Samhain (Parte III)

(LEER LA PARTE I)
(LEER LA PARTE II)

Me despertó el sonido de mis propios gritos. Estaba en un vagón de tren. ¿Qué hacía allí? Miré la pila de objetos colocados en el asiento adjunto; eran un montón de libros y otros papales. Los revisé. Unos eran libros de mitología, otros de demonología y algunos más de contenido antropológico. También estaban ahí algunas láminas con reproducciones de pinturas de Füssli y de Goya. Todo tenía que ver con la muerte, el miedo y el Más Allá. Me parece que traté de explicarme a mí mismo que había viajado a Boston con la intención de obtener material para mi libro. Después de una relectura del manuscrito había decidido tratar de interconectar las diversas historias de terror con la creación de una mitología coherente. Pero pensé que probablemente era muy racionalista ese propósito, y después se me ocurrió que quizás la lógica y la razón no eran más que mitologías con cierta coherencia interna que nos sirven para darle sentido a un universo caótico e inaprehensible.

Abrí uno de los libros, del británico Charles Lamb, titulado Witches and Other Night Fears y leí el siguiente pasaje:

Gorgonas, Hidras y Quimeras –las terroríficas historias de Celen y las Arpías- pueden reproducirse a sí mismas dentro del cerebro de los supersticiosos… pero eso se debe a que ya estaban allí. Son transcripciones, tipos… los arquetipos están en nuestro interior y son eternos. ¿Podría, de otra manera, afectarnos el relato de algo que sabemos conscientemente que es falso? ¿Es que tenemos terror hacia tales objetos por su capacidad de infligirnos daño corporal? ¡No, ni mucho menos! Tales terrores están en nosotros desde hace mucho. Son anteriores a nuestro cuerpo… o ajenos al cuerpo, que es lo mismo. Esta clase de miedo es puramente espiritual, su fuerza es proporcional a su inexistencia terrena y se manifiesta sobre todo en el periodo de nuestra inocente infancia…

No guardo recuerdos de cómo llegué a casa esa tarde. Tan sólo tengo la imagen de Molly preguntándome furiosa a dónde me había ido para después señalar preocupada que me veía demacrado.

-Son esos cuentos… ¡y el opio!- dijo, mientras me ponía unas compresas frías en la frente.

-Esos cuentos son todo lo que soy.- respondí.

-Estás delirando. No lo soporto. Debes descansar de la escritura y dejar el opio de una buena vez.

Pero estaba casi seguro de no haber fumado opio en días y, después de un momento de silencio, respondí –Cuando era un niño amaba la fiesta de Halloween. Mi madre también. Me contaba las leyendas de Jack O’Lantern, del Diablo de Jersey y de Sleepy Hollow, mientras me maquillaba la cara con talco para que saliera a pedir golosinas. Pero cuando mi padre murió y mi madre se volvió a casar… Mi padrastro era un pastor protestante, ¿sabes? Consideraba que mi madre y yo éramos pobres almas enajenadas por la idolatría pagana del papismo. Era un hombre muy severo y empeoró cuando mamá murió. Me decía que Halloween era una fiesta pagana y que las calabazas talladas eran formas de adoración al demonio. Me decía que, si insistía en tener amuletos con huesitos y dejar ofrendas a las ánimas, Jack O’Lantern vendría por mí, con su hoz que arranca las almas de sus cuerpos, y su linterna que alumbra el camino al Infierno.

Molly me dirigió una mirada llena de misericordia. -No eres más que un niño asustado, Michael.- me dijo y me acarició el cabello –Toda tu vida has tenido miedo. Por eso escribes cuentos de horror, para ser tú quien controle al miedo y no viceversa.

Creo que entonces reí, pero tal vez sólo tosí –¿Ahora eres alienista?

-Sólo duérmete. Estaré junto a ti para que no temas a las pesadillas.

Está impaciente. Espera la oportunidad, el carnaval, la fiesta de máscaras, la orgía de la noche de terror. Espera la llegada de Samhain para ofrecer su último sacrificio. Sólo para entretenerse mata en el sendero a un vagabundo cuyo cuerpo nadie jamás encontrará.

Pero no se quedó conmigo todo el tiempo; en la mañana debió marcharse a la escuela. Me encontró después del mediodía, sentado al borde de la cama, observando el vacío. Antes de que Molly pudiera señalar lo terrible de mi aspecto, murmuré:

-He visto el Amanecer de la Muerte.

-¿Qué?

-Es peor que cualquier otra cosa que hubiese soñado. No puedo empezar a describirlo, pero debo… debo intentarlo… ¿Recuerdas la Épica de Gilgamesh? No… supongo que nunca lo has leído… Los antiguos pueblos de Mesopotamía… sabían cosas. Conocían a Pazuzu y a Lilith y a otros demonios… Hay una parte del poema que dice Dejaré que los muertos asciendan y devoren a los vivos; los muertos superarán en número a los vivos…

-Michael…

-¿No lo ves? Isis aceptó hacer un trato con Atón para enfrentarse juntos a la Muerte. Pero Atón traicionó a Isis y la violó; de esa unión nació un hijo que Atón después sacrificó en la cruz… Todo para apaciguar a la Muerte… Pero la Muerte no puede ser apaciguada

-Michael, me asustas. Por favor, no sigas hablando así.

-Molly… ¿Y si tales cosas existen?

-¿Cuáles cosas?

-Un escritor galés dice que todas las leyendas de criaturas fantásticas, hadas, minotauros, vampiros y hombres lobo, hablan en realidad de cosas tan horribles que no podríamos ni siquiera clasificar, pero a las que hemos dado un sustantivo y una descripción que más o menos se acomoda a lo que nuestros cerebros pueden concebir…

-Necesitas despejarte,- dijo Molly –necesitas salir, distraerte y no pensar más en esas cosas. Te prepararé un té y al caer la tarde iremos a la celebración de Halloween. ¿Qué te parece?

-No. No quiero ir.

-Michael, necesitas ver algo de colorido y estar en un lugar alegre. Además, es tu cumpleaños…

Me quedé anonadado con esa información; había olvidado por completo mi cumpleaños.

-Es cierto,- dije al fin –debo salir a divertirme. ¡Sí!- exclamé con súbito entusiasmo -¡Vamos! ¡Vamos a jugar con los niños y a comer manzanas acarameladas y pasteles de calabaza!

Molly empezó a reír conmigo –Mañana nos preocuparemos por las cuentas y los doctores, hoy podemos divertirnos como chicuelos.

 Oh, Halloween, magnífica fiesta en la que nos vestimos como seres del Más Allá para expresar el terror que les tenemos; nos disfrazamos como fantasmas para que cuando ellos pasen por nuestras casas en la noche se confundan y no quieran hacernos daño. El pueblo estaba decorado de muchos colores, una banda local tocaba música alegre, las amas de casa repartían trozos de pastel de calabaza a los invitados y los niños, vestidos de negro y con caras blancas, pasaban de casa en casa para pedir golosinas. Sonreí como ellos y hasta en mi caminar me dejé llevar por la música.

Pero de pronto, en medio de la algarabía, me poseyó el miedo. En cada persona vi a un asesino delirante y en cada rostro una monstruosidad hambrienta, y las calabazas me miraban con apetito y la música trataba de enloquecerme. Mucho antes de que supiera de dónde venían los alaridos, estaba gritando.

La cordura cayó sobre mí de golpe como un aire frío; me descubrí en medio de la plaza, las manos de Molly en mis hombros y la mitad del pueblo mirando hacia mí con espanto.

-Michael, ¿qué te pasa?

-Me siento muy mal, Molly. Vamos a casa, por favor. Déjame ir a casa.

-Te acompañaré. Pero es mi deber estar aquí. Estoy comprometida a cuidar de los niños.

Me llevó a casa, me preparó un té, me acostó en la cama y me puso una compresa fría en la frente.

-¿Conoces la leyenda de Jack O’Lantern?- le pregunté mientras me atendía.

-No.

-Jack era un irlandés borracho y pendenciero, perezoso y timador, que se pasaba la vida embaucando a los demás y acostándose con las mujeres de sus vecinos. Llegó el día en que debía morir y el demonio lo visitó. Jack le pidió a Satanás que antes de llevárselo al Infierno le dejara cometer un pecado más. El Príncipe de las Tinieblas aceptó. Jack quería vengarse de un esposo cornudo que lo había herido en una pelea de cantina, pero no tenía un arma adecuada. El diablo, divertido, acordó convertirse en una hoz para que Jack lograra su propósito. Pero Jack guardó la hoz en una bolsa, en la que también había un crucifijo, robado, por supuesto. El poder de la sagrada figura privó al demonio de todas sus fuerzas, y ya no podía volverse a transformar. Jack entonces hizo un pacto con él; le dijo al demonio que lo liberaría si éste prometía concederle a Jack la vida eterna. El diablo no tuvo más remedio que aceptar. Pero Jack no contaba con la astucia del viejo Satán, y cuándo éste se vio liberado, le arrancó la cabeza al timador. Le había prometido que viviría por siempre, pero no en qué condiciones. Entonces Jack tomó una calabaza tallada y la colocó sobre su cuello. Desde esa noche anda por los caminos solitarios en busca de otra cabeza.

Molly no dijo nada. Me acarició el cabello como solía hacerlo y apagó las velas. Creo que se quedó a mi lado hasta que estuve dormido.

La Calabaza ha despertado, ésta es su noche, ésta es su fiesta. Ha llegado Samhain. Su hoz está afilada y sedienta. Su linterna ilumina los caminos a través de bosques y sembradíos. Los centinelas dispuestos por el comisario para salvaguardar la paz no ven venir el filo y apenas lo sienten deslizarse por sus gargantas. Un granero se incendia; un molino le sigue. El viento trae al pueblo el olor a humo y a animales achicharrados. Las casas más alejadas del centro son las primeras en prender fuego. Alguien grita por un auxilio que nunca llega. Algunos hombres corren hacia el humo para encontrarse con la hoz. Algunas mujeres corren en busca de sus hijos, pero encuentran el fuego. Algunos niños son acuchillados y otros calcinados, pero todos se unen a los fieles difuntos a quienes momentos antes festejaban. Hay gritos y carreras, y la hoz de la calabaza baila extática y silba enardecida entre jirones de ropa y carne y su cara bermeja se baña en sangre y bebe el horror de sus víctimas a través de sus ojos vacíos. Muchos logran escapar con vida, pero por hoy la hoz está satisfecha. Ya puede iniciar su nueva vida.

Me encontré sentado en mi estudio garabateando la descripción de una matanza. No sabía cómo había llegado allí, pero noté que aquellos libros que había traído en el tren estaban tirados, muchos de ellos deshojados, por todo el cuarto y me pareció que había estado reflexionando sobre su contenido. En efecto, me puse a pensar en las fiestas de los muertos, en Samhain, en All Hallows Evening, en Walpurgisnacht, en Pálení čarodějnic, en el Sabbath de las Brujas y en el Hanal Pixán de los mayas; pensé en los ritos funerarios de los egipcios, en los sacrificios de los druidas y de los aztecas, en las masacres del Empalador, en los crímenes del Destripador, y en los cultos de Kali, de Mictlantecutli y de Fobos; pensé en las leyendas de monstruos marinos y en los raptos de la Tylwyth Teg, en las quemas de brujas, en los exorcismos y en las gárgolas de las catedrales; pensé en las historias de fantasmas y en las sombras que se asoman por tu ventana cuando duermes y que acechan desde tu armario o bajo tu cama; pensé en las pesadillas de Füssli, en las brujas de Goya, en la Danza Macabra de Saint-Saëns, en el Sueño de una noche de Sabbath de Berlioz y en la Noche en la árida montaña de Mussorgsky; pensé en los cuentos de Poe, en los Hawthorne, en los de Maupassant, en los de Bierce, en los de Gautier y en los de Le Fanu, en Varney el Vampiro, en el Frankenstein de Mary Shelley y en el Jeckyll & Hyde de Stevenson; recordé mis propios cuentos y mis pesadillas y el Amanecer de la Muerte… Y abrumado de nombres, sombras, ideas y conceptos, comenzó a perfilarse ante mí una realidad insoportable.

Cuando escuché los pasos apresurados de Molly me sentí aliviado, pero pronto el alivio se transformó en terror cuando mi esposa abrió la puerta y entró gritando mi nombre. Y la ves correr hacia ti con la hoz en alto. Escuché los pasos lentos y poderosos sobre la duela y grité a Molly que se alejara. Pero ella no retrocede y la Calabaza prepara su hoz. Grité, grité más aterrado de lo que había estado en mi vida, por primera vez consciente del poder que tiene el miedo. Tu mente está embriagada de miedo. Quiere correr hacia su esposa, pero el horror lo sujeta de los cabellos. Oyes sus pasos, y miras su capa negra ondeando al viento que entra por la ventana. ¡Molly, no! Miras de frente al ser que siempre has temido. La mujer no se da cuenta del instante en que la mano enguantada se apodera de su cuello. ¡Toda la monstruosidad! ¡Todo el horror! ¡Toda la muerte confluyeron en ese momento! La más antigua y poderosa emoción de la humanidad es el miedo. El miedo lo es todo, es todo lo que conoces, es todo lo que existe en tu ser. Pero, ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que sucede. Helo aquí. ¡Que empiece el carnaval de la hoz! Me obligó a ver cómo sucedía todo. Sientes la cuchilla penetrar su cuerpo y sientes el calor de su sangre que se derrama por tu brazo. Cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo. Pero yo la amaba. Y ella en verdad lo amaba. Por ello, impotente, te echas a gritar y a llorar. Oh, Molly… Pero eso no lo deja ir. Y no te soltará jamás.

Debí desmayarme como último acto piadoso de mi locura.

Desperté por completo cuerdo, no sé con exactitud cuánto tiempo después, y caminé lentamente por la casa, escuchando los golpes de mis botas sobre el piso de madera. Encontré el cuerpo de Molly y lo miré con desinterés; junto a ella estaba una calabaza destrozada. Me acomodé la capa y me miré en el gran espejo de la pared.

Sonreí al comprender que nunca más tendría miedo.

FIN

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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