El amanecer del hombre

EL AMANECER DEL HOMBRE

Europa, hace 20,000 años

 

Los supervivientes huyen.

Los demás han muerto, él está seguro. ¿Quedaría alguien más con vida? Por muchas lunas se han empeñado en fugarse, siempre hacia el poniente, a través de bosques oscuros y espesos, y praderas heladas, casi sin oportunidad para descansar o tomar alimento, sin hallar jamás a otras gentes como ellos. ¿Serían, acaso, los últimos? Onerosa idea, le resulta insufrible y su sencilla mente la combate cuando se le presenta.

No, debe quedar alguien más, alguien con quien refugiarse, alguien con quien unir fuerzas. Es vital que así sea, pues su mujer, fuerte pero agotada, y su hijo, una pequeña y débil criatura, no resistirán mucho más tiempo. No pueden vivir huyendo. No pueden vivir siempre con el temor de que aquéllos los alcancen.

Son crueles, piensa, se complacen en matar y en causar dolor… y también son astutos, taimados, sigilosos… Podrían estar observándome desde la espesura, desde lo alto de la colina, desde atrás de esa roca y no lo sabría hasta que ya estuvieran sobre mí…

Ninguna de las bestias que por eras ha depredado a su gente es tan terrible, tan sanguinaria como ellos, pues en sus seres existe una crueldad innatural, un afán de exterminio, un estado constante de locura asesina. Acosado por estos pensamientos y por recuerdos de los suplicios que su propio pueblo sufrió a manos de los otros, él se ha vuelto temeroso de las sombras, del crujir de la hojarasca, del ulular del viento; lo consume el miedo absoluto y perenne.  Cada noche ha sido una pesadilla; cada momento de reposo él se siente acechado. Sólo la esperanza de encontrarse con los suyos lo alienta a seguir adelante.

Una tarde, hace apenas dos días, la familia se encontró a la orilla del bosque que había estado atravesando por días. Hombre y mujer se quedaron boquiabiertos al contemplar el espectáculo que se desplegaba frente a ellos. Formas que no correspondían a nada que hubiesen visto o soñado se erigían más allá de los árboles y proyectaban sombras frías y depresivas sobre ellos. En su escaso vocabulario no existe palabra para ciudad. Movidos por un temor reverencial e incomprensible, estuvieron a punto de volver sobre sus pasos, pero el padre, después de ponderarlo unos segundos, consideró preferible aventurarse a lo desconocido y no permitir que sus perseguidores les ganaran terreno.

Así, avanzaron con cautela, rodeando los límites del vasto complejo de estructuras ciclópeas, la mayoría de ellas derruidas y cubiertas por la vegetación. Por fin superaron el extraño paisaje y, andados algunos pasos, el padre dirigió una última mirada hacia atrás. En el umbral de un edificio vislumbró a un hombre parecido a ningún otro. Pudo entender que era alto, pálido y lampiño, que estaba desnudo y que sus ojos eran grandes, negros y profundos… pero para el resto de sus atributos no tenía conceptos. En todo el ser había una mezcolanza de sensaciones, entre las que predominaban un profundo cansancio y una noción vaga de antigüedad inconcebible. El hombre extraño le devolvió la mirada con indiferencia y se ocultó bajo las sombras del edificio. Él no dijo nada de lo ocurrido a su mujer y continuaron la marcha.

La noche los encontró en una pradera agradable, donde soplaba una cálida brisa. Recolectaron algunas bayas y encendieron una fogata. La madre y el niño se quedaron dormidos mientras el padre veló sin más protección que la de su garrote. En su mente inquieta rondó lo que había visto esa tarde. Pensó que quizá existen en el mundo cosas más grandes incluso que los seres que lo persiguen. Además, habían pasado muchos días sin encontrar señales de aquéllos; quizá por fin los había perdido. Esa noche se permitió dormir.

Lo despertaron los rayos del sol y la necesidad de seguir huyendo. Levantó a su mujer e hijo y, tras un frugal desayuno, emprendieron la huida siempre hacia el poniente. Pero ahora, en sus pasos apresurados había cierto optimismo, una vaga esperanza que paliaba sus temores. Así pasó el día, la tarde y llegó la noche, tranquila y cálida, como la anterior. Una vez más se dio el lujo de descansar, pero en esta ocasión despertó más temprano, antes del amanecer, instado por un presentimiento feliz, por la idea de que pronto encontraría lo que buscaba. Con los primeros albores de la mañana reanudaron la marcha.

El astro rey apenas se asomaba por el horizonte cuando llegaron a este lugar, donde los tres se vieron frente a una extensión de vastedad jamás imaginada. En su vocabulario no existe palabra para océano.

Ahora, el hombre lo contempla abrumado por su infinitud. Ha visto lagos inmensos y ríos caudalosos, pero todos ellos fijados por límites perceptibles. Ni siquiera el cielo, siempre enmarcado por las copas de árboles o el perfil de las montañas, se había presentado ante él en tal extensión. Lo que tiene frente a sí es ilimitado en todas sus dimensiones. Entonces, tras unos momentos de contemplación absorta, comienza a llorar quedamente, pues comprende que no ya hay dónde buscar, que él y su familia son los últimos de su estirpe. Con suma lentitud, juntos se vuelven y dan la espalda al mar.

De pronto un silbido agudo mutila el aire. El niño, con una saeta clavada en el pecho, cae muerto de los brazos de su madre. Ella da un grito y se inclina para recoger a su criatura, pero una segunda flecha sega su vida en un instante. Todo ocurre demasiado rápido, sin que el padre pueda entenderlo; desconcertado, dirige su mirada hacia el oriente.

Allí están ellos, a unos centenares de pasos, con el sol naciente y victorioso resplandeciendo a sus espaldas. Más altos y erectos, menos corpulentos y velludos, de cabezas más pequeñas, de ropas mejor elaboradas y armas más sofisticadas, de miradas menos piadosas y sonrisas más crueles: los otros hombres.

Embriagado de ira y de dolor, el padre se lanza sobre ellos blandiendo en el aire su garrote. Un dardo silba y se encaja en su hombro, pero él sigue corriendo; uno más se inserta en su pierna; una tercera y una cuarta flechas se clavan en su pecho y en sus costillas. Él, débil y cansado, se deja caer por tierra. Los otros hombres se le acercan y ríen al verlo vencido, agonizante. Uno de ellos apoya la punta de una lanza sobre su pecho y, sin ceremonia alguna, empuja con todas sus fuerzas a través del corazón.

Así muere el último de una raza milenaria y los otros, los nuevos, los herederos, inician su lenta e inevitable expansión por la Tierra…

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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12 respuestas a El amanecer del hombre

  1. Pedro dijo:

    Pobres neandertales, me gustó el relato… aunque sinceramente no le encontré nada de horror. Me pareció más bien como aventurero y trágico.

    Espero el próximo.

  2. Maik Civeira dijo:

    Gracias. 🙂 Sí, la verdad algunos cuentos me quedaron más de fantasía oscura que de terror propiamente dicho. Pero ojo que en este cuento hay pistas de lo que vendrá después. 😉

  3. Sombrerudo dijo:

    Namás no me digas que lo que vio era un extraterreste….

    No es de terror, es más de suspenso; me siento triste ahora

  4. Maik Civeira dijo:

    Te sientes triste porque el cuento estuvo malo o porque te conmovió? 😮

  5. rojopech dijo:

    Tu idea es buena y muy buena decisión de manejarla en la perspectiva del primate, pero hay que mejorar la redacción, abusas mucho del copretérito -sobre todo al principio- y le falta cadencia a las oraciones.
    Sigue escribiendo.

  6. Concuerdo con rojopech, un par de revisadas más y agarraba más fuerza.
    Saludos.

  7. Maik Civeira dijo:

    Muchas gracias por sus comentarios. Lo bueno de este medio no es sólo la interacción con los lectores, sino la posibilidad de revisar continuamente los textos. De hecho, voy a hacer una revisada a los cuentos que ya están publicados antes de empezar con el Volumen II. Saludos. 🙂

  8. intruzo99 dijo:

    O.. el anochecer de una estirpe 😛

    Hasta al final me calló el veinte de lo que eran y el terror solo esta en los propios protagonistas (ya p’a si no]) :S

    Mal redactado o no, si me hizo volar la imaginación 🙂

    sobre todo las partes del ser de ojos grandes y las muertes finales.

    CONGRATULATIONS!

  9. Auch!!! Desolador. Me gustó.

  10. Dicen que más vale tarde que nunca. Aquí va mi comentario: El título del libro “El horror a través de los siglos” acaso avise al lector desprevenido, de la mutación cronológica, gradual, que se irá produciendo en el “horror conceptual” contenido en cada historia. A medida que se avance en la lectura –seguramente- ese “horror” irá transmutando en formas más complejas o elaboradas. El avance temporal comporta una maduración paralela de lo terrorífico y de los actores involucrados (el tiempo avanza y el hombre se vuelve un ser más complejo, y por tanto, lo numinoso, lo extraño o lo terrible mutan en consecuencia hacia formas más elaboradas). Repito, más complejo el personaje, más complejos sus miedos. No puedo imaginar un horror más grande que el de un personaje enfrentado a su propia aniquilación (a la vez que a la de toda su estirpe). “El amanecer del hombre” podría clasificarse entonces como un “horror distópico”; todo un mundo avasallado, borrado de la faz de la tierra, ya sin sueños, ya sin utopías. Imaginen esa última lanza atravesada en el corazón de ese último valiente, viajado eones, a través del tiempo, atravesando el corazón del último homo sapiens; imaginen ahora que ese hombre es su hijo. Para mí, merece un aplauso, yo pude sentir esa lanza. Convengamos que una buena historia necesita de un lector receptivo. Creo que nuestra querida modernidad, provista de una soberbia incontinencia hacia lo sensible, es como una marea destructora, y si no estamos atentos, transformará en algo baladí a toda forma elaborada de arte. Maik, yo aplaudo tu obra. Saludos cordiales.

    • Maik Civeira dijo:

      Carlos: Muchísimas gracias por tus comentarios y, sobre todo, por tu lectura tan atenta. Creo que todo escritor desea no sólo ser leído sino ser leído con una atención análoga al esfuerzo que hizo para construir su obra, y demuestre haberse acercado sus significados más sutiles. Te lo agradezco sincera y repetidamente.

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