Baba Yaga

Tierras de Nóvgorod, Mediados del siglo XIII

 

Guyuk, jinete de las Hordas Azules de Batu Khan, cargaba en su memoria la imagen de charcos viscosos de sangre, huesos y vísceras, únicos restos del magno ejército que estuvo a punto sitiar a la Gran Nóvgorod. Ante sus ojos rasgados permanecía imborrable el recuerdo de cientos de soldados y caballos tártaros aniquilados. En sus oídos aún resonaban los alaridos que emitieron sus desvalidos compañeros de armas. En su corazón latía el terror perenne, sembrado allí por un estruendo que ningún hombre debería jamás escuchar.

 

            Lejos de su tropa y herido en un brazo, Guyuk caminaba a través de senderos ásperos y oscurecidos por las sombras antinaturales de árboles deformes. El tártaro podía sentir el hedor de pantanos cercanos, peste que se agudizaba con la caída de una noche prematura. Conforme Guyuk se internaba en el bosque, los cuervos bajaban de los árboles para beber del rastro de sangre que el guerrero dejaba a su paso, y lo seguían con la esperanza de darse un festín más opulento.

 

            Cuando la noche se hubo cerrado sobre Guyuk, un cambio en la dirección del viento le trajo el inconfundible olor a humo. A pesar de la oscuridad que no le permitía ver ni siquiera las estrellas, Guyuk encontró su camino entre zarzas y arbustos espinosos hasta que pudo divisar a lo lejos la luz de una cabaña. Elevó rudas plegarias hacia Tengri, dios del cielo, y decidió pedir alojo y comida en la casucha. Si el habitante de la cabaña no era dócil y servicial, Guyuk tomaría lo que necesitaba por la fuerza, pues aún conservaba su cimitarra.

 

El guerrero aceleró el paso, pero apenas había avanzado un poco cuando su pie izquierdo fue atrapado por la materia putrefacta y viscosa de un charco pantanoso. El tártaro se sujetó con presteza a una rama para no ser succionado hacia tumba tan indigna y con toda la fuerza que le permitió el brazo herido, tiró para escapar de la trampa mortal. Con mucho esfuerzo logró librarse entre el graznido de los cuervos que revoloteaban a su alrededor y lo invitaban a dejarse vencer. Guyuk creyó escuchar risas confundidas con el chillido de las aves.

 

Libre al fin, el tártaro reanudó su camino hacia la luz distante. Así llegó a un claro donde se alzaba una empalizada más alta que un hombre. Cada uno de los postes que la formaban estaba coronado por una bola de algún material duro y quebradizo. Guyuk aguzó la vista para analizar el extraño muro, pero retrocedió espantado al darse cuenta de que los postes estaban hechos de huesos y que las esferas que los coronaban eran cráneos humanos.

 

Como guerrero de las huestes de Batu Khan, Guyuk había visto osarios en muchas ocasiones, más de una vez conformado por las víctimas de su propia espada. Alrededor de la tienda del Khan era común ver cráneos de enemigos empalados en estacas. El mismo Guyuk había presenciado empalamientos y otros suplicios menos misericordiosos. Pero por alguna razón, la vista de esos huesos y cráneos llenaban al guerrero de miedo inefable, de una extraña sensación de que aquello no debía de ser.

 

Un balido repentino lo sobresaltó. Miró a través un espacio que se abría entre los huesos de la empalizada y se sobresaltó al ver decenas de pares de ojos redondos, brillantes y rojizos. Eran cabras, cabras negras de mirada bermeja, como Guyuk pudo reconocer tras recuperar la calma. Y detrás de aquel cúmulo de sombras, vio el resplandor que lo había llevado hasta allí, en una cabaña sobre un pequeño montículo. El tártaro rodeó la empalizada en busca de un acceso. Todo lo que encontró fue un tronco, un solo tronco entre cientos de estacas de hueso. La punta del tronco era roma y sobre ella no había cráneo ni ningún otro ornato. Guyuk trepó y se dejó caer del otro lado.

 

La casucha estaba ahora a sólo unos pasos y él pudo observarla bien; era una cabaña de leños, no muy grande, con una chimenea de piedra de la que salía un humo negro y espeso. Guyuk desenvainó su espada, se abrió paso entre las cabras hasta la puerta de la cabaña y la abrió con una patada al tiempo que exclama un grito de guerra. Dentro, no había más que una anciana iluminada a medias por la luz de la hoguera.

 

-Hola, Guyuk.- saludó la vieja y sobre una mesa colocó un tazón de leche hervida y un plato con patas de pollo cocidas.

 

Sin prestar atención al hecho de que la vieja conociera su nombre y le hablara en su lengua, el tártaro guardó la espada y se lanzó sobre la leche y el pollo. La figura deforme de la mujer se acercó cojeando al hambriento jinete y entonces él pudo ver su cara arrugada y llena de úlceras y agujeros por los que asomaban larvas de insectos. La vieja sonrió enseñando los pocos dientes deformes y negros y dejó escapar una bocanada de aliento fétido. Guyuk se echó hacia atrás de un salto y tuvo que reunir todas sus fuerzas para no vomitar lo acababa de comer.

 

-No me temas.- dijo la anciana. –No te haré daño. Siéntate y termina de comer.- Guyuk obedeció, pero ahora comía más despacio y de cuando en cuando dirigía miradas suspicaces a su anfitriona.

 

-Ahora cuéntame.- dijo la vieja -¿Qué pasó en el Lago Brosno?

 

Guyuk respondió más para sí mismo que para la vieja -El ejército de Batu Khan acampaba a orillas del lago. ¡Estábamos listos para atacar Nóvgorod! Pero cuando llevamos a nuestros caballos a beber, un monstruo salió de las aguas… Un monstruo colosal… Sin forma… Su rugido era más espantoso que el estruendo de cualquier batalla, y mataba con mayor crueldad que los tigres de la estepa. Una de sus zarpas me alcanzó e hirió en el brazo. El ejército fue desbaratado y en la huida me separé de mis compañeros…

 

-¡Y así se salvo Nóvgorod! Gracias al Dragón de Brosno. ¡Qué ironía!

 

-¿De qué hablas vieja? ¿Qué es lo que sabes de todo esto?

 

-Yo sé, mi joven guerrero, que la Muerte ha sembrado bestias en los rincones más oscuros el mundo y que esas bestias acechan para cumplir Su voluntad…

 

Guyuk reflexionó por unos instantes –Mi abuelo me habló alguna vez de Allghoi Khorkoy, un monstruo que vive en el desierto de Gobi. Dicen que es como un gusano enorme y color sangre, que escupe un veneno que quema y corroe todo lo que toca. Mi abuelo dijo haberlo visto matar y devorar a toda una caravana de camellos…

 

-Ahí lo tienes, valiente Guyuk.

 

Guyuk se levantó de golpe y llevó su mano a la empuñadura de su espada –Eres una bruja, ¿verdad?

 

La mujer se rió a carcajadas y afuera las cabras la acompañaron con balidos frenéticos; a Guyuk le pareció que el fuego de la hoguera se hizo más bermejo y tembloroso cuando la vieja reía.

 

-¿Bruja? Joven guerrero, tú no entenderías quién o qué soy. Pero te puedo decir que soy la última que lucha por retrasar el advenimiento de la Muerte. Hubo otros antes que yo; el más grande fue vencido hace milenios en una tierra lejana, y ahora bajo la arena lleva una inexistencia miserable que no es vida ni muerte… Escucha: el horror acecha en las profundidades del mar, en los rincones más antiguos del mundo y también desde la oscuridad de las estrellas.

 

-No entiendo.

 

-No tienes que entender.

 

La vieja le dio la espalda y caminó hacia el fondo de la cabaña. Guyuk, sin quitar la mano de la empuñadura de su espada la siguió con la vista. La mujer se inclinó sobre una canasta que estaba en el suelo y cuando se volvió hacia Guyuk, el tártaro pudo ver que llevaba en los brazos a un hermoso niño de unos cinco años, rubio, de cutis terso y sonrosado. El niño dormía el sueño del inocente y en su bella faz se podía leer tranquilidad. El duro corazón del guerrero se conmovió ante tal ternura. La bruja colocó al niño en un mortero de piedra, grande como un perol, tomó en sus manos un enorme pilón de madera, lo alzó sobre su cabeza y, antes de que Guyuk entendiera lo que estaba pasando, lo dejó caer con fuerza sobre la cara del niño dormido.

 

-¡No!- exclamó el guerrero cuando se vio salpicado con la sangre y sesos del pequeño -¡Maldita bruja!- y desenvainó su espada, pero una debilidad repentina le impidió moverse y lo hizo desplomarse. Impotente, Guyuk observó desde el suelo cómo la bruja molía y machacaba el cuerpecito inocente de aquel bello niño.

 

Cuando terminó, la vieja vertió los restos del pequeño en el perol que colgaba sobre la hoguera y una vez hecho esto se volvió hacia el joven guerrero y le sonrió con la cara cubierta de sangre.

 

-¿Cuál es el problema, jinete tártaro? Tú has visto matar y has matado a decenas de niños inocentes. Los has arrebatado de los senos que los alimentaban y los has arrojado al suelo, para luego complacerte en los cuerpos de sus horrorizadas madres y hermanas. ¿Por qué te espantas al ver a una vieja preparar su cena?

 

Guyuk intentó hablar, pero de su boca sólo surgieron gemidos lastimeros. La anciana se acercó a él y lo ayudó a sentarse.

 

-Hay destinos peores que fallecer, fiero Guyuk. Pero incluso los infiernos más terribles son efímeros, pues los dioses que los crearon y los mantienen serán derrotados o destruidos algún día. Incluso el reinado del poderoso Tengri declinará. Hay demasiadas fuerzas en combate, Guyuk, muchas de ellas verdaderamente horribles, tan espantosas que sería imposible, incluso para mí, comprenderlas del todo… Algunas de ellas son las Blasfemias, que violan el orden natural del mundo y ofenden a los pocos dioses benévolos que aún lo guardan. Pero la única fuerza constante es la Muerte, la Destrucción Absoluta, la Desolación Infinita. Y yo debo salvar a cuantos niños me sea posible.

 

-¿Salvarlos?

 

-Sí, pues la Guerra se alimenta de los niños. Los llama y se apodera de ellos. Los llama al desierto y a la selva y a los campos de lodo, y ellos no pueden ignorar su llamado. Por eso yo debo salvarlos… Por eso debo salvarte, hermoso Guyuk.

 

Entonces Guyuk se sintió cada vez más débil, pero con la debilidad venía una extraña sensación de bienestar, de tranquilidad y seguridad; la herida que le había hecho el monstruo ya no le dolía. La cabeza le daba vueltas, pero lejos de causarle náuseas, el movimiento lo arrullaba. Miró a su alrededor y le pareció que la cabaña, la mesa, los objetos y la misma vieja bruja crecían. Miró sus manos y vio que no eran ya ásperas y callosas, sino tersas y rechonchas; tocó su rostro y sintió que le faltaban las barbas. Finalmente, se dejó caer sobrecogido por una necesidad irresistible de dormir. Antes de cerrar los ojos por completo, vio a la vieja que le sonreía y antes de perderse en el sueño sintió que ella lo cargaba en sus brazos.

 

-Ya, ya, pequeño Guyuk.- le susurró -Duerme, duerme en paz. Baba Yaga te cuida.


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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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5 respuestas a Baba Yaga

  1. Ribozyme dijo:

    “las Hordas Azules de Batu Khan”

    ¿Eran pitufos…?

  2. Hay una referencia del Flautista de Hamelin… Es la única que reconocí…

    Saludos

  3. Maik Civeira dijo:

    ¡Bien! Pero hay otras… búscale :p

  4. Miguel Ernesto Galván Del Moral dijo:

    Aparte del flautista, encontré otra de El Sacerdote de Isis, y de algunas bestias de anteriores cuentos. Que bueno estuvo este! Aparte, el hecho de que se desarrolle en esas tierras, de las que yo no tenía conocimiento, lo hacen lucir más misterioso aún.

  5. Maik Civeira dijo:

    Miguel: Gracias por tus comentarios. Qué bueno que has encontrado las conexiones. 🙂

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