El sacerdote de Isis

EL SACERDOTE DE ISIS

Egipto, siglo XIV a.C.

 

La fría oscuridad de grutas que surgen desde las entrañas del mundo; el calor húmedo y envolvente de las selvas al sur; el aroma salado de los mares al norte y al este; la arena áspera y ardiente llevada por el viento de los desiertos circundantes; la dureza de las garras y colmillos de bestias ignotas; el bronce helado golpeando su cuerpo; el sabor de la sangre mezclada con sudor; el miedo… el miedo vivo y tangible ante lo que había visto y vivido; el viaje de meses, a través de tierras extrañas, bajo soles diversos, siempre hacia el norte, de vuelta al hogar… Todo estaba marcado en su espalda morena surcada de cicatrices, en sus ojos oscuros y silenciosos, en su semblante severo y poderoso. Pero, se preguntaba, ellos, sus jueces, sus carceleros, sus verdugos ¿serían capaces de verlo?

Yo soy Arlhotep, Sumo Sacerdote del Templo de Isis. Renuncié a las riquezas y a los placeres mundanos; renuncié al poder y al amor. Consagré mi vida a la Diosa Madre para hacer su voluntad por siempre.

Más golpes en la cara y en las costillas, más sudor y sangre, más frío y metal. Y de nuevo preguntas estúpidas de hombres estúpidos, con el disco dorado de Atón colgado al cuello, ansiosos por escuchar una mentira de contrición. Pero Arlhotep, postrado frente a sus enemigos, sólo sabía responder con la verdad.

La mía es una casta especial de hombres santos, siervos de Isis desde tiempos anteriores a la construcción de las todopoderosas pirámides y de la esfinge omnisciente. En el antiguo Templo de Isis sólo hay un sacerdote por vez. Cada uno de ellos entrenó a un solo aprendiz para que ocupase su lugar cuando el maestro muriese, y así se ha perpetuado la dinastía desde tiempos que nadie recuerda, hasta mis años como servidor de la Diosa.

Arlhotep no ignoraba que los sacerdotes consagrados al culto de otros dioses, y algunos de otras órdenes menos antiguas devotas de Isis, lo miraban con suspicacia y recelo. Les ofendía el aura de santidad con la que se vestían los siervos de Isis; les irritaban su secretismo y su independencia; les atemorizaba la sospecha de que ellos practicasen auténticos milagros, y no elaborados trucos como los de que ellos mismos se valían para impresionar a la plebe. Pero el Templo de Isis era muy respetado por su antigüedad y nadie se habría atrevido a desafiar el pacto que desde siglos remotos, a través de las dinastías, sostuvo con la casa de los Faraones. Por eso, Arlhotep no alcanzaba a comprender lo que había sucedido.

Los sacerdotes de Isis siempre fueron muy respetuosos y pacíficos; nunca tenían conflictos con otras castas sacerdotales ni con los poderes terrenos. Arlhotep sabía que los egipcios adoraban a dioses inexistentes, que eran hipócritas o se engañaban a sí mismos, pero estaba consciente de que la función de tales cultos era mantener el orden, y nunca interfería con ellos. Arlhotep sólo se preocupaba por servir a Isis.

No puedo dejar de reconocer que en el mundo existen muchos dioses. Muy pocos de ellos le son benévolos al género humano; otros tantos dan beneficios sólo a sus fieles seguidores; muchos le son por completo hostiles a cuanto existe en la Tierra. Pero para muchos más, la inmensa mayoría, la raza humana y la vida misma les son del todo indiferentes. Isis es una de las pocas diosas que ama a toda la humanidad.

Arlhotep entendía bien que ninguno de los dioses era remotamente parecido a las representaciones que los hombres hacían de ellos. No tenían carácter femenino ni masculino, ni sus verdaderos nombres podían ser expresados en lengua alguna inventada por los mortales. Los fieles de Isis la llamaron así para poder comunicarse con ella y le atribuyeron una naturaleza femenina en concordancia con su carácter amoroso, protector, maternal.

No puedo decir más. El conocimiento que me fue revelado a través de los misterios de Isis podría trastornar la mente de hombres menos fuertes. No pocos de mis antecesores fueron corrompidos o perdieron la razón por culpa de estos secretos. En tales casos, el aprendiz tuvo que dar muerte al maestro. Así sucedió con el sacerdote que me instruyó. Otros hombres y mujeres, ajenos al culto de Isis, han intentado adquirir los poderes para luchar contra la Blasfemia, pero de igual modo enloquecieron, provocaron mucho más daño que bien y debieron ser eliminados.

-¿Así que confiesas que el culto estuvo lleno de hombres malvados y perversos? ¿Confiesas haber asesinado a tu propio maestro y que esto era una práctica común?

No entienden. Los deberes del sacerdote de Isis van mucho más allá de la administración de los templos y el oficio de los ritos. Debe asegurarse de fortalecer el culto de Isis para que su poder proteja a los hombres de la Muerte. Debe combatir a quienes practican la Blasfemia, para no que no se debilite el poder de la Diosa. Por largas temporadas abandoné el magno Templo de Isis en Sebennitos y lo dejé al cuidado de mi joven aprendiz y de las vírgenes que nos asisten. Viajé a rincones lejanos de Egipto, y más allá, en una lucha sin fin contra lo que no debe de ser.

-¡Falsas historias con las que has atemorizado a los incautos para mantener tus privilegios! Abandonaste tu supuesto templo sagrado para visitar lupanares y celebrar orgías en tierra extranjera. ¡Confiesa!

¡Yo viajé a la Hélade, donde diezmé a los vástagos de Licaón, una raza de hombres que, en pacto con Fobos, tienen el poder de convertirse en bestias caninas! ¡Yo  conjuré a los Edimmu, hijos de Lilith, en los desiertos de Mesopotamia! Los debilité de tal forma que tardarán muchos siglos en recuperar su poder. ¡Yo vencí a los Abismales de Sicilia, hechiceros infrahumanos que predican la Blasfemia! Los expulsé de sus asentamientos en tierra y los envié a los abismos marinos de los que fueron escupidos.

Mi última misión me llevó a las selvas del sur, más allá del reino del Punt, a combatir a la última población de los Arcanos, que hombres no son, sino la raza más vieja de cuantas pueblan la tierra. Decenas de miles de años antes de que los primeros hombres aparecieran, ellos levantaron prósperas e inmensas ciudades, de las que no quedan sino ruinas, en las que hasta hace poco aún merodeaban algunos individuos enloquecidos, acólitos de la Muerte.

No. No llevo a cabo estas hazañas yo solo. Como sacerdote de Isis tengo la facultad de convocar a un contingente de los mejores guerreros de Egipto para acompañarme, y no estoy obligado a informar nada, ni siquiera al Faraón. Siempre los escogí no sólo de entre los mejores combatientes, sino de entre los más virtuosos, honestos y fieles a los dioses. Los armé con lanzas y hachas de plata y los bendije en nombre de Isis, para que la benévola Diosa los protegiese del mal.

Con el amuleto de su deidad patrona colgado al cuello, ni Arlhotep ni sus soldados tenían nada que temer contra los horrores que han infectado este mundo. Pero el poder de Isis no interfiere con el orden natural de las cosas, y nada puede hacer contra el odio, la codicia y la ceguera de los hombres mortales.

-En misiones secretas cuya naturaleza nadie conoce arriesgaste muchas veces las vidas de nuestros mejores guerreros. En tu última locura, los sacrificaste a todos. De treinta guerreros que llevaste esta vez, ninguno volvió.

Era cierto. La expedición contra los Arcanos fue más terrible de lo que Arlhotep había imaginado. Ninguno de los treinta guerreros que lo acompañaron salió vivo de esa batalla. Solo, tras dos largos años de ausencia, Arlhotep se vio obligado a regresar a Egipto. Cuando por fin alcanzó Sebennitos, herido, hambriento y exhausto, las cosas habían cambiado por completo. Del antiguo Templo de Isis no quedaban más que escombros. No halló rastro del aprendiz ni de las vírgenes que servían en el templo. Indagó entre los pobladores, pero nadie quiso dirigirle la palabra. Poco después, los guardias lo encontraron, lo golpearon y lo llevaron prisionero hasta este lugar oscuro en que ahora lo juzgaban, frente a ese advenedizo, ese hombre barbado, vestido con las más finas ropas de los nobles egipcios, que portaba un báculo de oro con el disco de Atón en la punta.

El nuevo sumo sacerdote de Atón escuchó en silencio la última declaración de Arlhotep. Después, con una mirada, hizo que todos en la sala se pusieran en movimiento. Los guardias levantaron al sacerdote de Isis y lo condujeron por un largo pasillo hasta un lugar nuevo, un sitio iluminado por el sol que resplandecía en los millares de objetos dorados que adornaban el lugar. En la cima una escalinata, tan alta como un hombre, el Faraón se sentaba en su trono.

-¡Arlhotep!- habló el monarca –Sacerdote de Isis, ¿sabes ante quién te presentas?

Yo sirvo a mi señor, el Faraón Amenhotep IV…

-¡Falso! Mi nombre es Akenatón, servidor del Dios único y verdadero. Han terminado los días en que nuestro pueblo, ignorante y condenado, idolatraba a los falsos dioses.

¿Los falsos dioses?

-Sí. El único Dios es Atón, el Sol, el Padre Celestial, Creador de todo lo visible y de lo invisible…

¿Es verdad lo que estoy escuchando? ¡Nadie puede ser tan ingenuo como para creer que existe solamente un dios!

-¡Blasfemas!

Su Alteza nunca ha enfrentado a una Blasfemia…

-¡Silencio!- ordenó el Faraón y Arlhotep recibió de un soldado un golpe tal que lo hizo callar –Tú, Arlhotep, has sido especialmente necio y perjudicial para nuestro pueblo, el elegido por Atón. Con el pretexto del culto a la falsa diosa Isis has mantenido secretos y le has negado total obediencia a tu Faraón. Con mentiras has enviado a valientes guerreros egipcios a los confines de la Tierra para saciar tus ambiciones.

He servido siempre a la Diosa Madre y he hecho su voluntad en beneficio de todas las gentes que habitan este reino y los demás…

-¡Te aferras a tus falsedades! Pero te daré una oportunidad. Todos los sacerdotes del reino han reconocido a Atón como el dios verdadero y ya se están instruyendo en los misterios de su culto. Abraza tú también la verdadera fe y serás perdonado, aquí y en la otra vida.

¿Atón? ¿Quién es éste a quien mi soberano ha decidido adorar tan de súbito?

El Faraón hizo una seña con la mano, y el hombre barbado emergió desde atrás del trono.

-Éste es Moisés. Es el sumo sacerdote de Atón. Él te enseñará todo lo que debes saber sobre el dios verdadero.

Moisés le habló al postrado y sangrante Arlhotep: –Atón es el único Dios, el Creador del mundo y de los hombres. Por muchos siglos la verdad ha estado oculta, pero ahora él habla de nuevo a su pueblo, a sus creaciones, para que conozcamos la verdad y cantemos los himnos de su gloria. ¡Atón me ha hablado!- la voz del sacerdote retumbó en el salón y muchos de los presentes se estremecieron  -Se me presentó en el medio del desierto, como una zarza que ardía sin quemarse jamás y me ordenó predicar a los hombres la verdad de su Palabra. Su poder infinito me permite realizar milagros en su nombre. ¡Contemplad la magnificencia del dios verdadero!

Tras invocar el poder de Atón, Moisés levantó su cayado y golpeó el suelo con él. De pronto, la vara se convirtió en un áspide. Pero entre las exclamaciones de asombro y las alabanzas al dios verdadero, se escuchó la leve risa de Arlhotep.

¿Convertir palos en serpientes? ¿He allí el poder de Atón? Este simple truco podría ser realizado por hechiceros nóveles… ¡No! ¡Que mi Faraón escuche lo que debo decir! Este dios del que hablan no es más que otro de esos advenedizos y ambiciosos. Conozco a los de su clase: es joven, casi infantil, y caprichoso, sediento de adoración y sacrificios. Sólo un dios necio sería tan arrogante como para negar la existencia de los otros. ¡Pero Atón es débil, no podrá defenderlos! Si insisten en adorar a este único y egoísta dios, se quedarán sin la protección de los dioses antiguos y poderosos que aún guardan la Tierra… ¡Isis! ¡Sólo Isis tiene el poder y la voluntad de salvaguardarnos de la Muerte!

-El dios verdadero triunfará sobre la muerte y nos llevará al Paraíso.- anunció Moisés.

No hablo de la suspensión de la vida, no hablo de la muerte del cuerpo físico. Estoy hablando de la Muerte absoluta…

Por orden de Moisés, un soldado golpeó el rostro de Arlhotep con la empuñadura de su lanza.

-Ya que por lo visto te niegas a abandonar tus creencias blasfemas, serás condenado a morir en vida y sin posibilidad de resurrección. ¡Llévenselo!

Con empujones y golpes, Arlhotep fue llevado a una cámara de embalsamamiento, donde lo ataron a una mesa de disección.

¡Pueden matarme, pero no cometan la estupidez de acabar con el culto de Isis! ¡Sólo ella puede protegernos! Si imponen el culto de este dios vanidoso, la condenación más absoluta caerá sobre todos…

-Oh, pero no vamos a matarte, Arlhotep.- dijo Moisés con una sonrisa –Tu destino será mucho peor. Ya que te aferras a tu herejía, te sepultaremos según tu arcaica costumbre. ¡Serás enterrado en vida! Sufrirás de un eterno suplicio encerrado en ese sarcófago. La maldición de Atón te impedirá morir. Tu alma estará encerrada en un cuerpo putrefacto por toda la eternidad.- y arrancó el talismán de Isis del cuello de Arlhotep.

Trato de hablar, trato de gritar, pero gruesos vendajes sujetan mi boca. Los embalsamadores, otrora sacerdotes de los antiguos dioses y ahora lacayos de Atón, cubren mi cuerpo con aceites y esencias propias de nobles difuntos. Quiero gritar cuando veo la daga. Hacen una incisión en mi abdomen, mi carne se abre, pero la sangre apenas escurre. Por esa abertura introducen pinzas frías y tiran de mis entrañas… Me retuerzo, pero estoy bien sujeto. ¡El dolor, madre, el dolor! Jalan, siguen jalando; mis intestinos se desprenden, los veo salir de mi cuerpo. Veo salir todos mis órganos, uno por uno. Nunca acaba. ¿Por qué vivo? ¿Por qué puedo sentirlo todo? Ahora fuerzan unas largas pinzas por mi nariz… Presionan… Tiran… Siento que partirán mi cráneo desde adentro… Mi cerebro… puedo verlos, puedo sentirlos extraer mi cerebro… Ya no soy… ¿Soy…? Soy Arlhotep… el Sumo Sacerdote de Isis… Atón… la Muerte… el Amanecer de la Muerte… Todo mi cuerpo… excepto mis ojos… envuelto en vendajes… estoy muerto… ¿estoy muerto…?  Estoy en un sarcófago… con la efigie de Anubis, el Chacal… Tanto dolor… tanta hambre… Moisés… veo… tu rostro… frente a mí…

-La maldición de Atón no te dejará morir, Arlhotep. Recuerda eso.

Recuerdo… mente sin cerebro… alma en cuerpo muerto… mi cuerpo momificado… mi alma se pudrirá en mi cuerpo… La oscuridad eterna se cierra sobre mí… Arlhotep, Sumo Sacerdote de Isis… Consagrado para hacer su voluntad… su voluntad… por siempre… por siempre… siempre… siem… ssssss…

El sarcófago fue enterrado en una cámara subterránea excavada bajo el desierto. Los esclavos que la construyeron fueron muertos allí mismo, y los soldados que dieron muerte a esos esclavos fueron asesinados en sus lechos a los pocos días. El sitio en que yacía el Sumo Sacerdote de Isis fue olvidado por siempre.

Pero los lacayos de Atón no pudieron disfrutar de una prolongada victoria. Los sacerdotes de los antiguos dioses egipcios se rebelaron contra la tiranía de Akenatón, unos por verdadera fidelidad a sus deidades, los más por recuperar la posición privilegiada que les aseguraba el régimen politeísta. Akenatón murió envenenado y los sacerdotes que se habían convertido sinceramente al culto de Atón fueron exterminados. El siguiente soberano, Tutankhamón, restituyó el culto a los antiguos dioses, que sobrevivió en Egipto por muchos siglos más. Pero los secretos del verdadero culto de Isis se perdieron para siempre y ya nadie llevó a cabo la misión de la Diosa Madre. Se dice, además, que Moisés logró escapar junto con los esclavos hebreos y que los instruyó en el culto de Atón.

Mientras, en su agonía eterna, Arlhotep sabía que en los rincones más oscuros del mundo las Blasfemias recuperaban fuerzas y que en los confines de la existencia la Muerte proseguía su avance.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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3 respuestas a El sacerdote de Isis

  1. Maniak dijo:

    Wooooooow, la otra cara del exodo.

  2. Genial!!! excelente recuperación….

  3. Anónimo dijo:

    no esta demasiado laaaaaaaaargooooooooo

Sé brutal

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