La mujer que llora

LA MUJER QUE LLORA

 

Nuestro Señor Huitzilopochtli

caminaba sobre las aguas del Gran Lago

bajo el cantar de los cenzontles

-pájaros de cuatrocientas voces-

adornado con el verde color de jade

y envuelto por el enervante perfume de las flores,

cuando en la distancia vio a la diosa Tonantzin

sentada sobre el agua

y llorando chorros de cascadas.

 

“Pero, Señora Tonantzin, ¿por qué lloras?

¿No eres como yo, diosa inmortal,

bendecida con vida y belleza eternas

y poderes que los hombres no comprenden?

¿No eres, madre, hermosa como las montañas,

como las lagunas y las noches de luna clara?

Dime entonces, ¿por qué lloras?”

 

“Lloro, Señor Huitzilopochtli,

por mis hijos, los que habitan Tenochtitlán.

¡Ay, mis hijos! ¡Mis hijos!”

 

“Pero, ¿no son ellos quienes gobiernan

las riberas del Gran Lago?

¿Y no han construido un Imperio

que mira ambos océanos?

¿No les temen los hombres

como a la furia del jaguar?

¿No han levantado la ciudad

más maravillosa y hermosa y de la Tierra?

¿Y no son sus ciencias y artes

de verdaderos hombres sabios,

casi de dioses inmortales?

Dime, entonces, ¿por qué lloras?”

 

“Lloro, Señor Huizilopochtli,

porque he visto a través de los velos del tiempo

y he visto el horror y la muerte

para los que vinieron de Aztlán.

Hombres vendrán del nido del Sol,

traerán ruina a la ciudad de Mexitl,

trepados como lagartijas

en monstruosos venados sin astas,

escupiendo fuego y trueno de los brazos.

Y mis hijos, mis pobres hijos,

sufrirán guerra, sufrirán hambre, sufrirán peste

y la grandiosa ciudad será reducida a cenizas

y las casas serán saqueadas, y profanados los templos;

todo arderá y perecerá.

Los pocos que sobrevivan

servirán como esclavos a los nuevos amos.

¡Ay mis hijos! ¡Mis hijos!”

 

“¿Y crees tú que nosotros,

los dioses que poblamos los cielos,

las aguas, la tierra y el Mictlán,

permitiremos tal destino

para tus hijos, nuestros predilectos?

¿Crees que Tláloc, que controla las lluvias y el trueno,

se quedará inmóvil cuando suceda lo que describes?

¿Crees que Quetzalcóatl no soplará ráfagas de cólera?

¿Crees que Mictlantecuhtli no abrirá las puertas de su reino

para darse un festín con la carne de los enemigos?

¿Crees que yo mismo, que me alimento de la sangre

que se derrama en la guerra y los sacrificios,

que tengo el poder de otorgar la victoria a los guerreros,

permitiré que los invasores se aproximen siquiera

a la ciudad de Tenoch?”

 

“Ay, Señor Huitzilopochtli,

ni siquiera los dioses inmortales sobrevivirán,

pues un Dios nuevo, furibundo, celoso y vengativo,

impedirá su adoración

y el sacrificio, que es su sustento,

y todos ustedes morirán olvidados.

Pero yo, yo viviré para siempre

y vagaré por las ruinas de la Ciudad Imperial

llorando por mis hijos”.

 

Las profecías de Tonantzin se cumplieron;

llegaron los barbados, los extranjeros,

los que comen plomo y visten hierro,

y tras su paso sólo quedó el dolor.

Y se dice que hoy,

en la ciudad que fue Tenochtitlán,

se escuchan los lamentos de Tonantzin,

que aún vaga llorando,

llorando por sus hijos:

“¡Ay, mis hijos! ¡Ay, mis hijos!”

 

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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