Gashadokuro

Honshu, siglo X

¡Huesos, huesos, huesos! ¡Huesos hasta donde la vista alcanza! Osamentas de hombres, mujeres y niños esparcidas por todo el campo; cráneos, costillas, mandíbulas, pelvis y fémures con marcas de violencia y enfermedad; restos de los habitantes de Kondō, a los que él, Takeshi no Miyamoto, había condenado a una muerte horrible y sin esperanzas. Huesos, huesos y más huesos sobre una tierra árida y devastada era todo lo que se presentaba ante sus ojos. Miyamoto contempló horrorizado el panorama que tenía frente a sí, gritó con desesperación y se dejó caer sobre los huesos polvosos que tapizaban el páramo.

 

Casi dos años antes Miyamoto, ebrio de ambición, se había unido a la rebelión de Taira no Masakado contra el poder de Suzaku-teenō, el Emperador que tenía su corte en Heian-kyō. Miyamoto era entonces el señor de Kondō, una pequeña extensión de tierra en la que apenas se encontraban algunas aldeas más o menos prósperas. Ah, pero él, Miyamoto, vivía en un suntuoso y fortificado castillo desde donde disfrutaba de las riquezas que arrebataba a sus gobernados. Cuando Masakado se levantó en armas, Miyamoto no le envío a sus mejores samuráis, aquéllos que custodiaban su castillo, sino que reclutó por fuerza a todo varón capaz de sostener una lanza y los mandó a engrosar las filas del rebelde.

 

Masakado se apoderó de Hitachi, Shimotsuke y Kōzuke y se declaró Shinnō de las tierras conquistadas. Entonces Miyamoto, desde la opulencia de su castillo se congratuló de su destino como gran shōgun del nuevo Emperador. Pero Masakado fue derrotado y muerto en la batalla de Kojima y entonces las fuerzas del Emperador Suzaku, al mando de Taira no Sadamori, iniciaron una campaña de exterminio contra los aliados y seguidores del rebelde. El perdón no llegó ni para aquéllos que se rendían y los samuráis más honorables no tuvieron más remedio que recurrir al seppuku, el suicidio ritual, por haber traicionado a su Emperador. Pero Miyamoto no era honorable. No podía rendirse para soportar los suplicios que le esperaban ni tenía el corazón para pensar siquiera en el seppuku. Por ello, Miyamoto se preparó para el asedio.

 

Los guerreros que aún le eran fieles recorrieron las aldeas de Kondō y recolectaron todos los víveres, animales, cosechas, leña, ropas, utensilios y herramientas que pudieron y los llevaron al castillo, dejando a las viudas y a los huérfanos condenados a morir de inanición. Viudas y huérfanos eran, pues ninguno de los hombres de Kondō sobrevivió a las batallas contra las fuerzas imperiales. No fueron Sadamori ni Fujiwara, grandes generales del ejército imperial, los que dirigieron sus fuerzas contra el castillo de Miyamoto, pues no lo consideraban más que una amenaza menor. Fue un pequeño ejército, comandado por un capitán llamado Osamu no Miyazaki, el que asedió la fortaleza.

 

Miyasaki ignoró los padecimientos de los pobres de Kondō. Su ejército no se ocupó de saquear las aldeas, ni de violar a las doncellas, pero tampoco escuchó las súplicas de las viudas y los huérfanos cuando el hambre cayó sobre ellos. Mientras Miyasaki y su ejército permanecían día y noche alrededor del castillo, y mientras Miyamoto y sus samuráis se daban banquetes en la comodidad y seguridad de la fortaleza, los habitantes de Kondō fueron muriendo de hambre uno por uno. Si el ejército de Miyasaki hubiese prestado atención a los asuntos de la moribunda plebe, habría escuchado historias horripilantes de canibalismo: madres que se comieron a sus hijos muertos, hijos que no esperaron a que sus debilitadas madres terminasen de morir para empezar a mordisquear sus cuerpos y otros individuos más decentes que prefirieron alimentarse de ratas e insectos que con mucho trabajo lograban atrapar.

 

Pasaron muchos meses, casi un año completo, antes de que el hambre alcanzara el castillo de Miyamoto. Algunos de sus guerreros desertaron y fueron a suplicar a Miyasaki un poco misericordia y comida. No recibieron ni una ni la otra, sino que fueron lapidados hasta morir, y entonces los que quedaban en la fortaleza optaron por probar suerte con las armas. No pasó mucho tiempo antes de que Miyasaki considerara que era momento de tomar el castillo por asalto. Los pocos samuráis que quedaban estaban muy débiles para luchar aunque, eso sí, lo hicieron con valentía. Miyasaki mismo apresó a Miyamoto y lo condujo a empujones a las puertas del castillo, desde donde lo arrojó a un charco de lodo.

 

Fue entonces que sucedió el prodigio. Un viento potente y polvoso, que parecía provenir de todas partes y de ninguna, azotó la fortaleza y desde todos los puntos cardinales llegaron rodando miles de huesos. Cráneos, mandíbulas, dientes, costillas, falanges, vértebras, huesos de brazos y piernas rodaron por el suelo y en unos instantes cubrieron toda la tierra alrededor del castillo. Miyasaki interpretó el prodigio como un mensaje divino y ordenó que su ejército marchara, dejando a Miyamoto abandonado entre los esqueletos.

 

Ahora Miyamoto estaba allí, en una llanura de osamentas, llorando y temblando de miedo. Miyasaki le había permitido conservar su katana, mas él no tenía valor para darse la muerte. Pero algo más terrible que fenecer lo aguardaba… El suelo vibró y con cada tremor los huesos chocaron entre sí produciendo una música delirante y funesta. El cielo se oscureció de pronto, como si nubes negras se hubieran congregado furiosas en un instante sobre la cabeza de Miyamoto. El aire soplaba frío y nauseabundo y en él se escuchaban voces, no risas ni lamentos, sino algún sonido enfermizo que por momentos recordaba a unas y a otros. Y ante el terror de Miyamoto se alzó una montaña de huesos que se apilaron unos sobre otros, como si esa marejada de osamentas quisiera cobrar vida, forma y voluntad.

 

Entonces surgió Gashadokuro, gigantesco y espantoso, todo hecho de huesos. De miles de huesos estaba formado su esqueleto, de cientos cráneos estaba hecho su cráneo, con milares de dientes estaban construidas sus fauces. Y su cara sin carne era una burla impía de la sonrisa humana, y sus brazos terminados en garras se extendieron hacia el cielo en un remedo impío de plegaria.

 

Miyamoto estaba demasiado horrorizado como para gritar o huir. Gashadokuro lo miró con las cuencas vacías, emitió una carcajada hueca, polvorienta y reseca, lo tomó con unas de sus gigantescas zarpas y lo colocó frente a su boca descarnada. Entonces Gashadokuro succionó y Miyamoto sintió cómo cada trozo de su ser era arrancado por un aliento inexistente. Los ojos se salieron de sus cuencas, la sangre se secó en sus venas, su piel se desgarró como harapos y sus nervios se le desprendieron y se fueron volando hacia las mandíbulas vacías de Gashadokuro. Pero Miyamoto no murió ni aún cuando sus órganos y vísceras le fueron arrancados, sino que estuvo vivo para saberse y sentirse como un esqueleto sin carne. Y entonces, el gigante lo dejó caer y sus huesos se confundieron con los huesos de las cientos de víctimas de su locura y ambición. Y Gashadokuro mismo se deshizo y se unió a aquellos huesos, que se dispersaron por toda la comarca, y entre los que por siempre permaneció atrapada la consciencia de Miyamoto, padeciendo tormentos indecibles hasta el fin de los tiempos.

 

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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