?

-No, pues la luz de la tarde aún tiene que hacer llorar mis ojos para que en verdad pueda sentirme cansado.

-Interesante respuesta.- dijo el Profesor -¿Usted qué opina sobre lo que ha respondido este otro cuerpo? -preguntó al de en medio.

-La tarde es joven y la noche es vieja, pues mientras que el sol muere cada ocaso y otro nace en su lugar cada mañana,la Lunasigue siendo la misma antigua matriarca que observa, guía y educa a los hombres desde el inicio de los tiempos. Del sol nada puede aprenderse pues en su infinita vanidad castiga a aquellos que se atreven a mirarlo y porque decide consumir toda su vida en doce horas. Es por eso que brilla tanto, porque se consume a sí mismo demasiado rápido. En cambio,la Lunadestila su luz con sabiduría y por ello trasciende los milenios.

-Lunático, ¿eh?- dijo el Profesor -O por lo menos lo era antes de morir.

-¡Ajá! ¿Entonces concluye que éste también está muerto?

-No dije tal cosa. En mi sentencia anterior, insinué que este individuo ha estado muerto alguna vez, pero en ningún momento aseveré que lo estuviera ahora.

-Usted habla muy bonito, Profesor. Pero ya me impaciento y usted no puede decir con certeza quién vive. Recuerde que debemos regresar al Pueblo antes del anochecer para encender las calaveras y preparar el chocolate, y usted no obtendrá el trabajo a menos que logre convencerme.

-Estoy a punto de llegar a una conclusión.- el Profesor se dirigió al cuerpo de la izquierda y le repitió el discurso que el otro cuerpo había dicho. Al concluir le preguntó -Si usted estuviera vivo y en desacuerdo con el cuerpo junto a usted, ¿de qué forma le respondería?

-Colocaría su cara pálida sobre las filosas cumbres de las Montañas y lo arrastraría desde la cima hasta la sima, para luego bailar con alegría entre sus entrañas desparramadas.

-Y usted,- el Profesor volvió su atención hacia el cuerpo de en medio
-¿qué haría si este cuerpo intentara hacerle tal cosa?

-No podría importarme menos.- respondió el cuerpo.

El Profesor sonrió triunfante, asentó su maletín en el suelo, lo abrió y sacó de él un revólver. Apuntó el arma hacia el cuerpo de la izquierda y dijo: -Perderás esto.-

Entonces el cuerpo entró en pánico y comenzó a gritar y a retorcerse en su asiento de roca, pero cuando el Profesor disparó y la bala atravesó su carne, se calmó y regresó a su postura anterior.

-¿Y usted?- dijo el Profesor al otro cuerpo -¿Qué sentiría si le disparara a usted también?

-Una bala.

-¿Y qué le causaría esa bala?

-Un agujero.

-¿Y qué le provocaría ese agujero?

-Dolor.

-¿Y a dónde lo llevaría ese dolor?

-Hacia una aventura.

-¡Ajá!- exclamó el Profesor -Este cuerpo está vivo.

-¿Cómo lo sabe?- preguntó el Enterrador muy sorprendido y admirado.

-Por sus respuestas, por las respuestas de los otros, pero sobre todo, porque no se espantó ante la pistola. Sólo los muertos temen perder lo que creen que es vida, sin darse cuenta que después de la muerte, de una falsa muerte, su falsa vida seguirá siendo exactamente igual. Sólo quien vive, quien realmente vive, no tendrá miedo de perder la vida y enfrentar la gran aventura de estar muerto.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a ¿Quién vive?

  1. Anónimo dijo:

    Aun no te comento la idea de la novela man, pa cuando fumamos un puro?

Sé brutal

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