Samhain (Parte I)

SAMHAIN

Nueva Inglaterra, década de 1880

            Tienes miedo. Estás aterrado. No puedes respirar. Huyes a toda la velocidad que permite tu cuerpo infantil. Pero no es suficiente; las piernas te pesan y tus lentas zancadas no cubren la distancia que deberían con la rapidez que necesitas. El maíz devora todas las dimensiones; no puedes ver más allá de los altos tallos y las mazorcas; estás casi ciego de verde y sepia. Sientes la cosa que te persigue detrás de ti, puedes percibir su aliento fétido sobre tu hombro. No quieres volverte para ver. Todo está tan oscuro. No sabes hacia dónde correr. Los tallos de maíz de súbito se transforman en llamas ardientes. Estás atrapado, quieres escapar, pero no hay hacia dónde. Corres, es todo lo que puedes hacer, pero el calor te asfixia y las llamas te laceran. Escuchas los pasos, lentos, pero constantes, como de botas caminando sobre duela. Es absurdo, estás en el campo y lo sabes bien. Tu deseo es encontrar una salida antes de morir abrasado. Tu deseo es morir abrasado antes de que te encuentre esa cosa. Súbitamente llegas a un claro circular donde lo único que crece es un poste al que está clavado un espantapájaros. Lo miras, le temes. Temes su desgarbo y su expresión inhumana. ¿Quién puede culparte? Eres sólo un niño pequeño e indefenso en medio de la noche, perdido en un laberinto incomprensible. Pero por más grotesco que sea el espantajo, no es como esa maldita cosa que está detrás de ti. Detrás de ti. Entonces te percatas de su presencia. No quieres volverte, pero una fuerza desconocida te obliga a hacerlo. Y allí está, frente a ti, con su elegante traje oscuro de siglos pasados y su larga capa negra, y la hoz filosa que brilla a la luz de una luna bermeja, y la linterna que ilumina su rostro deforme, su mirada vacía y esa horrible mueca que emula una sonrisa. Lo ves alzar la mano que porta la hoz, ves el filo caer sobre ti. Gritas.

            Desperté jadeando, boca abajo, casi ahogándome en mi propia saliva y sudor. Otra maldita pesadilla sobre el hombre con cabeza de calabaza. Me incorporé y permanecí sentado en la cama. Una parte de mí, la más optimista, agradecía que sólo se hubiese tratado de un sueño. Molly seguía dormida. Para entonces debía haberse habituado a mis terrores nocturnos. Me levanté, salí del cuarto y caminé hacia la habitación que teníamos acondicionada como estudio y biblioteca. Me senté frente a la mesa, remojé la pluma en el tintero y comencé a escribir.

            A veces, cuando escribía cuentos de horror, sobre todo durante las noches, mi mente sugería entidades que me observaban desde la ventana o desde el umbral de la puerta. En ocasiones la idea de estar siendo observado y de que si me volvía encontraría de frente a una presencia espantosa me obsesionaba a tal grado que no podía pensar, ni siquiera moverme. Me costaba un esfuerzo enorme dominar el pavor y seguir con mi trabajo. Aquella noche me sucedió en dos o tres ocasiones. Había logrado escribir de corrido por unos minutos cuando escuché unos pasos suaves sobre la duela. Me volví sobresaltado. Era ella.

-¡Dios!- exclamé –Molly, casi me matas.

-¿Estás escribiendo?- fue toda su respuesta, adormilada y ojerosa.

-Sí.

-¿Tuviste una pesadilla?

-Así es.

-¿La calabaza?

-La calabaza.

-En serio, Michael, ¿no crees que un hombre con cabeza de calabaza es más bien una imagen chusca que aterradora?

-Desde luego. Pero en el sueño la mente y las emociones funcionan de forma distinta y lo que en un estado de conciencia perfectamente lúcido no me provocaría más que curiosidad, en la embriaguez onírica me produce terror.

Molly bostezó largamente -¿No puedes venir a la cama? Debes descansar… mañana tienes esa cita con John Stevenson.

-Debo aprovechar el estado de ánimo en el que me dejó la pesadilla… Además, podré dormir en el tren durante todo el trayecto hasta Boston.

-¿Y qué escribes?

-No sé, aún no decido qué giro dará el cuento.

-¿Por qué no haces un cuento sobre la calabaza?

-Porque un cuento de terror sobre un hombre con cabeza de calabaza sería ridículo, ¿no crees?

-¿Y por qué le tienes tanto miedo?

-Verás, en la ficción es mucho más difícil provocar terror que en la realidad. Hay cosas que darían miedo en la vida real pero que si tan sólo las leyeras en un relato no producirían el mismo efecto. Te pondré un ejemplo: si yo escribiera un cuento sobre una ardilla gigante que habla, no le daría miedo a nadie, sería un relato chusco, satírico. Pero si en este momento, por esa puerta que está detrás de ti entrara una ardilla gigante y te dijera “Buenas noches, madame”, ¿acaso no te espantarías y huirías aterrada? Incluso si te dijeras a ti misma que tal ser no podría existir y que debe tratarse solamente de una alucinación, el darte cuenta de que estás perdiendo la cordura a tal nivel que ves ardillas parlantes te llenaría de espanto. Y es que nuestra razón es lo que le da orden al mundo que nos rodea. La locura, el ya no saber qué es real y qué no lo es, se presentaría como el horror supremo…

-Pero a la calabaza no la ves en vida real tampoco…

-De cierta forma, sí.

-Estás teorizando mucho y yo sólo te hice una pregunta. Me voy a dormir. Buenas noches.

-Buenas noches, querida.

Después de escribir y desechar varias páginas me resigné a que no podría llevar ese cuento en una dirección que me satisficiera. Descarté el opio. Lié un cigarrillo y salí a fumar al pórtico. Frente a mí, al otro lado del camino, se extendía un vasto maizal que, bajo la luz de la luna creciente, casi llena, brillaba con un resplandor azuloso y espectral. No muy lejos un espantapájaros se balanceaba con el viento. Más allá, al oeste, se veían aún algunas luces de granjas lejanas y al este se alcanzaba a apreciar la silueta oscura de All Saints Hill.

Mi pueblo natal… Fundado por inmigrantes irlandeses en el siglo dieciocho, creció abruptamente con la llegada de parias que huían de las revueltas y motines de Nueva York en tiempos de la Guerra Civil. Era un pueblo bastante anodino, lleno de gente simplona y estrecha de miras, aunque, eso sí, muy alegre y amistosa. Molly se desempeñaba como maestra de la escuela elemental, mientras que yo poco contribuía a la economía familiar con mis escasas ganancias como escritor y corrector de textos. Mi especialidad eran los cuentos macabros y mi anhelo era convertirme en un gran escritor como Poe o Maupassant, pero agobiado por la necesidad de dinero y el cinismo de los editores, aún me encontraba bastante lejos de lograr mis objetivos. Quizá, pensaba, al día siguiente conseguiría que John Stevenson accediera a publicar un libro en el que estaba trabajando y en el que fincaba mis esperanzas de fama y prestigio literario. En realidad, me era imperativo que así pasara, pues Molly y yo teníamos deudas y problemas económicos prácticamente desde que nos casamos. Di unas cuantas fumadas más, arrojé el cigarro al suelo, lo apagué con la punta de mi pantufla y me fui a dormir.

            En una casa vieja y oscura, tapizada de hojas secas, una ventana recibe los golpes suaves, monótonos, de una rama marchita mecida por el viento. El ruido despierta al viejo señor O’Reilly, que se ve obligado a descender a la planta baja, con sólo una débil vela que ilumina su camino, para asegurarse de que nada turbe el sueño de su esposa enferma. Pronto identifica la rama y la ventana y se promete a sí mismo que al día siguiente la cortará, pues esta noche ya no hay nada qué hacer. Está listo para volver a su cama y encontrar refugio del frío nocturno, cuando escucha otro ruido, sin duda distinto al que produce la rama. Camina hacia la puerta de entrada y el sonido se escucha más fuerte y más claro, como si alguien llamara con suavidad. El viejo O’Reilly duda, ¿ha escuchado bien? Quizá sea otra rama. Pero los golpes se presentan decisivos y sonoros detrás de la puerta; sin duda alguien llama. Quita entonces las aldabas y un empujón violento abre la puerta de par en par. Antes de que el viejo pueda recuperar el equilibrio, la hoz cae sobre él. La señora O’Reilly tarda en despertarse, a pesar de los rumores de golpes y de los gritos ahogados en sangre. Se sienta en la cama y llama a su esposo con un susurro seco y enfermizo. Por toda respuesta obtiene los pasos de unas botas pesadas sobre el piso de madera. La puerta de la habitación se abre y la vieja se ve obligada a cubrirse los ojos para protegerse de la brillante luz de la linterna. Ni siquiera tiene tiempo de gritar.

            Estás perdido en un bosque marchito cuyo suelo está cubierto por una densa hojarasca otoñal que cruje bajo tus pasos. Una luna sangrienta chorrea luz escarlata sobre el bosque. Árboles podridos llenos de alimañas te miran desde todas las direcciones con gestos detestables. No sabes hacia dónde huir. La espesura de las ramas secas y espinosas te impide respirar. Quieres gritar, pero ningún sonido emerge de tu boca. De pronto tropiezas con una raíz nudosa y áspera, caes de bruces y te cubres de raspones y cortadas. Entonces sientes detrás de ti la presencia del ser que te aterra, del dueño de tus pesadillas. Levantas el rostro y ves su silueta recortada contra la luz de la luna. Te toma de los cabellos y te levanta en el aire; te eleva hasta la altura de su faz deforme y te permite asomarte al vacío absoluto de sus ojos. Entonces, con su hoz, hace un corte lento a lo largo de tu cara.

            Me despertó el empleado del ferrocarril. Me dijo que había estado gritando en mis sueños y me informó que pronto llegaríamos a Boston. En los pocos minutos antes de la llegada del tren a la estación, permanecí pensativo, meditando sobre la pesadilla que acababa de sufrir. Había tenido ese tipo de sueños desde que era muy niño, ligeramente distintos entre sí, aunque siempre conmigo huyendo aterrorizado y la calabaza persiguiéndome de cerca. El hombre con cabeza de calabaza nunca antes me había atrapado, ni mucho menos herido. Este último cambio me inquietaba en extremo y me asustaba la idea de que así pudieran ser mis sueños siguientes.

            Al llegar a la estación tomé un coche que me llevó hasta las oficinas de Stevenson & Company, Publishers, donde el secretario me hizo esperar más de una hora antes de que Stevenson se dignara a recibirme.

            -¡Sullivan!- exclamó con afectada alegría –Pasa, pasa. Sabes que siempre eres bienvenido. ¿Cómo estuvo el viaje? No muy cansado, espero.

            -Nada fuera de lo común… ¿Leíste el libro?

            -Oh, sí, sí. Muy bueno, Sullivan, en verdad muy bueno. Aterrador. Aunque más bien extraño. Nunca había leído nada igual…

            -¿Crees que podría ser publicado?

            -Te seré sincero, Sullivan: no creo que el público americano esté listo para un libro como el que propones.

            La noticia me derribó emocionalmente, aunque de cierta forma ya me la esperaba -¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

            -¿Malo? Oh, no. No tiene nada de malo. Es un buen libro. Todo lo que escribes es muy bueno… Sólo que tiene algunos detalles… que quizá podríamos corregir.

            -¿Por ejemplo?

            -Bueno, en primer lugar está el título: El horror a través de los siglos… Suena… demasiado académico. Deberías pensar en algo más llamativo… qué se yo… Galería de espantos, Cuentos de miedo, La zona del crepúsculo… No sé, algo por el estilo…

            -Pero el título da la idea de lo que es el libro en sí: una colección de relatos de horror desde tiempos antiguos hasta la actualidad…

            -Sí, sí… Eso es otra cosa… Cuentos de brujas y demonios en la época antigua no asustan a nadie. Lo que le da miedo a la gente es la posibilidad de encontrarse con esos espantos hoy. A nadie importa lo que temían los antiguos griegos. Y otra cosa: todo esto es muy extraño… por ejemplo, este cuento de El Flautista de Hamelin… es ¡demasiado raro! No entendí exactamente qué era este tipo. ¿Es una especie de brujo o demonio?

            -Yo… no lo sé.

            -Sullivan, tú sabes bien lo que quiere la gente: brujas, fantasmas, vampiros… No quieren estas criaturas extrañas de orígenes poco claros… ¿De dónde sacas estas cosas?

-Algunos cuentos son reinterpretaciones de mitos y leyendas. Otros… la mayoría… bueno, los saqué de mis pesadillas.

-Oh, vaya. Y luego estas cosas tan… no me malinterpretes, tú sabes que  yo no soy ningún fanático religioso, pero muchas personas podrían pensar que planteas algunas cosas un poco… blasfemas… Como este cuento del hechicero egipcio o aquél de los sacerdotes españoles en México… ¡No esperarás que el público acepte esto!

            -No es mi intención ofender a nadie. Es sólo ficción… No pretendo… Es decir… ¡Yo mismo soy católico! Creo que buscaba la idea más aterradora que pudiera imaginar, y para mí fue la posibilidad de que hubiera una fuerza destructora tan terrible que ni Dios mismo pudiera contra ella…

            -Vamos, yo no tengo nada contra eso… De cierta forma es buena idea… Je, je. Incluso me hiciste sentir un escalofrío… Pero no creo que el público lo acepte muy bien. Finalmente, está el asunto de la extensión del libro. Son… unos quince cuentos. ¡Es larguísimo!

            -Vamos, Stevenson, hay libros que tienen veinte o más cuentos… ¡Y Varney el vampiro tiene como ochocientas páginas!

            -Sí, pero nosotros nunca publicamos libros tan extensos… Además Varney se publicó serializado… Y todos estos cuentos son inéditos. Mira, Sullivan, eres un buen escritor y a los lectores les gustan los cuentos que has publicado en la Boston Monthly.

            -En realidad, no estoy muy contento con ese trabajo. Son mis textos más convencionales y menos imaginativos…

            -Pero son los más exitosos… Lo que deberías hacer es escoger ocho o diez cuentos de aquéllos, los que más te gusten. Revísalos, corrígelos, actualízalos y forma un libro con ellos. Mete dos o tres inéditos y cuando tengas todo listo, tráemelo. No te prometo que se publicaría pronto, pero te aseguro que se pondrá en lista de espera para ser publicado un día de éstos.

            Quería decirle más, quería comentarle que en realidad tenía planeado que el libro consistiera en treinta cuentos, que la historia del horror abarcaría el futuro, sobre el cual había tenido pesadillas; que era un libro diferente, porque todos los cuentos estaban conectados entre sí por una constante, aunque yo mismo no sabía cuál era; que tenía la necesidad imperiosa de terminar y publicar ese libro porque, por primera vez en mi vida, había logrado escribir algo que de verdad me asustaba. Empero, me di cuenta de que no valía la pena intentarlo. Me despedí de Stevenson y salí de su oficina.

            -¡Michael! ¡Michael Sullivan!- escuché que alguien me gritaba cuando salí a la calle; me volví y vi acercárseme a hombre que me parecía familiar, pero que no reconocía del todo –Michael, soy Jefferson, primo de Molly, ¿recuerdas?

            -Ah, sí… qué tal.- le respondí secamente.

            -Molly me telegrafeó para decirme que estarías aquí hoy y me encomendó que te encontrara.

            -¿Ah, sí?

            -Sí. Me dijo que estás buscando empleo y justamente tenemos un puesto administrativo en la fábrica de máquinas de coser que te vendría muy bien…

            Sentí que la cabeza me ardía color rojo, los ojos se me vaciaban y los músculos del rostro se me contraían en una sonrisa furiosa –Molly te informó mal. No estoy buscando empleo. Muchas gracias.- me di la media vuelta y me alejé de ese lugar, dejando a Jefferson perplejo, ofendido y parado en medio de la acera como un idiota.

            Durante todo el viaje de regreso a All Saints Hill no encontré sosiego. Me sentía furioso por la estrechez de miras de Stevenson y la intromisión de Molly en mis asuntos. Por lo que duró el trayecto me mantuve rígido como cadáver, pensando en la forma en la que imprecaría a mi esposa. Estaba más molesto de lo que jamás me había sentido en toda la vida y no entendía exactamente el porqué. Para distraerme, hojeé un libro extraño que quién sabe dónde había conseguido y cuyo autor no recuerdo:

El impacto de lo espectral y lo macabro es generalmente pequeño, ya que exige del lector cierto grado de imaginación, así como la capacidad de despegarse del día a día cotidiano. Son relativamente escasos los que están libres de las cadenas de la rutina ordinaria y son capaces de responder al reclamo de lo ajeno; de forma que los relatos sobre sucesos y sentimientos ordinarios, o las comunes variantes de tales sucesos y sentimientos, siempre serán más del gusto de la mayoría. Pero lo sensible nos acompaña siempre, y hay veces que una curiosa ráfaga de fantasía invade una oscura esquina de la mente más prosaica, de forma que ningún proceso de racionalización puede anular del todo el escalofrío que produce el susurro en el rincón de la chimenea o en el bosque solitario.

            Maldito Stevenson, pobre idiota. Y tú, Jefferson, quédate con tu empleo normal y estúpido. Y Molly… Cuando al fin llegué a casa, la encontré en la sala tomando una taza de té.

            -¡¿Le dijiste a tu primo Jefferson que necesitaba trabajo?!- le espeté sin siquiera decirle un saludo previo.

            -Pues sí… ¿Lo viste?

            -Para tu información no necesito empleo. Ya tengo uno. ¡Soy escritor!

            -Pero Michael, necesitamos el dinero y Jefferson de seguro te habría dado esa posición. Además, eres inteligente y no dudo que lo habrías hecho bien.

            -¿Y cuándo se supone que escribiría, eh? ¿En mis descansos después de revisar máquinas de coser?

            -Podrías escribir en tus ratos libres…

            -¡Soy un escritor, maldita sea! ¡Los escritores no creamos en los “ratos libres”! ¿Acaso los médicos curan en sus ratos libres? No, ¿verdad?

            -¡Bien, por lo menos a los médicos sí les pagan! ¡Por lo menos los médicos pueden pagar sus deudas y sus esposas no tienen que estar regateando a todo el mundo y pidiendo prórrogas para los pagos!

            Emití un grito inarticulado, di un fuerte pisotón y arrojé mi maletín al piso. Luego me di la media vuelta y me alejé de la casa lo más a prisa que pude. No sentía ningún deseo de estar cerca de Molly.

            Estuve caminando por el campo, sumido en mis pensamientos. Me molestaba perder el tiempo, pensaba que en ese momento podía estar en mi estudio escribiendo, pero no quería volver con mi esposa. Entonces me enojaba más y más con ella. Sin darme cuenta, me interné en un bosquecillo y vagabundeé por allí hasta el atardecer. Para entonces no estaba molesto, sino que sentía una leve e indefinible tristeza. Estaba pensando en volver con Molly y pedirle disculpas por mi actitud, e incluso consideraba la opción de aceptar ese puesto en la fábrica de máquinas de coser. La luz dorada del crepúsculo me sacó de mis cavilaciones y me hizo percatarme del lugar en el que me encontraba.

El bosque era otoñal y oscuro, no tan espectral, abigarrado y gótico como aquél con el que había soñado esa misma mañana, pero no por ello menos imponente y sugestivo. La tristeza que antes fue enojo se transformó de forma gradual en inquietud, y ésta a su vez se tornó en miedo. Sentía la necesidad apremiante, vital, de escapar de aquel sitio. Tenía la sensación de que algo horrible me acechaba detrás de los árboles. En un principio traté de mantener la calma y volver sobre mis pasos con entereza, pero al no encontrar la salida del bosque desesperé. Conforme la luz del sol se difuminaba en la oscuridad de la noche ascendente, mis pasos se hicieron más veloces, torpes y desesperados. Sentía que algo, una presencia inexplicable, me estaba dando caza. El miedo se convirtió en terror y éste se transformó en pánico. Mi corazón enloquecido bombeaba sangre helada y mis pulmones en vano trataban de captar algo de oxígeno en una atmósfera en la que sólo se respiraba pavor…

CONTINUAR LEYENDO EN LA PARTE II

Anuncios

Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en El horror a través de los siglos. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Samhain (Parte I)

  1. Miguel Ernesto Galván Del Moral dijo:

    Que coincidencia que el ecritor se llame Michael! Haha. Me gustó mucho, aunque el último párrafo se me hizo un poco apresurado. Como que no me dio tiempo de imaginarme el bosque, y de adentrarme en el miedo del personaje.

    La referencia a Lovecraft está muy padre!

  2. Maik Civeira dijo:

    Yep, es que se quedó in media res. No te pierdas la continuación! Y no, no es casualidad que el escritor se llame Michael 😉

Sé brutal

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s