El Diablo en Jersey

EL DIABLO EN JERSEY

Nueva Jersey, Siglo XVIII

            Han pasado ya muchos años y se sigue hablando del Diablo de Jersey en los Yermos Pinares de esta colonia de Su Majestad. Todavía hay quien dice encontrarse con sus ojos de azufre en la oscuridad del bosque y quien lo culpa de la muerte de perros y ganado. Cuando desaparece un niño, en seguida se murmura la presencia del Diablo. Lo cierto es que en algunas noches nubladas y oscuras se escuchan extraños gritos en la espesura del impenetrable bosque.

            No soy un hombre supersticioso y en un principio no creí en la historia del espectro que supuestamente rondaba los despoblados y los caminos. Sin embargo, los años pasan y las evidencias se acumulan, mientras mis creencias, antes firmes, se sacuden con el peso de la edad y la amargura de la experiencia. Lo más importante es que el tiempo sigue transcurriendo y nada parece poner fin a ese horror que acecha entre las penumbras de los Yermos Pinares. Hablaré de lo que sé y dejaré a un lector futuro, de un siglo quizá menos inculto, tomar sus propias decisiones.

            Sé que estos bosques son antiguos y tienen mala fama desde antes de que llegara el hombre blanco a estas tierras. Los indios tiene desde hace siglos un nombre para este sitio, “Popuessing”, que significa “lugar del dragón”. Los exploradores suecos lo llamaban “Drake Kill”, o “arroyo del dragón”. Ignoro por qué desde tan antiguo se le conoce a estos lares con tales nombres, dado que la historia del Diablo de Jersey no comienza sino con los Leeds.

            Me consta que Japhet Leeds llegó a los Yermos Pinares desde un lugar que nunca mencionó. Muchos habitantes de estos inhóspitos sitios son prófugos de la ley, bandidos, mercenarios y miembros de religiones o grupos políticos perseguidos, por lo que nadie pregunta por el pasado de nadie. Sin embargo, la llegada de Leed despertó curiosidad por su extraño aspecto y porque su único equipaje era un poco de ropa y un montón de libros. Nadie que yo conociera llegó a ver de cerca esos libros ni a averiguar su contenido, pero hubo quien murmuró que Leeds practicaba la brujería y que por eso venía huyendo de quién sabe dónde. Lo cierto es que Leeds fue un hombre honrado y tranquilo que en muchos años nunca dio motivo de quejas a sus vecinos. Se hizo de una cabaña derruida en el lindero del bosque, la reparó y vivió allí de la leña, la caza y algunos cultivos.

El hombre prosperó alejado de los ebrios y los malandrines, por lo que se ganó la mano de Deborah Smith, hija de otro próspero granjero. Sé a ciencia cierta que Deborah dio a luz a doce hijos, lo que le ganó el apodo de Madre Leeds. Lo sé porque yo bauticé a los doce niños. El último parto fue difícil para la madre y me consta, como consta a la partera también, que ella dijo, entre el delirio causado por la fiebre, que si tenía un hijo más sería el demonio. Ignoramos sus palabras, pero siempre las tuve en mi memoria, en especial cuando Madre Leeds quedó encinta por decimotercera ocasión.

Esta vez Japhet Leeds no permitió que nadie, sino la partera, estuviera presente durante el parto. Es por ello que no se sabe con seguridad qué ocurrió. Como la cabaña de Leeds estaba en el bosque, lejos de cualquier otra, apenas algunos alcanzaron a escuchar gritos de dolor, que interpretaron como los naturales gemidos de la madre dando a luz. Un grito, sin embargo, fue escuchado por muchos, un grito de horror seguido de un chillido que algunos describen como “innatural”. Los vecinos, con ánimos de ayudar o con simple curiosidad, llegaron cuan rápido pudieron a la granja de los Leeds, derribaron la puerta de la casa y se toparon con una escena por demás aterradora. Madre Leeds yacía muerta en su cama con sangre chorreándole de entre las piernas, mientras que la partera estaba tirada en el suelo; su cuerpo había sido mutilado de forma indescriptible. No había señales de Japhet Leeds ni del recién nacido, pero un rastro de sangre llegaba hasta la chimenea e incluso subía por ella. Esto me consta, pues estuve allí. Esa misma noche, varios vecinos vieron algo que pasó volando junto al campanario de la iglesia, y algunos más dicen haber escuchado un chillido ultraterreno. Así empezó la historia del Diablo de Jersey.

Los doce niños Leeds se mudaron con sus abuelos, la madre fue sepultada y en el pueblo no se supo más de Japhet. Cerca de un mes después comenzaron los avistamientos. De noche o de día, cazadores y viajeros decían haber visto a un monstruo en la espesura del bosque. Los testigos, hasta la fecha, no se ponen de acuerdo sobre la apariencia de este demonio. Todos dicen que tiene una cabeza alargada y gruesa, y un par de ojos rojos y brillantes en los que, dicen, asoman la maldad y la locura, además de un par de patas deformes que algunos describen como pezuñas y otros como zarpas de lagarto. En efecto, se han encontrado, y yo mismo he observado, huellas de cascos en lugares inaccesibles para hombres y animales. Por supuesto, un punto de acuerdo entre todos los testimonios es que el monstruo tiene alas y vuela.

Luego iniciaron las muertes. Primero morían sólo animales chicos, gallinas, ovejas, perros… Después empezaron a encontrarse los cadáveres de vacas y caballos. Finalmente, niños y muchachas, y aún hombres adultos, comenzaron a desaparecer. Algunos cuerpos fueron hallados, siempre con mutilaciones espantosas. La gente se volvió temerosa; toda desaparición o muerte de persona o animal era atribuida al Diablo de Jersey. Yo creía, sin embargo, que detrás de la mayoría de las muertes debían estar los lobos y los bandidos. Pero hubo algunas muertes, con rasgos tan grotescos, que no pude evitar estremecerme.

Pero, de haber en realidad un emisario del maligno en estas tierras, ¿cuál es su intención? El demonio, siempre he pensado, no se le aparece al hombre para espantarlo, sino que busca tentar su alma hacia el pecado. La aparición de Satán o uno de sus sirvientes asustaría tanto a una comunidad que todos se volverían hacia la fe del Señor, como de hecho ha sucedido en los últimos años, en los que cada vez más feligreses asisten a mi parroquia. ¿Acaso quiere asustarnos? Es verdad, el Diablo de Jersey ha causado muchas muertes, pero no más, estoy seguro, que la violencia habitual de esta región tan apartada. Además esta criatura, si es real, sólo merodea por los bosques y los caminos, y rara vez se deja ver cerca de las aldeas. ¿Por qué entonces nos produce tanto miedo? Pues el miedo flota sobre nuestra población como la neblina y nunca nos deja libres de su influencia. Quizás lo que aquí sucede no tiene nada que ver con Dios o el demonio.

Cinco años llevaba el Diablo de Jersey aterrorizando esta comunidad cuando los habitantes me pidieron que conjurara al demonio. No creo en exorcismos ni en ninguna de esas supersticiones papistas, y traté de explicárselo a mis feligreses, pero ellos no escucharon razones. Por tanto, efectué una misa especial. Los habitantes de los Yermos Pinares no tenían noción de cómo es un ritual de exorcismo, así que me limité a presidir una serie de rezos para tranquilizarlos.

Esa misma noche, ocurrió algo terrible: la pequeña hija del granjero Jabediah Williams desapareció y se encontraron huellas de cascos cerca de su casa. Como en ocasiones anteriores, formé una partida de búsqueda para dar con la niña, pero el fracaso de expediciones anteriores y el miedo que tenía la gente por el Diablo de Jersey provocó que muy pocos voluntarios se nos unieran. Sólo el granjero Williams, su hermano Jerome, algunos vecinos y yo nos adentramos en el bosque. Jamás podré olvidar esa noche.

Había una luna llena bermeja y unas cuantas nubes negras que no alcanzaban a oscurecer la noche. Llevábamos antorchas y algunos de nosotros estaban armados con tridentes. Jebediah y Jerome Williams portaban sendos mosquetes. Nos separamos en grupos y parejas para registrar el área y así nos introdujimos en ese bosque antiguo y salvaje en el que la vegetación crece retorcida y con violencia. El hermano del granjero y yo seguimos el curso de un riachuelo hasta llegar al pie de una colina. Entonces lo vi. En la cima, recortado contra la luz de la luna estaba… esa cosa. Era grande como un hombre, pero su postura no erguida, sino inclinada hacia adelante. Tenía un par de grandes alas membranosas que salían de su espalda. Estaba parado sobre sus dos patas traseras, grandes y gruesas, y sus patas delanteras eran más pequeñas y terminaban en garras. Tenía una larga cola puntiaguda que se mecía y torcía como la de una víbora. Su cabeza era alargada y gruesa como la de un caballo y había algo espantosamente reptil en la criatura. Williams y yo nos quedamos atónitos y aterrados ante tal visión, pero yo logré controlar el miedo y le ordené a mi compañero que abriera fuego contra el monstruo. Williams apuntó, pero el disparo nunca sonó.

El golpe de un hacha cayó sobre la cabeza de Williams, tumbó al desdichado y regó de rojo y marrón todo al alrededor. Un hombre apareció de entre las sombras y atacó a Wiliams con más y más golpes furiosos de hacha. Retrocedí espantado, pero no tuve fuerzas para salir huyendo; tropecé y caí de espaldas. Cuando el hombre terminó de mutilar el cadáver de Jerome Williams, se volvió hacia mí, y con el resplandor de mi antorcha reconocí a Japhet Leeds. Estaba desnudo, con el pelo, las barbas y las uñas largas, cubierto de lodo, pero supe que era él y estuve seguro cuando me habló.

-¿Quieres matar a mi hijo?

Entonces alzó el hacha en el aire y yo ya estaba rezando mis oraciones cuando se escuchó el tronar de un mosquete. Leeds cayó al suelo, sin vida. Acto seguido, la cosa que estaba en la cima de la colina emitió un chillido aberrante, un sonido que nunca quiero escuchar otra vez en la vida, y emprendió el vuelo. Instantes después se me unieron Jebediah Williams, que había hecho el disparo contra Leeds, y sus compañeros. El buen granjero no tuvo oportunidad de llorar a su hermano muerto, porque yo sugerí que de inmediato subiéramos a la colina y así lo hicimos. Allí encontramos a la pequeña niña Williams, aún viva y por lo visto ilesa, y la llevamos a su casa.

 A la mañana siguiente volvimos a buscar los cadáveres de Jerome Williams y de Japhet Leeds; sólo el primero fue encontrado. La niña Williams por su parte, nunca volvió a ser la misma; nunca hablaba y le tenía pavor a los exteriores y a la noche. Murió antes de cumplir los diez años.

Bien, eso es todo lo que sé, lo que puedo asegurar. Han pasado veinte años desde el nacimiento del último hijo de Madre Leeds y aunque tras la muerte de Japhet ha habido menos asesinatos y desapariciones, éstos todavía se presentan de vez en vez, así como aún aparecen animales muertos y mutilados. A veces llega algún forastero que nunca había oído la historia y cuenta en la taberna o en la posada que ha visto a un extraño monstruo en el camino. Muchos dicen que han abierto fuego contra la figura voladora y que no le han causado el mínimo daño. Nadie sabe cómo librarse de él y hay quien murmura que el monstruo secuestra mujeres para engendrar en ellas su prole.

Nunca podré estar seguro de qué es el Diablo de Jersey, ni si es real, pero sé lo que vi, lo que presencié y lo que sentí, y que constantemente revivo en mis pesadillas. De algo estoy seguro, mucho después de que yo muera y de que muchas generaciones pasen a la historia, sea lo que sea que ronda por los Yermos Pinares, hombre, bestia, monstruo o demonio, este Diablo de Jersey seguirá sembrando el terror.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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