Balada del Plomero

BALADA DEL PLOMERO

 

El plomero lleva a cuestas la existencia
de los tubos y las piedras grises,
del agua podrida y del yeso enmohecido.

 

Carga con herramientas oxidadas
y aliento sarroso y decrépito,
para dar vuelta a las tuercas perennes
y a la locura inmóvil.

 

Los días son como la mierda,
y las noches como el goteo.
El tiempo se fuga de rodillas por una rotura en la tubería,
bajo el fregadero, o detrás del retrete.

 

Hay tres direcciones
y ninguna vale la pena.

 

Entonces, por casualidad,
el plomero encuentra el reino de los hongos,
del moho invasor y seductivo que puebla las grietas entre las losas.
Triste, viejo, gordo, calvo y moribundo,
le da un beso a la micótica psicodelia.

 

Sus pupilas se dilatan y su corazón se acelera:
ahora está donde no se está, donde apenas se imagina,
donde bloques de ladrillo rojo flotan en el aire
y las plantas antropófagas crecen hasta el cielo;
donde las cabezas deambulan por los prados y las nubes llueven reptiles,
y las bolas de acero ladran encadenadas;
aquí la interrogación es omnipresente y las tortugas tienen alas.

 

El plomero salta y quiere seguir saltando por siempre,
dar caza al Dragón, salvar a la princesa color de rosa,
cabalgar un dinosaurio y recibir un beso en la nariz.

 

Aquí la existencia no existe, y la vida no se fuga
y todo es color, juego, música y sonido,
y con oro se compra la vida.
Aquí el plomero se llena de hongos que sonríen,
hierbas que vuelan
y flores que lo envuelven con fuego.

 

Los demonios son muchos, surgen del sol y del pasto,
pero pueden ser vistos de frente y confrontados,
no se esconden bajo las piedras grises de la vigilia
ni rascan las frágiles paredes de la cordura
como en las tres direcciones del hastío.

 

El plomero se vuelve invencible, todopoderoso,
y se enfrenta al Dragón, la bestia de fuego,
cuerno, garra y colmillo, abominable y gigantesco,
el miedo eterno, el mal arquetípico y sin fin,
en un castillo que navega sobre el magma.
Mas aquí la muerte no es absoluta,
y no importa cuántas veces sea arrojado a la nada
encogido de hombros,
puede intentarlo de nuevo,
hasta que vence al Dragón,
rescata a su princesa color de rosa
y recibe un beso en la nariz.

 

Pero allá fuera, entre las piedras grises y los tubos cubiertos de orín,
entre la mierda, y el agua podrida que rebosa del retrete,
tirado sobre el moho, con las pupilas dilatadas
y el corazón gangrenoso y retorcido,
su cuerpo moribundo, calvo, gordo, viejo y triste
caduca envenenado de alegría.

 

“¿Puede decirnos su nombre, señor?”,
preguntan los paramédicos, por rutina,
y el plomero, ni aquí, ni en la existencia, susurra,
“Soy yo, Mario”.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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3 respuestas a Balada del Plomero

  1. La Garbanza dijo:

    QUÉ?! MARIO ERA PLOMERO?!?!

  2. Beto Vélez dijo:

    maaaaaa k chingon pero tambien que culero… y luigi??? k pedo no chingues es su carnalito y no hablas de lui him… no?? ma que cosa ragazzo,

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