El hijo del sabio o ¡He creado un monstruo!

EL HIJO DEL SABIO

O

¡HE CREADO UN MONSTRUO!

La biblioteca de la casa es un amplio salón con elevado techo y altos ventanales góticos de vidrio grueso. Algunos espacios en las paredes están adornados con pinturas barrocas y tapices; el resto está forrado con libreros, sobrepoblados por volúmenes antiguos y hermosos, de pasta dura y hojas resecas y quebradizas que huelen a sabiduría.

Es de noche y hay una tormenta furiosa allá afuera; las gotas de la lluvia repiquetean con violencia contra el vidrio de los ventanales, que por momentos dejan penetrar el resplandor de los relámpagos. La flama de unas velas se ha extinguido y la habitación ha quedado a oscuras, fría y húmeda, capitulando ante el sitio en que la tiene la lluvia.

En medio del salón hay una gran mesa de roble cubierta de libros y cuadernos; en un extremo de ésta, de espaldas a los ventanales y dormido con los cabellos grises chorreados sobre el Emilio de Rousseau, está Víctor Franco Sanz, intelectual, filósofo, hombre de letras y escritor esporádico de artículos periodísticos. Al pie de la silla que sostiene a este sabio, hay una botella de buen vino tinto a medio vaciar.

Toda esta escena debe ser imaginada en blanco y negro.

Poco a poco se abre la puerta que conduce al resto de la casa y una sombra corpulenta penetra en el salón. Camina con pasos firmes, aunque algo torpes, que producen sobre la duela un ritmo peculiar, como el latido de un corazón enfermo. Los pasos se detienen frente a la mesa. El sabio se despierta de pronto, sobrecogido por algún pensamiento oscuro, al mismo tiempo que un relámpago ilumina al personaje que tiene frente a él. Parece un hombre joven, alto, de rasgos rudos y nariz afilada. Ha apoyado la mano derecha sobre la mesa y en la izquierda porta una antorcha… o un tridente, usted escoja.

Víctor Franco ahoga un grito y se lleva una mano al pecho para calmar su agitado órgano cardiaco. El viejo aguza la vista y en cuanto reconoce a la criatura que tiene delante, se tranquiliza.

-¿Hijo?- murmura el sabio -¿Por qué te presentas así, asustándome de esta manera?

El ser no responde. Tan sólo fija la mirada en el anciano.

-Hijo, ¿qué sucede? ¿Estás bien?

-No padre, no lo estoy. No lo soy.

-¿De qué hablas? No te entiendo.- El sabio se frota los ojos, bosteza y mira de nuevo a su hijo. -Pero ¿qué pasa? Habla, responde.

Aquél permanece callado durante un tiempo y luego murmura: -¿Cuántos años hace que nos vimos por última vez?

El sabio hace un esfuerzo por recordar. -Serán unos diez, si no cuento mal. ¿Por qué preguntas eso?

La criatura no contesta, pasa su mano derecha sobre las cubiertas de algunos libros que están sobre la mesa. Los acaricia. De pronto cierra el puño y golpea la madera con fuerza, haciendo que el viejo se sobresalte.

-¡Diez años! Diez años poniendo en práctica todo lo que aprendí de ti. Diez años de miseria y terror.

-¿Qué? ¿De qué hablas?

-Tú me hiciste un monstruo, padre.- un trueno estalla tras la cabeza del anciano.

-Hijo mío…

El autonombrado monstruo lo interrumpe -Tú me convertiste en un adefesio, en un ser incapaz de encajar en el mundo.

-Pero ¿qué dices? Yo te crié para ser un genio, te di la mejor educación, te inculqué la alta cultura. Te enseñé a leer a los dos años, a los cinco ya conocías a los grandes compositores de la música clásica…

-¿Lo ves? ¿Lo ves?- grita el hijo exasperado -Puras insensateces, puras maldiciones me enseñaste. Me convertiste en un sabio, como tú; me armaste con pedazos de libros y corrientes filosóficas y me hiciste sentir orgulloso de mi acervo. Pero no me advertiste que allá afuera, en el mundo, no cabe un ser deforme como yo. Y allí me arrojaste, sin amparo, para vagar por la realidad como un apestado.

-No te entiendo. Tú eres un joven brillante, un intelectual, ¡un sabio!

-¿Y de qué me ha servido? ¡Los hombres me persiguen! ¡Las mujeres se espantan de mí! ¡Los niños se burlan y me arrojan piedras! Un ser como yo no tiene cabida en el mundo.

-¡Pues dale la espalda a ese mundo, hijo!- grita suplicante el anciano -En él no hay nada para ti, es verdad. Siempre lo sospeché.

-Entonces, ¿por qué me mandaste allí?

-Porque esperaba que con tu inteligencia pudieras hacerte de un lugar en él. Incluso convertirte en líder. Tienes talentos que aquéllos de allá no poseen.

-¡Pero que tampoco aprecian! Nadie allá quiere estos “talentos” que me diste… y en sus líderes, ¡no los toleran!

-Lo sé, lo sé, es sólo que yo quería… yo esperaba… Déjalos, hijo, olvida ese mundo, está lleno de palurdos, ignorantes y analfabetos. Te atacan porque te saben superior a ellos. Ven, ven a nuestro mundo…

-¿Su mundo, padre? No. ¿Para qué vivir en un mundo de fenómenos y adefesios?

-¿Por qué dices eso?

-¡Porque eso es lo que son ustedes! Son tristes monstruos refugiados en sus cavernas mirando con recelo hacia el mundo exterior, indignándose porque aquéllos allá afuera no saben lo que ustedes saben y no leen lo que ustedes leen y no disfrutan lo que ustedes disfrutan, pero en secreto regodeándose de ser unos pocos, unos elegidos, con su absurdo orgullo de iniciados. Ustedes no son personas; son como yo, hombres artificiales.

El sabio no entiende al hijo y lo mira en silencio por un instante.

-Toda la educación que te di… la forma en la que te preparé… Hijo, lo hice todo por ti.

Resuena una estruendosa carcajada que se confunde con los truenos.

-¿Por mí, padre? ¿En verdad lo crees así? No. Lo hiciste por vanidad, por la gloria de tener un hijo sabio como tú… o quizá por un estúpido altruismo egoísta, porque querías dar al mundo otro gran filósofo. Los que son como tú creen que el mundo necesita más como ustedes. Pero no se dan cuenta de que allá afuera son felices sin necesidad de sus conocimientos, ni de su sabiduría, ni de sus libros…- el ser hace una pausa -¿O sí se dan cuenta? Sí… yo creo que ustedes sí lo notan y es eso lo que más les enfurece: que toda su cultura, toda su educación e inteligencia no los hacen más felices que los “palurdos” que viven en el mundo exterior. Por eso les tienen rencor, ¿no es cierto?

-Las cosas que dices no tienen sentido.

-La vida que vives tampoco lo tiene, padre. Como tampoco tiene sentido la vida a la que me he visto reducido a vivir… ¡Tú me creaste y ahora debes afrontar esa responsabilidad!

Los dos personajes guardan silencio. Poco a poco el frío abandona la biblioteca. Detrás de la puerta se distingue un resplandor lejano.

-¿Qué es lo que quieres?- pregunta por fin el sabio a su criatura.

-Nada. Sólo quiero que esto acabe, que no se repita nunca más.

El viejo lo observa extrañado. De pronto siente calor. El resplandor tras la puerta es más potente y más cercano.

-¿Qué es ese olor?- pregunta el anciano.

El ser permanece en silencio.

-¡Fuego! ¡Se está quemando la casa!- el sabio intenta levantarse de su silla, pero el poderoso brazo de su creación lo empuja de regreso a su lugar.

-No, padre, aquí acaba todo. No más sufrimiento, no más regodeo inútil.

El calor se hace más intenso cuando las llamas alcanzan la puerta del salón. El viejo hace un último intento por escapar, pero su hijo lo detiene una vez más.

-Tú te quedas, padre. Nosotros pertenecemos a la muerte.

Las llamas envuelven la biblioteca, corriendo voraces por los libreros, las pinturas y los tapices. El calor, el horror, o tal vez el horror de comprender la verdad hacen que el sabio se desvanezca. El hijo arroja el objeto que tiene en la mano izquierda, toma a su creador entre sus brazos y lo estrecha contra su cuerpo. Entre llamas, lágrimas y risas, la criatura exclama:

-¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!

Y así, en unos minutos, el monstruo y su padre, el monstruo y su hijo, son consumidos por el fuego mientras la tormenta alcanza su clímax.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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4 respuestas a El hijo del sabio o ¡He creado un monstruo!

  1. Me encantó tu cuento, muy propio para el día del padre y muy puntual en el tema que maneja; conozco a un grupito de “privilegiados” a los que les caería muy bien, se los ´recomendaré.
    Saludos.

  2. Me agradó el cuento. Congratz.

  3. Lician dijo:

    BRUTAL ERES TU! M LLAMO DEMASIADO LA ATENCIÓN TU CUENTO! M PUSO A PENSAR…

Sé brutal

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