La sed

LA SED

Afuera llovía a torrentes, pero en su habitación la sequedad era insoportable. Dormía, pero alcanzaba a percibir el ruido de la lluvia en su ventana. En el sueño se encontraba en una casa vieja y polvosa con las paredes cuarteadas y los pisos que crujían. Tenía calor. Y sed. Mucha sed. Pero en la casa no sólo no había nada que beber, sino que su onerosa sequedad parecía chuparle el agua del cuerpo. Vio sus manos agrietarse y sintió perder la flexibilidad de sus músculos. Su boca estaba hecha lodo y le era imposible tragar. Cada inhalación era una corriente de are desértico que punzaba su garganta. Los ojos le dolían y el calor lo sofocaba. Corrió por toda la casa buscando una salida. Podía escuchar el agua afuera, más allá del sueño, pero no sabía dónde estaba, ni cómo llegar a ella. Sólo encontró una ventana y vio la lluvia caer afuera, generosa, apetecible, necesaria. Puso su mano sobre el vidrio de la ventana y pudo sentir la frescura de la lluvia allá afuera. Trató de abrir la ventana, pero no pudo. Trató de romper los cristales, pero éstos resistieron. La desesperación más absoluta empezó a apoderarse de su persona.

En el mundo, su cuerpo dormido se revolvía mientras el sonido de la lluvia allá afuera penetraba al sueño. Decidió calmarse. Dejó de moverse y adoptó una arcana postura de meditación. Se concentró y llamó al agua. Pidió que toda el agua que estaba afuera entrara de inmediato. Las paredes de la casa comenzaron a crujir y de pronto cedieron al impulso del agua torrencial. En el mundo, la lluvia cesó.

En el sueño sonrió y se sintió alegre cuando el agua lo rodeó y lo cubrió hasta la cintura. Agua fresca, limpia, suave. Sumergió su mano izquierda en ella y se la llevó a los labios. Algo estaba mal. Podía sentir la textura del agua llenar su boca y pasar por su garganta, pero no percibía su humedad, ni su sabor, ni su frescura. Su sed no se apagaba. Bebió y bebió cada vez con más desesperación. Se sumergió en el agua y descubrió que podía respirar bajo ella, pero que por más que la bebiera la sed era más y más terrible.

Despertó con profunda angustia en el pecho, mas se tranquilizó al comprender que sólo había estado soñando. Claro, pensó, la sed es real y el agua era de sueño, y no se puede apagar sed verdadera con agua soñada. Se levantó y fue a la cocina. Buscó agua en la garrafa, pero ésta estaba vacía. Abrió el refrigerador, pero no había una sola gota de líquido en él. Ni agua, ni jugo, ni leche, todos los envases estaban vacíos. En el congelador no había hielo, ni siquiera escarcha y el frío que provenía del interior del aparato era seco, como el del desierto nocturno.

Abrió los grifos, nada salió de ellos. Buscó en los retretes y en el tanque. Nada. Ironía de un universo cruel, había dejado una casa inundada de agua de sueño, para despertar en una casa seca de sed real. Salió a la calle y vio que todo estaba seco. No quedaban huellas de la lluvia en la tierra y no había una sola nube en el cielo. Un arroyo que corría cerca se había secado por completo. Las hojas de los árboles y la hierba eran del color de la tierra. Los vecinos salieron de sus casas, todos agobiados por la sed y clamando por líquido para satisfacerla. ¿A dónde se había ido el agua?

Recordó entonces que la casa de su sueño se había inundado cuando se concentró en llamar al agua que llovía afuera. Entendió que había trasladado el agua del mundo al sueño. Intentó concentrarse, llamar al agua de nuevo, pero no lo logró. En el sueño la mente tiene poderes que en el mundo se ignoran. Volvió a dormir con ayuda de drogas que le costó un sufrimiento indescriptible tragar. En el sueño volvió a la casa, en donde ahora estaba toda el agua del mundo. Trató de beber, pero el agua no apagó su sed. Trató de concentrarse, de volver a enviar el agua al mundo, pero la desesperación se lo impedía y el esfuerzo hizo que despertara.

El mundo se había secado. La gente comenzó a deshidratarse a gran velocidad. Sus cuerpos se volvían polvo de inmediato. Algunos trataron de extraer la sangre de los animales e incluso de otras personas, pero ésta brindaba un alivio muy efímero y se coagulaba con repugnante rapidez.

Durante unos días de agonía los hombres y mujeres del mundo sólo pudieron ver el agua en la brevedad del sueño. Cada vez que visitaban el sueño bebían hasta que las quijadas y los brazos les dolían, pero no podían saciar su sed, porque el agua de sueño no puede aplacar la sed real. Al final quedó un mundo seco sin nadie que lo habitara y un sueño inundado sin nadie que lo soñara.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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