Fobos

Atenas, finales del siglo V a.C.

Escenario

Una catacumba subterránea en Atenas. A la extrema derecha, un altar construido con cráneos, flanqueado por trípodes que arden. En la pared del fondo están encadenadas las mujeres del coro. Hay huesos y manchas de sangre por todos lados. El miedo, denso, flota en el aire. Los personajes entran y salen por la izquierda.

Personajes

Encapuchado, siervo de Fobos
Eutelpis, hija de un rico ateniense
Coro de mujeres cautivas
Deimoskótones, oficial espartano
Hoplitas espartanos

Coro.- ¡Dioses inmisericordes! ¿Por qué no se apiadan de mí? ¿Por qué permanecen inactivos contemplando nuestro sufrimiento sin dar señal de su existencia? Hemos estado cautivas muchos días y noches aquí, en la oscuridad de estas mazmorras, hemos visto horrores insoportables. ¡Ah, si tan siquiera se nos concediera la muerte!

Entra Eutelpis, como arrojada a la mazmorra; tiene huellas de golpes y malos tratos, y solloza asustada.

Coro.- ¿Qué es esto? ¿Una nueva víctima para el malvado que nos tiene aprisionadas? ¡Pobre de ti, bella doncella! Aún en mi dolor me apiado de ti, pues lo que he sufrido no se lo deseo a mortal alguno, ni siquiera a los terribles espartanos que allanan nuestras tierras. Habla, ¿quién eres?

Eutelpis.- Soy hija de un señor principal de esta ciudad. ¿Por qué me encuentro aquí? No lo sé. Fui raptada por un captor desconocido cuyo rostro nunca alcancé a ver, y ahora estoy aquí, en esta horrenda catacumba, y no sé qué destino me aguarda. (Retrocede hacia la izquierda, descubre el macabro altar y se sobresalta)

Coro.- ¡Pobre niña, dos veces desdichada! Creciste entre lujos y comodidades e ignoras lo que es dolor y el miedo. ¡No hay peor forma de conocerlos que en este lugar sin esperanzas!

Eutelpis.- Decidme, mujeres, ¿qué lugar es éste? ¿Y quién os tiene tan cautivas y maltratadas? Pues es evidente que no habéis visto la luz del sol ni probado alimento en muchos días.

Coro.- Dices bien, pero la oscuridad y el hambre no son tan horribles como lo que hay aquí. El hombre, si hombre es, que aquí nos tiene es tan cruel y malvado como jamás se ha visto. ¡Es el agente del miedo, el sacerdote de Fobos!

Se escucha el rugido indescriptible e innatural de un monstruo

Eutelpis.- ¡Por Zeus! ¿Qué bestia tan horrible produce semejantes gritos que me llenan de espanto?

Coro.- Son las criaturas que nuestro captor guarda en el calabozo detrás de esta pared. Nunca las hemos visto, pero somos obligadas a escuchar sus detestables bramidos. Así vivimos, presas de ese hombre loco, no conocemos más emoción que el miedo. Y de pronto llega sin avisar, no sabemos en qué momento, y toma a alguna de nosotras para llevarla a la mazmorra. Ahí la tortura de formas que no imaginamos y después las ofrece a los monstruos. Al terminar, trae sus restos mutilados al altar de Fobos y los inmola para satisfacer el hambre del terrible dios. ¡Y nosotras debemos escuchar los alaridos de agonía de nuestras compañeras y observar los impíos sacramentos de nuestro captor!

Eutelpis.- ¿A cuántas ha matado ya?

Coro.- Los huesos que ves a tu alrededor dan cuenta de ello.

Eutelpis.- ¡Ay, mísera de mí! ¡Padre, padre! ¿No pueden tu poder y tus riquezas venir a salvarme? ¡Preferiría morir antes de ser sometida a los tormentos de los que hablan estas mujeres! ¿No hay aquí filosa daga o tensa cuerda con la que podamos piadosamente quitarnos la vida?

Coro.- En vano llamas a tu opulento padre, niña. Desgarradas están nuestras gargantas de pedir salvación a los dioses, y si de ellos ya no esperamos nada, de los mortales aún menos.

Se escuchan rugidos horribles, pero distintos a los primeros. Eutelpis se cubre los oídos con la mano y se tira al piso, presa del terror.

Coro.- ¡Ay! ¡Ay! ¡Y con las manos encadenas ni siquiera podemos cubrir nuestros oídos para no escuchar estas blasfemias! ¿Cuándo se nos permitirá morir? ¿Cuándo acabará este horror?

Entra el Encapuchado, cubierto de pies a cabeza con una túnica negra. Su andar es desgarbado. En la mano derecha lleva una hoz ensangrentada y en la izquierda una antorcha. Crece el miedo que reina en la atmósfera.

Encapuchado (Al Coro).- ¿Aún guardas esperanzas en la muerte? Mujer simple, lo que aquí has vivido no es nada comparado con lo que te aguarda después de la vida. (Se dirige a Eutelpis, que se incorpora). Y tú joven aristócrata, prepara tu alma para sentir miedo como no creíste que podías sentir, prepárate para dejar de lado todas tus esperanzas. ¡Pues están en el templo de Fobos! (Dicho esto, deja la antorcha en un sostén de la pared y la hoz sobre el altar).

Eutelpis.- ¿Quién eres, hombre malvado? ¿Qué mal te hecho yo para que me robes de la casa paterna y me traigas aquí para atormentar mi mente con amenazas de suplicio y tortura?

Encapuchado.- Ningún mal me has hecho, joven doncella, pero eso no importa. Las leyes de los hombres –que, por otro lado, nunca se cumplen- dictan que se otorgue mal por mal y bien por bien. Las leyes de los dioses son distintas y ellos no conocen mal ni bien.

Eutelpis.- ¡Blasfemas! ¡Los dioses son justos y aman el bien!

Encapuchado.- No me aburras con tus ideas infantiles sobre la divinidad. Y en cuanto a mí, soy un humilde siervo de Fobos. ¡Oh, Fobos, el más grande entre los dioses! Tú todo lo mueves. Por miedo a sus enemigos los hombres hacen la guerra, por miedo a la destrucción firman la paz. Por miedo a las fieras y al clima construyeron sus primeras moradas. Por miedo al látigo trabajan los esclavos. ¡La simple acción de vivir no es más que una respuesta al miedo a la muerte!

Coro.- ¡Hombre cruel y monstruoso! ¿Por qué trajiste a esta pobre muchacha para hacerla sufrir? ¿No has arruinado ya bastantes vidas? ¿Cuándo se saciará tu sed de sangre, de dolor y de gritos?

Encapuchado.- ¡Fobos nunca está satisfecho! Es mi deber como su fiel sirviente sembrar miedo y cosecharlo. Y debo agregar que disfruto mucho de mi oficio.

Eutelpis.- ¡Cobarde! ¡De mujeres indefensas te aprovechas! ¿Qué mérito hay en causarle temor al sexo débil? ¡Cobarde eres, te digo!

Encapuchado.- ¿Cobarde? ¡Cobarde fui! Viví y crecí con miedo. Era un niño temeroso y un hombre sin temple. Temía a la oscuridad, a las bestias, a las armas, a la furia de los hombres. Temía a la muerte y al dolor. Pero un día, muchos años atrás, antes de que tú nacieras, la plaga azotó Atenas. Vosotras sois muy jóvenes para recordar. La plaga era… ¡era hermosa! ¡Fiebres, dolores, hemorragias, diarreas, migrañas, pústulas! Todo eso sufría cada uno de los enfermos. ¡Días gloriosos los de la plaga! Los hombres se volvieron contra sus hermanos, se dedicaron a la obscenidad y a la perdición, prodigaron su caudal y no pensaron en el futuro. El mismo Pericles falleció por esta enfermedad y se acabó la era dorada de Atenas.

Yo mismo me vi enfermo y lleno de dolores y lesiones deformantes. Supliqué a los dioses que me salvaran, o que aliviaran mi dolor permitiéndome morir. Recé a Zeus, A Apolo, a Atenea, a Asclepio… Incluso le rogué a dioses extranjeros, pero ninguno tuvo el poder o la voluntad de responder. Entonces encontré a Fobos. ¡Oh, Fobos, grandioso! No es hijo de Ares, dios pequeño, como dicen los poetas. Fobos es más antiguo que Zeus y que Cronos y Urano, dioses ridículos y mezquinos, pues Fobos nació del Caos mismo. Él me salvó de la plaga y me hizo el honor de convertirme en su siervo. A cambio, yo le proporciono el miedo de los mortales.

¿Cobarde me llamas? Sabe que en un principio rapté mujeres y niños porque pensé que en ellos sería más fácil provocar el terror a través de la tortura. Después pasé a atormentar valerosos varones, soldados, líderes y piratas… Creí que habría gloria en observar la mirada de impotente espanto en los ojos de un fiero guerrero. Pero me equivoqué. Es mucho más fácil quebrar el espíritu de un hombre y hacer que se suma en el miedo sin esperanzas. Pero la mujer… ¡Ah, la mujer es fuerte! Su alma no se quebranta con facilidad. Soporta mejor el dolor y conserva la esperanza ante las mayores dificultades. ¡Y sus gritos son tan melodiosos, y su piel tan hermosa es más tentadora para mutilar! Por eso volví a ellas, porque su miedo es más placentero para Fobos.

Eutelpis.- ¿Qué dices? ¿Has torturado y matado a inocentes niños?

Encapuchado.- Por Fobos que sí, lo hice, y me complací en sus gritos y expresiones de horror. Incluso logré que el miedo enloqueciera a ciertos hombres y los hice matar a sus propios hijos. ¡Oh, qué deleite encontré en las súplicas de los pequeños! “¡Padre, padre, no me mates!”, decían, pero sus progenitores, con el juicio trastornado, aplastaron sus pequeños cráneos con piedras y hundieron filosas hojas en sus carnes.

Eutelpis.- ¡Hombre loco! ¡Hombre cruel! ¡Mil veces te maldigan los dioses!

Encapuchado.- Niña tonta, hombre ya no soy. Y tus dioses nada pueden contra Fobos, que vela por mí.

Se escucha un nuevo bramido monstruoso. Las mujeres gritan y se retuercen, pero el Encapuchado permanece impávido.

Encapuchado.- Escucha, hija de la aristocracia, el canto de los monstruos de Fobos.

Eutelpis.- ¿Qué seres horribles guardas en tu calabozo? ¿Son, acaso, quimeras u otras bestias similares las que esperan alimentarse con nuestra carne?

Encapuchado.- ¡Niña simple! ¿Crees que los monstruos que pueblan el mundo son como los describen los poetas, con partes de animales pegadas grotescamente unas sobre otras? ¿Te figuras que las criaturas que moraban el Laberinto de Minos eran cosas tan simples como hombres con cabeza de toro? Y no se alimentarán de tu carne, sino de todo lo que eres. ¡Ya llegarás a conocer a estos engendros del miedo! Pero ahora, otra será la que llegue a su destino.

El Encapuchado va hacia el altar y recoge su hoz. Después camina hacia las cautivas y libera una cadena del extremo que está sujeto a la pared. Tira de la cadena obligando a una de las mujeres a levantarse.

Coro.- ¿Qué haces? ¡No! ¡No te atrevas a separarnos! ¡Esto es impío y blasfemo!

Encapuchado.- ¡A callar! Vamos.

Se va el Encapuchado llevando a rastras a su víctima y dándole de golpes.

Eutelpis.- ¡Por piedad! ¿Qué destino le aguarda?

Coro.- Quisieran los dioses que no lo supiésemos ya…

Se escuchan alaridos de indescriptible dolor de la mujer, acompañados de una orquesta de rugidos y aullidos de muchos monstruos ignotos. Las mujeres del coro gritan de miedo y se retuercen encadenadas. Eutelpis se arroja de nuevo al piso, cubriéndose los oídos y se queda temblando en posición fetal. Cuando el abominable concierto se detiene, las mujeres y Eutelpis recuperan relativa calma. Eutelpis se incorpora.

Eutelpis.- ¡Y yo creí que el furioso asedio en que Esparta tiene a nuestra patria era lo que había que temer! ¡Temía que al caer las defensas de Atenas me viese yo prisionera y esclava de los lacedemonios y que mi padre perdiera sus riquezas! Ahora se me presentan nuevos e insospechados temores. No sé que es peor: el conocimiento del horrendo fin que tendrá mi vida, o la tortura que ese malvado hace a nuestras almas y mentes al hacernos esperar.

Coro.- Eso mismo me pregunto yo todos los días. ¿Será peor llegar al suplicio de una vez o la agonía de la espera?

Entra el Encapuchado, bañado en sangre, cargando un montón de jirones de carne y piel, con algunos huesos. Los pone en el altar de Fobos y arroja algunos trozos de carne al fuego. El olor a carne quemada inunda el área.

Encapuchado (Hacia Eutelpis).- Y ahora, hija del rico ateniense, que has escuchado la clase de horrores que mi dios todopoderoso ha reservado para ti, ven a encontrarte con tu destino. (La sujeta con violencia y entre jalones y empujones se la lleva por la izquierda)

Eutelpis.- ¡No! ¡Dioses no! ¡Sálvenme! ¡Zeus, abáteme con tu rayo para que perezca antes de ser sometida este suplicio! ¡No, por favor, no! (Sigue gritando mientras desaparece de escena).

Coro.- ¡Demasiadas muertes, demasiadas torturas hemos escuchado! ¡Demasiadas amigas y amigos hemos visto partir! Tenemos esperanza en la muerte, pero ¿y si ese hombre tiene razón y tras ella hay horrores más terribles que los que hay en vida? Sería entonces dichoso quien permanezca en este mundo soportando estos suplicios. Pero no. Ese hombre es malvado y busca trastornar nuestro juicio y matar nuestras esperanzas. Tengamos fe en que aún la morada de Hades guarda un lugar de paz…

Empieza de nuevo el concierto de sonidos monstruosos y de gritos de dolor. Las mujeres del coro gimen y se retuercen. Estos abominables ruidos duran por minutos interminables hasta que se detienen de golpe.

Corifeo.- Muerto ha, sin duda, la pobre hija del rico ateniense.

Entra Eutelpis, herida y ensangrentada, caminando errática y trastabillando. Sostiene en su mano la hoz sangrante del Encapuchado.

Coro.- ¿Pero cómo? ¿Te ha dejado vivir? ¿Es que piensa matarte de poco en poco para prolongar tu agonía por más tiempo?

Eutelpis.- No amigas, he sido yo quien lo ha herido.

Coro.- ¿Cómo? Habla, niña.

Eutelpis.- Me condujo a un calabozo más horrible que éste, un sitio oscuro e inmundo. Allí me ató a una mesa, en la que pretendía atormentarme hasta causarme la muerte. La primera parte de su plan se vio cumplida, como seguramente habéis escuchado. Me cortó y me apuñaló con su hoz hasta que quise morir mil veces. Pero este asesino no había atado bien mi diestra y aprovechando un breve instante de distracción suya, liberé mi mano, tomé su hoz y le di una estocada en el costado. El villano retrocedió por el dolor y yo pude escapar.

Coro.- Pero, ¿y los monstruos que con nuestras compañeras ha alimentado?

Eutelpis.- No hay tales, sino máquinas. Máquinas activadas por la fuerza de un arroyo subterráneo y que, con trompetas, tubos, timbales y otros instrumentos que no puedo describir producen los rugidos odiosos que hemos escuchado. Era justamente mientras ese villano se distrajo operando sus máquinas que encontré oportunidad para herirlo y huir. No hay más monstruo aquí que la locura y la maldad de las que son capaces los hombres.

Coro.- ¡Bendita seas, niña! ¡Ahora libéranos y escapemos juntas de esta lúgubre prisión?

Eutelpis se doblega, gime de dolor, y se postra.

Eutelpis.- No tengo fuerzas, ese hombre me ha matado… Pero ¿qué es eso?

Se escucha un estruendo que proviene desde la superficie, gritos enardecidos, estrépito del metal chocando y el rumor de muchos pasos.

Coro.- Suena como un ejército.

Eutelpis.- ¡Tal debe ser! Es el ejército lacedemonio que entra en nuestra ciudad. ¡Oigo sus pasos muy cerca! ¡Ah, valientes espartanos a los que antes temí más que al Hades, pero que ahora son la encarnación de la esperanza! ¡Quieran los dioses que las tropas de Esparta encuentren esta catacumba y vengan a liberarlas! ¡Ay, amigas! Muero ya, pero me voy con dos dichas. Una, la de saber que no hay aquí más monstruos que ese hombre, simple mortal al fin, al que pude herir. La otra, la esperanza de que pronto seáis vosotras liberadas. ¡Adiós amigas, muero ya!

Eutelpis cae muerta al suelo. Entra el Encapuchado, sujetándose el costado herido.

Encapuchado.- Estúpida niña. Me ha herido, pero no de muerte. ¡Ahora ustedes pagarán por su insolencia!

Entra Deimoskótones, general espartano, seguido por dos hoplitas. Todos están completamente armados.

Deimoskótones.- ¿Qué es esto? ¿Qué lugar es éste?

Coro.- Oh, valiente espartano, somos víctimas de este hombre cruel que se ha complacido en torturarnos en cuerpo y alma para después darnos muerte. Mira a esa niña que yace en el suelo, víctima de la maldad de este asesino.

Deimoskótones.- Vil gusano y no varón es quien ejerce violencia contra mujeres indefensas. ¿Quién eres, villano?

Encapuchado.- ¿Quién soy? ¡Te mostraré!

El Encapuchado se coloca de frente a los espartanos y a las cautivas, dando la espalda al auditorio, y se levanta la capucha.

Encapuchado.- Éste es el regalo de Fobos. ¡Contemplad!

Las mujeres emiten los peores alaridos que se han escuchado; Deimoskótones grita también y se cubre con su escudo; los dos hoplitas huyen espantados. El Encapuchado se cubre de nuevo la cara.

Coro.- ¡No es posible! ¡No es posible! ¿Qué son esos rasgos inhumanos? ¿Qué es esa mueca deforme que emula una sonrisa? ¡Miedo, miedo, miedo! ¡Jamás podré sentir otra emoción!

Deimoskótones.- ¡Eres un monstruo!

Deimoskótones atraviesa al encapuchado con su lanza y éste cae por tierra, aunque aún vivo.

Encapuchado.- Puedes matar este cuerpo débil, espartano, pero no puedes vencer a Fobos. He cultivado el miedo en estas mujeres, y el miedo emana de ellas y contamina todo lo que se les acerca. ¡Ya nunca conocerás otra emoción que el terror!

Deimoskótones (agitado, tembloroso, resoplando y sudando frío).- Es verdad. Tengo miedo. Me siento invadido por un terror que nunca había experimentado. No es natural este sentimiento, como no es natural el rostro que vi hace unos instantes. ¿De dónde viene el terror? ¿Cómo me libro de él? (se vuelve hacia las mujeres del coro) ¡Ustedes! ¡Ustedes están contaminadas con miedo! ¡Este terror ultraterreno emana de ustedes!

Enloquecido y desesperado, Deimoskótones con su lanza procede a masacrar a las mujeres cautivas, que gritan aterradas y elevan súplicas incoherentes, mientras el hierro brutal penetra sus cuerpos. Al final, queda Deimoskótones bañado en sangre.

Deimoskótones (arroja a un lado sus armas y se sumerge en la desesperación).- El temor no se va. No puedo respirar, no puedo vivir. ¡No soporto este pánico que me embarga! ¡Piedad! ¡Piedad! (se va corriendo y dando gritos lastimeros).

El Encapuchado, herido y sangrante, se arrastra por el suelo y, con voz moribunda y entrecortada, se dirige al auditorio.

Encapuchado.- ¿Lo veis? El triunfo de Fobos es inevitable. Permití a esas mujeres tener un instante de esperanza, para después redoblar sus miedos. Es así como Fobos juega con los mortales. Y vosotros, ¡¿creéis poder evadir la influencia omnipresente de Fobos?!

El Encapuchado ríe y su carcajada oscura y terrible se hace más estruendosa conforme las llamas de antorchas y trípodes se extinguen y la escena se oscurece. Fin.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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3 respuestas a Fobos

  1. Miguel Ernesto Galván Del Moral dijo:

    Bonito el detalle para representar este cuento como un libreto, siendo representado en Atenas. Hasta se antoja para una ópera, con la descripción de los “conciertos” de gritos y horror.

  2. Ricardo Tatto dijo:

    Muy chido Maik, aunque muy corto, Por cierto, hay una parte donde pones Febos en lugar de Fobos, en los primeros párrafos…

  3. Maik Civeira dijo:

    Gracias, ya lo corregí.

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