Gassmensch

GASSMENSCH

Frente occidental, 1917

            Me detengo exhausto ante un charco en la tierra, seducido por el agua sucia y lodosa que mi boca y mi garganta desean como al manantial más exquisito. Con ansiedad sumerjo la mano y llevo el agua hasta mis labios, tratando de ignorar el olor y el sabor a podredumbre. Bebo hasta quedar satisfecho.

            Me siento en el fango y trato de serenarme. Contemplo el panorama que me rodea y no veo señales de la cosa que me persigue. Suspiro. Estoy lejos de las trincheras, de las barracas y de los alambres de púas. Todo a mi alrededor es un infinito desierto de lodo. Me siento como el último hombre en un mundo muerto.

            Mis manos se resisten a soltar el rifle, pues éste se ha adherido a mis dedos anquilosados. Con esfuerzo y dolor abro la mano y dejo el arma a un lado. No está cargada, y aún si lo estuviera no me serviría de nada, pero tenerla cerca me hace sentir menos desvalido. Me descuelgo la mochila de los hombros y la abro en busca de comida. Encuentro un trozo de salchichón ennegrecido y rancio que devoro con desesperación. En las últimas horas sólo había pensado en huir y no me había tomado tiempo para revisar el contenido de mi mochila. Hay algo más aquí… es mi diario. Abro el cuaderno y leo notas que escribí hace apenas unos días, pero me parecen escritas por otra persona en una época muy lejana.

17 de Noviembre

            Hoy escuché a dos capitanes hablar acerca de lo que uno de ellos había oído decir a un teniente y a un coronel. Dijeron que habían muerto algunos soldados en una barraca  de la que se encargaba el teniente antes de ser transferido. Los soldados parecían haber sido envenenados con gas, pero era muy extraño porque no había habido ataques enemigos, además de que el veneno no había afectado a los demás soldados, a pesar de que todos dormían en un mismo espacio reducido.

            Más tarde, Franz me dijo…

            Sollozo cuando leo el nombre de mi amigo y camarada, sabiendo que nunca lo volveré a ver. Sigo leyendo, sin saber bien por qué lo hago.

            Más tarde, Franz me dijo que había escuchado rumores acerca de un soldado que se había vuelto loco y había gaseado a sus propios compañeros mientras dormían.

            Miro en derredor y busco señales de vida, pero sólo está el desierto de lodo hasta donde la vista alcanza. El cielo es casi del mismo color grisáceo que la tierra y ambos se confunden en el horizonte. El viento helado me trae el olor de cadáveres podridos. Los escalofríos de miedo se confunden con los que me causa la helada y con el temblor del hambre y el cansancio.

            Continúo leyendo mi diario y como en las notas del dieciocho de noviembre no encuentro nada que se refiera a esa cosa, paso a las del día siguiente.

19 de Noviembre

            Hoy conocí a un soldado, llamado Peters, que vino transferido desde el Hormiguero. Me dijo que ya habían abandonado ese puesto y que lo habían dejado a los franceses. Según Peters, los oficiales temían que hubiera una epidemia en ese lugar, porque muchos soldados aparecían muertos con los rostros deformados y los cuerpos contraídos, como si hubieran sido envenenados con gas. Pero Peters nos dijo a mí y a Franz que el verdadero culpable tras la muerte de los soldados había sido un demente que entraba en las barracas durante las noches y que gaseaba a los soldados mientras dormían.   

            El frío atraviesa mi ropa, mi piel y mis huesos. El silencio a mi alrededor es absoluto, ahora ni siquiera hay viento. El mismo sonido de mi respiración me pone nervioso. No puedo evitar el sentirme acechado.

21 de Noviembre

            Anoche hubo un ataque. Los franceses, que ya han asegurado su posición en el Hormiguero, asaltaron nuestra trinchera y estuvimos toda la noche combatiendo.  Logramos repeler el ataque, pero muchos murieron, Gunthersen entre ellos.  Sin embargo, murieron muchos más franceses y los oficiales festejaron esa noche, como si hubieran ganado una gran victoria. Los soldados nos fuimos a dormir en cuanto pudimos.

            Franz dijo que durante la batalla vio una figura alta y oscura caminar de un lado a otro en medio del fuego cruzado. Peters dijo haber escuchado a varios oficiales decir que muchos soldados tanto nuestros como franceses fueron encontrados con las señales de haber sido envenenados con gas. Pero estamos seguros de que ni los franceses ni nosotros usamos gas durante la refriega. Peters asegura que el gaseador misterioso es el responsable.

22 de Noviembre

            Hay miedo en la trinchera; varios soldados murieron anoche. Amanecieron con los músculos contraídos, con el gesto retorcido, como si hubieran sido gaseados. Después de todo lo que me han contado los últimos días, también tengo miedo.

            Yo conocía a uno de los que murieron. Era un jovencito a quien llamábamos Maus. Nos ordenaron incinerar todos los cuerpos y yo mismo me encargué del suyo.

            Dejo de leer y trato de recordar a Maus. Cuando lo conocí era un muchacho alegre, pero en las últimas semanas parecía estar invadido por la desesperanza. Se veía demacrado, flaco y ojeroso, con la mirada perdida, y ya casi nunca hablaba.

23 de Noviembre

            He oído a varios soldados hablar acerca de un hombre altísimo, que camina por las trincheras durante la noche, todo vestido de negro, con una gabardina larga que le llega hasta los talones. Los que lo han visto creen que es él quien está matando a los soldados. Nadie lo ha visto durante el día. Lo llaman Gassmensch. Me dijeron que cuando este personaje se encuentra cerca, se siente un olor dulce y penetrante, que creen que es el gas con el que mata a sus víctimas.

24 de Noviembre

            Anoche pasó algo muy extraño y aterrador. Estaba recostado en mi litera, con los ojos cerrados pero sin dormir -ya casi nunca lo hago-, cuando sentí un olor muy dulce e intenso. Me invadió el terror y no me atreví a abrir los ojos. Sentí una presencia y escuché los ecos de una respiración pesada y cortante, que se acercaba poco a poco hasta que se detuvo a mi lado. Por largos segundos escuché junto a mí la respiración resonante de este ser. Recé todas las oraciones que me vinieron a la mente y cuando esa cosa se marchó, seguí rezando. Wilmer, que dormía en la cama bajo la mía, amaneció muerto. Estoy seguro de que Gassmensch estuvo en nuestra barraca. Estamos todos muy nerviosos y los oficiales no dicen nada.

26 de Noviembre

            Antenoche vi por fin a Gassmensch. Yo estaba en la trinchera haciendo la guardia cuando sentí el mismo olor dulce de la noche anterior. Me puse alerta y miré en todas direcciones. Y lo vi: era una figura humana, muy alta, vestida toda de negro y traía una capa o una gabardina negra y larga que le daba el aspecto de una sombra ondulante que se deslizaba por la trinchera. Me quedé congelado de terror, pero él pasó junto a mí como si no me viera. Entonces lo pude ver de cerca. Sus manos eran muy extrañas, parecían estar cubiertas de cuero negro y brillante y sus dedos remataban en puntas, como si tuviera garras. Usaba una máscara antigás que le daba el aspecto de una cosa inerte. Su respiración se podía oír detrás de la máscara, pesada y cortante, como la que había escuchado la noche anterior.

            Sólo cuando Gassmensch se hubo alejado unos cuantos metros, reaccioné. Tomé mi fusil, apunté e hice tres disparos.  La criatura -pues ahora estoy seguro de que no se trata de un ser humano- se tambaleó un momento, pero luego recobró su postura mecánica y siguió caminando. Estoy seguro de haberle dado por lo menos con uno de los tiros, porque pude ver el agujero que dejó la bala en su espalda. De ese agujero comenzó a brotar una nube de humo negro y espeso. Al verlo, corrí aterrado en la dirección opuesta hasta llegar a mi barraca.

            Ayer estuve arrestado todo el día por relatar mi encuentro con Gassmensch a los soldados. El teniente Brem dijo que mi historia era un cuento para justificar el hecho de que hubiese abandonado mi puesto y que no hacía más que cundir el pánico entre mis compañeros. Hasta hoy en la mañana me dejaron salir. Entonces me enteré de que varios soldados habían muerto las noches de ayer y de antier.

            Aquí termina mi diario; las últimas líneas fueron escritas con prisa. Cierro el cuaderno con un suspiro desesperanzado y lo guardo de regreso en la mochila. Por alguna razón siento que si sobrevivo debo contar esta historia, que el mundo debe saber lo que sucedió… lo que está sucediendo.

            Había dejado de escribir porque a la mañana siguiente emprendimos la carrera Franz, Peters y yo. Franz fue el primero en levantarse, nos despertó a sacudidas y nos dijo temblando que no había nadie con vida en los alrededores. Salimos de nuestro dormitorio. En las barracas decenas de soldados estaban muertos en sus camas, con los rostros contraídos en gestos grotescos, inhumanos. Por los pasillos de la trinchera muchos otros cuerpos estaban medio hundidos en el lodo. Lo único vivo eran las ratas que roían los cadáveres. Todo apestaba a podrido.

            Como no encontramos a los oficiales ni a muchos de nuestros conocidos, dedujimos que habían huido. Recogimos nuestras cosas y todas las municiones que encontramos y nos lanzamos a campo abierto. Todo el día lo pasamos corriendo por el páramo fangoso. Por ningún lado veíamos señal de los nuestros ni de los franceses.

            La primera noche acampamos junto a una trinchera que encontramos abandonada. Con trozos de madera podrida encendimos una fogata. Franz entonces nos dijo que creía saber la razón por la cual Gassmensch nunca aparecía durante el día. Nos explicó que los gases venenosos son diferentes; algunos no se evaporan si hace mucho frío y no llegan a ningún lado, otros se evaporan demasiado rápido con el calor y se disuelven en el aire. Franz creía que Gassmensch se habría evaporado si salía durante el día. Esa noche nadie durmió.

            Ahora tengo mucho frío. Miro hacia el cielo y me doy cuenta de que el sol ya comienza a ponerse. Me aterra saber que se acerca la noche, pero no tengo energías para seguir corriendo y además en este paisaje en el que todo es fango, no sabría hacia dónde huir sin regresar por donde vine. Busco en derredor algo con lo que pueda hacer una fogata, pero sé que no hay nada en este gigantesco lodazal. Miro mi mochila. Lo pondero por largos minutos antes de prenderle fuego con todo y mi diario adentro.

            La segunda noche, mis compañeros y yo estábamos sentados alrededor de una hoguera que habíamos encendido con la ropa que le arrancamos a los cadáveres. Franz nos contó otra de sus teorías sobre Gassmensch. Según él, se trataba de un soldado que debía haber sobrevivido a un ataque con gas y se había convertido en monstruo. Le pregunté por qué creía que Gassmensch mataba a unos soldados y a otros los dejaba vivir. No supo darme una respuesta. Entonces yo sugerí que quizá se trataba de un arma diseñada por los franceses, o por los rusos. Peters negó con la cabeza y aseguró que Gassmensch era el demonio.

            Me volví para ver a Peters. No había dicho una palabra hasta entonces. Se veía en verdad exhausto; su rostro estaba pálido y demacrado y su mirada se perdía en la hoguera. Yo empezaba a sentir sueño, cabeceaba. Cerré los ojos por un momento y, de pronto, escuché un sonido lejano, susurrante. Abrí los ojos. El rumor se oía cada vez más cerca, proveniente de la oscuridad. De entre las sombras vi aparecer al monstruo caminando lento y mecánico hacia nosotros.

            Grité y mis compañeros reaccionaron. Tomamos nuestras armas y logramos poner la fogata entre Gassmensch y nosotros. Estábamos tan cerca de la criatura que podía ver el fuego reflejado en los lentes de su máscara antigás. Disparamos los tres al mismo tiempo, seguros de nuestro tino. El monstruo se tambaleó con cada disparo, pero después recuperó el equilibrio y siguió avanzando hacia nosotros. Volvimos a cargar y disparamos otra ráfaga, sin darnos cuenta de que por cada agujero que nuestras balas hacían en su gabardina brotaba humo negro y espeso. Peters fue el primero en notarlo y nos advirtió a gritos, pero no evitó inhalar el gas. Abandonamos la idea de enfrentar a Gassmensch y huimos del lugar.

            Corrimos todo lo que pudimos. Yo iba ayudando a Peters, a quien costaba cada vez más trabajo mantenerse en pie. Finalmente, no pudo más y cayó al lodo, convulsionándose y gimiendo. Apretaba los dientes y babeaba y se arañaba la cara y sus ojos sangraban. Franz y yo lo contemplamos con una mezcla de horror y compasión hasta que dejó de moverse. Abandonamos su cadáver medio hundido en el fango y seguimos caminando hasta el amanecer.

            Cuando salió el sol ya habíamos entrado a esta tierra de nadie en la que me encuentro ahora. Franz y yo nos dejamos caer sobre el lodo y nos echamos a dormir.

            La lluvia me despertó a medio día. Las gotas de agua fresca cayendo suavemente sobre mi piel fueron lo único saludable que me he tocado desde que llegué al frente. Franz y yo llenamos nuestras cantimploras y me sentí revitalizado. Proseguimos nuestra huida más allá de la caída de la noche, sin dirección y sin mirar atrás. Cuando nos deteníamos era más por cansancio que por sentirnos a salvo.

            Franz se comportaba cada vez más huraño, incluso agresivo. Después de nuestro encuentro con Gassmensch yo era el único que había conservado su fusil. Franz comenzó a interrogarme; me preguntaba por qué aún tenía mi arma cuando ambos sabíamos que las balas no le hacían daño al monstruo. Yo no respondía, sólo seguía caminando. Después de eso, ya no nos hablamos, sólo caminábamos el uno junto al otro, casi sin siquiera voltear a vernos. Así avanzamos toda la noche.

            Faltaba poco para el amanecer y aún no veíamos el final del desierto lodoso. Franz, sediento, sacó su cantimplora y empezó a beber, pero durante un instante de torpeza, dejó caer el recipiente. Miramos abstraídos cómo el vital líquido se perdía absorbido por el lodo. Franz enloqueció. Tomó un puñal que traía colgado de su cinturón y se lanzó contra mí, rugiendo como un salvaje y exigiendo que le diera mi agua. Yo trataba de esquivarlo, pero una de sus estocadas dio justo en mi cantimplora y abrió una fisura por la cual se salió toda el agua. Al ver esto, Franz se desquició por completo; se abalanzó sobre mí y ambos caímos al fango. Perdí mi fusil. Franz trató de apuñalarme, pero mordí su mano y le hice soltar el arma. Lo empujé y lo hice caer de espaldas. Ya no me contenía; me puse encima de Franz y empecé a golpearlo con todas mis fuerzas.

            De pronto sentí el penetrante olor de Gassmensch. Me puse de pie y Franz hizo lo mismo. Estábamos alerta; yo recogí mi fusil y Franz esgrimió su cuchillo. Miramos a nuestro alrededor, pero no podíamos ver al monstruo. De pronto, se apareció detrás de Franz, lo sujetó con sus brazos y juntos se desvanecieron en una nube de gas negro. Salí corriendo para no presenciar un final que ya imaginaba.

            Entre caminata y carrera, huí sin cesar durante dos días hasta que, vencido por la fatiga, me detuve frente a este charco. Estoy agotado. El sol se ha puesto ya. No hay luna y el frío me tortura. Me levanto y empiezo a caminar sin rumbo. Si sigo andando es casi por inercia. Estoy perdido, no hay hacia dónde ir. Todo aquí es lodo, frío y muerte. Me dejo caer. Entre el olor fétido del lodazal puedo sentir el dulce aroma de Gassmensch. Me levanto y sigo caminando sin mirar atrás. Siento su pesado y cortante respirar detrás de mí. Sigo caminando, quizá si lo ignoro se vaya.

            Pero sigue detrás de mí. De alguna forma, siempre ha estado allí. Siempre ha estado caminando detrás de cada uno de nosotros, sólo hace falta volverse para verlo. Y lo hago, me vuelvo. Veo mi rostro pálido y marchito reflejado en los lentes de su máscara antigás. Ahora lo entiendo, Gassmensch no mata hombres al azar. No es un monstruo, ni un demonio, ni un arma secreta. Ahora sé quién es Gassmensch. Me acerco a él y dejo que comparta su veneno conmigo.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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4 respuestas a Gassmensch

  1. Miguel Ernesto Galván Del Moral dijo:

    Wow! Este si está muy cool. Puedo ver la desesperación del soldado, y el horror de ver a tanto muerto retorcido tirado por ahí, sin contar todos esos horrores de la guerra, y eso.

  2. Maik Civeira dijo:

    Oh, no: ¡¡Has descubierto la página que hacía cuando estaba en la Prepa!! ¡¡No vayas allí, retrocede mientras puedas!! (Además: esa versión del cuento está más chafa) :p

  3. shamexfftl dijo:

    LOL buscaba referencias como las de Yaga Baba, y las encontré. 😛

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