El Sarcófago

EL SARCÓFAGO

París, principios del siglo XIX

            El sarcófago había sido encontrado por el equipo científico que acompañó a Napoleón en su expedición militar a Egipto y fue llevado a París cuando las tropas francesas se vieron obligadas a retirarse. Costó un enorme esfuerzo para su descubridor, el orientalista Jean de Toussaint, llevarlo a Francia después de la derrota en Egipto, sobre todo cuando los británicos reclamaban como propiedad de la Corona todos los descubrimientos franceses en este país. De cualquier modo, el sarcófago llegó a París y fue alojado en el Musée du Louvre. Toussaint, sin embargo, murió a las pocas semanas, víctima de unas fiebres contraídas en África y el sarcófago se quedó embodegado por varios años, sin que nadie le prestara atención.

            Jacques Cartier, un joven arqueólogo, aprendiz no muy brillante de Silvestre de Sacy, redescubrió el sarcófago por casualidad cuando hacía inventario en las bodegas del entonces rebautizado Musée Napoléon. Cartier mantuvo su descubrimiento en secreto y sólo se lo reveló a un amigo suyo, de nombre Philippe de Passant, un joven revoltoso y en absoluto carente de toda seriedad. Cartier, deseoso de impresionar a su amigo, lo invitó una noche a develar los secretos del recién descubierto sarcófago.

            Se reunieron en el museo muy tarde en la noche, cuando ya casi nadie quedaba en él. Con la autoridad que le daba conocer al director Vivant, Cartier entró sin dificultades acompañado de su amigo, para después dirigirse a la cámara en la que guardaba su tesoro. Allí, con mucha ceremonia y pompa, ante la expresión divertida de Passant, Cartier abrió el sarcófago.

            Dentro estaba una momia casi deshecha. Jirones de tela y carne seca colgaban de sus miembros, retorcidos de forma tal que daba testimonio de inefable agonía.  

Espantado por esta visión, Cartier se echó para atrás ahogando un grito. Passant, en cambio, se rió de la reacción de su amigo. La parecía singularmente cómico que un hombre como Cartier, acostumbrado a tratar con momias, se horrorizase ante la visión de este triste cadáver.

-Parecería que se retorció en su encierro.- observó Cartier –Como si lo hubiesen enterrado vivo.

            Passant se acercó a la momia hasta casi tocarla con la nariz. Luego se volvió hacia Cartier  le dijo, riendo:

            -¿Enterrado vivo? Es como si tu amiguito aún estuviera con vida…

            En ese momento, los músculos resecos de la momia se tensaron y ésta se sacudió de pies a cabeza con un ligero espasmo. Passant no pudo evitar emitir un chillido y dio un salto hacia atrás. Él y Cartier se quedaron por largos segundos mirando de fijo a la momia inmóvil. De pronto Passant se echó a reír.

            -¡Vaya susto! Este amigo tuyo es en verdad divertido. ¿Qué crees que haya causado esos espasmos?

            -No lo sé.- respondió Cartier, aún sobresaltado –Quizá fue debido a la acción del oxígeno en su carne deshidratada…

            Passant se acercó de nuevo a la momia y le dijo -¿Qué pasa, amiguito? ¿El aire está muy frío para ti…?

            Con un silbido, el cadáver se arrojó veloz sobre Passant y lo sujetó del cuello con sus manos secas y quebradizas. La momia abrió una boca llena de dientes amarillentos y deformes y le dio una gran mordida al joven en la coronilla. Passant gritó y suplicó ayuda de su amigo, pero éste se quedó inmóvil viendo cómo todo sucedía. Por más que su víctima forcejeaba, la momia no la dejaba escapar y seguía infligiéndole mordidas por todas partes, hasta que una de ellas desgarró la garganta de Passant y éste cayó desangrándose al suelo. Ante la mirada atónita de Cartier, la momia procedió a devorar a su víctima.

            Sería imposible decir cuánto tiempo pasó Cartier observando a la momia arrancar grandes trozos de carne del cuerpo de Passant y llevárselos a la boca. Por minutos delirantes escuchó el desgarre de los tejidos de su joven amigo y el masticar del cadáver momificado que se deleitaba con ellos. De pronto, la momia se detuvo y se incorporó; miró a su alrededor como quien despierta de un largo sueño. Entonces dijo algo en su antigua lengua egipcia, que Cartier no comprendió, y salió caminando de la cámara, sólo para caer convertida en polvo cuando apenas había dado unos pasos.

            A la mañana siguiente, los trabajadores del museo encontraron un sarcófago vacío, un cadáver parcialmente devorado, un montón de polvo y vendajes desgarrados, y al joven Jacques Cartier, acurrucado en un rincón carcajeándose y repitiendo una misma frase sin sentido:

            -Atón está muriendo… Atón está muriendo… ¡Y Arlhotep se fue a dar un paseo!

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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