De Zombis (Segunda Parte)

[Ver primera parte]

II


La familia Brown vivía en un suburbio de la ciudad de San Diego, California. Compuesta por el padre, la madre, un hijo adolescente, una niña y el abuelo, había sobrevivido íntegra a las dos crisis anteriores. Ahora se encontraban refugiados en su casa, atentos a la información que proporcionaban los medios. Hacia la puesta de sol del 31, no se había divisado ningún muerto viviente por los alrededores, pero esto no calmaba la ansiedad de Benjamin, el padre, que en dos ocasiones se había visto cara a cara con un zombi y de ambos enfrentamientos había salido con vida de puro milagro.

Lo último que supieron por las noticias antes del apagón fue lo de la muerte del presidente, la primera dama y algunos miembros del gabinete. Cuando se fueron las luces, la mente sencilla y clasemediera de Benjamin Brown relacionó de inmediato este hecho con la zombificación del así llamado hombre más poderoso del mundo y consideró que la civilización humana había llegado a su fin.

Como la residencia Brown no contaba con mayor refugio que el sótano y éste tenía dos puertas de acceso, ninguna de ellas muy sólida, Benjamin resolvió que era necesario emprender la graciosa huída. Pero, ¿a dónde?

Entonces el hijo mayor, Danny, comentó algo que había escuchado, no estaba seguro dónde ni cuándo, y sobre lo que había pensado muy poco: que en México no sucedían estas cosas. Los Brown meditaron esa opción por varios minutos; por un lado la línea que separaba a ambos países estaba a sólo unas millas; por otro, no tenían ninguna seguridad de que el fenómeno zombi no se diera más allá de la frontera sur. Al final de cuentas, se decidieron a hacer el intento, pues consideraban que la casa era demasiado vulnerable y que estarían más seguros a bordo de un vehículo en movimiento que como “patos sentados”. Así, subieron equipajes y víveres a su vieja camioneta cuatro por cuatro y se prepararon para hacer el viaje.

Antes de partir, Benjamin se asomó a la calle armado con un bate de béisbol y echó una mirada alrededor de la casa. Aunque no había iluminación, la luna llena permitía observar la cuadra con cierta claridad y Benjamin pudo darse cuenta de que no había nadie por los alrededores, ni vivos ni muertos, e incluso el ruido perenne del centro de San Diego se había apagado. El buen hombre interpretó estos factores como señal inequívoca del Apocalipsis y retornó a casa más decidido que nunca a huir hacia el vecino del sur.

(Lo cierto es que las casas de San Diego estaban llenas de personas, pero éstas se resguardaban en absoluto silencio por temor de atraer a los zombis.)

Los Brown ya estaban preparados para salir cuando de pronto el abuelo cayó desplomado al suelo, víctima de su envejecido y cansado corazón, al cual nunca había cuidado muy bien de todos modos. Los padres e hijos se quedaron atónitos y aterrados frente al cuerpo inmóvil del patriarca, esperando que reaccionara como lo haría un ser humano vivo o que no reaccionara en lo absoluto. Cuando el viejo comenzó a moverse, sus familiares se echaron hacia atrás apartándose de lo que podría ser una horrible amenaza.

-¿Papá?- preguntó Benjamin.

Pero el viejo no respondió, sino que se puso en pie y extendió los brazos hacia su hijo, profiriendo el inconfundible siseo del muerto viviente. Benjamin ordenó a su esposa e hijos que se subieran de prisa a la camioneta, a lo cual obedecieron sin chistar. Entonces, el santo varón se dispuso a destruir a batazos el cráneo de quien había sido autor de su existencia. Cuando el cadáver del abuelo quedó bien muerto, Benjamin se reunió con los suyos y emprendieron el viaje hacia el sur.

La camioneta de los Brown dejó atrás San Diego sin tropezarse con ningún contratiempo. Pero poco más tarde, no muy lejos de la frontera, se toparon con un obstáculo insalvable: un tráiler se había volcado en medio del camino, haciendo imposible el paso. Benjamin detuvo el vehículo y se puso a pensar, mientras el resto de su familia escrutaba la oscuridad buscando señales de vida… o de muertos. Benjamin no había decidido qué hacer cuando Alice, la hija menor, pegó un alarido al ver a decenas de zombis que se acercaban a toda la velocidad que les permitían sus putrefactas piernas. Sin saber muy bien qué hacer, Benjamin tomó la decisión de aventurarse a atravesar el desierto, confiado en que su vieja camioneta no lo decepcionaría.

Danny tenía una brújula, y los Brown no ignoraban que México se encuentra al sur de los Estados Unidos, así que resolvieron seguir en línea recta hacia ese punto cardinal. Así anduvo la familia Brown, atravesando el desierto nocturno, siempre en dirección austral, pero teniendo que dar grandes desvíos cuando se encontraban con campos de matorrales o formaciones rocosas que ni la confiable camioneta podía atravesar. Sin embargo, la oscuridad del camino y lo irregular del terreno hacían en extremo difícil sortear esos obstáculos y la camioneta cayó en una gran zanja, de la cual fue imposible sacar el vehículo.

Los Brown salieron de la camioneta y otearon en todas direcciones con las esperanza de hallar una luz que fuera señal de civilización. Danny divisó una muralla al mismo tiempo que Benjamin descubrió a un grupo de figuras que se les acercaban cojeando y siseando. Aterrados, los Brown corrieron hacia la muralla y la recorrieron a lo largo, buscando una puerta o abertura por la que pudieran pasar. Encontraron una pequeña rotura a ras del suelo y lograron deslizarse por ella. Una vez del otro lado, lo que los Brown temían era que los zombis los siguieran.

Pero no lo hicieron. Los muertos vivientes se quedaron del otro lado, caminando de un lado para el otro con su andar desgarbado, pero sin hacer intento alguno de cruzar la muralla.

Entonces Barbra, la poco participativa esposa de Benjamin, vio a la distancia una luz, que indicaba un poblado. Los Brown, al sentirse a salvo y esperanzados, reanudaron la marcha. Una hora más tarde, cansados y sedientos, llegaron al pueblo de Todos los Santos, Baja California, en donde, para su absoluta sorpresa, parecía que se celebraba un fiesta, pues la música se alcanzaba a oír a las afueras del pueblo.

Tocaron en la primera casa que tuvieron cerca, donde les abrió una pareja de ancianos, que por la cercanía con la frontera, hablaban un poco de inglés. Los norteamericanos, por supuesto, no hablaban una gota de español, pues no es costumbre en su país el mostrar interés por las culturas de aquellos pueblos bárbaros. Como quiera que fuese, los ancianos comprendieron que esa familia estaba en problemas y los alojaron en su humilde morada. El señor salió de la casa dando a entender que iba a buscar a alguien mientras su esposa atendía a los refugiados.

Contrario a lo que los Brown esperaban encontrar, en esa sencilla casa mexicana había luz eléctrica, agua potable, refrigerador e incluso un televisor en la salita de estar. Barbra, venciendo su temor a la infame venganza de Moctezuma, se atrevió a probar del agua fresca que le ofreció su anfitriona.

Unos minutos más tarde llegó el señor con un caballero de mediana edad que se presentó como Jorge Romero. Este personaje era director de la escuela primaria y hablaba la lengua inglesa con bastante soltura. Les preguntó si habían llegado hasta allá huyendo de los carnívoros difuntos y cuando ellos contestaron que sí, el profesor les aseguró que no tenían nada que temer, pues en México no pasaban esas cosas.

Después de una conversación en la que los Brown narraron los pormenores de su aventura tan llena de clichés y estereotipos hollywoodenses, la curiosidad llevó a Benjamin a preguntar si se estaba celebrando alguna fiesta en el pueblo.

A ello el profesor respondió que sí; que de hecho sus anfitriones, los Sánchez, y él mismo, se disponían a ir a la plaza del pueblo para unirse a los festejos, cuando llegaron los Brown. A continuación los invitó a unirse, pues, les aseguró, un poco de jolgorio les ayudaría a olvidar las espantosas experiencias que habían vivido en las últimas horas. ¿Qué hora era, por cierto?, preguntaron los Brown, a lo que el pedagogo respondió que se acercaba la medianoche, momento en que la fiesta alcanzaría su punto máximo.

Los Brown siguieron al profesor y a los Sánchez por las calles del pueblo. Los norteamericanos no podían ocultar su estupefacción al descubrir que había alumbrado público, caminos asfaltados y casas de concreto bien pintadas en aquel lugar que para ellos era como el fin del mundo.

Por fin, el grupo llegó a la plaza. Allí había mesas adornadas con manteles de colores en las que se servían banquetes, una banda de música tocaba las canciones más guapachosas del momento, los niños correteaban entre grandes macetas repletas de flores anaranjadas y de los árboles y postes de luz colgaban tiras de papel de china de colores brillantes. Todo era alegría y vivacidad en un ambiente que olía a pan recién horneado, a tamales y a chocolate caliente.

De entre la multitud emergió un anciano que se acercó a toda prisa hacia el profesor y ambos se dieron un muy afectuoso abrazo. Benjamin se quedó mirando con detenimiento el singular aspecto de aquel viejo. Estaba pálido y ojeroso, y en definitiva había algo en él que parecía fuera de lugar… El santo varón ahogó un grito cuando se dio cuenta de que el hombre que tenía cerca estaba muerto.

El profesor Romero comprendió el espanto del que fueron presa los Brown y se apresuró a explicar:

-Señor y señora Brown, les presento a mi padre.- el anciano, que ahora le daba la mano al señor Sánchez, se volvió para dar las buenas noches a los norteamericanos.

-Como usted se habrá dado cuenta, él está muerto,- prosiguió el maestro –Al igual que muchos de los presentes en esta celebración.

Los Brown miraron a su alrededor y comprobaron que el pedagogo decía la verdad: muertos por aquí, muertos por allá, muertos comiendo, muertos bebiendo tequila, muertos cantando, muertos bailando, viejos muertos contando historias de los tiempos de la revolución, niños muertos jugando con los bisnietos de sus hermanos, muertos, muertos, muertos.

Pero estos muertos eran muy distintos a los zombis que asolaban las calles de Estados Unidos. Éstos no parecían podridos y aparte de su palidez y de una tenue aura luminosa que indicaba que no pertenecían a este mundo, no había nada en ellos que denotara su condición de difuntos. Ellos no apestaban a putrefacción, sino que olían a las flores que les dejan como ofrenda en los cementerios. Sus ojos no mostraban esa mirada viciosa y vacía que hacía tan repulsivos a los zombis, sino que eran apacibles y alegres.

El profesor dejó que los Brown se sobrepusieran a ese primer sobresalto y luego los invitó a sentarse a una mesa, a comer tamales y beber chocolate con él y su padre, y todos los demás parientes muertos que pudieran aparecerse esa noche.

-Mi mamá y mi tía no deben tardar en venir. Fueron a visitar a una hermana suya que está enterrada en un pueblo cercano.

Los Brown se estremecieron ante este comentario. Por fin, Benjamin se atrevió a preguntar -¿Hay muchos zombis por aquí?

El profesor respondió muy serio, -Aquí no tenemos zombis, señor Brown. Aquí tenemos a los fieles difuntos, o como dicen los niños, nuestros muertitos. Llegaron por primera vez hace dos años, el mismo día que en su país empezó la plaga de los zombis. Claro, al principio nos asustamos, pero siempre habíamos tenido la idea de que ellos venían a convivir con nosotros por estas fechas, así que pronto aceptamos este hecho por el maravilloso milagro que es. Para los mexicanos, nada ha cambiado, es sólo que nuestros muertitos se han vuelto… pues… más conspicuos cuando nos visitan. Digamos que antes sólo eran más discretos.

-Entonces, ¿es así en todo México?

-En casi todo. Por desgracia, algunos fufurufos de las grandes ciudades habían dejado atrás la tradición de poner altares para sus fieles difuntos, así que a ellos no los visitaron sus parientes… Pobres, pero ellos se lo perdieron. Es como tener familiares a los que sólo se les puede visitar unos días al año y no aprovechar la ocasión.

-Es increíble.- dijo el buen hombre maravillado –Pero, ¿por qué ocurren las cosas aquí de esta manera, mientras que en América [sic] sucedió el asunto de los zombis?

-No sabría decirle con certeza, señor Brown. Pero supongo que, como ya le dije, las cosas siempre habían sido así. Sólo se han vuelto más notorias. Leí una vez que las comunidades nativos americanos en su país no sufrieron la plaga de zombis. Estoy seguro de que en este momento los indios están sentados alrededor de una fogata recibiendo la solemne visita de sus ancestros. Le repito, las cosas siempre han estado así.

Un grupo de niños, encabezado por un muertito, se aproximó a la mesa de los Brown, intrigados por el aspecto de la gringa güerita que estaba allí sentada, y la invitaron a jugar, a lo que ella aceptó muy entusiasmada. Danny se levantó de la mesa para bailar con una coqueta Adelita que, según le contó, había muerto casi cien años atrás. Benjamin y Barbra se quedaron con el profesor para esperar la llegada de los demás miembros, vivos y muertos, de la familia Romero.

Los Brown permanecieron en Todos los Santos y participaron en las fiestas que se celebraban cada noche. La mañana del 3 de noviembre, los fieles difuntos se despidieron con mucho cariño de sus parientes y se fueron a descansar a sus tumbas. Esa misma tarde, cuando se enteraron de que la plaga de zombis en Estados Unidos había concluido, los Brown tomaron un autobús a San Diego, donde al llegar ayudaron con los trabajos de reconstrucción y saneamiento.

[Concluirá…]

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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