Nicolò

NICOLÒ

Sicilia, siglo XII

La taberna era oscura, húmeda y maloliente, agradable para los rudos marineros que la dotaban de artificial alegría con sus canciones, perjurios y camorras. Afuera, el mar nocturno aullaba y salpicaba sobre el puerto con hálito violento y chorros de tormenta, como el bramido iracundo de las miles y millones de criaturas que lo habitan; la lluvia repiqueteaba en las paredes y las ventanas, protestando colérica y amenazante. Dentro, los cinco capitanes que compartían una mesa de honor no paraban de reír, cantar e injuriar. Conforme la noche avanzó, las anécdotas jocosas y obscenas de alta mar y de puertos lejanos cedieron poco a poco a las historias de sucesos extraños, inexplicables y, algunos de ellos, inquietantes. Uno de aquellos lobos de mar, el mayor de todos, con canas en las sienes y cicatrices que dejaron las batallas contra los corsarios moriscos, habló:

 

            -Yo era un joven marino cuando ocurrió lo que les voy a narrar. Mi nave se encontraba a medio camino entre Sicilia y la Bahía de Nápoles, cuando el vigía miró a lo lejos una figura que se nos acercaba a gran velocidad. Por su forma de nadar y su tamaño, supuso que se trataba de un delfín y al principio lo ignoró. Poco más tarde, dirigió de nuevo su mirada hacia el misterioso nadador y notó que se les había acercado una distancia nada despreciable. Un tiempo después, los privilegiados ojos de aquel muchacho pudieron apreciar la figura marina con claridad y, para su asombro, descubrió que se trataba de un hombre. “¡Hombre al agua!” gritó alarmado y muchos de los marineros en cubierta corrimos a popa a ver al infortunado. “Ha quedado muy atrás”, dijo el capitán, “No hay nada que podamos hacer por él”. Pero el nadador se acercaba cada vez más, a pesar de que navegábamos a gran velocidad con el viento a nuestro favor. El primer oficial parecía conocerlo, por lo menos de nombre, y ordenó que se bajara una escalera para que pudiera subir. Se llamaba Nicolò y tenía fama de ser el mejor nadador del mundo.

 

-¡Ah!- exclamó un capitán más joven –He oído hablar de ese hombre. Creí que era sólo un cuento. ¿Lo llegaste a ver de cerca?

 

-Sí.- contestó el hombre mayor -Le entregó un mensaje urgente al capitán (nunca supe su contenido) y tras beber y comer un poco, se lanzó al agua de nuevo y nadó de vuelta hasta Messina.

 

-¿Quieres decir que nadó desde Messina hasta alta mar y después de regreso?- preguntó otro lobo de mar -¡Increíble!

 

-Pero tan cierto.- contestó el primero –Como que esta cicatriz me la hizo la cimitarra de un moro y esta otra, los dientes de una puta.

 

Los capitanes echaron estruendosas carcajadas alcohólicas.

 

-Pero ¿cómo era este Nicolò?- insistió uno cuando pararon las risas.

 

-Nunca podría olvidarlo… Era un joven de unos veinte años, alto y delgado, pero musculoso, con una fina cabellera rojiza y unos ojos…- el maduro capitán pareció perderse en divagaciones –unos ojos profundos como el mar.

 

-Yo serví en la nave de cierto capitán siciliano.- dijo otro de ellos –No sé por qué lo había olvidado hasta ahora, pero me contó acerca de ese tal Nicolò. Lo llamaban “el hombre pez”. Siendo un niño llegó con su madre, una mujer hosca y solitaria, a vivir a Messina. El capitán me dijo que de niño vivía no muy lejos de la casa de Nicolò y que se había hecho un buen amigo del muchacho. Me dijo que Nicolò amaba, sobre todas las cosas, nadar… y que era el mejor nadador de todos. Su madre murió cuando él era un mancebo y vivió desde entonces a base de atrapar langostas y encontrar perlas. Podía aguantar la respiración más que ningún otro y nadar por horas y cubrir largas distancias sin cansarse. Por eso, a veces lo contrataban para llevar mensajes de un puerto a los barcos que ya habían zarpado.

 

-Yo nunca había oído el nombre Nicolò.- señaló otro de los juerguistas –Pero sí escuché historias del famoso hombre-pez de Messina. Oí que era de una familia de nobles caídos en desgracia… Que su padre era un noble de Catania que atrapó a una sirena y se la llevó a su casa, donde la tuvo escondida hasta que se le cayeron las escamas y reveló que debajo de ellas tenía piernas de mujer… junto con todo lo que debía tener- el capitán añadió un guiño ebrio y sus camaradas rieron. –Después se casó con ella y tuvieron a un hijo, el hombre-pez de Messina. Debe ser el mismo del que estamos hablando.

 

            -¡Bah! ¡Ésa es una historia ridícula! Una verdadera estupidez.- exclamó una voz aguardentosa, torpe, senil y atribulada, cuyo dueño era un anciano harapiento y hediondo que con el mismo trabajo balbucía y cojeaba hacia la mesa de los capitanes.

 

-¿Quién es este pordiosero?- demandó uno de ellos.

 

-Yo lo conozco- dijo otro –Es un pobre loquito que ronda estas tabernas y cuenta sus historias a quien le invita una copa. Déjenlo sentarse, que nos divertirá un rato.

 

 -Mis capitanes,- dijo el viejo aceptando la generosa oferta de esos caballeros -Los hombres se engañan al pensar que las sirenas son hermosas doncellas. A lo largo de mis años como hombre de mar he visto cosas, tan extrañas y aterradoras, que harían quedar lo que ustedes narran como simples chisme de viejas. Existía otra historia, capitán, pero muy pocos se atrevían a contarla y ya nadie la recuerda…- para aumentar la emoción, el viejo tomó un largo trago de la copa de vino que le habían servido -Decían que la madre de Nicolò era la hija de un noble de Catania que en una ocasión se paseaba por la playa con su ama de compañía, cuando del mar salió un hombre monstruoso cubierto de escamas. La dama de compañía salió huyendo, pero el monstruo atrapó a la joven noble… y la violó allí mismo. Después regresó al mar y nunca se le volvió a ver. De esa unión impía nació Nicolò. Para mí, ésa es la verdad.

 

Los capitanes más jóvenes se burlaron sin tapujos de los delirios del vago, pero el mayor de todos, dijo con seriedad:

 

            -En realidad, esa historia tiene más sentido, según lo que yo sé. También he viajado por este ancho mundo y he visto toda clase de cosas extrañas… Por eso siempre he pensado que sólo los hombres más valientes deben y pueden surcar los mares.

 

            -¿Los valientes?- estalló el viejo -¡Los tontos, dirá, mi capitán! El mar no es dominio del hombre. Hay cosas allí, bajo las negras aguas, cosas antiguas y poderosas que se arrogan el imperio del océano. Cuando entendí esta verdad, me retiré del mar y de las naves para siempre.

 

            -¿Qué disparates dice este viejo?- exclamó un capitán –En cualquier caso, ¿qué sabes tú de Nicolò.

 

            -Yo estuve allí.- contestó sombrío entre sorbos de vino -La fama de Nicolò se extendió por toda la costa siciliana hasta que llegó al interior, a la corte del rey Ruggiero. Éste viajó a Messina con la intención de conocer al famoso nadador. Nicolò se presentó ante su majestad con las ropas más dignas que su humilde condición le podía permitir, pero en seguida el rey pudo ver que el joven era muy pobre. Su Majestad exigió ver una demostración de las habilidades del joven. El rey navegó en su galera real hasta el punto intermedio entre Messina y Reggio Calabria. Nicolò no tuvo problema alguno en nadar hasta allí. Yo lo sé. Yo lo vi. Era entonces primer oficial de esa galera. El rey ordenó a Nicolò que le trajera la perla más grande que pudiera encontrar en esa zona. Y así lo hizo el joven: se sumergió por unos minutos y después volvió, ¡sosteniendo en la mano una perla del tamaño de los cojones de un buey! Entones, el rey sacó de su tesoro una copa de oro con joyas y perlas incrustadas.

 

            El vago apuró su copa de vino y el más viejo de los capitanes le sirvió otra, con tal de escuchar la historia hasta el final.

 

            -Recuerdo bien las palabras que el rey le dirigió a Nicoló: “Este cáliz es más valioso que todas las perlas que has sacado a lo largo de tu vida. Si la recuperas del fondo del mar, será tuya”. Nicolò aceptó el reto… ¡ingenuo! Pues el rey puso una condición “No debes sacarla de cualquier lugar. La arrojaré a Caribdis, y de ahí debes recuperarla”.

 

            Los capitanes se estremecieron, tal como Nicolò y todos los presentes se habían estremecido ante la petición del rey. El viejo continuó su historia.

 

-Después de pensarlo un momento, el nadador aceptó. La galera real navegó hasta encontrarse a sólo unos centenares de pasos del terrible estrecho donde se forman esos espantosos remolinos. Nuestro capitán no osó acercarse más. Con ayuda de una pequeña catapulta los hombres del rey arrojaron la copa hacia Caribdis. El cáliz cayó lejos del centro, pero la fuerza del remolino no tardó en succionarla y hacerle desaparecer bajo la furiosa corriente. En seguida, Nicolò se lanzó al agua y nadó hacia Caribdis.

 

De nuevo la copa se vació y de nuevo fue llenada.

 

            -Pasó más de una hora, en que no perdimos de vista la superficie del mar. Nicolò se apareció de pronto junto a la proa del barco, con la copa en la mano; yo mismo fui de los que lo ayudaron a subir, pues el joven estaba exhausto, trémulo y… aterrado. Apenas abordó la nave, jadeando se dejó caer sobre cubierta. “Dime lo que has encontrado allí abajo” ordenó el rey. Y recuerdo las palabras de Nicoló como si yo mismo hubiera visto lo que narró: “Majestad, he visto cosas tan horribles que no me atrevo a describir. No quiero… no puedo… Creo que mi amor por el mar… se ha desvanecido para siempre”, pero el rey insistió y el muchacho no tuvo más remedio que obedecer “Bajo el remolino hay un abismo tan profundo que nunca pude ver el fondo. En él habitan monstruos marinos gigantescos, y en sus laderas hay ciudades esculpidas en coral”. “¡Magnífico!” exclamó el rey “¡Mi reino tiene ciudades submarinas!”. Y entonces Nicoló le contestó, muy serio “No majestad, allí abajo ya no es su reino.” El rey se airó, pero al sencillo muchacho no le importó y dijo “Esas ciudades son más viejas que los barcos de los marineros griegos y fenicios que yacen en las arenas del fondo… Están habitadas por hombres monstruosos, como demonios, que practican la brujería y adoran… no sé a qué…” Éstas son palabras que nunca olvidaré: “Fue uno de ellos quien me entregó la copa. Esa… cosa… me dijo… ¡En nombre del Cielo! No quiero ni recordarlo”. Y quisiera olvidarlo yo también.

 

            El viejo harapiento calló por más de un minuto, meciendo las heces de vino en su copa.

 

            -¿Y bien?- preguntó el capitán más viejo -¿Qué sucedió?

 

            El vago tardó antes de responder: -Nicolò fue llevado bajo cubierta, donde pudo descansar por unas horas. Despertó agitado, gritando por causa de horrorosas pesadillas sólo para encontrarse con que la galera real se hallaba aún en alta mar. Sentí pena por él cando me ordenaron conducirlo de nuevo ante la presencia del soberano. “Bien, Nicolò, confío en que ya has recuperado tus fuerzas”, dijo el rey “¿Estás listo para una segunda visita?”. Y el pobre muchacho palideció. Suplicó que no lo obligaran a volver “Majestad, allí abajo vive un ser sin nombre… Ellos me han dicho cosas horribles. No con palabras, sino con… la mente. Me reclaman, quieren que me quede a vivir con ellos en ese mundo horrible. No, majestad, no puedo hacerlo”. Pero el rey le dio a elegir entre dos opciones: bajar de nuevo y volver para ganarse un cofre de monedas de oro, o ser quemado vivo por brujería.

 

            -¡Pobre muchacho!- musitó el capitán más viejo.

 

            -Nicolò consideró por un momento si era menos terrible enfrentarse a los suplicios de un juicio por brujería o a los horrores que moraban en el abismo, pero creo que finalmente vio en la bolsa de monedas la salida a su onerosa pobreza y la posibilidad de un retiro tranquilo, lejos del mar… como el que yo mismo he anhelado… Él sólo tendría que enfrentarse al abismo una vez más. Decidido, Nicolò saltó del barco, nadó hacia Caribdis y se hundió en al agua.- el anciano guardó un silencio largo y doloroso antes de concluir, -Nunca más volvió a emerger.

            El viejo ebrio terminó su última copa y se alejó de la mesa, dejando a los cinco hombres pensativos y taciturnos. Ninguno lo admitió, pero esa noche, en el viento fiero que viene del mar, creyeron escuchar voces…

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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3 respuestas a Nicolò

  1. Beto Vélez dijo:

    coñoooooo volvi a leer pensando que habria secuela pero no 😦

  2. Javier Méndez dijo:

    ¡Magnífico!…Mi hermana me recomendó leerlo…Ahora he quedado con ganas de leer los demás…

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