El Flautista de Hamelin

EL FLAUTISTA DE HAMELIN

Baja Sajonia, Principios del siglo XIII

Hans volvió con la niebla. Su mirar tenía el color de la helada y en sus mejillas brillaba la escarcha. Era dos inviernos mayor que cuando había partido; su cara y brazos estaban surcados por marcas de hierro candente. Pero era Hans, y la gente de Hamelin lo reconoció y agradeció al cielo cuando se le vio aparecer con andar perdido por el sendero que lleva hacia el pueblo.

 

            Cuando Hilda supo del regreso de su hijo, corrió a su encuentro por las calles lodosas de Hamelin. El muchacho no respondió a los llamados y no reaccionó al abrazo de su madre. Inmóvil y frío, con la mirada naufragando en el fango, exhaló un suspiro de vaho. Hilda condujo a Hans a su casa y el muchacho, privado de voluntad, se dejó guiar.

 

            Al llegar a casa, las hermanas y el hermano de Hans salieron a recibirlo. Sólo el mayor, Freder, lo recordaba. Las niñas eran demasiado pequeñas para evocar aquel otoño en que el Flautista, esgrimiendo una orden del Papa y otra del Emperador, había llegado a Hamelin para llevarse a todos los varones mayores de catorce años. Mas incluso para Freder, que tenía viva en la memoria la imagen de su hermano mayor, esa criatura torpe y sin voluntad resultaba extraña. Sólo Hilda reconocía en él a su hijo perdido.

 

            Para Hamelin, pueblo de mujeres y niños, el regreso de Hans era un milagro. Nunca antes había vuelto un niño de los que se había llevado el Flautista. El retorno del mozo significaba esperanzas para las madres que aún miraban hacia la niebla y esperaban ver surgir la silueta de sus muchachos y para aquellas que temían escuchar de nuevo la música dulce de la flauta.

 

            A Hilda le bastaba con saber que su Hans había vuelto a casa. Su corazón triste y exhausto no necesitaba más que ver al muchacho arropado en su cama al caer la noche. La anciana dio un beso en la mejilla a su hijo y lo dejó en una habitación para él solo, un lujo que pocos se podían dar en Hamelin.

 

            -Su hermano está muy cansado.- dijo Hilda a los niños, que se asomaban curiosos a la pieza en la que Hans yacía –Necesita reposar. Recen y agradezcan a Dios que esté de vuelta.

 

            Por las noches, nadie salía de sus casas. Las ratas deambulaban voraces por las callejuelas; el tapeteo de sus ágiles patitas y el arrastre de sus colas por el lodo resonaban en las silenciosas tinieblas. En los hogares, las madres rezaban y hacían rezar a sus hijos, “Dios mío, que acabe la guerra. Dios mío, que vuelvan a casa.”, tras lo cual iban todos a sus camas.

 

            Hilda y los niños dormían sueños supersticiosos de edades oscuras, cuando un alarido quebró la noche. Las niñas lloraron aterradas al tiempo que su madre corría hacia el cuarto de Hans, de donde provenían los gritos. Allí estaba el muchacho, sentado en su cama, aullando de horror hacia el cielo, temblando sudoroso, agitando los brazos para apartar alguna presencia amenazante.

 

            Hilda abrazó a su muchacho, pero él no le dio descanso a su garganta y siguió combatiendo las sombras que lo acechaban entre sus párpados. La anciana acariciaba los cabellos pajizos del hijo y llorando le decía:

 

            -Dios mío, hijito, ¿qué te han hecho? ¿Qué te han hecho?

 

            Permaneció con él hasta que de forma súbita se calmó y se quedó dormido.

 

            Los alaridos nocturnos de Hans no se daban todas las noches, pero eran frecuentes y nunca menos terribles. En poco tiempo Hilda se acostumbró a pasar las noches en vela, primero esperando a que se presentara el episodio de pánico y luego tratando de calmar a su hijo. Los niños se acostumbraron a estos ataques y pronto aprendieron a evitar que los gritos y gemidos de su hermano interrumpieran su sueño.

 

            Durante el día, Hans deambulaba sin rumbo por la casa o se quedaba quieto, de pie o sentado, mirando algún punto vacío. Sólo comía si se le daba la sopa en la boca y se orinaba y defecaba en sí mismo. Entre las mujeres de Hamelin hubo quien murmuró que habría sido mejor perder al hijo que recuperarlo de esa manera, pero Hilda daba constantes muestras de resignación y hasta gratitud.

 

            Cierta vez, Hilda y sus hijas hacían las faenas del hogar, mientras Hans permanecía recostado en su cama, mirando vacuo a través de la ventana. Hilda entró al cuarto de Hans para revisarlo, y notó que algo se movía bajo la cobija que cubría las piernas del muchacho. La mujer apartó las sábanas y encontró a las ratas. Ratas negras, erizadas, de ojos rojos y agudos dientecillos. Decenas de ellas, como una sola gran masa peluda y palpitante, royendo la carne y huesos de su hijo, mientras él se mantenía pasivo e impávido, mirando el fango más allá de la ventana. Las ratas volvieron sus diminutos ojos brillantes y malévolos hacia Hilda y chillaron furiosas. La  mujer, espantada, con una escoba descargó golpes sobre la cama tratando de atinar a las bestezuelas. Las ratas saltaron ágiles y escaparon por un agujero en la pared. Hilda creyó escuchar que se reían.

 

            La mujer se volvió hacia su hijo; en partes de sus piernas las ratas le habían roído hasta la médula, pero Hans no mostraba señal de dolor, y muy poca sangre brotaba de las heridas. Hilda se dejó quebrar, se derrumbó de rodillas junto a su hijo y lloró de impotencia, espanto y desesperanza. A partir de entonces la anciana dispuso que siempre alguno de los hermanos de Hans permaneciera cerca de él para cuidarlo de las ratas.

 

            Las piernas del muchacho habían quedado inservibles, gangrenadas y despedían un olor putrefacto que a veces inundaba todo el pueblo, pero milagrosamente la gangrena no había trepado más allá de sus muslos, y Hans se mantuvo en su perenne condición de semivida. La vigilancia de Hilda evitó que las ratas siempre acechantes se abalanzaran sobre Hans para terminar con su festín. El muchacho, por su parte, siguió padeciendo ataques nocturnos.

 

***

 

Freder tenía un corazón gemelo en una joven llamada Lea. “Lea la leona” le decía Freder por su fuerte temperamento y su poco usual fuerza de voluntad. Al igual que Freder, Lea tenía trece años, y como él, había visto a sus hermanos mayores ser llevados por el Flautista. A veces, cuando Lea concluía las faenas hogareñas y Freder había terminado de ordeñar a la vaca y alimentar a las gallinas, ambos subían a una colina que dominaba el pueblo y permanecían horas hasta el anochecer, ya fuera conversando de infinitos temas, o simplemente en silencio, observando el humo salir por las chimeneas de Hamelin. Sus respectivas madres ya no los reprendían por perder el tiempo de esa manera, conscientes que el dulce idilio de los niños podría ser roto en cualquier momento por la música de una flauta.

 

            Llegó el otoño y los bosques se volvieron rojos. No muchos años antes, las madres de Hamelin prevenían a sus hijos sobre vagar en los linderos del bosque, que por esas fechas se llenaban de brujas, fantasmas y demonios. Pero ahora, nada importaba, cualquier miedo era insignificante comparado con la abominación que cada año llegaba del sur. Ese otoño, sin embargo, no se apareció el Flautista, y Lea y Freder pudieron disfrutar de sus correrías por las colinas y bosques que rodeaban el pueblo.   

 

            Freder cumplió catorce años la primavera siguiente y algunos muchachos más lo alcanzaron durante el verano. La angustia expectante de las madres de Hamelin se hizo presente, y las miradas vigilaban el horizonte a la espera de ver aparecer una silueta alta y oscura, y los oídos se mantenían atentos a cada silbido del viento. Pero pasó el tiempo y no hubo señales del Flautista. La gente de Hamelin empezó a recuperar la confianza en que el horror había pasado, en que ya no se llevarían a más de sus hijos y en que quizás, sólo quizás, algunos de ellos podrían volver a casa.

 

            Volvió el otoño y Freder y Lea reanudaron sus correrías. Sentados en la cima de la colina, mirando hacia el pueblo, se acurrucaron el uno junto al otro y se hablaron en voz baja. Por primera vez en sus años de adolescencia negada, Lea se permitió soñar con el futuro. Se volvió hacia Freder, admiró su rostro y, entonces, sin esperar más, le asentó un beso en la mejilla. Luego se puso de pie frente a su amigo y lo tomó de la mano.

 

            -¿Quieres verme?- le preguntó en un susurro y el joven asintió perplejo.

 

            Con lentitud y cautela, temblando un poco, con rubor y palidez alternándose en su rostro, Lea comenzó a levantarse la falda, y Freder, con las facciones heladas y los ojos abiertos de par en par, la contemplaba con expectación.

 

            Entonces sonó la música.

 

            Primero leve, lejana, distante. Una música dulce y dolorosa de insondable origen, de notas de miel, que se mecían como canción de cuna, pero que eran etéreas, malignas, deformes. La música creció en los oídos de Freder, y Lea, al ver su mirada, supo que él ya no era suyo. El muchacho se levantó sin decir palabra y, sin volverse a ver su amiga, empezó a andar hacia el pueblo. Lea no pudo detener a Freder, quien caminó llevado por una fuerza que lo arrastraba hacia la música. Ella siguió a su amigo hasta la plaza del pueblo, donde estaban reunidos otros seis muchachos de catorce años, rodeados por madres y hermanas llorosas que les suplicaban no hacer caso de la música. Y en medio de esos muchachos sin voluntad y con la mirada fría y extraviada, estaba el Flautista.

 

            Más alto que ningún hombre que cualquiera hubiese visto en Hamelin, su cuerpo todo, a excepción de manos y cara, estaba cubierto por pesados pliegues de una tela tan oscura que no reflejaba la luz. Quien miraba la túnica del Flautista sentía perderse en un abismo. Cubría su cabeza con un gorro de piel más negra que la de cualquier animal conocido. Su cara era larga, inexpresiva y color de niebla. Sus labios, delgados y violáceos, se torcían de pronto en ambiguos y crueles gestos. Entre las manos huesudas, casi traslúcidas de palidez, sostenía su instrumento, dorado, largo, que brillaba no por los reflejos del sol, sino por lo que parecía ser una luz propia. Lo guardó entre los pliegues infinitos de su túnica y de ella extrajo dos folios enrollados, una orden del Papa y otra del Emperador, que ordenaba que los niños de Hamelin marcharan a la guerra.

 

            Hilda llegó corriendo a la plaza y se echó a los pies de su hijo; le rogó que no se marchara, que no la dejara, que ignorara la música del Flautista. Pero Freder ya no era más Freder, sino un ser sin voluntad ni razón. Las madres de Hamelin no pudieron impedir que los siete mancebos se formaran en fila, ni que se fueran caminando al ritmo de la música, guiados por el Flautista. La desesperación se apoderó del pueblo, y algunas madres enloquecidas se arrojaron al lodo a gritar, retorcerse, a hacerse daño. Sólo Hilda y Lea siguieron a la comitiva hacia el final del pueblo. Allí, el Flautista se detuvo, le dirigió una mirada indiferente a la mujer y luego otra hacia a la humilde y ruinosa casa de Hilda. Entonces dijo con voz de bronce:

 

-Te escapaste. Me olvidaba de ti.

 

Hilda recordó a su otro hijo y, olvidándose de Freder, emprendió a toda prisa el camino de regreso a casa. Tropezó y cayó en el lodo dos veces antes de llegar, y cuando por fin cruzó el umbral del cuarto de Hans, lo único que encontró fue una vorágine de ratas, todas juntas como si fueran un solo organismo monstruoso, chillando y contorsionándose sobre los huesos carcomidos del pobre Hans. Hilda no soportó la impresión ni el dolor y, con un grito, cayó inerte al suelo. Las ratas dejaron de roer los huesos descarnados de Hans para darse un banquete con la madre.

 

***

 

Lea estaba determinada a seguir a la comitiva del Flautista hasta encontrar una oportunidad de rescatar y recuperar a Freder. Así, siempre a una centena de pasos detrás de ellos, Lea emprendió el mismo camino que el Flautista y los muchachos. Junto con aquel contingente, Lea visitó varias aldeas, de las que hurtaba víveres mientras el Flautista se robaba a los mancebos. La compañía pronto se convirtió en un pequeño ejército de niños raptados y cuando atravesaban el descampado, Lea sobrevivía de los restos de comida que dejaban atrás. Comía cuando ellos dormían y casi nunca se permitía conciliar el sueño.

 

 El extraño grupo y la joven que lo seguía atravesaron los bosques rojizos del otoño y las antiguas selvas del sur, cuya edad se puede intuir en los murmullos del viento y desde cuyas penumbras acechan criaturas anteriores al tiempo de los hombres. Pasaron las noches en amplias llanuras, en las que la luz de las estrellas era tan clara que parecían los ojos vigilantes de seres insondables. Y así siguió Lea por más tiempo del que pudiera calcular, caminando más distancia de la que podía concebir, hasta que llegaron frente al desierto.

 

Allí las arenas guardaban secretos terribles de tiempos remotos y el viento murmuraba historias de horror y locura. Ésta no era la tierra del señor Jesucristo, sino de dioses y profetas locos, de espíritus poderosos y malignos atrapados en botellas y de ciudades más antiguas que la memoria. El desierto es el reloj de arena de dioses desconocidos.

 

A la orilla del desierto se detuvo el Flautista, oteó en la distancia y vio una nube de arena en el horizonte. Sonrió. De entre los pliegues de su túnica extrajo espadas, media centena, una para cada uno de los muchachos que lo acompañaba. Repartió las armas y dio una orden simple a los jóvenes:

 

-Maten a tantos como puedan antes de morir.

 

Cuando la nube de polvo los alcanzó, Lea pudo ver al enemigo contra el que se lanzaba a los mozos. Eran hombres horribles de piel oscura, peludos y rabiosos como bestias, que embestían profiriendo gritos abismales. Montaban monstruosos caballos deformes y gibosos del color de la arena y blandían espadas curvas y tridentes. Los muchachos del Flautista y el ejército enemigo chocaron con gran estruendo y la nube los cubrió.

 

Lea esperó angustiada hasta que el polvo por fin se disipó y aparecieron los cadáveres semienterrados en la arena; la joven se apresuró a internarse entre los restos de la batalla: los muchachos del Flautista habían vencido. Entre cuerpos desmembrados encontró a Freder, herido en una pierna, pero vivo. Lo ayudó a incorporarse y, aprovechando la distracción de los sobrevivientes, se lo llevó de ahí lo más rápido que pudo. No se quedaron para atestiguar el momento en que el Flautista abrió su túnica y de ella surgió un colosal torrente de ratas que devoraron a los muertos y a los heridos, hombres y bestias por igual, mientras una docena de sobrevivientes miraba impasible.

 

Lea guió a un Freder lastimero y sin voluntad por senderos desconocidos a través de antiguos bosques y selvas. No tenía ya la intención ni la esperanza de encontrar la ruta de vuelta a Hamelin; sólo sabía que debía ir hacia el norte, lo más lejos del Flautista, de su desierto y de su guerra. Prosiguieron por varios días, sobreviviendo de las viandas que Lea robaba de granjas y poblados. Pero la fatiga pronto alcanzó el ánimo de Lea, avejentó su virginal figura y marchitó sus fuerzas, y una noche, recostada bajo un árbol, la joven lloró de agotamiento y desesperanza, ante la mirada inexpresiva de Freder.

 

Entonces ambos jóvenes escucharon la odiosa música. Freder se incorporó y la siguió, y esta vez Lea, demasiado cansada para intentar detenerlo, se limitó a caminar tras él. El Flautista y sus doce muchachos no tardaron en encontrarlos.

 

-Por favor.- suplicó Lea –Freder está herido, ya no le sirve de nada.

 

Los labios del Flautista se abrieron como fauces para dejar salir una carcajada cavernosa y obscena.

 

-Niña tonta. Éstos son mis niños. Me pertenecen. Por siempre.

 

Entonces tocó su melodía y desde la primera nota los muchachos se abalanzaron sobre Lea, y la sujetaron con fuerza y la golpearon y apretaron su carne y arañaron su piel y arrancaron sus ropas. Lea gritó y suplicó piedad al Flautista, imploró ayuda a su Freder, que contemplaba la escena, inmutable como quien mira un espacio vacío. Los niños del Flautista tomaron a Lea con violencia y profanaron su cuerpo y su boca. No demostraban placer alguno en lo que hacían, sólo seguían la música del Flautista e ignoraban los alaridos de dolor y de horror de la niña. Al final el Flautista cesó su música, y los niños dejaron a Lea, violada y sangrando sobre la hierba.

El Flautista tocó una melodía distinta y una montaña cercana se abrió dejando ver en su interior aquel lugar donde habitan las ratas retorciéndose en un trono negro que preside la abominación infinita, plaga de ratas y rata ella misma, rata y ratas desde todos los puntos de vista. El Flautista guió con sus notas a los niños hacia aquel inframundo y la montaña se cerró tras ellos, dejando fuera a Freder, que con mirada inerte miró a Lea agonizar y morir en medio de dolores indescriptibles en un charco de sangre y semen. Cuando todo hubo terminado, el joven, cojeando, siguió su camino.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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9 respuestas a El Flautista de Hamelin

  1. Anónimo dijo:

    *Lea no PUDO (dice puedo) detener a Freder, quien caminó llevado por una fuerza que lo arrastraba hacia la música.
    -Me gustó el cuento, con excepto dos detalles: la parte donde lea le dice a Freder “¿quieres verme?” siento que está de más, se lee muy forzado y no contribuye a la historia, ya que incluso suaviza el impacto que más tarde tiene las vejaciones de la que es víctima la niña. Con el hecho de que se besaran por primera vez es mas que suficiente.
    La última línea del final siento que igual sobra, me gusta más: “Cuando todo hubo terminado, el joven, cojeando, siguió su camino”. Siento que sería un final redondo dejarlo así, es más impactante y definitivo, ya sabes, el nocáut cortaziano. Lo de la niebla ya es demasiado y desentona.
    En fin, son mis sugerencias, muy buen cuento.

  2. Anónimo dijo:

    Ah, por cierto, soy Ricardo Tatto.

  3. Anónimo dijo:

    Por cierto, soy Ricardo Tatto, Saludos!

  4. Maik Civeira dijo:

    Sí, ya quedó claro que eras tú, no era necesario decirlo otras tres veces. Jejeje :p

    Gracias por las observaciones y los comentarios.

  5. balamqas dijo:

    Excelente historia me cautivo desde el inicio muy bien lograda. Mi parte favorita fue justo antes de que la musica se escuchara, siento que termino algo brusco pero asi te deja mas desconcertado.

    Un saludo.

  6. La Cruzada de los niños siempre me ha parecido macabra, pero junto al flautista de Hamelin… No creo poder dormir esta noche…

  7. paulcabins dijo:

    Órale, esto da para hacer una película :O

    Saludos.

  8. Anónimo dijo:

    Buenísimoo!!!

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