Mokèlé-Mbèmbé

MOKÈLÉ-MBÈMBÉ

Cuenca del Congo, Siglo X a.C.

           

Aprendan, jóvenes, de la historia que les cuenta este anciano junto al fuego. Si son juiciosos, aprenderán de este relato una valiosa lección, especialmente aquéllos que quieran ser grandes guerreros y cazadores cuyas hazañas pervivan en la memoria de nuestra gente.

 

“El mundo está poblado de monstruos”, me dijo una vez el hombre sabio de la tribu cuando yo era muy joven. En ese tiempo yo era un mozo inquieto y curioso, con ansias de conocer las tierras más allá del bosque, las montañas y el gran río que rodean nuestra aldea. Me entretenía escuchar historias de viajeros que habían visto las inmensas aldeas de piedra hacia el Oeste, donde se pone el sol, frente a la Gran Agua. Se decía que a no muchos días de marcha hacia el Norte y el Este, había un sitio visitado por hombres de una tierra lejana que venían en busca de las piedras brillantes y las llevaban a su reino, en donde había tribus grandes y poderosas que construían montañas de piedra, en una región llana en la que casi no se veían árboles, y más allá, donde un jefe sabio y poderoso gobernaba en la opulencia.

 

Yo quería conocer todo eso, pero sentí que antes de estar listo para un viaje tal, debía entrenarme para ser un gran cazador, un rastreador experto, un guerrero que pudiera procurarse forma de subsistir durante muchos días en la selva, listo para enfrentar todos sus peligros. Mi padre me enseñó lo básico, pero yo no quería ser sólo un buen cazador, sino un guerrero extraordinario, como los héroes cuyas historias se cuentan alrededor de la hoguera.

 

Para probar mi valía, decidí viajar al Sur, más allá de las tierras de los pigmeos, donde se cuenta que viven los monstruos más terribles y espantosos. “Más grandes que los elefantes y los hipopótamos, más feroces que los leopardos y los leones”, me aseguró el hombre sabio, pero no supo decirme más, porque él nunca los había visto, sino que había oído de ellos por los pigmeos. Tales advertencias no me desanimaron, sino que me alentaron a seguir con la empresa, de modo que una noche salí a hurtadillas de mi choza armado con mi lanza y mi arco, y me dirigí hacia el sur.

 

Durante diez días de caminata no encontré nada que fuera digno de ser narrado. Atravesé la selva cada vez más espesa, más verde, rebosante de vida en todas las direcciones y tremenda por las noches. Me procuré comida durante el día y dormí en los árboles después de la caída del sol. Maté a algunas serpientes y una noche escuché el rumor apenas audible de un leopardo que se abalanzó sobre alguna presa desconocida. Al onceno día de marcha una voz repentina me obligó a detenerme bajo la amenaza de ser atravesado por innumerables dardos: estaba rodeado por los pigmeos. Su lengua no me era desconocida y pude darles a entender que venía en paz, en una expedición de caza. No me dispararon, pero me desarmaron y me llevaron preso a su aldea. Algunos de ellos se negaban a creer que alguien tan joven como yo se aventurara tan lejos de su aldea y sin compañía. Ellos pensaban que debía ser miembro de alguna partida de exploración que estuviera acechando su aldea. No habría sido la primera vez que nuestra gente arrojara a los pigmeos de sus tierras.

 

Así es, jóvenes. Nosotros, los bantúes, no somos la raza más antigua junto al Río que se traga a todos los ríos. Los pigmeos estuvieron aquí mucho tiempo antes que llegáramos. Después de que Bumba vomitara el mundo, nuestra gente vivió más al norte por muchísimo tiempo antes de venir a las cercanías del Río, no hace muchas generaciones. Esta misma jungla que nos rodea fue alguna vez hogar de los pigmeos.

 

Ellos dictaminaron darme la muerte y yo, sin más opción, les revelé el motivo real de mi expedición. Cuando escucharon que quería ver y enfrentarme a los monstruos que viven al Sur, algunos se rieron, mientras otros se estremecieron. El hijo del jefe me condujo entonces a una choza y allí me mostró el horrible tesoro que guardaba con una mezcla de orgullo, veneración y espanto. Se trataba del cráneo de uno de esos monstruos. Era más grande que un hombre, ¡enorme! La cara era alargada, con un pico como de águila, un enorme cuerno sobre la nariz y muchos más sobre la testa. Era algo verdaderamente apabullante.

 

Los pigmeos me dijeron que pertenecía a Emela-Ntouka, el asesino de elefantes. Lo había cazado un ancestro suyo, muchas generaciones antes. Fue necesaria la fuerza de toda la tribu y se perdieron las vidas de muchos guerreros para derrotarlo. El hijo del jefe me explicó que la ferocidad Emela-Ntouka se comparaba con la del leopardo y que se había ganado su nombre porque se decía que le habían visto matar elefantes. Mas había monstruos mucho peores en las junglas del Sur, de los cuales el más terrible era Mokèlé-Mbèmbé, el que detiene el curso de los ríos. Me dijo que era una locura avanzar. Las demás bestias eran poderosas, sí, y vivían por largos años, pero finalmente envejecían y morían. Se les podía matar. Mokèlé-Mbèmbé, en cambio, era algo más.

 

“Mbwiri, que posee a los hombres y los enferma puede ser repelido con bailes y cantos; Los Obambo que asustan en la oscuridad de la selva, también pueden ser apaciguados con rituales. Pero no hay hombre vivo que sepa cómo aplacar a Mokèlé-Mbèmbé, el que detiene el curso de los ríos” me dijo, y nunca olvidaré sus palabras.

 

El hijo del jefe me instó a volver a mi aldea y no seguir con una búsqueda suicida, pero yo me mantuve firme y él no tuvo más remedio que devolverme mis armas y dejarme partir hacia el Sur. Antes de marcharme recibí del hijo del jefe una descripción de los monstruos que según las historias de sus abuelos habitan esas tierras, además de este talismán protector, que hasta hoy llevo puesto.

 

Anduve por el bosque durante otros diez días, siempre hacia el Sur, hasta que emergí a un extenso claro. Ustedes saben cómo es la selva, siempre llena de ruidos, sobre todo por las noches. Pero allí todo era silencioso. Como las noches anteriores, dormí en la rama de un árbol. A media noche escuché un rumor que me despertó sobresaltado y sentí que alguien me observaba. Algo se movía en la copa del árbol, sobre mi cabeza. No pude verlo bien, pero no parecía más grande que un mono, de modo que no me alarmé.

 

Al día siguiente reemprendí mi camino. Por momentos creí perderme en la espesura y temí haberme quedado atrapado en parajes oscuros de selva voraz, en los que, como en el claro de la noche anterior, reinaba el silencio. En varias ocasiones me sentí observado y alguna vez me pareció ver, con el rabillo del ojo, una figura pequeña y oscura que saltaba sobre los árboles.

 

Al atardecer llegué a la orilla de un arroyo, cuyas márgenes estaban cubiertas por exuberante vegetación. Y, no lejos del arroyo, una gran fosa hedionda se extendía por una larga distancia. Cientos, miles de huesos enormes se encontraban desparramados y amontonados hasta los bordes de la fosa. Huesos más altos que un hombre, y gigantescas púas y placas puntiagudas más filosas que cualquier lanza. Nubes de moscas revoloteaban sobre la fosa y mareas de gusanos se retorcían entre los huesos. La peste que manaba de aquel agujero era insoportable. Entonces creí escuchar un fuerte sonido, como de chapoteo en el arroyo. Me volví y alcancé a ver una sombra enorme que nadaba y se sumergía en las aguas turbias y oscuras. No quise ver más, así que rodeé la fosa y me alejé de allí a toda prisa.

 

Poco después alcancé una llanura descubierta; calculé que debía caminar por la mitad de un día antes de llegar al siguiente grupo de árboles. Pero escuché una voz, apenas un susurro lejano, que me decía “vuelve”… Miré hacia atrás y vi, posado en una roca, un pequeño lagarto. Su forma y su tamaño correspondían con la sombra que antes había visto acechándome. Recordé viejas historias sobre Obrigwabibika, los enanos mágicos que pueden transformarse en lagartos y que cuidan las selvas y los ríos. Pero luego dudé de haber oído lo que había oído, no le di importancia al asunto y emprendí mi marcha a través de la llanura.

 

Cuando el sol alcanzó el cenit, encontré varios montones de piedras muy extrañas, en las que estaban grabadas imágenes que yo no podía comprender. Muchas de ellas mostraban monstruos horribles, que debían ser gigantescos, pues sobrepasaban las copas de los árboles. Algunas más mostraban hombres, y unas pocas, que me estremecieron, eran imágenes de hombres que no eran hombres y que no podría empezar a describir.

 

Observaba estos montones de piedras cuando de pronto escuché un chillido que me desgarró los oídos. Entonces, la luz del día se extinguió y el aire se tornó frío, como si hubiera anochecido de pronto. Algo había cubierto el sol. Por un instante fue como una noche inmediata se hubiera cernido sobre mí. Después, la cosa o animal que voló sobre el mundo ya no estaba, ni había señales de ella. Recordé entonces el nombre de Kongamato, el destructor de botes, el monstruo volador de quien los pigmeos me habían hablado.

 

De pronto escuché otro rugido, sin duda de un depredador, y sentí sus pisadas retumbantes acercándose a gran velocidad. Corrí sin mirar atrás. Sabía que esa cosa estaba cada vez más cerca… me pareció que pude sentir su aliento fétido en mi nuca. Entonces vi mi salvación: una pequeña abertura en lo que parecía ser la ladera rocosa de una colina. Me apresuré hacia ella y me deslicé adentro. Apenas estuve adentro cuando cesaron las pisadas y los rugidos. Llegué a preguntarme si en realidad no habría imaginado todo eso.

 

Cuando estuve seguro de que lo que fuera esa cosa que me perseguía no estaba ahí, salí de mi escondite y pude entonces darme cuenta de que no me había metido en una gruta o madriguera. Era una especie de choza, grande, más grande que la de los jefes más poderosos y ricos, armada con cientos de piedras colosales, y cubierta de hierbas y tierra. Rodeé la choza, observando sus cuatro paredes; en una vi más imágenes talladas de los hombres que no eran hombres. Se les veía torturar y matar con deleite a monos de algún tipo que nunca había visto. En la siguiente, hacían lo mismo con simios, y en otra, con seres que no eran ni simios ni hombres, sino alguna cruza extraña y horrible. En las imágenes que llenaban la última pared, los hombres que no eran hombres alimentaban a sus colosales bestias con hombres verdaderos; sentí repulsión y miedo.

 

Estaba observando los extraños grabados en la piedra, perdido en ellos, sin memoria de los prodigios y horrores que había contemplado esa misma tarde, cuando una voz me sobresaltó. “Has llegado a un lugar al que ningún hombre debía llegar… ¡vuelve ahora!”. Pero, no sé por qué, continué hacia adelante.

 

La noche me alcanzó, y el lugar quedó inundado por los rugidos de enormes bestias que combatían y hacían estremecerse a la tierra misma. No me sentí seguro ni en las alturas de los árboles, y pasé la noche cubriéndome los oídos, pues tales gritos me robaban el valor y el deseo de vivir. Al amanecer continué la marcha y al mediodía me encontré con un gran brazo del Río. El agua corría libre y veloz, y el murmullo del torrente alegró mi corazón. Me di cuenta de lo agotado que estaba y me permití sentarme a descansar a la orilla del Río dador de vida. Pues del Río viene la vida, jóvenes. Las plantas crecen gracias a él, pues la lluvia es el agua que el Cielo le devuelve al Río. Los animales se alimentan de las plantas, y nosotros devoramos a ambos. Al matar obtenemos vida; al morir, la damos, pero al final, todo vuelve al Río.

 

Reflexionaba sobre todo esto que les digo cuando noté que el rumor del agua ya no llegaba hasta mí. La corriente se había detenido. Pronto el caudal comenzó a disminuir lentamente y me pareció que el agua se ponía roja. Pero no era el agua, sino que en ella se reflejaba el cielo, que desde el horizonte hacia el cenit había tomado el color de la sangre. No había viento, ni nubes, ni un solo ruido. Sentí miedo como nunca antes lo había sentido, y me supe inválido e indefenso como un bebé abandonado en medio de la jungla. No podía moverme, ni respirar, ni pensar.

 

Pero con todo el temor que me invadía, algo me obligó, casi contra mi voluntad, a volver lentamente la cabeza. Entonces lo vi. Mokèlé-Mbèmbé, el que detiene el curso de los ríos. Lo último que escuché fueron mis propios gritos de terror.

 

No sé qué pasó después. Cuando desperté, varios días después, me hallé de nuevo en la aldea de los pigmeos. Me dijeron que me habían encontrado inconsciente entre unos arbustos, no muy lejos de allí. El buen hijo del jefe me acogió y me instó a que contara mi aventura. Pero yo no quería recordar y apenas hube recuperado mis fuerzas emprendí el camino de regreso a casa.

 

Después de esa experiencia me volví un muchacho tímido y enfermizo. Envejecí prematuramente: no soy tan anciano como aparenta mi faz. Olvidé la idea de volverme guerrero y me hice chamán, para aprender todos los conjuros contra los demonios. Y los aprendí, pero aún ese conocimiento no consigue brindarme sosiego. Nunca volví a alejarme de la aldea. Aún hoy le temo a la selva durante las noches, todavía los ruidos nocturnos me sobresaltan y me impiden conciliar el sueño. No me pregunten qué es lo que vi; tratar de recordarlo es doloroso. Maldad, tinieblas… y muerte, es todo lo que puedo decirles. Aprendan de mi historia, jóvenes cazadores, aspirantes a guerreros. Yo fui afortunado, pues me ayudó algún espíritu bondadoso. Pero sea que ustedes se pierdan por buscar la gloria en absurdas pruebas de valor. No sea que se topen con Mokèlé-Mbèmbé y, como yo, abandonen por siempre toda esperanza en la vida.

 

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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5 respuestas a Mokèlé-Mbèmbé

  1. Pancho dijo:

    “imágenes talladas de los hombres que no eran hombres. Se les veía torturar y matar con deleite a monos de algún tipo que nunca había visto. En la siguiente, hacían lo mismo con simios, y en otra, con seres que no eran ni simios ni hombres, sino alguna cruza extraña y horrible. En las imágenes que llenaban la última pared, los hombres que no eran hombres alimentaban a las bestias con hombres verdaderos” Me imagine una iglesia y por un momento el Coliseo (que no tiene vela en el entierro, pero la imaginación no conoce de prudencia).

    “escuché un chillido que me desgarró los oídos. Entonces, la luz del día se extinguió y el aire se tornó frío, como si hubiera anochecido de pronto” Aquí me imagine un avión espía de esos enormes que no hacen ruido (pero lo imagine haciendo ruido…).

    “rugidos de enormes bestias que combatían y hacían estremecerse a la tierra misma” Y aquí una batalla con tanques de guerra.

    Pusiste Siglo X, y mis conocimientos de esos lugares en esos momentos no dan para imaginarme gran cosa, pero aún así me gustó bastante.

  2. Francisco dijo:

    Hola Maik, soy paco el lector de Pachuca. Mokele-Mbembe y el kongamato!! cuando era niño leí sobre ellos en un libraco de selecciones! Nu maa, me hiciste recordar mi infancia seudocientífica, ojalá entre tus planes de cuentos de terror esté algo relacionado con otro “monstruo”: el mothman… Salufos!

  3. ¡Hola, muchachos! Újule, pos estense pendientes, porque habrá sorpresas en el Volumen II

  4. Miguel Ernesto Galván Del Moral dijo:

    Wow con las inscripciones en las paredes, y las “criaturas” que describe el viejo.

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