Mesterul Manole

MESTERUL MANOLE

Valaquia, principios del siglo XIV

           

            La iglesia de Curtea de Argeş es más antigua de lo que dicen los registros, como puede percibirse al penetrar en las penumbras de su nave, por el color de la piedra y el olor a humedad. De ello pudo darse cuenta el emisario del voivoda cuando visitó la iglesia. La verdadera historia de su construcción la guardan las leyendas que cuentan los valacos más viejos, y no había nadie más anciano que el decrépito sacristán. El emisario entró acompañado de algunos soldados y varones principales; el viejo sacristán lo esperó de pie junto a una pared en la que estaba tallada en bajorrelieve la grotesca imagen del Dragón Balaur. Sin que fuera necesario preguntarle, el anciano empezó a relatar la historia:

 

***

 

Nadie recuerda el año preciso de la construcción, pero su origen se remonta a más de un siglo antes de que el Empalador cruzara el Danubio y venciera a los turcos en sus tierras… En Valaquia gobernaba Negru Vodă, y en ese entonces no había arquitecto más afamado que Manole, así que el voivoda le encargó que construyera una iglesia y un monasterio en Curtea de Argeş. Manole era un hombre orgulloso y altivo; había nacido en el seno de una familia humilde y a fuerza de trabajos y sacrificios se había convertido en el mejor arquitecto del país. Él y sus nueve aprendices presentaron al voivoda un diseño imponente y majestuoso. El soberano lo aprobó y Manole puso manos a la obra.

 

Cientos de siervos fueron puestos a trabajar en la construcción y se trajeron toneladas de cantera desde lejanas canteras. Manole no temía usar el látigo ni las amenazas de muerte y tortura para espolear a sus albañiles, quienes mantenían la cabeza baja y las manos diligentes para no provocar la crueldad de su amo. Él mismo no se esforzaba menos, pues permanecía en el sitio de la construcción desde el amanecer hasta el crepúsculo, no sólo supervisando, sino que trabajaba en la construcción con sus propias manos.

 

            Una mañana, cuando Manole, sus aprendices y los siervos llegaron al sitio de la obra, se encontraron con que muchos de los muros levantados se habían venido abajo. El arquitecto ordenó de inmediato redoblar esfuerzos para reconstruir lo perdido y al final de la jornada, el equipo logró cierto avance. Pero a la mañana siguiente encontraron los muros derrumbados una vez más. De nuevo el arquitecto y sus trabajadores repararon los daños y, para encontrar al culpable, Manole ordenó a un albañil que se quedara a velar la construcción toda la noche. Al otro día, la obra había sido desbaratada y el velador había desaparecido. Nunca lo encontraron, a pesar de que Manole puso un precio sobre su cabeza. El arquitecto decidió entonces dejar a toda una patrulla de siervos al cuidado de la obra, pero al amanecer halló de nuevo la construcción derrumbada y ni rastro de los guardias.

 

            El pueblo comenzó a murmurar acerca de maldiciones, de la presencia de los strigoi, que beben la sangre de los vivos, y de los vârcolaci, demonios que se transforman en lobos para atacar a sus víctimas. Unos decían que los şbolani, las ratas gigantes del infierno, roían los basamentos, y otros que los antiguos brujos Solomonari, aprendices y adoradores del demonio Uniilă, habían maldecido la construcción para evitar que una iglesia se alzara en sus dominios. Manole, por supuesto, no creía en tales supercherías, y castigó con dureza a quien se atreviera a mencionarlas en su presencia.

 

El arquitecto pidió al voivoda una guardia de diez hombres armados y se comprometió a acompañarlos toda la noche para vigilar la construcción. El príncipe consintió, pero también hizo a Manole una terrible advertencia: si no completaba la iglesia a tiempo, condenaría a él y a sus aprendices a una muerte lenta y dolorosa, a los horribles suplicios cuyas técnicas había heredado de sus ancestros hunos, y arrojaría sus cuerpos al descampado, negándoles cristiana sepultura para que fueran devorados por los cuervos. Manole, temblando de miedo, no tuvo más remedio que jurar que llevaría a cabo el proyecto y se preparó para montar guardia durante toda la noche.

 

            Con el alba llegaron los nueve aprendices de Manole, y lo encontraron entre las paredes derruidas de la iglesia, completamente solo, con el rostro pálido y la mirada perdida. No había rastro alguno de los guardias armados. Los aprendices se acercaron a Manole y le hablaron. El arquitecto tardó en responder y sus palabras eran lentas y confusas. Cuando los aprendices le preguntaron por el paradero de los guardias, Manole exclamó que era momento de ponerse a trabajar de nuevo y ordenó espolear a los siervos para que antes de la puesta del sol se hubiese levantado un muro.

 

No se sabe bien de qué habló Manole con sus aprendices. Se cuenta que un albañil llegó a escuchar, por accidente, que el arquitecto les decía en secreto, con voz trémula, temeroso de oídos humanos y de “otras voluntades”, que conocía la forma de evitar que lo construido durante el día fuera destruido por las noches: había que hacer un sacrificio humano. Tanto los aprendices como el espía quedaron horrorizados por lo que decía su maestro y lo juzgaron loco. Pero Manole les recordó la amenaza de Negru Vodă y les habló de la infame crueldad de los príncipes hunos y los aprendices no pudieron más que estar de acuerdo con el plan del arquitecto. Éste les dijo que para asegurar el éxito del proyecto debían capturar a los primeros viajeros que pasaran por la construcción y emparedarlos vivos en el muro que se estaba levantando. Ellos consintieron. Se dice que el albañil trató de alertar a sus compañeros, pero nadie le hizo caso. Otros dicen que murió esa misma tarde, cuando una piedra cayó de forma de repentina sobre su cabeza.

 

Poco después se vio aparecer una carreta en la lejanía, que se acercaba por el camino. Manole avisó a sus aprendices que estuvieran listos para aprehender a los viajeros. Puede vuestra merced imaginar cuán grande fue el espanto y la desesperación del arquitecto cuando vio que la carreta llevaba a su mujer, Ana, y su hijo, Radu.

 

            ¡Manole se arrojó de rodillas y rogó al cielo que una tempestad o algún otro prodigio impidieran la llegada de su familia hasta el sitio de la construcción! Pero no hubo respuesta y el arquitecto observó en agonía el lento avanzar del vehículo por el sendero. Al fin llegaron esposa e hijo, sonrientes e ignorantes del destino que los aguardaba y saludaron con amorosos gestos al hombre que habría de matarlos. Manole no se atrevió a verlos a los ojos y ordenó a los aprendices que encadenaran a las víctimas para proceder a emparedarlas. Ellos obedecieron reluctantes y repugnados, pero teniendo siempre en mente la amenaza del voivoda, como una voz que les susurraba todo el tiempo, cumplieron con las órdenes de su maestro. Ana, forcejeó, gritó y suplicó que tan siquiera tuviera piedad de su hijo, pero el pequeño Radu tuvo el mismo destino que su madre. Manole ignoró los gritos de su mujer y los sollozos de su pequeño hijo, quien no comprendía lo que estaba pasando. Los aprendices pusieron piedra tras piedra, hasta que las víctimas quedaron fuera de la vista y sus gritos no se escucharon más…

 

***

 

            El viejo sacristán terminó su relato; su dedo nudoso y amarillento señalaba la efigie de Balaur en la pared. El emisario comprendió que ello marcaba el sitio donde había sido sepultada la mujer y su hijo.

 

            -¿Es verdad que tarde por la noche se escuchan los llantos de Ana y el niño?- preguntó.

 

            -Quizá vuestra merced quiera pasar la noche aquí para comprobarlo…- fue la respuesta del anciano.

 

-¿Y qué pasó con Manole?

 

            -La iglesia y el monasterio se completaron a tiempo. Manole y sus aprendices fueron congratulados por Negru Vodă, quien estaba feliz y sorprendido por la majestuosidad e imponencia del edificio. Para entonces el voivoda, al igual que todo el país, conocía los detalles del sacrificio que se había llevado a cabo para lograr semejante maravilla, pero decidió no hacer nada al respecto. No obstante, ahora que la fama de Manole se extendía por toda la región, Negru Vodă temía que el maestro arquitecto pudiera llegar a construir un monumento igual o mejor para otro noble. Por ello, le preguntó a Manole si sería capaz de repetir su gran obra y éste, lleno de soberbia, respondió que sí, con lo que selló su destino.

 

            -¿Fue ejecutado?

 

-Negru Vodă ordenó a sus soldados que forzaran a Manole y a sus aprendices a subir al techo de la misma iglesia que ellos habían construido y del que era imposible bajar sin escalera. Allí los abandonaron para que murieran de hambre y por las inclemencias del tiempo, y ordenaron que ninguno de los feligreses que asistía a misa se atreviera a prestarles auxilio o a dar muestras de compasión. Manole no tardó en enloquecer por la culpa y el dolor, y se arrojó al suelo. Dicen que sobrevivió tres días de horrible agonía, tullido, maltrecho, con los huesos rotos y los órganos perforados, y que mucho antes de morir las ratas y las aves ya comenzaban a roerlo. De los aprendices se cuenta que murieron de hambre y sed entre aullidos espantosos y que sus huesos se blanquearon sobre el techo de la iglesia.

 

            Cuando el anciano terminó su historia, una carcajada cruel resonó por toda la iglesia e hizo helar la sangre de todos los presentes. Uno de los hombres que acompañaba al emisario salió de entre las sombras y se descubrió como el voivoda reinante, Vlad el Empalador, aquél que sembró bosques de cadáveres empalados; aquél cuyos ejércitos eran temidos hasta por los inhumanos turcos; aquél que era apodado Hijo del Dragón; aquél que extirpaba los senos de las madres y en ellos metía las cabezas de sus bebés recién nacidos; aquél de quien unos decían que era de la raza de los strigoi, y otros que compartía su cena con los vârcolaci. Ese día, poco antes de dar la espalda a su fe y hacer de la sangre su alimento, visitó de incógnito la iglesia de Curtea de Argeş, pues quería conocer la historia de Manole, su esposa Ana y su hijo Radu. Y ahora, en la oscuridad de la iglesia, ante la figura temerosa del sacristán y la efigie terrible de Balaur, Vlad el Empalador reía deleitado.

 

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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