La luz del día

LA LUZ DEL DÍA

La Gran Chichimeca, Mediados del siglo XVI

De los más de cien hombres que partieron conmigo, apenas quedamos veintitrés, contando a los dos guías indios que se nos unieron en el camino. Esta expedición en busca de la antigua Cíbola ha resultado un fracaso, aún más, un desastre; ahora sólo nos importa sobrevivir. Hemos encontrado de nuevo aquel río que, los indios aseguran, desemboca en un mar no muy lejos de aquí. Espero que pronto alcancemos el océano y, siguiendo la costa, arribemos a territorio civilizado.

He extraviado mi bitácora original en una de tantas escaramuzas contra los indios de estas desoladas regiones, por lo que la narración detallada de nuestra expedición se ha perdido. No tendría caso narrar de nuevo nuestro sufrimiento en las tierras salvajes del Norte, donde hemos sido masacrados por hordas de salvajes y diezmados por el hambre. Una atroz jaqueca febril, que parece freír por dentro el cerebro de quienes la padecen, acabó con las vidas de muchos mis hombres. Pobres infelices, el calor implacable y la inmisericorde luz del desierto los atormentaba a tal grado que pedían la muerte entre sollozos.

Quisiera, sin embargo, que hubiese quedado registro de las maravillas que encontramos y de las hazañas valerosas de los hombres que me acompañaron. Soy un hombre curioso y me mueven tanto el espíritu de aventura y el hambre de novedad como la sed de riquezas. En mi bitácora tomé nota de los caracteres de los territorios que hemos explorado, de los diferentes pueblos indios que hemos conocido y de los diversos animales y plantas que hemos visto. Todo ello se ha perdido para siempre.

Me limitaré, pues, a resumir el relato de nuestra malhadada expedición. Partimos de la ciudad de Méjico en octubre del año pasado. Marchamos hacia el norte hasta llegar a los lindes del desierto, siguiendo el mismo camino por el que alguna vez pasara la expedición de Coronado. Nuestra intención era viajar hacia el noroeste, en vez de seguir la ruta hacia el oriente que escogió el conquistador. Marchamos siempre al margen del desierto, a lo largo de llanuras más acogedoras hacia el este de aquél, sin atrevernos a penetrar en la árida y luminosa extensión al poniente. Dos veces nos atacaron los indios que moran estas praderas y en ambas ocasiones logramos repelerlos, pero con graves pérdidas.

El desierto es inmenso, mucho más grande de lo que pensábamos, como nos dimos cuenta tras días y días de marcha. La gran extensión del sur es más bien rocosa, salpicada de riscos y peñones, pero el extremo norte es arenoso, como dicen que son los desiertos de Arabia y del África. Norte y sur son separados por un río débil y estrecho. El río quiebra hacia el norte, separando así también el desierto arenoso de las llanuras. Fue a las orillas de este riachuelo donde nos atacaron los monstruos. Emergieron inesperadamente de la arena y saltaron sobre nosotros, matando de inmediato a muchos de mis hombres. Eran dos dragones grandes cual caballos, de color negro con manchas rojas; su cuerpo era más bien robusto y rechoncho, sus colas y hocicos eran gruesos y redondeados. Se movían con lentitud y arrastraban sus vientres, pero eran capaces de escupir veneno a gran distancia. El veneno causa un dolor insufrible y paralizante, como pude ver en los infortunados que fueron alcanzados por la maldita substancia. Disparamos a los monstruos con nuestros arcabuces y ballestas, pero ni balas ni flechas penetraban su piel. Mientras los dragones se daban un banquete con varios de nuestros hombres y caballos, el resto emprendió la huida.

Encontramos refugio en el campamento de unos indios de la llanura que temen y veneran a aquellos monstruos. Nos dijeron que la variedad gigante fue muy común en otros tiempos, pero que ahora la mayoría son muy pequeños, de uno o dos codos de longitud. No nos hemos vuelto a topar con tales criaturas. Los indios, una tribu que vive en pabellones de cuero y usa plumas en la cabeza, fueron amistosos, a condición de que prometiéramos salir de sus tierras sin tardanza. Les expresamos, a través de nuestros intérpretes, que nuestro destino estaba más al norte. Preguntamos por la ciudad dorada de Cíbola, y nos hablaron de un antiguo lugar que se encuentra en medio del desierto, del que sólo se sabe por leyendas muy antiguas. Nos advirtieron que nos mantuviéramos alejados de ahí. Dejamos a los indios y seguimos al norte.

No habíamos andado unas leguas cuando fuimos atacados por una tribu enemiga de aquélla que nos había alojado. Después de un largo combate logramos repelerlos, pero quedamos reducidos a treinta y dos hombres. Decidí entonces abortar definitivamente la expedición y regresar por donde habíamos venido. De nuevo nos encontramos a orillas del río y una vez más fuimos atacados. Los indios eran muy numerosos y estaban bien armados, por lo que decidimos retirarnos de la refriega. Estábamos rodeados por todos los flancos, excepto por la retaguardia, que encaraba al desierto. Nos internamos en él y aunque algunos de los indios nos persiguieron, no fue por mucho tiempo y pronto regresaron por donde habían venido. En la refriega y la huída perdimos a nueve hombres más y a los pocos caballos que nos quedaban. Después de andar durante dos días por el desierto, volvimos a encontrar el riachuelo, y decidimos seguir su cauce, en dirección al oeste, para así encontrar el mar. A estos breves párrafos queda reducida la gran aventura de Pedro Hernández de Torrecilla y ahora nos encontramos exhaustos, hambrientos y heridos. Sólo nos queda encontrar la salida…

***

Hemos seguido el río por días y días y no parece llegar a ningún lado. Si no supiera que es imposible, diría que hemos pasado por el mismo lugar muchas veces, como si el río formase un anillo. Debemos aceptar que estamos perdidos. Es una fortuna tener agua a nuestro alcance, pues sé que de lo contrario habríamos perecido en poco tiempo, ya que el calor en este lugar es tal que duele respirar y el sol abrasa la piel y la cuaja, dejándola dura y cuarteada como cuero viejo. La saliva se vuelve lodo en nuestras bocas y nuestros ojos sufren y lloran con el reflejo de este sol inmisericorde en la roca y la arena. Las jaquecas, leves o insufribles, nos afectan a todos. Nuestro Señor debió haber concebido este lugar como un sitio de castigo cuando lo creó.

***

            Hemos llegado al pie de una colina rocosa. Desde que la vimos a la distancia, corrimos hacia ella, ansiosos por su sombra, pues junto al río no hay nada que nos cubra de los azotes del sol, salvo algunos nopales y árboles de muy escaso follaje. En cuanto alcanzamos la colina, nos acurrucamos, agradecidos por el alivio que la sombra nos proporcionaba. La colina, como dije, es completamente rocosa y no crece ni una brizna de hierba en toda su superficie. Se levanta solitaria en medio de una planicie árida. Hemos descubierto la entrada a una gruta y quizá la exploremos más tarde.

***

            El Señor nos proteja: no cabe duda que estamos en territorio del Maligno. Imaginad el vaho o vapor que parece emanar del suelo y nubla la vista en los lugares más calientes. Se le ve en las llanuras muy yermas, pero también en las calles empedradas de ciudades muy calurosas cuando las azota el sol de medio día, o en los caminos que no gozan de la bendición de la sombra. Es como humo transparente, como agua flotante que se interpone entre el observador y lo que observa. Seguro lo habéis visto en alguna ocasión. Dios nos guarde: justo así son los que nos persiguen.

Hace apenas unos momentos, dos de mis hombres fueron hacia el río en busca de agua. Entre la colina y el río se extiende una explanada de rocas, arena y matorrales que los hombres debían salvar. Ya venían de regreso cuando vimos ese vapor moverse alrededor de ellos. Pensamos que era un simple espejismo del desierto, hasta que vimos atónitos cómo esa cosa levantó a uno de los hombres en el aire y lo hizo pedazos. Literalmente, le arrancó trozos del cuerpo, algunos tan grandes como puñados y otros tan pequeños como granos de arena. Deshizo por completo a aquel hombre, dejó su carne tirada en el piso e hizo volar su sangre como llovizna llevada por el viento. El otro hombre corrió despavorido, pero el monstruo lo alcanzó y lo despedazó también. He estado en decenas de batallas y nunca había escuchado a un hombre gritar así.

            Los demás corrimos hacia la gruta y nos introdujimos en ella. El último hombre en pasar por el estrecho agujero fue cogido del pie por uno de los demonios y jalado hacia el exterior. Mis hombres huyeron internándose en la cueva, pero yo me quedé junto a la entrada y pude atestiguar lo que hicieron los demonios. El hombre estaba suspendido en el aire por las invisibles manos de los monstruos, cuando la sangre de sus venas comenzó a salir y a rociar el espacio como una nube bermeja, tal como si las criaturas la succionaran para llenar sus vientres traslúcidos. El infeliz quedó hecho un cadáver seco en unos instantes y su sangre se dispersó en el viento.

Entonces, no sé cómo, supe que me habían visto. Retrocedí hacia el interior de la gruta y vi cómo uno de los demonios vertió su substancia en el haz de luz que penetraba, como si fuese humo llenando una copa. Pero no pasó de ahí, se quedó en el área iluminada y entonces salió de nuevo. Después seguí el rastro de mis hombres y los encontré en una espaciosa galería, tan grande como la nave principal de una catedral. En ella, pequeñas habitaciones cuadradas habían sido construidas con ladrillos de adobe, como los edificios indios que describen las crónicas de Coronado. Cada una era un poco más alta que un hombre; el largo y la profundidad eran de la misma medida. Pregunté a mis soldados dónde habían obtenido las antorchas con las que se iluminaban, y me dijeron que las habían hallado allí mismo. Interrogué a nuestros indios sobre el origen de tal lugar, y aseguraron que nunca habían oído hablar de esta ciudad subterránea.

            Acampamos en la caverna, en medio de esas abandonadas habitaciones. La gruta se extiende mucho más allá de esta galería; quizá la explore más tarde.

***

            Llegada la noche me aventuré a asomarme fuera de la gruta. No vi señales de los demonios. Ordené entonces a dos de mis hombres ir buscar agua al río. Se mostraron reacios en un principio, pero me ofrecí a acompañarlos. Fuimos y volvimos sin complicaciones y con nuestros cueros repletos de agua. Mis hombre bebieron hasta saciarse y entonces una segunda partida fue enviada al río. Esta vez no fue necesario que los acompañara y, al igual que nosotros, la segunda partida volvió sin encontrarse con obstáculo alguno. He decidido que, ya que hemos descansado todo el día, reanudemos nuestro camino de inmediato.

***

            He causado la muerte de más de mis soldados. Sólo quedamos seis cristianos y los dos indios. Sucedió que estuvimos caminando toda la noche a lo largo del río. No mucho después del alba, el sol se había convertido en nuestro enemigo y torturador. Y con el sol, llegaron los demonios. Uno de mis hombres fue arrebatado por ellos y despedazado en el aire. Vi cómo le arrancaron la mandíbula, las orejas, los ojos y los dedos. Los demás abandonamos la carga y corrimos de regreso hacia la colina. Pero por mucho que corríamos esas cosas eran mucho más veloces. Sólo podíamos ganar un poco de terreno cuando se detenían a matar a uno de los nuestros. Uno por uno, tomaron a mis hombres y los descuartizaron inmisericordemente en el aire, y tiñeron el viento con su sangre. Sólo nosotros seis y los indios alcanzamos la gruta, pero no tenemos provisiones, ni agua. Fui el único que conservó su carga, pues me aferro con devoción a este diario. Estamos atrapados aquí y probablemente moriremos, pero si es así, no quiero que se pierda la relación las últimas hazañas de Pedro Hernández de Torrecilla. Seguiré escribiendo hasta el final.

***

            Me aventuré a explorar las profundidades de la cueva, con la esperanza de encontrar otra salida. La galería con las construcciones de adobe conduce, a través de un amplio portal, a una bóveda mucho más grande, tan alta que una torre de campanario podría construirse allí sin problemas, y tan espaciosa, que una aldea entera cabría en ella. En medio de la bóveda se encuentra una pirámide, como aquéllas del Méjico o del Yucatán, pero hecha de ladrillos de adobe y no de piedra. Consta de varias escalinatas que culminan en una plataforma en la que se ha erigido una choza construida con vigas de hueso y recubrimiento de piel de zorros, liebres y otros animales. Subí las escaleras hasta la choza, donde casi me hace caer del susto un viejo indio que ahí tiene su morada. El indio se extrañó de encontrarse con nosotros tanto como nosotros de toparnos con él.

A través de nuestros indios, que a grandes rasgos conocían su idioma, el viejo nos contó que era el último de una raza que hacía cientos de años que había ido a vivir al desierto, huyendo de las guerras. Su pueblo tenía leyendas de una migración muy anterior, de miles de años atrás. Se decía que esa gente había encontrado la abundancia en medio del desierto. Así, este pueblo más joven decidió seguir el mismo camino. Pero en estas inhóspitas tierras fueron atacados por los demonios, a los que el viejo llamaba “el hálito del desierto”, y que diezmaron a su gente. Los supervivientes tuvieron que refugiarse en las grutas bajo la colina. Días después siguieron su camino y al fin encontraron la ciudad, construida con ladrillos de adobe y llena de edificios altísimos y pirámides colosales. Pero estaba por completo abandonada y las arenas del desierto cubrían sus calles. Allí fueron atacados de nuevo por los demonios y tuvieron que refugiarse en almacenes subterráneos. Al anochecer abandonaron la ciudad y regresaron a la colina. Al principio enviaron hombres para contactar a sus tribus hermanas de las llanuras, pero los mensajeros nunca regresaron. Al final se asentaron en las grutas y fundaron una pequeña aldea.

Era evidente que los demonios sólo se aparecían de día y que necesitaban de la luz del sol, por lo que nunca se les veía durante la noche ni osaban entrar en las cavernas. Los indios tuvieron que adoptar, entonces, una vida nocturna. Tras el paso de varias generaciones, casi todos ellos se volvieron ciegos. Los que nacían con vista eran elegidos para ser brujos, como el mismo viejo que nos narraba esta historia. Después de muchos años de prosperidad, los indios se vieron afectados por enfermedades y deformidades que los llevaron a la decadencia, la locura y la lenta extinción. Él mismo inhumó a los últimos sobrevivientes, y ahora aguardaba paciente la muerte misericordiosa.

El viejo indio nos explicó que hay un laberinto de galerías y cámaras debajo de la colina y que ahí construyeron una población muy próspera. No podían practicar el cultivo del maíz, pero sí de hongos y tubérculos que crecían en la oscuridad. Además, en una de las galerías más profundas había acceso a un río subterráneo, del que se podían extraer peces y otras criaturas acuáticas, y durante la noche podían salir a cazar liebres, aves u otros animales, y recolectar frutos, hojas y jugo de los cactos.

Pregunté al viejo por una forma segura de salir del desierto y dijo que no había manera porque los monstruos vigilaban constantemente los alrededores de la colina. Había, sin embargo, una leve esperanza. Si viajábamos a paso veloz durante toda la noche, al amanecer alcanzaríamos la ciudad perdida. En ella podríamos resguardarnos en los almacenes subterráneos durante el día y, cuando cayera la noche, seguir hacia el sur hasta llegar al mar. Nada nos aseguraba que los demonios no nos seguirían hasta allí, pero era más seguro que cruzar el desierto en cualquier otra dirección. He decidido tomar esa ruta.

***

            Ahora estoy en la ciudad perdida, escondido en un cuarto oscuro y sin ventanas en uno de los monumentales edificios, ya que nos fue imposible encontrar los almacenes subterráneos de los que hablaba el viejo indio. Él nos abasteció con cueros llenos de agua y algunas raíces y setas. Antes de despedirme del brujo, le ofrecí bautizarlo para salvar su alma, pero él quiso morir protegido por sus falsos dioses. Que el Señor se apiade de él.

            Apenas anocheció, salimos de la gruta a toda velocidad, en dirección hacia el sur. La noche fue tranquila, pero el temor de que el día nos sorprendiera en el camino nos impedía sosegarnos. Estaba despuntando el alba, cuando a lo lejos distinguimos el perfil de la ciudad. Emprendimos la carrera contra el sol, pero fuimos demasiado lentos. Cada paso que ganaba la luz era un abismo de terror que se abría al oriente. Cuando los primeros rayos luminosos nos alcanzaron, mis hombres comenzaron a morir. Los demonios tomaron a cada uno de ellos en el aire y los destruyeron. A uno de mis hombres lo deshicieron como si fuera de arena, a otro lo hundieron bajo las rocas y a uno más lo despedazaron vivo.

Sólo los dos indios y yo entramos en la ciudad. Es una visión maravillosa y terrible. Está llena de edificios más altos que los campanarios de las catedrales. Sus pirámides son titánicas, tanto o más grandes que las de Méjico o las del Yucatán. Las paredes internas y externas de las torres están cubiertas de grabados de monstruos y demonios, entre los que abundan los dragones como aquéllos que nos atacaron junto al río. Una gran estatua de oro que representa uno de esos dragones se alza en la cima de una pirámide colosal en el centro de la ciudad. Sí, aquí hay oro. Hay oro por todas partes, en joyas, vasijas e instrumentos desconocidos para mí. Las puertas de algunos edificios están hechas del precioso metal. No me cabe duda, ésta es Cíbola, la ciudad de oro, y yo la he encontrado; soy su descubridor, su conquistador…

Fuimos incapaces de encontrar los almacenes subterráneos y lo que describo es apenas lo que pude ver en mi huída por la luminosa, cegadora y sofocante ciudad. A uno de los indios lo atraparon los monstruos y lo azotaron contra las paredes de los edificios hasta molerlo. Al otro lo atraparon poco después y lo elevaron hasta la cima de la gran pirámide, le arrancaron el corazón del pecho y lo hicieron rodar las escalinatas del maldito templo. Apenas tuve tiempo de entrar en un edificio y ocultarme en la cámara oscura en la que ahora me refugio. Estoy esperando la noche para poder escapar. Oh, nunca había odiado tanto la luz del día como ahora…

Las criaturas están a fuera… las escucho rasgando la puerta del cuarto… Ahora la golpean tratando de derribarla… Están susurrándome algo… Me llaman… Oh Dios, Padre misericordioso, apiádate de mí… Golpean… Me llaman… La tinta se acaba… La puerta de oro está cediendo… La luz, la odiosa luz está penetrando…  con ella, sus manos, sus garras… La puerta cae… ¡Se hace la luz…!

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en El horror a través de los siglos. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La luz del día

  1. Reinhardt dijo:

    ¿Romper paradigmas?
    Tú lo has hecho con este relato fotofóbico, Maik Civeira, señor Ego sum qui sum D:

    Te quedó brutal, colega. Sigue así \m/ 😀

Sé brutal

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