De Zombis (Primera Parte)

DE ZOMBIS

I

Fue en el primer segundo del 31 de octubre cuando los muertos de Estados Unidos empezaron a caminar. Los primeros occisos en levantarse fueron los de las funerarias, las morgues y los hospitales. En las prisiones, en los pabellones de condenados a muerte, la frase dead man walking adquirió un nuevo significado.  Pero los que llegaron más pronto a las casas de las gentes bien pensantes fueron los cadáveres de los vagabundos que habían muerto de frío en las calles durante las noches anteriores. Movidos por un hambre malsana y sobrenatural, los muertos andantes partieron en busca de carne viva. Nadie se dio cuenta al principio, excepto las víctimas más inmediatas de aquellos cadáveres caníbales.

En las primeras horas de la mañana, algunos conductores vieron los putrefactos cuerpos cojeando por las avenidas de las ciudades, pero no les prestaron mucha atención. El pánico comenzó a cundir cuando hordas de muertos vivientes entraron en las escuelas para darse un festín con los alumnos y personal docente. Entonces, la gente se dio cuenta de que algo muy malo sucedía. El problema no era solamente que los muertos caminaran y comieran personas, sino que la mordida de uno de estos cadáveres reproducía su condición en la víctima. Así, pronto las ciudades se llenaron de cuerpos deambulantes y los ciudadanos no vieron un mejor recurso que acuartelarse en sus viviendas, tapiar las ventanas, y esperar a que alguien llegara a ayudarlos.

No en todas las poblaciones, sin embargo, ocurrió de la misma manera ni a la misma escala. En algunas ciudades pequeñas de la costa del Pacífico, los vecinos no se enteraron del desastre nacional, sino hasta que la noche del 31 ya estaba muy avanzada. Para entonces, los niños habían salido disfrazados a pedir el tradicional trick or treat y varios adultos, no menos juguetones, celebraban sus propias fiestas de disfraces. Unas horas antes, entre tanta lúgubre algarabía, lo único que se había escuchado por esos lares eran unos vagos reportes sobre asesinatos en masa y comunicaciones interrumpidas en la costa este.

El problema en esas pequeñas ciudades y en esa noche era que un muerto viviente podía pasar desapercibido entre vecinos con atuendos que los hacían verse tanto o más aterradores que aquél. Así que cuando los primeros cuerpos reanimados irrumpieron en las fiestas, no llamaron la atención. Por ejemplo, en la ciudad de Bodega Bay, California, los vecinos sólo se percataron de la inusual situación cuando un hombre vestido de pirata trató de comerse a un niño que pedía dulces por el vecindario. El muerto logró darle al infante un par de mordidas antes de que los adultos presentes consiguieran apartarlo de él y someterlo. Llevaron al extraño (al que consideraron un loco) a la comisaría, no sin que antes algunos de los preocupados ciudadanos fueran mordidos por él. Dos horas más tarde, el niño y los adultos mordidos morían de una extraña fiebre, para resucitar unos minutos después como cadáveres comegente.

Para cuando los habitantes de Bodega Bay sumaron dos más dos, varias docenas de muertos vivientes vagaban por las calles en busca de comida. Y como era Noche de Brujas, muchos de los cuerpos estaban disfrazados, lo que les daba un aspecto doblemente aterrador.

Pronto se propagó el sentimiento apocalíptico y hasta la aldea más pequeña y recóndita del territorio americano se vio afectada por la plaga de muertos vivientes. Aunque la palabra fue pocas veces mencionada y casi nunca tomada en serio, los buenos ciudadanos estadounidenses sabían a la perfección que se estaban enfrentando a los legendarios zombis, que tantas películas y pesadillas nacionales habían protagonizado. La mayoría de la población, como dijimos, se encerró en sus casas, pero hubo algunos grupos de valientes que se armaron y salieron a las calles a cazar muertos vivientes. Por desgracia, las municiones se les agotaron rápido y había muchos más zombis de los que creían, así que tuvieron que volver a sus guaridas.

El gobierno de los Estados Unidos reaccionó de forma bastante tardía. No teniendo un plan para enfrentar una contingencia de este tipo, después de largas sesiones en la Sala de Guerra, se decidió que el ejército fuera enviado a recorrer ciudades, pueblos y carreteras, en busca de zombis para exterminarlos por completo. No obstante, en ese momento los efectivos del ejército estadounidense no eran tan numerosos, pues la plaga zombi había infestado algunos cuarteles y bases militares antes de que se tuviera plena conciencia del problema.

De cualquier forma, la tarde del primero de noviembre, las tropas norteamericanas emprendieron la campaña de exterminio de zombis. El avance de su misión fue lento al principio, pues los militares tardaron en darse cuenta de que la única forma de destruir a los monstruos era disparándoles en la cabeza. Por suerte, los muertos vivientes no mostraban ninguna clase de inteligencia, pensamiento estratégico o siquiera el más elemental instinto de supervivencia, por lo que no huían ni se escondían de las tropas, sino que al contrario, se acercaban en grandes números a los vivos, quizá con la esperanza de disfrutar de un bocadillo.

Las grandes ciudades fueron las primeras en ser liberadas, tras lo cual prosiguió el avance de las fuerzas armadas hacia las poblaciones más pequeñas. Sin embargo, hubo muchas localidades a las cuales nunca llegó el ejército, ni fue necesario, puesto que los cadáveres recuperaron su estatus de cuerpos inertes con los primeros rayos de sol del 3 de noviembre.

Aunque en muchas ciudades se celebró la súbita “muerte” de los zombis como una gran victoria, en la mayoría de los pueblos pequeños (en aquellos en los que aún había sobrevivientes) había un duelo profundo y una sensación de horror que no se superaría con facilidad. En efecto, además de las miles de víctimas que dejó como saldo ese periodo de tres días, los actos de canibalismo cometidos por los muertos vivientes dejaron una huella psicológica casi imposible de borrar. Padres que devoraron a sus hijos; hijos que devoraron a sus padres; amantes que tuvieron que matar a sus amadas para evitar ser devorados por ellas… En fin, cientos de historias trágicas y espeluznantes que fueron recogidas por la prensa internacional los meses siguientes.

Después de ordenar al ejército la rápida cremación de los miles de cadáveres que se pudrían en las calles, granjas y caminos, el gobierno de los Estados Unidos se dio a la tarea de encontrar una explicación a tan funesto fenómeno. Finalmente, la postura oficial de la oficina del presidente fue que la súbita resurrección de los muertos había sido un repudiable acto de terrorismo perpetrado por extremistas islámicos. Así pues, a principios de enero del año siguiente, las fuerzas armadas estadounidenses invadían un país genérico del Medio Oriente.

En la población civil, por su parte, operó la admirable capacidad de los norteamericanos para sobreponerse a las heridas y reconstruir a partir del desastre. Poco después de las masacres ya se estaban erigiendo monumentos, organizando homenajes y agitando banderitas. El impacto psicológico había sido duro y se habían perdido muchas vidas (pueblos enteros quedaron sin habitantes), pero la seguridad de que lo ocurrido no volvería a pasar, las continuas victorias del ejército en el Medio Oriente y, sobre todo, la idea firmemente asentada de que “aquello que no nos mata nos hace más fuertes” permitió a los estadounidenses reanudar su vida normal. Por supuesto, dado el poco interés de los norteamericanos de enterarse de lo que sucede más allá de sus fronteras, lo acontecido durante esos tres días en otros lugares del mundo fue casi por completo desconocido para los habitantes de la Unión Americana. Si se hubieran tomado la molestia de averiguar, quizá habrían tomado mejores decisiones en el futuro…

En todo caso, el orden habitual había sido restablecido y los ataques de zombis se convirtieron en anécdota con el paso de los meses… Hasta que una vez más llegó el 31 de octubre, y los muertos caminaron de nuevo.

Esta vez la población viva tenía dos ventajas; primero, que la alarma se había difundido rápidamente y así muchos pudieron prepararse para el desastre, y segundo, que ya era por todos muy conocido cómo se debía destruir a un zombi. El problema era que, aunque el ejército fue movilizado enseguida, no había suficientes efectivos para llegar a todos los poblados y mucha gente pereció bajo las mandíbulas podridas de los cadáveres antes de que siquiera se atisbara ayuda en la lejanía. Pero lo más terrible era que si la vez anterior sólo se habían levantado aquéllos recién fallecidos, en esta ocasión los muertos más o menos antiguos habían decidido salir de sus tumbas. Así, los vecindarios cercanos a los cementerios fueron los primeros en caer, pues sus habitantes no tenían forma de luchar contra las numerosas hordas de zombis que los asolaron.

Y es que el problema con los zombis era precisamente su número, pues no importaba que los vivos se refugiaran en sus casas si varias decenas de muertos vivientes tenían la fuerza suficiente para derribar las puertas y romper las tapias de las ventanas.

No obstante estas desventajas, el número de víctimas fue menor que el año anterior y fueron muchos menos los casos de canibalismo intrafamiliar, debido principalmente a que la mayor parte de las pocas familias que cayeron en manos de los zombis tuvieron la dudosa fortuna de que sus miembros fuesen devorados todos juntos.

Como la primera vez, los cadáveres perdieron el impulso vital con la salida del sol el 3 de noviembre y empezaron las obras de reconstrucción. Pero ahora la actitud de los sobrevivientes ya no era tan optimista como lo había sido la ocasión anterior. Para los norteamericanos la muerte se convirtió en algo tan aterrador que producía locura en quienes disertaban demasiado sobre ella. Si antes los más sabios y sensatos veían a la muerte como el momento de pacífico descanso eterno, ahora se horrorizaban ante la idea de que quizá ellos mismos saldrían de la cripta convertidos en monstruos sin alma. Si alguien aún gustaba recordar con cariño a sus familiares difuntos, ahora temían que aquéllos resucitaran para ir en busca de la carne de sus parientes vivos.

Nuevas medidas fueron impulsadas por el gobierno. La principal era que se debían cremar todos los cuerpos, sin excepción. Incluso los pocos cementerios que no dieron a luz muertos vivientes fueron profanados y los cadáveres exhumados para podérseles incinerar. Otras medidas consistían en la creación de redes de alerta ciudadana y de cuerpos policiales especializados en la caza y destrucción de zombis.

Ahora que la teoría del ataque terrorista islámico no tenía quien la creyera, excepto uno o dos republicanos, los ciudadanos de Estados Unidos tenían la certeza de que el alzamiento de los muertos se repetiría el año siguiente, por lo que fueron construidos refugios anti-zombi y hubo un incremento sin precedentes en el comercio de armas de fuego de alto calibre.

De nuevo, a casi ningún norteamericano se le ocurrió averiguar qué había sucedido en el resto del mundo durante esos tres días y muy pocos parecieron darle alguna importancia a los reportes que indicaban que entre las comunidades indígenas de Estados Unidos no se hubieran presentado ataques por parte de los occisos antropófagos.

El año pasó a la misma velocidad que pasan los años, a pesar de que a las personas les pareció demasiado corto, y llegó el 30 de octubre. Aunque la mayoría de la población se sentía tranquila sabiendo que todos los cadáveres del país habían sido y continuaban siendo incinerados, no faltaron casos de pánico e incluso de histeria colectiva. De hecho, los habitantes de Freeburg, Pennsylvania, temiendo que sus vecinos se hubiesen convertido en zombis, iniciaron una balacera indiscriminada que empezó a las seis de la tarde y terminó a la media noche, momento en el que el único habitante que quedaba en pie vio levantarse los acribillados cuerpos de sus conciudadanos para iniciar un festín carnívoro. El sobreviviente, un individuo de unos cuarenta años de edad y que antes de ese día jamás había disparado un arma, no pudo defenderse del ejército de los más de trescientos zombis que él mismo había ayudado a crear con sus mal dirigidas ráfagas de metralla.

Además, en la noche del 30, un tren de pasajeros se había descarrilado en medio de un sitio inaccesible y para cuando los rescatistas llegaron, la mayoría de los muertos ya se habían alejado del lugar del accidente, motivados por el hambre. Por si fuera poco, esa misma tarde los doscientos miembros una secta que rendía culto a los zombis cometieron suicido colectivo, y no faltaron algunos trastornados que, tras la muerte de un ser querido en algún punto del año en curso, habían escondido el cadáver con la esperanza de verlo resucitar el 31 de Octubre, como de hecho pasó, pero no de la forma que ellos esperaban.

Súmese a eso que en Estados Unidos mueren a diario alrededor de ochenta personas por diversas causas, que muchos crímenes fueron cometidos durante el año y que sus perpetradores no se encargaron de deshacerse de los cuerpos de forma apropiada, y finalmente, que aún existen muchos cementerios antiguos de los que no quedan lápidas que los señalen. Todo ello permitió que la Noche de Brujas de ese año los muertos tomaran las calles por tercera vez.

Los vivos estaban mejor preparados que los años anteriores y, una vez que se dio la alarma, corrieron a guarecerse en sus inexpugnables refugios. Claro está, no todos podían costear semejantes lujos, así que las personas de escasos recursos fueron las primeras víctimas de la masacre, al igual que todos aquellos que vivían o laboraban en lugares apartados y remotos, como empleados de estaciones de servicio, conductores de camión y huéspedes de moteles en medio de la carretera.

Además, los muertos tenían nuevas ventajas; parecían ser más ágiles, fuertes y astutos que los años anteriores. Ahora huían y se escondían cuando veían aproximarse las fuerzas armadas y sabían utilizar objetos para romper las puertas de las casas y acceder a su nutritivo contenido.

El problema se agudizó cuando la mañana del 31 el presidente de los Estados Unidos se resbaló mientras se daba una ducha y se rompió el cuello. A los pocos minutos, su cadáver desnudo y mojado deambulaba con la intención de obtener carne fresca. El presidente encontró y mató a su primera dama, pero antes de que pudiera devorarla por completo, ella se levantó a su vez convertida en zombi y juntos sembraron el terror en la Casa Blanca, hasta que fueron liquidados por agentes del Servicio Secreto. Desafortunadamente, varios miembros del gabinete fueron mordidos.

La noticia de la muerte del presidente causó pánico entre la población, pues muchos ignoraban que el Estado norteamericano está perfectamente bien preparado para enfrentar la pérdida de su primer mandatario sin que exista peligro de desorganización.

Ésta se suscitó cuando varios ejércitos de zombis irrumpieron en distintas plantas de energía a lo largo de todo el país, y los tiroteos que tuvieron lugar en las instalaciones causaron tales daños que hubo apagones en amplias zonas de la Unión Americana, con la consecuente interrupción de las comunicaciones. Ahora bien, no se sabe a ciencia cierta si los cuerpos andantes entraron en estas centrales atraídos por el olor de los varios empleados que trabajaban en ellas, o con la intención de sabotear las instalaciones, lo cual parece demasiado increíble.

[Continuará…]

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a De Zombis (Primera Parte)

  1. Me ganaste la idea, yo tambien tenia contemplada una mini-historia de zombies proximamente.

Sé brutal

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