Here there be monsters

HERE THERE BE MONSTERS

Pacífico Sur, finales del Siglo XVIII

Diario del doctor James Hopkins a bordo del HMS Australia
15 de abril

            Hoy inicia el viaje por el que he esperado mi vida entera. Parto a bordo del HMS Australia, bajo el comando del capitán Francis Moorcock, en busca de la legendaria Terra Australis Incognita, que ni el osado James Cook pudo encontrar. Viajo en esta sloop-of-war como cirujano de profesión y naturalista de afición. Estoy sumamente emocionado al pensar lo que tengo por delante: nuevas tierras llenas de especies desconocidas y pueblos salvajes aún sin documentar. No muchos hombres pueden ser los primeros en explorar regiones desconocidas de los misteriosos Mares del Sur.

5 de octubre 

            Hemos llegado a las costas de Tahití, donde pasaremos unos días reabasteciendo nuestra nave. El capitán ha dado permiso a los marineros para que visiten las aldeas y se diviertan. Tahití es un paraíso terrenal de hermosas playas y sol vivificante. Los nativos que la habitan son gente noble y pacífica, de fácil trato para los europeos. Pero mucho ya se ha dicho de esta isla. La verdadera aventura se encuentra mucho más al sur.

23 de octubre 

            Esta mañana divisamos tierra. Por un momento el capitán pensó que se trataba de la Terra Australis, pero al aproximarnos más nos quedó claro que se trataba de una isla. No la hemos circunnavegado, pero no parece ser muy grande. La costa suroeste, que es la que tenemos frente a nosotros, debe medir unas cuarenta millas de cabo a rabo. Una pequeña y estrecha península sobresale del cuerpo de la isla y se interna en el mar por lo que calculo deben ser unas tres millas. Aclaro que éstos son cálculos hechos a simple vista y que podrían estar equivocados.

            Nos hemos estacionado frente a la isla a una distancia prudente, pues hemos visto, a través de los catalejos, que está habitada. El capitán Moorcock ha tenido experiencias desagradables con los salvajes de los Mares del Sur y no quiere arriesgar la tripulación. Tendré que conformarme con observar la isla desde lejos, lo cual no resulta fácil, ya que por la mañana y por la tarde una densa neblina la rodea. Sólo tenemos el cielo despejado durante las horas del medio día.

La costa peninsular parece ser la única en la que un desembarco podría ser viable. Sus playas son suaves, de arena negra, de evidente origen volcánico, como debe serlo toda la isla. Varias formaciones rocosas de gran tamaño y con forma de picos emergen del agua alrededor del cuerpo principal de la isla, lo que haría difícil la navegación por esa zona. La isla, naturalmente, ha sido bautizada como Moorcock Island.

24 de octubre

            He pasado el día observando la isla. Sin duda los nativos han notado nuestra presencia, porque están muy inquietos. Han tenido hogueras encendidas y han estado tocando sus tambores todo el día. He hecho un descubrimiento asombroso: los nativos viven entre las ruinas de lo que debió haber sido una ciudad gigantesca construida con piedra. La arquitectura asemeja en proporciones y formas a las del antiguo Egipto o de Babilonia, pero con un estilo muy particular. Entre los edificios se cuentan torres y caseríos, así como plataformas de lo que debieron haber sido monumentos colosales. Una enorme muralla de piedra separa la península del resto de la isla. ¿Qué pueblo habría sido capaz de construir tales maravillas en esta región incivilizada del mundo? El capitán es de la opinión de que los ancestros de los nativos fueron los arquitectos y que, tras largos años, su pueblo entró en decadencia, dando como resultado la partida de salvajes incivilizados que ahora pueblan Moorcock Island. Pero yo me resisto a creer que un pueblo capaz de construir maravillas ésas pudiera degenerar en una tribu salvaje y primitiva.

            Mis observaciones en cuanto a la naturaleza isla son las siguientes. Presenta una vegetación tropical exuberante y espesa, que forma una tupida selva detrás de la muralla de piedra. No he visto ninguna bestia terrestre en la península y los nativos no parecen poseer ningún tipo de animal domesticado, ni cosechas, aunque vi un campo de lo que parecen árboles frutales cerca de su aldea. Su alimentación parece basarse casi por completo en la pesca, pues los vemos dedicar largas horas del día a esta actividad. Por cierto, el agua aquí es límpida y transparente, lo que permite ver la gran variedad de peces que pueblan estos mares. Hay una notable abundancia de tiburones y mantarrayas, y variedades de peces que en otras regiones son pequeños, aquí son dos o tres veces más grandes. También hay muchos pulpos, medusas, anémonas, cangrejos y otros invertebrados. Creo haber descubierto nuevas especies.

            En cuanto a la vida animal en la isla lo único que he visto y de lo que puedo dar noticia es de lo que me pareció un ave enorme sobrevolando las copas de los árboles selváticos. Pero luego de observar bien al animal, llegué a conclusión de que debía tratarse de un murciélago o, quizá, un reptil volador desconocido. Espero con ansiedad a que el capitán se resuelva a desembarcar para conocer mejor la naturaleza de este lugar ignoto.

25 de octubre

Esta mañana tuvimos un fiero combate con los salvajes que habitan la isla. Fuimos atacados durante la noche por una flotilla compuesta de grandes canoas de guerra. Aprovecharon las nieblas para asaltarnos con flechas incendiarias. Sus números se contaban en cientos, pero no estaban preparados para enfrentarse a nuestras armas de fuego. Aquí debo reconocer la inteligencia y prudencia del capitán Moorcock, quien nos ordenó a todos estar alerta ante la violencia con la que los nativos percudían sus tambores. En verdad, el sonido de sus percusiones y gritos, evidentemente parte de un ritual de guerra, era tal como para horrorizar a un hombre civilizado. Acompañaban sus tambores con un grito rítmico y profundamente extraño que sonaba algo así como gong o hong. De cualquier forma, los nativos nos sorprendieron, pero no nos encontraron inermes ni indefensos.

En cuando las primeras flechas cayeron sobre el HMS Australia, el capitán ordenó a todos preparar sus mosquetes y disparar los cañones. Así, hundimos muchas canoas antes siquiera que alcanzaran la nave. Muchos salvajes, sin embargo, lograron abordar y ahí los marinos tuvieron que defenderse con bayoneta y espada. Pero el capitán había apostado hombres sobre el castillo de proa, listos para disparar sobre los nativos en cuando pusieran un pie sobre cubierta. Al mismo tiempo, ordenó levar anclas, levar velas y dirigir la nave lo más lejos posible de la isla, para así privar a los salvajes a bordo de la esperanza de recibir ayuda de su gente. Después de un largo combate logramos repeler a los atacantes. Yo me refugié en la cabina del capitán durante la escaramuza, pero él me relató que fue en extremo violenta; veintiún de nuestros murieron en la refriega. Estos salvajes son un pueblo en particular vicioso y maligno.

26 de octubre

            Nos hemos alejado de la isla y estamos fuera del alcance de los salvajes. Cualquier intento de desembarcar en Moorcock Island está por completo descartado. No obstante, he convencido al capitán de que circunnaveguemos la isla para observar lo más que se pueda de ella.

            Mientras tanto, me he dedicado a estudiar el cuerpo de uno de los salvajes que murieron en la batalla. Son una raza única en el mundo. Su piel lampiña es de un tono tan oscuro que casi parece negro. No había visto piel tan oscura ni en los nativos de África. Pero estos hombres no tienen rasgos africanoides. Son dolicocéfalos y tienen narices aguileñas, frentes amplias y labios delgados. Su complexión es delgada, pero muscular y su estatura es como la un europeo mediterráneo. Tienen cabellos negros rizados que arreglan en trenzas y ojos con un iris tan oscuro que se confunde con la pupila. La piel de las palmas de sus manos, las plantas de sus pies y sus labios es apenas más clara que la del resto de su cuerpo. Sus uñas no son transparentes, sino de un color negro sólido. Sus dientes, lo más sorprendente de todo, son negros como ébano lustroso. El capitán, en una actitud por demás decepcionante, me ha impedido hacerle una disección para conocer sus órganos internos, alegando que sería una actitud poco cristiana. Pero he aprovechado la herida de bala que tiene en el pecho para “asomarme” al interior del salvaje. Extraje fragmentos de costillas y del esternón que rompió la bala. Los huesos de este salvaje son, lo aseguro, completamente negros.

27 de octubre

            Hemos anclado frente a la costa noreste de la isla, es decir, en el extremo opuesto al de la península que habitan los nativos. Entre nosotros y la isla se alzan picachos rocosos que hacen imposible desembarcar de este lado. Me limitaré entonces, a describir lo que he visto desde aquí.

            Moorcock Island están cubierta de una densa selva, con árboles inmensos. Hay algunas colinas, entre la que destaca una que se yergue hacia el centro de la isla. Es evidente que la antigua civilización que la pobló alguna vez se extendía por toda su geografía, pues he visto las ruinas de murallas y torres ciclópeas que se elevan sobre las copas de los árboles más altos. Me embarqué en una lancha para acercarme lo más posible a la isla, pero los marineros que me acompañaban no quisieron acercarse mucho a los picos rocosos, a pesar de que el mar estaba tranquilo. Pude ver, no obstante, que muchas rocas, pertenecientes a antiguos edificios, pueblan el fondo de las aguas poco profundas cercanas a Moorcok Island.

Ordené a un marino que bajara al fondo para obtener una estatuilla que sobresalía del fondo arenoso. El marino se sumergió y fue atacado por un pececillo desconocido, que resultó ser mortalmente venenoso. El pobre infeliz empezó a sufrir convulsiones en cuanto regresó a la lancha, y su cuerpo de hinchó y se cubrió de ronchas al instante. Murió antes de que lográramos regresar a la nave. Pero su muerte no fue en vano, logró recuperar la estatuilla. Está tallada en una piedra verde desconocida, de unas quince pulgadas de altura y cinco de ancho, y representa a lo que debió ser un dios zoomorfo que adoraba la antigua raza de Moorcock Island. El ídolo tiene forma de un batracio bípedo y jorobado, con garras en las manos y el dorso cubierto de espinas. Su cabeza tiene forma triangular, y su boca tiene labios gruesos que dejan entrever una hilera de dientecillos filosos. Nunca había visto un ídolo tan excepcional ni tan magistralmente detallado.

Extrañas bestias vagan por esta isla. He vuelto a ver más ejemplares de esos animales voladores que describí con anterioridad. Ahora estoy seguro de que se trata de reptiles, parecidos (y perdóneseme la falta de rigor científico al decirlo) a dragones. También vimos otro animal prodigioso. Pasó nadando por debajo del HMS Australia y lo pudimos observar detenidamente a través de las aguas cristalinas de este mar austral. Era como un lagarto, más grande que una lancha, que nadaba atrapando peces y otros animales marinos con las fauces abiertas. No vimos de dónde surgió, pero nadó hasta la orilla y al llegar a ella ¡se paró sobre sus patas traseras!, tras lo cual se internó corriendo en la selva. ¿Es posible que los mitos de los dragones se basen en bestias como las que hemos visto? Los marineros ignorantes, desde luego, están asustados y quieren alejarse lo más pronto posible de esta isla. El capitán, de nuevo decepcionante, les ha prometido que mañana partiremos.

28 de octubre

            Ya ha quedado fuera de vista, para mi pesar, esa maravillosa isla y navegamos con dirección al sur en busca de la Terra Australis. Por fortuna, he podido hacerme con algunos raros especímenes de nuevas variedades de lepidópteros y coleópteros que volaron hasta el barco. De cualquier modo, espero poder regresar algún día a este extraño e inaudito lugar, con un ejército bien armado que pueda reducir a esos viciosos salvajes para así poder estudiar a gusto la naturaleza y arqueología tan particular de Moorcock Island. Sin embargo, estoy seguro de que maravillas aún más extrañas nos esperan al sur. Produce un entusiasmo indescriptible el aventurarse en regiones a las que ningún hombre civilizado ha llegado, estas zonas que los antiguos mapas de ignorantes cartógrafos marcaban con la leyenda Aquí habrá monstruos.

31 de octubre

            Escribo estas líneas con desesperación y desesperanza. Desde el día 29 y hasta hace apenas unas horas fuimos azotados por una terrible tormenta. Los mástiles han sido derribados por la furia del viento y del agua. Nunca había escuchado truenos tan absolutos ni había visto relámpagos tan cegadores. La mayor parte de la tripulación ha muerto, incluido el capitán, quien fue arrojado al mar por una ola. El HMS Australia está en pésimas condiciones y el agua se está filtrando. Estamos yendo a la deriva. Las brújulas enloquecieron y ya no funcionan, sino que las agujas giran frenéticas sin detenerse. Perdimos muchos víveres en la tempestad. Los supersticiosos marineros me odian y culpan por las desgracias. Me han obligado a deshacerme del extraño ídolo que encontré en la isla. ¡Insensatos! No saben que el conocimiento vale más que unas tristes vidas humanas.

            El cielo amaneció rojo y sin nubes. El mar, tranquilo como una laguna, refleja el color del cielo. Los marinos dicen que estamos cerca de los confines del mundo. Su ignorancia y superstición me exasperan. Sin duda el fenómeno puede ser explicado por la latitud y el clima en los que nos encontramos.

1 de noviembre

            ¡Los prodigios nunca cesan! Desde la muerte del capitán, Gibson, el primer oficial, quedó al mando. Hace unos momentos estaba sobre cubierta dándonos instrucciones sobre el racionamiento de la comida cuando de pronto surgió del mar un tentáculo gigantesco, que lo atrapó y se lo llevó bajo al mar. El pobre hombre gritaba y pataleaba por su vida, pero no pudo hacer nada. ¿Será éste el fabuloso pulpo gigante del que hablan las leyendas? Los marineros, por supuesto, hablan de demonios, pero yo estoy seguro de que la criatura que se llevó a Gibson es pertenece al mundo natural, si bien es extraordinaria.

            No hay viento y el agua está tranquila. Vamos flotando lentamente a la deriva. Nos queda poco alimento, pero hay agua suficiente. El cielo y el mar siguen de color rojizo.

 

2 de noviembre

            Al atardecer estábamos tratando de pescar cuando fuimos atacados un grupo de extrañas criaturas. Eran peces monstruosos, grandes como perros, con fauces desproporcionadamente grandes para sus cuerpos. Movían sus aletas como alas de insecto y como tales zumbaban. Volaron sobre el barco y se lanzaron sobre los marineros. Les arrancaban grandes trozos de carne y luego regresaban al mar. Mataron e hirieron a muchos. Los que pudimos nos refugiamos bajo cubierta, donde el agua nos llegaba hasta las rodillas. Ahí abajo, en la oscuridad, oímos cómo los monstruos zumbaban y gruñían y los miserables que se quedaron arriba daban horrorosos alaridos mientras los devoraban vivos.

            De pronto, el aullido de dolor de uno de nuestros hombres se unió a los alaridos de los que estaban sobre cubierta. Una cosa en el agua lo había mordido. Después de él otros fueron mordidos y en seguida empezaron a convulsionarse y a hincharse como globos. El resto de nosotros prefirió enfrentarse a las criaturas de arriba que a la bestia desconocida que nadaba por allí, y subimos. Decidimos refugiarnos en la cabina del capitán, pero en el camino dos hombres fueron alcanzados por los peces voladores. Será mejor quedarnos en la cabina mientras podamos. Los marineros aseguran que ya no estamos en el mundo y que después de esa tormenta hemos pasado al Infierno.

3 de noviembre

            ¡El horror! ¡El horror indescriptible! Anoche nos atrevimos a salir de la cabina para verificar nuestra posición, pero en el cielo negro rojizo no brillaban estrellas. Fue cuando esas cosas subieron al barco. Hombres monstruosos con escamas de pez, manos palmeadas y garras en los dedos abordaron el HMS Australia. Junto a ellos iban unas monstruosas criaturas diminutas, como mantarrayas bípedas que avanzaban dando saltos como ranas. Atacaron a los hombres, pero no me quedé a ver qué sucedía. Me encerré en la cabina del capitán y monté una barricada frente la puerta. ¡Los alaridos de dolor y espanto que emitieron esos pobres hombres…! Lo más espantoso de todo fue cuando vi, entre todos esos monstruos, una figura enfermizamente familiar: ¡se trataba del ser representado en el ídolo que encontramos en Moorcock Island!

            Estuve toda la noche pertrechado en la cabina, con el mosquete apuntando hacia la puerta, esperando que en cualquier momento entraran los monstruos a enfrentarse conmigo. He rezado por primera vez en años. Ahora es de día, y creo que las bestias marinas han abandonado la nave. Dios, quisiera llegar a tierra.

 

 

5 de noviembre

            Ironía del destino, el viento me ha traído de nuevo a Moorcock Island… Ese nombre es absurdo: no podemos llegar y ponerle nombres a cosas que existían mucho antes de nosotros. La isla no tiene nombre… Divago. El barco encalló en un banco de arena cercano a la península que habitan los salvajes. Me decidí a salir de la cabina hace unos minutos y observé la costa. El cielo y el mar seguían rojos y los nativos encendieron hogueras y empezaron a tocar sus infernales tambores. Y de entre las ruinas más allá de la selva, provenían luces, que no parecían estar generadas por fuego… De pronto escuché un ruido detrás de mí y vi que dos lagartos marinos, como los que anteriormente había visto, estaban trepando por la borda con la clara intención de abordar la nave. Aterrado, corrí a refugiarme en la cabina. Uno de los lagartos me persiguió, pero logré escabullirme por la puerta antes de que me alcanzara.

Aquí he estado desde entonces. Ya es de noche y la música demencial de los aborígenes ha alcanzado niveles orgiásticos. Lo peor es ese abominable grito, hong o gong… No cabe duda, los salvajes se acercan en sus canoas, pues el ruido de los tambores se oye más próximo. Tong bong… ¿Qué es lo que dicen? Venderé cara la vida; no les será fácil capturarme…

Dios, ese rugido… ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que están invocando esos salvajes? Ahí estuvo de nuevo… Proviene de la isla, pero se oye tan claro como si estuviera aquí cerca. Los nativos lo festejan… Debe ser una criatura inmensa. Es indescriptible. Ese rugido… lo captan mis oídos… pero lo percibe mejor mi mente… ¿Estoy enloqueciendo? Dios mío… Me está hablando… Muerte… él es la muerte… La destrucción… el fin… No… No puedo pensar… Pues llegará el día en que los monstruos caminen sobre la Tierra y las ciudades del hombre perezcan bajo sus pasos… No sé lo que escribo… No puedo pensar… Mi mente ya no es mía…

Kong

Kong

Kong

Anuncios

Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en El horror a través de los siglos. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Here there be monsters

  1. shamexfftl dijo:

    Demonios, no puedo encontrar el otro cuento que tiene referencias a la estatuilla de rana jorobada. D: Cual es? T__T

  2. Maik Civeira dijo:

    Liérganes. Y también tienecque ve con Nicolò 😉

Sé brutal

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s