Liérganes

LIÉRGANES

Cantabria, siglo XVII

            María saboreó el agua de mar que inundaba sus fosas nasales, arrastrada por la corriente que la sacudía y aporreaba contra los arrecifes. Su piel se quemaba al contacto con las medusas y pececillos negros de dientes filosos le mordían los dedos. Había dejado de luchar contra la oscuridad profunda del océano y esperaba pronto morir ahogada cuando un rostro luminiscente se apareció en el abismo. María dejó escapar burbujas de alarido cuando la cosa blasfema que tenía frente a ella alargó una mano escamada y membranosa, la sujetó del cabello, la atrajo hacia su cara triangular y viscosa y encajó su boca llena de dientecillos afilados en los labios de la joven. Ella cerró los ojos y gritó por dentro. Entonces sintió un ardor que subía por su vientre.

            Aquella noche de tormenta y viento ululante, María despertó por los llantos de su bebé y pronto olvidó su pesadilla en la actividad de amamantar al pequeño. Meses después, dio a luz a un segundo hijo, al que llamó Francisco. Pasaron los años y otros dos varones llegaron a la familia, para orgullo de don Francisco de la Vega, padre de los cuatro. Pero Francisco el padre murió cuando aún era mozo el hijo que llevaba su nombre. Se ahogó en el Miera una noche sin luna cuando salió de su casa por motivos desconocidos y sin avisar a nadie.

El mayor de los hermanos murió poco después, en cama. Amaneció cubierto de agua salada que le chorreaba por la boca y la nariz. Estaba inflado como si se hubiese ahogado. La familia y los vecinos estaban tan asustados como confundidos. El cura local practicó un torpe exorcismo del cadáver y se le sepultó junto a su padre.

Sin más hombres que se hicieran cargo de la familia y siendo los hijos menores aún muy niños, María decidió enviar al joven Francisco a aprender el oficio de carpintero en Bilbao. Francisco era un muchacho serio, callado, tranquilo y obediente. Jamás su ánimo sereno se turbaba por la cólera, el miedo o la alegría. Apenas demostraba su contento con leves sonrisas y suaves miradas. Cuando las faenas del hogar y del corral estaban terminadas, Francisco no iba junto a los otros adolescentes a la taberna o al lupanar, sino que se sentaba en el Puente Romano a la luz de la luna y veía discurrir las aguas. Sólo demostraba entusiasmo cuando iba a nadar con sus hermanos al río. Si le causó algún pesar el tener que alejarse de su familia, Francisco no lo manifestó y obedeció diligente a su madre.

En la villa de Bilbao el mozo se convirtió en un hábil aprendiz de carpintero que cumplía con precisión las órdenes de su maestro. En los trozos de madera que sobraban de la construcción de los muebles, Francisco solía tallar imágenes de peces, crustáceos, ballenas y delfines. Maese Lope le dijo sonriendo una vez que si hubiese nacido en otro lugar quizá su futuro habría estado en la ebanística y no en la humilde carpintería. Francisco sonrió y le agradeció el cumplido a su maestro, pero agregó con humildad que a él le gustaría más ser marinero o pescador.

En una ocasión, Maese Lope entró al cuarto de Francisco y encontró una extraña colección de esculturas en madera, que representaban imágenes monstruosas de criaturas marinas: peces con cuerpos diminutos y mandíbulas enormes, serpientes marinas con garras en las aletas, bestias que el carpintero sólo podía comparar con dragones, sapos bípedos con los cuerpos cubiertos de espinas, cangrejos con rostros extrañamente humanos y un hombre alado de cuya cabeza salía una maraña de tentáculos retorcidos… Y entre todos ellos sobresalía la imagen de un ser batracio, giboso, pero erecto, con rostro triangular y garras membranosas en vez de manos. Las figuras parecían tan reales y tan vivas que Maese Lope sintió escalofríos. Estaba a punto de salir de la habitación cuando se topó con Francisco.

Lo regañó por esas monstruosidades que había tallado. ¿Es que acaso quería que lo acusaran de brujería o algo así? Le preguntó con énfasis por la imagen del monstruo con cabeza triangular. Francisco sólo dijo que se trataba del Obispo. Maese Lope, pensando que el joven había hecho una caricatura del señor Obispo de Calahorra, se echó a reír, le dio al muchacho unas palmadas en la espalda y le dijo que tenía mucho talento porque en verdad esa cosa se parecía a su Eminencia. Pero luego le advirtió con severidad que no volviera hacer imágenes por el estilo, a menos que quisiera que la Inquisición cayera sobre él. Maese Lope echó las esculturas al fuego y Francisco obedeció su mandato.

Al igual que en su natal Liérganes, Francisco era sereno, taciturno y solitario, y casi nunca se unía a los otros muchachos de su edad, excepto para ir de pesca o a nadar; entonces se volvía un mancebo alegre y vivaz, un excelente compañero de juegos. Era el mejor nadador y un pescador singular. Podía aguantar la respiración por muchos minutos y bucear en aguas profundas. Podía nadar contra la corriente y atrapar peces con las manos desnudas.

La víspera del día de San Juan, Francisco y otros muchachos fueron a nadar a la Ría. Se desnudaron, dejaron sus ropas junto a la orilla y se lanzaron al agua. Nadaron desde el medio día hasta el atardecer, momento en que todos salieron del agua, excepto Francisco, quien se quedó chapoteando. Sus compañeros lo urgieron a salir en vista de que ya estaba oscureciendo, pero él sólo les dirigió una sonrisa y se dejó llevar por la corriente hasta perderse de vista. Los muchachos no se preocuparon, sabían que Francisco era un excelente nadador. Pero cuando pasaron las horas, decidieron ir a buscarlo; quizá habría salido río abajo. Caminaron toda la noche hasta llegar a la desembocadura sin encontrar rastros del muchacho. Pensaron que probablemente ya había regresado al pueblo y fueron a buscarlo allí, pero nadie lo había visto. Hicieron una búsqueda exhaustiva que duró toda la noche, examinaron la Ría, la villa y sus alrededores, pero no pudieron encontrar al mancebo y al final lo dieron por ahogado. Maese Lope fue el encargado de viajar Liérganes para informarle a la familia. María lloró desconsolada por su segundo hijo perdido.

Dos años más tarde, en la víspera de la fiesta de Santa Juliana, a las afueras de Santillana del Mar, unos pastores encontraron a una muchacha tirada e inconsciente cerca de la entrada de una gruta. El vientre de la moza indicaba que ella estaba en los últimos días de su embarazo y los pastores decidieron llevarla al Convento de San Idelfonso. Cuando la muchacha recobró la consciencia, empezó a gritar y a convulsionarse. Las monjas dominicas supusieron que estaba poseída y mandaron por un sacerdote para que la exorcizara. El padre procedió con la sagrada liturgia para expulsar a los demonios

Rociada con agua bendita y asediada con rezos en latín, la joven no hacía más que retorcerse y babear. Al final, se quedó quieta, como exhausta y murmuró una palabra que apenas pudo entender la monja que permanecía a su lado: Liérganes. Entonces, un chorro de líquido salió disparado de entre las piernas de la moza. Las monjas y el sacerdote supusieron que estaba a punto de dar a luz y corrieron a prepararse para recibir al bebé. Pero de entre las piernas de la joven no salió ningún niño, sino una anguila y después una babosa, seguida de pulpos, calamares, medusas y demás criaturas viscosas que emergían no paridas, sino vomitadas por el infortunado cuerpo. El horror que sintieron las monjas fue tal que salieron huyendo de la habitación, dejando solo al exorcista.

Cuando los seres del mar dejaron de salir, el sacerdote se atrevió a acercarse a la muchacha. Había muerto. La enterraron en el cementerio e incineraron a las criaturas, no sin que antes se hiciera un ritual para purificar todo el convento, en especial el cuarto en el que había estado la joven. Después mandaron a unos mensajeros hacia Liérganes, para obtener información. Nadie en el pueblo había escuchado de una muchacha con las señas dadas por los mensajeros y éstos tuvieron que regresar a Santillana en la misma oscuridad en la que habían partido. Nunca se aclaró el misterio.

Tres años después de este incidente, unos pescadores de Bilbao se encontraban en la desembocadura de la Ría, cuando vieron a lo lejos una figura humana que los miraba. Pensando que se trataba de un nadador, lo saludaron, pero la criatura se sumergió y no volvió a salir. Al día siguiente, los pescadores lo encontraron de nuevo. El ser los observaba quieto y en silencio, apenas manteniendo la cabeza por encima de la superficie. Cuando los pescadores intentaron acercársele, desapareció bajo el agua. En una ocasión, uno de los pescadores le arrojó un trozo de pan y la criatura se acercó a éste, lo cogió con una mano, se lo llevó a la boca y luego se sumergió para no dejarse ver por el resto del día. Entonces, los pescadores decidieron tenderle una trampa; dejaron unos pedazos de pan flotando sobre el agua, y cuando la criatura se acercó a comerlos, le arrojaron una red y la capturaron. El ser casi no se resistió. Cuando lo sacaron del agua, vieron que era un joven de unos veinte años, con el cuerpo lampiño, la piel amarillenta y el cabello rojizo muy pálido. Además, una línea de escamas le recorría el espinazo. El muchacho no hablaba y sólo emitía gemidos y gruñidos. Pensando que podría estar poseído, los pescadores lo llevaron al convento de San Francisco.

Un exorcismo fue oficiado por don Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio. Durante el proceso, el joven se mantuvo acostado en una cama, quieto, silencioso y con la vista clavada en el techo. Al final, balbució una palabra: Liérganes. Don Domingo envió a fray Juan Rosendo de San Francisco a acompañar al joven hasta la aldea de Liérganes para obtener mayor información.

El viaje transcurrió sin incidentes, y cuando llegaron a Liérganes y empezaron a hacer averiguaciones en el pueblo, un local sugirió que el joven podría tratarse de Francisco de la Vega, desaparecido cinco años atrás. Fray Juan llevó al mancebo a la casa de la viuda María, quien en seguida reconoció a su hijo perdido y se arrojó a sus brazos. El color de su cabello y el de su piel habían cambiado, pero sin duda era su hijo. Francisco no se inmutó.

El joven volvió a vivir con su solitaria madre, pues los dos hermanos menores vivían en otros pueblos ejerciendo diferentes oficios. Era, como siempre había sido, un chico obediente y silencioso. Jamás hablaba; sólo sabía decir tres palabras: pan, vino y tabaco, pero las pronunciaba arbitrariamente, sin relación a los objetos. Andaba desnudo si no se le vestía y sólo salía de casa para asistir a misa si se le llevaba. Comía con abundancia sólo si se le ponían los alimentos enfrente y luego permanecía varios días sin probar bocado.

Una vez una muchacha se acercó con curiosidad a la casa De la Vega y Francisco se le tiró encima con evidentes intenciones de violarla. Fueron necesarios cinco hombres para sujetar al joven. Aquel suceso extrañó sobremanera a los lugareños, pues nunca antes, ni después, Francisco intentó atacar a una mujer.

Los años pasaron con el ritmo de las mareas. En cierta ocasión llegó a Liérganes uno de los hijos menores de María, para visitar a su madre y hermano. Una mañana fue encontrado muerto en su cama, cubierto de agua salada, como si se hubiese ahogado en el mar y después devuelto a su lecho. No pasaron tres años antes de que el último hermano de Francisco sufriera su propia tragedia. Una noche desapareció del pueblo en que vivía y su cadáver fue hallado diez después, en Liérganes, en el fondo de un pozo que se creía seco desde hacía varios años. María se quebró y se deshizo, pero se consoló con la presencia de su único hijo. Los lugareños murmuraban inmisericordes sobre María y su familia, y evitaban todo contacto con ellos. Las casas cercanas a la De la Vega fueron abandonadas y María y Franciso se quedaron cada vez más aislados del mundo.

Otros seis años pasaron. Llegó una furiosa tormenta que azotó toda la región. Durante dos días las nubes oscuras no permitieron ver el sol y el cielo se convirtió en una penumbra sin fin. Entonces, durante unas horas nocturnas de calma chicha, Francisco salió de su casa, desnudo, y se encaminó con dirección al río. María despertó sobresaltada, sin saber por qué, se asomó a la calle y, al ver a su hijo, corrió para detenerlo. En cuanto la mujer, ahora envejecida, alcanzó a Francisco, con la intención de hacerlo volver, un agudo dolor en el vientre la doblegó. María abrió la boca de par en par, como si le faltara el aire, y emitió sonidos guturales y entrecortados. De pronto vomitó algo. Era un molusco vivo que se retorcía en agua salada sobre la hierba. María no tuvo tiempo de horrorizarse o sentir asco, pues otra vez el impulso de vomitar se apoderó de ella, y la hizo postrarse para expulsar de su boca más criaturas babosas, que no le dieron la oportunidad ni de respirar. Un lugareño observaba la escena a lo lejos, desde su ventana, sin atreverse a salir, cuando las náuseas, calambres y espasmos se apoderaron de él y  también empezó a vomitar bestezuelas acuáticas. Su esposa, que dormía cerca de esa misma ventana, despertó por los dolores de estómago y, antes aún de recuperar consciencia, comenzó a vomitar y a vomitar… Esa noche, entre el aullido del viento y el tronar de los relámpagos, todos los hombres y mujeres del pueblo expulsaron viscosidades reptantes en una agonía indescriptible. Francisco, sereno, llegó hasta el río y se lanzó a sus negras aguas para jamás volver a ser visto.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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