Heme aquí…

HEME AQUÍ…

…frente al Dragón. Mi espada está desenvainada, mi yelmo está ajustado, y cada tendón de mi cuerpo se prepara para saltar al combate. Pero no estoy listo. Las palabras que necesito pronunciar para vencer a la bestia se refugian temerosas en un recoveco de mi mente; mi boca se abre poco a poco, pero ningún sonido surge de ella. Debería poder mirar al Dragón a sus ojos de fuego y ponzoña, y gritarle altivo: “¡No te temo!”, pero no puedo. Estoy aterrado y él lo sabe, y olfatea el aire para degustar el aroma de mi miedo.  Me quedo en trance ante su sonrisa y no me percato de que una de sus zarpas cae sobre mí. Me toma como si fuera un muñeco, me sacude en el aire, y me golpea contra las paredes del calabozo. Al final, cuando estoy deshecho, me arroja hacia la noche por una ventana, y yo sólo quiero caer, caer para siempre.

No abro los ojos sino hasta que toco el suelo. Aquí me siento tan bien, tan seguro; aquí la noche me arropa con estrellas sobre un lecho de hierba aterciopelada. Pero en medio de mi soledad perfecta y tranquila, se alza la Torre. Me levanto y la miro. ¿Por qué quería subirla? ¿Qué hay en ella que deseo tanto como para haber pasado los peligros que alberga, y al final haber enfrentado al Dragón? Ah, es cierto. Más allá de todos los riesgos y del Dragón que se asienta como un sultán sobre ellos está mi doncella, esperando en el calabozo más alto. Es por ella que debo subir.

Me preparo una vez más, tomo mi espada, me ajusto el yelmo, me cuelgo el escudo al hombro, doy un suspiro profundo y avanzo haciala Torre, cuyas puertas se abren como empujadas por viento imperceptible y, después de dejarme entrar, se cierran con un golpe seco.

Estoy ahora en el primer calabozo, un cuarto redondo iluminado por una gran hoguera al centro. A mi alrededor, un millar de espejos cubren las paredes. Cada espejo refleja una imagen deformada de mí mismo: unos me muestran débil, moribundo y suplicante; otros como un fenómeno deforme, y otros como un monstruo furioso. Cada uno de los reflejos me mira y se burla. Los ignoro, levanto mi espada y con todas mis fuerzas golpeo los espejos, que se hacen añicos, sólo para volverse a unir, cada vez más rápido, cada vez más resistentes. Sigo destruyéndolos y espero que detrás de alguno aparezca un pasadizo por el cual pueda llegar al siguiente nivel.

Al fin, atisbo el pasaje detrás de un espejo y, antes de que sus fragmentos se junten de nuevo, con rapidez me deslizo por él. Subo unas escaleras y llego al segundo calabozo.

Es una pieza oscura, con una sola ventana por la que entra la luz de la luna. No hay escaleras ni pasajes para subir al siguiente nivel, sólo un montón de rosas que cubren el suelo. Me quito los guantes de la armadura, tomo las rosas y con sus mismos tallos comienzo a atarlas una con otra para hacer una cuerda. Sus espinas penetran mi carne y derraman la sangre que da color a estas flores; duele mucho, pero necesito hacer esto para seguir. Una vez que la cuerda de rosas está lista, me asomo por la ventana y miro hacia arriba. A unos metros, tallada sobre la pared de la torre, hay una abertura que lleva al tercer calabozo. Arrojo un extremo de la soga y logro sujetarlo a una gárgola con forma de vana ilusión que sobresale del muro. Comienzo a escalar sin mirar hacia abajo, ignoro el dolor que me causan las espinas cuyas puntas parecen crecer y hacerse más duras conforme se adentran en las palmas mis manos. Estoy ascendiendo con lentitud y constancia, cuando de la nada, a la mitad del camino, se aparecen los cuervos y picotean mi nuca y mis manos. No trato de apartarlos, porque sé que es inútil, así que los ignoro y sigo escalando hasta llegar a la abertura. Entro por ella y me encuentro en el tercer calabozo.

Éste es en realidad un corredor tan largo que el fondo no se alcanza a ver desde donde estoy. El suelo está pavimentado con dolor. Doy un paso y siento que miles de púas se clavan en las plantas de mis pies, a pesar de que llevo las botas puestas. Doy el segundo paso y siento fuego en los dedos. Doy un tercero, y mis botas se deshacen en calor magmático, dejando mis pies desnudos, quemados y sangrantes. Ahora recuerdo el secreto de este corredor: con cada paso que dé hacia adelante sentiré un dolor cada vez más agudo, si doy un paso hacia atrás sentiré alivio y todas mis heridas serán sanadas. Pero si doy ese paso hacia atrás, aunque sea uno solo, nunca podré seguir hacia adelante y por siempre este acceso me estará vedado. Debo entregarme por completo, o no entregar nada de mí. Así que sigo caminando por una infinidad de eternidades, ignorando el dolor, sin mirar atrás, sólo pensando en mi doncella. Por fin, alcanzo una puerta enorme y pesada; con mucho trabajo la abro y paso por ella.

Estoy al pie de una escalera en espiral. De arriba proviene un viento helado cuyo horrendo rugido es la voz del Dragón y que trae consigo miles de flechas de puntas rojas que se clavan en mis piernas, brazos y pecho. Para cuando logro protegerme detrás de mi escudo, estoy herido de muerte. Camino con la lluvia de flechas rojas rebotando sobre el broquel, incapaces ya de hacerme daño. Sin embargo, sé que entre todas esas flechas rojas que me son disparadas sin cesar, hay una sola saeta blanca, con el poder de curar todas mis heridas. Para recibirla, debo dejar que las flechas rojas se claven en mí hasta que aquélla aparezca. Pero tengo miedo. Miedo del dolor que me causan las flechas rojas; miedo de morir antes de que la saeta blanca llegue hasta mí; miedo porque cuando padecí este martirio la primera vez que escaléla Torreno pensé que tendría que vivirlo de nuevo.

Entonces recuerdo que de todos modos estoy muriendo y dejo caer el escudo. Siento cada una de las miles de puntas al rojo vivo clavarse en mi cuerpo. No queda una sola parte de mí que no se vea herida: mis ojos, mis labios, mi pecho… todos perforados por las flechas rojas. Estoy a punto de morir cuando la saeta blanca se entierra en mi garganta. En el acto, la lluvia de flechas cesa, mi armadura queda reparada y mis botas de nuevo protegen mis pies. Sin embargo, a pesar de que todas las heridas que tengo desde que entré enla Torrese ven de pronto sanadas, aún siento el dolor que cada una de ellas me provocó. Suspiro por última vez y subo la escalera hasta el final.

Llego al último calabozo, donde se halla el Dragón. Empuño mi espada, me ajusto el yelmo, me limpio el sudor de la frente y miro al monstruo directo a los ojos. He superado todas las pruebas. He sido sometido a todos los martirios y por partida doble. Ahora estoy listo.

-No te temo.- digo con firmeza.

El Dragón ríe y lanza sus fauces hacia mí, pero yo lo esquivo a tiempo y clavo mi espada en su costado. La bestia ruge de furia y yo de alegría, pero éste es sólo el principio de un combate cuyo final no alcanzo a ver.

Luchamos furiosos por tiempo inmensurable, pero esta vez la victoria es mía. Con mi espada corto su horrenda cabeza y la arrojo por la misma ventana por donde antes él me había arrojado al vacío. De su cuerpo decapitado brota un chorro de sangre negra y hedionda que tiñe el calabozo.

Satisfecho y animado, camino hacia una pared hecha con bloques de roca gris. Cuando la toco, se siente suave y tersa, y la aparto como si fuera una simple cortina.

Ahora me encuentro en un jardín exquisito, con fuentes de agua dulce, pájaros cantores y árboles frutales. Y, entre arbustos exuberantes de flores, está mi doncella, sentada en una banca de mármol, jugueteando con su cabello. Estoy tan emocionado y nervioso que me tambaleo al caminar hacia ella.

Al fin, me paro frente a mi doncella, me quito el yelmo y le hago una reverencia, la miro a los ojos, le sonrío y le hablo:

-He venido por ti.

Ella se asusta al verme y retrocede.

-¿De qué hablas?- me dice.

-He subidola Torre, he matado al Dragón…

-¿Qué has hecho? ¿Por qué?

-Para llegar hasta ti, pues te amo.

-¿Estás loco? ¿Por qué alguien querría subir porla Torre? Eso no sería necesario, ya que existe un camino por este jardín. Todos los hombres que vienen a verme llegan por él.

-Pero… he subidola Torrey enfrentado todos sus peligros y me he desangrado y he padecido martirios terribles… ¡dos veces! Incluso combatí al Dragón y lo vencí… y todo por llegar hasta tu lado.

-No me interesa lo que hayas hecho.- dice la doncella al tiempo que se pone de pie- Ni si quiera sé quién eres.

Entonces me quedo inmóvil y veo cómo ella se va entre los arbustos. Cuando la pierdo de vista, comienzo a caminar de nuevo por donde vine. Es tiempo de volver al suelo.

FIN

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a Heme aquí…

  1. Beto Vélez dijo:

    no gara no gara, tuvo del monton ijin.. te has ganado 13 latigazos y media hora con un burro jareoso jejejeje… pendientes pa la proxima.

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