Loch Ness

LOCH NESS

Caledonia, siglo VI

“Nunca te internes solo en el bosque, pues es ahí donde vive la hermosa gente, la antigua gente, y sobre ti puede caer toda su furia”, solía decirle su madre, pero él lo olvidó. Se apartó de los otros niños y deambuló distraído entre la húmeda espesura de árboles y arbustos. Perdido en sus divagaciones y fantasías, vio de pronto frente a sí a un hermoso corcel de pelaje negro reluciente. El animal le fascinó de tal manera que él no dudó en acercársele. El caballo se mostró manso y se dejó acariciar por el muchacho, que al fin se animó a subir a su lomo. Sería una gran sorpresa para todos en la aldea cuando él llegara cabalgando ese animal tan magnífico.

Pero apenas el chico se asentó sobre el caballo, éste se encabritó y emitió un bramido antinatural y espantoso que se escuchó incluso en la aldea. El caballo echó a correr con todo y jinete, galopando más veloz que la muerte. Trató de saltar y arrojarse desde el lomo de la bestia, pero algo incomprensible lo mantenía sujeto, encadenado a la piel del monstruo; incapaz de desmontar, el niño lloró, rezó y gritó por ayuda. El animal alcanzó la orilla del Lago y con un solo salto inmisericorde se arrojó hacia las aguas y desapareció bajo la superficie. Ahí, en esos abismos de obscuridad primigenia, el niño quiso sentir que se ahogaba, pero la piedad de una agonía silente no le fue concedida, pues decenas de fauces monstruosas lo mordieron y desgarraron su piel y carcomieron su carne y bebieron su sangre. Y el agua del Lago, tranquila como siempre, siguió reflejando el color del cielo.

Por aquellos días llegó Colum Cille desde Irlanda, con la misión de extender el Reino de Dios entre los pictos y los escotos de Caledonia. El rey Bridei lo recibió con hospitalidad y le dio permiso de predicar en sus tierras. Así llegó a una aldea, no muy lejos del Lago, donde sus habitantes escucharon con atención e interés a la historia de las obras y milagros del Hijo de Dios y de los santos varones que le siguieron, mas no estuvieron dispuestos a renunciar al culto de sus propios dioses. Los pictos hablaron a Colum Cille de la gente hermosa, la gente antigua, que habita y protege los bosques y las montañas. El santo les explicó que no eran más que demonios de la corte de Lucifer, pero ellos no quisieron creerlo. Los pictos le contaron de las selkies, las mujeres-foca que atraen a los hombres con sus encantos y luego los devoran en cuerpo y alma, y Colum Cille dijo que no eran más que sirenas, presentes en todos los mares del mundo. Le hablaron de los kelpies, los caballos acuáticos que raptan y se alimentan de las personas. El santo les dijo que todos esos demonios se irían de sus tierras en cuanto abrazaran la Fe verdadera.

Entonces los pictos decidieron darle a Colum Cille la oportunidad de probar el poder de su Dios. Le contaron del monstruo que infestaba el Lago y que había matado a muchos niños, mujeres y hombres de la tribu. “Es como un kelpie, pero no es un kelpie común”. Algunos guerreros, unos pescadores y un hombre sabio condujeron a Colum Cille y a sus seguidores frente al Lago, al sitio en que el monstruo había sido avistado por última vez.

“En ocasiones se ve su cabeza asomándose sobre el agua; otras veces se puede distinguir su silueta nadando bajo la superficie”, le dijeron. “¿Desde cuándo vive este monstruo en el Lago?”, preguntó el santo. “Desde antes que tu Dios sembrara el Jardín del Edén”, contestó el sabio picto y Colum Cille sintió un escalofrío.

El santo envió a uno de sus seguidores, Luigne moccu Min, a nadar en el lago para atraer a la bestia. Así lo hizo el fiel converso, confiado de la sabiduría y santidad de su maestro y del poder de su Dios. Se echó al agua negra y helada, y estuvo nadando por un buen rato antes de que los hombres en la orilla empezaran a gritarle y a hacerle señas. Luigne miró detrás suyo y vio la cabeza del monstruo; era como la de un caballo, pero más larga, con la piel negra, desnuda y lustrosa como la de una foca. Su elegante cuello equino se balanceaba hacia adelante y atrás con cada movimiento que hacía su cuerpo oculto bajo el agua. Luigne, presa del terror, comenzó a nadar lo más rápido que pudo hacia la orilla. En tierra, Colum Cille se santiguó, se puso de hinojos, juntó las manos y elevó los ojos al cielo: “Señor, detén a esta bestia maligna”, y luego agregó, dirigiendo la mirada hacia el Lago “No sigas adelante. No toques al hombre. Regresa enseguida”. Pero el monstruo siguió nadando sin dar muestras de que la oración del santo lo hubiese afectado en lo absoluto. Pronto alcanzó a Luigne, sujetó su pierna de una mordida y entre gritos y pataleos lo arrastró hacia las profundidades, mientras la superficie apenas burbujeaba de sangre.

Los hombres en tierra se volvieron en silencio hacia Colum Cille, a quien dolía más la humillación que la muerte de su discípulo. Por primera vez en la vida, el santo albergó dudas sobre el poder de su Dios. Pero de inmediato recuperó su fe arrinconada y se convenció de que no había rezado con suficiente fortaleza. Resolvió enfrentarse al monstruo en su propio terreno. Pidió una lancha y dos voluntarios. Nadie se ofreció. Él solo abordó el bote y remó adentrándose en el Lago.

Se encontraba ya lejos de la ribera cuando vio que a su lado nadaban otros mostrencos como el que había matado a Luigne. Decenas de ellos se deslizaban con la cabeza sobresaliendo del agua y bufando vapor ardiente. Colum Cille fingió ignorarlos. Cuando consideró que se había adentrado lo suficiente, se puso en pie sobre la barca, levantó las manos al cielo y exclamó, “Padre Todopoderoso, libra este Lago de tus enemigos y de los enemigos del hombre, para que aquí, en tierra de paganos, se te adore como es debido”, tras lo cual pronunció serie tras serie de padrenuestros, avemarías y demás oraciones, algunas de ellas hoy olvidadas. Los monstruos acuáticos produjeron un coro de chillidos agudos y dolorosos que hicieron al santo perder el equilibrio y lo obligaron sentarse en el fondo de la embarcación; después, las criaturas acuáticas se sumergieron.

Colum Cille pensó que había triunfado sobre los enemigos del Señor y sonrió orgulloso. “Demos gracias al Señor”, gritó “¡Aleluya!”. Pero ningún sonido le respondió. Por un instante, fue como si todo hubiese quedado en quietud sepulcral. Nada se movía, nada emitía rumor alguno. El santo miró hacia el agua; por un momento creyó que su vista lo engañaba, porque el cambio era muy gradual, pero luego se convenció de que el Lago se estaba tornando rojo. Entonces miró el cielo, que parecía cubrirse de sangre, y entendió que el Lago reflejaba su color. Los monstruos volvieron a la superficie y nadaron en círculos alrededor de la lancha. El agua comenzó a borbotear y pronto el Lago estuvo en ebullición; la barca se sacudió amenazando con arrojar a su tripulante. Entonces, de entre las aguas terribles e iracundas, surgió el verdadero Monstruo, gigantesco como el salón de un rey. Era de color negro y parecía estar hecho de fango y cieno. El Monstruo extendió sus alas, que cubrieron el horizonte y entonces Colum Cille no pudo ver otra cosa sino la negrura profunda y fangosa del ser que tenía ante sí, y mirarla era como quedarse ciego y perder el alma en la oscuridad. Del agua emergieron esqueletos de los hombres, mujeres y niños devorados por el Monstruo y sus vástagos, y estos espectros flotaron formando espirales a su alrededor.  El santo apenas pudo reunir la fuerza de voluntad para persignarse.

“Dominus reget me et nihil mihi deerit…”, rezó Colum Cille de rodillas, mas el rezo fue interrumpido por el rugido del Monstruo, un bramido abominable que hizo que el santo cayera de espaldas. Lo más atroz no era el rugido que escuchaba con los oídos, sino el que escuchaba con la mente, pues el Monstruo le hablaba directo a ella y le transmitía ideas de muerte, locura y destrucción. Durante un instante interminable, Collum Cille perdió casi toda su fe y esperanza, y le costó toda su fuerza de voluntad emitir las palabras sagradas. “Dominus reget me et nihil mihi deerit, in loco pascuae ibi; me conlocavit super aquam refectionis educavit me…” y de nuevo el Monstruo rugió y esta vez Colum Cille pudo sentir en lo más profundo de su alma lo que decía…

Muerte… Yo soy la Muerte… La Destrucción Absoluta… La Desolación Infinita… El pasado y el fin. ¡YO SOY EL DRAGÓN!

El santo estalló en lágrimas como un niño aterrorizado, se llevó las manos a la cabeza y suplicó misericordia. Mas la fe que aún guardaba en su interior le permitió recuperar la compostura, se levantó de nuevo y le gritó al Monstruo, “¡No te temo! ¡Mi Señor triunfa sobre la muerte! Dominus reget me et nihil mihi deerit, in loco pascuae ibi; me conlocavit super aquam refectionis educavit me, animam meam convertit deduxit me super semitas iustitiae propter nomen suum, nam et si ambulavero in medio umbrae mortis…”. De nuevo el monstruo lo interrumpió con su bramido, aunque esta vez Colum Cille no perdió su entereza y retomó su rezos “Pater Noster, qui es in Caelis… sed libera nos a malo…” Los engendros en el agua y los espectros en el aire se burlaron de sus ruegos con escandalosos craqueteos que simulaban carcajadas y el Monstruo siguió emanando terror y desesperación.

            El santo pensó en una alternativa final, en un último intento; colocó las manos sobre la superficie del agua -pequeños monstruos emergieron y le mordieron los dedos, pero él los ignoró- y rezó, confiado en el poder que su Dios le había conferido “Exorcizo te, creatura aquæ, in nomine Dei Patris omnipotentis, et in nomine Iesu Christi, Filii eius Domini nostri, et in virtute Spiritus Sancti: ut fias aqua exorcizata ad effugandam omnem potestatem inimici, et ipsum inimicum eradicare et explantare valeas cum angelis suis apostaticis, per virtutem eiusdem Domini nostri Iesu Christi. Amén”.

Entonces se escuchó un trueno omnipresente, el Monstruo aulló y sus vástagos soltaron los dedos del santo y se revolvieron entre chillidos, los espectros se desvanecieron, el cielo se aclaró, el agua quedó en calma y las criaturas se hundieron en ella. Y el Monstruo, antes de deshacerse en montones de fango y cieno lacustre, emitió un último silbido de muerte y desolación.

            Colum Cille remó, exhausto como estaba, hasta la orilla, donde los pictos lo recibieron con vítores y exclamaciones, y no pocos se postraron ante él, le besaron los pies y le suplicaron que los bautizara. El sabio picto se acercó al santo cristiano y le preguntó cómo había logrado derrotar al Monstruo. “Bendije el agua del Lago. Ahora toda ella está purificada y servirá para bautizar a tu gente, buen hombre”, “Pero, otras aguas llegarán al Lago, aguas del río y de la lluvia, aguas que no están benditas. ¿No es así?”, “Sí”, respondió Colum Cille desconcertado, y añadió tras una pausa “Pero el Monstruo ha sido derrotado”. “Por ahora”, agregó el sabio picto con una sonrisa triste, se dio la vuelta y se colocó al final de la fila de los que esperaban ser bautizados.


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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a Loch Ness

  1. Pancho dijo:

    Había escuchado antes la leyenda del caballo que no permitía que te bajaras, te llevaba a cuestas hasta que morías de hambre y tu esqueleto se caía sólo, algo así recuerdo. Tenía entendido que era una leyenda Celta, pero no recuerdo el nombre.

    Este me gustó mucho 😀

  2. Anónimo dijo:

    me encanta el terror, desde bram stoker hasta hp lovecraft pasando incluso por s.k. Definitivamente escribes bn, felicitaciones, esperare con paciencia la sigueinte entrega…

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