There Are Such Things

THERE ARE SUCH THINGS

Los Ángeles, década de 1930

            -Es usted un hombre sabio, profesor,- dijo el Barón –para alguien que sólo ha vivido una vida.

            El sexagenario profesor Von Solan había fortificado su estudio al cubrir las paredes con crucifijos y guirnaldas de ajo. En la mano izquierda sostenía una botella con agua bendita y en la derecha un revólver que acababa de disparar una fallida bala de plata. El Barón, de pie en el umbral de la puerta de vidrio que daba al jardín, lo miraba con todo el fulgor sobrenatural de sus ojos no-muertos y le sonreía con toda la malignidad de un ser sin alma.

            -Su trampa casi funciona, profesor. Piense en la ironía: yo soy mucho más viejo que usted, pero su avanzada edad le impidió manejar el arma con precisión. Deduzco que ésa su única bala, pues de lo contrario ya habría disparado una segunda.

            -Mi hija…- balbució el profesor y el Barón emitió una estruendosa carcajada.

            -La bella Nina ya es una de nosotros. Mi sangre corre por sus venas y pronto despertará a una nueva vida.

            -Maldito sea, Barón. ¡Lo perseguiré! ¡Lo encontraré aunque se esconda en el fin del mundo y entonces clavaré una estaca en su horrendo corazón con mis propias manos!

            -Hasta entonces, profesor. Y si le sirve de consuelo, sepa que en quinientos años no encontré un rival tan formidable como usted.- y dicho esto, el Barón se desvaneció en una nube de humo.

            El profesor cayó de rodillas y, desesperado y furibundo, exclamó con todas sus fuerzas hacia el cielo -¡¡¡MALDITOOO!!!

            -¡Y corten!- ordenó el director.

            -¡Bravo!- gritó alguien y los actores y miembros del equipo de producción llenaron el set con sus aplausos. Con esa escena el rodaje de La amenaza del vampiro quedaba concluido. Roman Blasko, quien interpretaba al Barón, y Edward Van Tassel, que hacía el papel de profesor Von Solan, se estrecharon las manos e intercambiaron felicitaciones. Un exclusivo club nocturno estaba preparado para recibir en una alegre fiesta a todos los que participaron en la producción del filme, pero Van Tassel, tras excusarse y despedirse cordialmente de sus compañeros, se fue directo a su elegante, pero sobria y solitaria residencia en Sunset Boulevard. Allí, después de dar las buenas noches a su chofer, y de mandar a dormir a su ama de llaves, Van Tassel subió las escaleras que llevaban al segundo piso, entró en su habitación, preparó una dosis de morfina, se recostó en su sillón favorito, y se inyectó. La droga era lo único que acallaba las voces y censuraba las pesadillas.

            Al día siguiente, Van Tassel ordenó a su chofer que lo llevara a dar su paseo dominical por Silver Lake. La rutina era importante para Van Tassel: era racional y predecible, cualidades a las que el actor se aferraba como vitales para su salud emocional. Cada domingo paseaba por ese barrio y gustaba de visitar una tienda para comprar cierta marca de tabaco que sólo vendían en esa parte de la ciudad. A la entrada del establecimiento siempre lo recibía Eddie, el ayudante del tendero, un muchachito de trece años que pasaba más tiempo leyendo revistas de historietas y libros pulp que siendo útil. Eddie era, también, el único admirador al que Van Tassel podía soportar.

            -Buenos días, señor Van Tassel. ¿Cómo va el rodaje de La Amenaza del Vampiro?

            -Ayer terminamos, Eddie. Pronto la podrás ver en el cine. ¿Qué estás leyendo ahora, muchacho?

            -Es un autor de Rhode Island. Escribe cuentos de terror increíbles. Cosas como nunca había leído antes, señor Van Tassel. Éste es el décimo cuento suyo que leo; es verdaderamente aterrador. De verdad hace sentir a uno que es acechado por fuerzas inexplicables y malignas. Me ha causado pesadillas toda la semana… si gusta, se lo puedo prestar.

            -Ya veremos, Eddie.- dijo el actor y se introdujo en la tienda en busca del tabaco.

            A medio día, Van Tassel almorzó en un restaurante de Echo Park y en la tarde visitó a un viejo amigo suyo, el actor retirado Robert Benson, que vivía en un asilo de ancianos en el que sus hijos lo habían dejado después de que él los heredara en vida.

-¿Sigues teniendo problemas para dormir, Edward?

-Me temo que sí, viejo amigo. Son esas malditas pesadillas.

-Deberías tomarte unas vacaciones. Vete a un lugar donde no se puedan encontrar casas embrujadas ni noches de luna llena.- Benson dejó escapar una risita entre los dientes.

-Te burlas de mí, pero tienes razón. Ya es hora de que deje atrás esa basura de películas. Si no puedo volver a hacer teatro, por lo menos podré disfrutar de un digno retiro.

-No sé de qué te quejas. Esas películas por lo menos te han dejado una casa y una buena posición. Mírame, yo tengo suerte si mis hijos me mandan un pastel de frutas en Navidad…

Benson y Van Tassel jugaron tres partidas de ajedrez antes de que la enfermera anunciara que había terminado la hora de las visitas. Entonces Van Tassel ordenó a su chofer que lo llevara a cierto club en el que él y otros caballeros de su estilo podían disfrutar de la compañía de apuestos y gallardos jóvenes, en su mayoría extranjeros. Ya era tarde en la noche cuando volvió a su casa.

Intentó leer un rato, pero un mismo pensamiento lo acosaba: de haber seguido en el teatro, ¿habría tenido una carrera más digna, aunque menos lucrativa? Desde su punto de vista, en Hollywood no había prestigio, ni la posibilidad de alcanzar la fama de los grandes artistas, mucho menos en el género de terror en el que había sido encasillado y con el que sólo podría aspirar a la admiración de gente inculta y sin gusto.

Le vino a la memoria el momento en que aceptó el papel del profesor Von Solan en El Vampiro, la primera de la larga serie de películas de horror que produciría Cosmopolitan Studios. En ese entonces Van Tassel pensaba que era un trabajo indigno, pero necesario para reunir el dinero suficiente y pagar las deudas que le había dejado la Gran Depresión. Creyó que sólo una vez tendría que participar en un proyecto así y que después podría seguir haciendo teatro. Convencido de haber hecho un bodrio cinematográfico, el veterano actor no se imaginó el éxito que tendría El Vampiro. Cuando los estudios lo llamaron para contratarlo por los siguientes años, Van Tassel estaba realmente sorprendido. Pero el dinero le hizo tomar la decisión final. Por un jugoso sueldo, el actor participaría en las películas que los estudios le ordenaran e interpretaría el papel que le fuera indicado. Así, en siete años había participado en ocho películas de horror para Cosmopolitan Studios. Cuatro de ellas eran de la serie de El Vampiro, en las que interpretó siempre al experto en lo sobrenatural, el profesor Von Solan. En las demás, interpretó papeles prácticamente idénticos: el profesor Miller, egiptólogo, en El Sarcófago; el doctor Goldmann, anatomista, en El Monstruo, y el doctor Siodmack, psiquiatra, en El Hombre-Bestia. En una más, El Hombre sin Rostro, Van Tassel tuvo la “oportunidad” de interpretar a un monstruo, el doctor Reins, científico loco que se transforma en el personaje epónimo.

Aunque estaba lejos de tener la popularidad de sus coestrellas, con estas películas Van Tassel había ganado fama entre un público al que consideraba ignaro y le disgustaba encontrarse enlistado entre los íconos del cine de horror. Para atraer al público, los Cosmopolitan Studios habían creado para sus estrellas biografías extraordinarias. Del veterano actor se dijo había nacido en Holanda, donde había pasado la mayor parte de su vida convirtiéndose en experto en ciencias ocultas. En realidad, el origen de Van Tassel se encontraba en Nueva York, en el infame pueblo de Sleepy Hollow. Ahora, para el colmo, Cosmopolitan Studios tenía un nuevo proyecto: en caso de que La Amenaza del Vampiro resultara un éxito, se realizaría una cinta en la que Von Solan se enfrentaría a los tres grandes monstruos. Roman Blasko, el noble vampiro; Basilius Pratt, el monstruo de la película del mismo nombre y el hechicero egipcio Arlhotep en El Sarcófago;y Creighton Talbot Jr., protagonista de El Hombre-Bestia, estelarizarían juntos La Casa de los Monstruos, una película que pretendía ser la obra maestra del género. A Van Tassel le repugnaba la idea.

Entonces, como casi todas las noches, empezó a escuchar murmullos, como de risas en la lejanía. La posibilidad de estar perdiendo la razón lo atormentaba y, para poder conciliar el sueño, se inyectó una dosis de morfina. Justo antes de que la droga le hiciera efecto, le pareció escuchar un aullido lejano.

La semana siguiente fue rutinaria y aburrida, como debía serlo. Cada dos días, Van Tassel visitaba a Robert Benson y se sentaba a jugar ajedrez con él hasta que la enfermera anunciaba el fin del horario de visitas. Casi diario, el actor ordenaba a su chofer que diera vueltas por algunos de los barrios más afectados por la crisis económica, para recordarse a sí mismo que su propia situación podría carecer de prestigio y elegancia, pero que aún era privilegiada. Unas tres veces por semana iba al teatro, cada dos o tres días visitaba el club de caballeros y cada domingo iba a Silver Lake a comprar tabaco en la tienda de abarrotes.

-Buenos días, señor Van Tassel, ¿qué hay de nuevo?

-Buenos días, Eddie. Nada hay.

-Señor Van Tassel, escuché unos rumores de que la próxima película será en color. ¿Usted cree que sea verdad?

-Sólo eso me faltaba.

-No creo que las películas de horror deban ser coloreadas, señor Van Tassel. Creo que el blanco y negro forma parte muy importante de su estilo, porque hace que esos castillos y esos cementerios parezcan imponentes, y le da personalidad a las sombras ¿no lo cree usted?

-Caray, Eddie, no lo sé.

Al caer la noche, ya de regreso en su casa, Van Tassel recibió una llamada de su agente. La producción de La Casa de los Monstruos se adelantaría. Los trabajos de preproducción comenzarían apenas La Amenaza del Vampiro estuviera terminada.

-¿No es sensacional, Edward?

-Sí, es maravilloso.

Tras colgar el teléfono y despedir a sus sirvientes Van Tassel miró a su alrededor. La sala de la casa estaba oscura y silenciosa, y largas sombras se proyectaban en el suelo y las paredes.

-Es como esas casonas de las películas.- se dijo en voz alta, pero de inmediato desechó la idea como absurda. Subió a su habitación, se apoltronó en su sillón y trató de leer la última obra de George Bernard Shaw, mas los susurros lo interrumpieron. Con un vago temor creciendo en su seno, se inyectó una dosis de morfina. Esta vez no bastó para aplacar las pesadillas.

Van Tassel se encontró en un cementerio junto a las ruinas de un inmenso castillo gótico. Las lápidas proyectaban sombras alargadas y los crucifijos se recortaban filosos contra la luna llena. El chillido de los murciélagos y el eventual ulular de un búho poblaban la noche. Todo estaba en blanco y negro. Van Tassel caminó sin rumbo entre las lápidas, en busca de la salida de ese escenario. Sabía que existía un mundo luminoso lejos de las sombras, las ruinas y los fantasmas: un mundo real. Pero entonces un pensamiento le producía escalofríos, ¿y si esto era todo el mundo? ¿Y si éste era el mundo real? El aullido de un lobo a lo lejos llenaba al actor de un miedo insufrible, producto de la sensación de estar siendo acechado. Van Tassel echó a correr, consciente de que algo lo perseguía. Tropezó y cayó de bruces sobre una pila de huesos que susurraban risas. Nadando entre las osamentas, Van Tassel no podía levantarse y con trabajo pudo volverse sobre su espalda. Entonces vio al monstruo. Era el vampiro de poderes imbatibles, o el ser creado con cadáveres, o la bestia humana feroz y hambrienta, de pie frente a él, que estiraba una de sus zarpas para atraparlo… En ese momento despertó.

Las pesadillas eran siempre más o menos las mismas. Habían comenzado cuando terminó la filmación de El Vampiro y lo atormentaban desde entonces. Van Tassel miró el reloj y vio que era aún de madrugada; resolvió aumentar su dosis de morfina para poder dormir de nuevo. A la mañana siguiente el actor se sentía muy cansado como para hacer su paseo matutino, así que, de manera inusual, aún se encontraba en su casa pasado el medio día, cuando la policía llegó a su puerta.

-Detective Sam Lance, LAPD.- se presentó con voz nasal un caballero alto y delgado, parco de rostro, con ligero aliento a alcohol y un cigarrillo en la boca -¿Puedo hablar con usted?-

-Desde luego.- dijo Van Tassel visiblemente alterado, e invitó al detective y los dos gendarmes a pasar y sentarse en la sala. -¿Gustan café o té?

-Café para mí, señor Van Tassel.- pidió el detective y encendió un cigarrillo –Sin más rodeos, caballero, debo decirle que Roman Blasko fue asesinado ayer por la noche.

-¿Qué? ¿Cómo?

-Es lo más extraño, señor. Alguien le clavó una estaca en el corazón mientras dormía.

-¡Dios mío!- exclamó el actor horrorizado -¿Tienen idea de quién fue?

-Para eso estamos aquí…

-¡Detective!- se sobresaltó el actor  -No sugerirá que yo…

-No, no señor Van Tassel. Sólo queremos información. Discúlpeme si le di a entender otra cosa.- Lance hablaba con sarcasmo y sin la intención de ocultarlo -Usted hizo cuatro películas con Blasko, ¿no es cierto?

-Sí…

-¿Sabe usted si el señor Blasko tenía enemigos?

-¿Blasko? No. Era un hombre muy carismático que agradaba a todo el mundo. No puedo imaginar que alguien quisiera hacerle daño de una forma tan abominable. ¿Tienen alguna pista?

-¿Cuándo fue la última vez que habló con Blasko?- inquirió el detective ignorando la pregunta de Van Tassel.

-La noche en que terminamos el rodaje de la última película. No lo he vuelto a ver desde entonces.

-¿Dónde estaba usted ayer a media noche?

Van Tassel dirigió una mirada de indignación al detective –En mi casa. A esta edad, el sueño de apodera de uno muy temprano.

-Tengo entendido que los Cosmopolitan Studios planeaban hacer una película con usted, Blasko, Pratt y Talbot. ¿Estoy en lo correcto?

-Así es.

-Y tengo entendido que usted, a pesar de haber ganado miles de dólares con las películas de horror, las odia. ¿No es cierto?

-¿Qué? ¡¿Quién le dijo tal cosa?!- exclamó Van Tassel recordando a todos aquellos a quienes había osado confesar la repugnancia secreta que le causaban las películas de horror.

-Eso no importa. ¿Usted odia esas películas o no?

-¡¿Y cómo no hacerlo?!- explotó el veterano actor -Yo me entrené en los escenarios para representar a Shakespeare, no para cazar espantos…- Van Tassel vio que Lance lo miraba con suspicacia. -Ahora, caballeros, si no tienen más que averiguar, les pediré que se retiren de mi casa.

-De acuerdo, señor Van Tassel, muchas gracias por su cooperación. Lo visitaré en caso de necesitar información adicional. Buenas tardes.

Los policías dejaron al actor con una mezcla de confusión, temor y fastidio. Para recuperar el equilibrio de su ánimo, Van Tassel no pudo hacer más que seguir con su rutina semanal. A lo largo de los días siguientes, el asesinato de Blasko fue un tema principal en diarios, revistas y programas de radio, pero Van Tassel puso todo su esfuerzo en ignorarlo. En las visitas que hizo a Benson durante esa semana, le pidió a su amigo no hablar del tema. Una mañana recibió la llamada de su agente, que le dijo que la muerte de Blasko había generado mucha expectación respecto a la próxima película. Los Cosmopolitan Studios manejaron muy bien el asunto de la muerte de Blasko y habían hecho circular el rumor de que el actor húngaro era en verdad un vampiro. Por si fuera poco, habían encontrado a un joven actor, Richmond Reeds, para sustituir a Blasko en La Casa de los Monstruos, proyecto que seguía en pie.

-Es perfecto, ¿verdad, Edward?

-Sí, es maravilloso.

Llegó el domingo y Van Tassel fue a dar un paseo por Silver Lake, donde, como siempre, visitó la tienda de abarrotes en la que compraba su tabaco favorito.

-Increíble lo de Roman Blasko, ¿verdad, señor Van Tassel?

-Sí, Eddie. Es una tragedia. Era un buen hombre.- dijo el actor con sinceridad.

-¿Usted sabe algo de lo que pasó?

-Sé tanto como tú, Eddie.

-¿Es verdad que Roman Blasko era un vampiro, señor?

-No digas tonterías, Eddie. Deberías dejar de ver tantas películas de espantos. Y ciertamente deberías leer buenos libros en vez de esa basura. ¿Qué estás leyendo ahora?

El horror a través de los siglos. Es increíble. El hombre que lo escribió se volvió loco y mató a su esposa, y a mucha gente más. ¡Sus cuentos de terror abarcan desde la antigüedad hasta el futuro! Es un libro muy difícil de conseguir…

-Muy bien, Eddie. Pues diviértete.- dijo el actor y entró en la tienda.

El resto del domingo fue saludablemente rutinario, hasta que cayó la noche y Van Tassel visitó el club que tanto apreciaba. Dos amigos suyos, clientes frecuentes del lugar, le recomendaron un espectáculo nuevo y fascinante que sólo se realizaba en una sala privada y exclusiva. Entre todos pagaron una de esas salas, una pequeña habitación en la que apenas cabían las tres sillas. Un vidrio separaba la sala de un reducido escenario. Tras unos minutos de espera, los caballeros vieron salir a escena a un joven de unos veinte años, alto, delgado y guapo, de cabellos dorados y ojos azules, que estaba completamente desnudo.

-Es hermoso, ¿verdad?- dijo uno de los caballeros.

-Parece asustado.- señaló Van Tassel con preocupación.

-Es parte del acto.

Entonces un hombre que aparentaba unos vigorosos cuarenta años salió al escenario. Tenía el cabello y los ojos negros, y un cuerpo envidiable para cualquier edad. Al igual que el muchacho, estaba desnudo.

-Amo a este hombre.- dijo un caballero -He tratado que me den su nombre y que me contacten con él, pero sólo hace estos espectáculos privados.

El hombre en el escenario tomó al jovencito de los hombros y lo miró con una fuerza que Van Tassel nunca había visto en los ojos de un ser humano. El joven temblaba y sudaba frío ante esa mirada. De pronto, el hombre abrió la boca y dejó ver dos largos y filosos colmillos, blancos como el marfil. El muchacho pareció espantado frente a esta visión y trató de zafarse, pero el hombre lo sujetó con fuerza y mordió su cuello. Mientras succionaba la sangre de su víctima, una potente erección creció entre sus piernas.

Van Tassel se levantó de golpe y salió disparado de la sala. Estaba agitado, sudoroso y sentía náuseas. Uno de sus amigos lo alcanzó y lo animó a tranquilizarse.

-Es sólo un espectáculo, Van Tassel. Aunque ciertamente es mucho más perturbador que esas películas que haces, amigo mío.

-Se veía tan real…

-Lo sé. Es impresionante. Y para hacerlo más realista siempre usan a un muchacho diferente. ¡Oh, si pudiera acercarme a ese ejemplar de hombre…! Pero, Van Tassel, te ves terrible. Deberías ir a descansar

-Sí… creo que lo haré.- y ya nunca volvió a entrar a ese club.

Esa noche, Van Tassel aumentó su dosis de morfina, pero eso no pudo disipar las pesadillas, que fueron más terribles y reales que nunca. Al medio día siguiente recibió la visita del detective Lance y sus gendarmes.

-Basilius Pratt fue asesinado anoche.- dijo Lance sin más preámbulos -Lo drogaron, ataron a una mesa, le abrieron la cabeza y le sacaron el cerebro.

-¡Santo Dios! Pero, ¿por qué viene a mi casa, detective? Yo sólo soy un viejo y no he visto a Pratt desde que trabajamos juntos en El Sarcófago.

-No es nada personal, señor Van Tassel. Visito a todos los conocidos del actor y su casa es de las primeras en mi camino. Tenemos la sospecha de que el asesino de Pratt es el mismo que mató a Blasko.

-Pues puede estar seguro de que yo no sé nada al respecto.

-Bien, entonces nos retiramos.- ya estaba Lance en la puerta cuando de pronto se volvió hacia Van Tassel y le dijo en un murmullo amenazador –Sé del lugar que visita todas las semanas.- y bruscamente lo tomó del brazo y le arremangó la camisa, revelando las cicatrices que habían dejado las inyecciones. -Usted es un viejo cochino, Van Tassel, y no me gustan los viejos cochinos. Lo tengo muy bien vigilado.- Lance aporreó la puerta al salir y Van Tassel se quedó gimoteando en el suelo.

La semana siguiente fue, para el alivio de Van Tassel, rutinaria y monótona, excepto por las noticias del asesinato de Pratt que acaparaban los medios de comunicación. El actor no pudo dar crédito cuando su agente lo llamó el martes para decirle que la producción de La Casa de los Monstruos seguía en pie. Para olvidarse del asunto, el miércoles visitó uno de los barrios pobres por los que solía pasear. Mientras paseaba, Van Tassel pensó, por un instante, que quizá la pobreza no era lo más horrible que habitaba el mundo.

-Debo irme de este lugar, Rogers.- le dijo a su chofer mientras esperaban a que el semáforo marcara luz verde. –Ya no soporto esta vida…

De pronto un golpe en su ventanilla lo sobresaltó. Miró y vio a un hombre monstruosamente deforme que lo miraba a través del cristal. Era alto, su palidez rayaba en lo verduzco, y tenía la cara llena de cicatrices, como de suturas. El hombre emitió un gruñido, dio un manotazo al aire y se fue caminando con torpeza e irregularidad.

-Dios mío, Rogers, ¿viste a ese hombre?

-¿Cuál hombre señor?

-Ése. ¡El que estuvo aquí junto al auto!

-Disculpe, señor, creo que me distraje.- dijo el chofer poniendo en marcha el vehículo, pues el semáforo marcaba verde.

-Creo que me estoy volviendo loco.- susurró el viejo para sí mismo.

Todas las noches de esa semana estuvieron infestadas por pesadillas en la que Van Tassel se sentía perseguido, cazado. No eran las imágenes de monstruos lo que más lo torturaba, sino la sensación dominante de terror pánico con la que despertaba cada madrugada. Aumentó sus dosis de morfina y la noche del sábado pudo dormir sin problemas.

El domingo hizo su acostumbrado paseo por Silver Lake y se detuvo en la tienda de abarrotes. Saludó a Eddie, que estaba sentado junto a la puerta, con la mirada clavada en un libro. Como el muchacho no devolvió el saludo, Van Tassel lo repitió. Eddie levantó la mirada y el actor pudo notar que estaba demacrado y que le temblaban las manos.

-¡Hola, señor Van Tassel! Dígame, ¿usted peleó en la Gran Guerra?

-Fui a Europa, pero nunca vi combate. ¿Por qué?

-¿Alguna vez oyó usted algo acerca de el Hombre de Gas?

-No que yo recuerde… Espera, me parece recordar… Sí, escuché algo a los franceses. Era una especie de fantasma, pero no recuerdo con exactitud. ¿Por qué preguntas, Eddie?

-Este libro cuenta historias de terror de todas las épocas. Y el cuento dedicado a 1917 habla del Hombre de Gas…

-Mira, Eddie, te voy a ser sincero. No me gustan los cuentos de horror. Ni las películas de monstruos, ni ninguna de estas tonterías. Si fuera por mí, estaría en obras de Bertolt Brecht, no en esa basura de Hollywood que tanto te gusta…

-Pero señor, Van Tassel, usted no entiende.- dijo el muchacho ignorando lo que el actor le acababa le decir –Este libro fue escrito a finales del siglo pasado. ¿Cómo podría saber el autor que años más tarde habría una guerra y una leyenda sobre un hombre de gas?

Van Tassel no supo que responder y, sin decir palabra, entró en la tienda a buscar el tabaco. Esa noche se desató una violenta tempestad y Van Tassel tuvo problemas para conciliar el sueño, incluso con la morfina. Despertó en la madrugada y creyó oír, entre el retumbar de los truenos, los gritos aterrados de una mujer y las carcajadas demenciales de un hombre. El actor llamó a sus criados y les ordenó registrar los alrededores de la casa, pero no encontraron nada. Rogers dijo a su amo que nadie había escuchado nada y sugirió que quizás el veterano actor había escuchado esos gritos en sus pesadillas.

Al día siguiente, Van Tassel supo que Lisa Lancaster, la actriz protagonista de La Mujer del Monstruo, había sido asesinada. Sólo los tabloides más sensacionalistas daban detalles del asunto: Lancaster había sido destazada y le habían cortado las extremidades y la cabeza. Encontraron su cuerpo en un viejo molino a las afueras de la ciudad. Van Tassel no participó en La Mujer del Monstruo y nunca conoció a Lancaster, pero tenía el presentimiento de que el detective Lance iría a visitarlo. Eso nunca pasó, pero sin saber por qué, tal omisión lo preocupaba. Más tarde recibió la llamada de su agente, quien le informó que los estudios estaban preocupados por sus estrellas y que contratarían seguridad para ellas. Eso, desde luego, no incluía a Van Tassel, por lo que le recomendó que cargara con una pistola.

Las noches de esa semana fueron de horribles pesadillas que no dejaron dormir al viejo actor. Aumentó sus dosis de morfina hasta triplicarlas, pero apenas logró dormir bien la noche del sábado. El domingo por la mañana se preparó para seguir con su rutina, a la que se aferraba como a un recurso esencial para su cordura. Visitó la tienda de abarrotes de siempre y, al notar la ausencia de Eddie, preguntó por él al tendero.

-Ay, señor Van Tassel, ¡el pobre Eddie! Se ha vuelto completamente loco.

-¿Cómo dice?

-Sí, señor. Se la pasa temblando de miedo y mira todo con terror como si viera fantasmas. Balbuce cosas extrañas sobre monstruos, muertos vivientes y el fin del mundo. Y repite una frase extraña que no tiene sentido… Algo sobre el Amanecer de la Muerte. Si me preguntan, yo diría que lo que le causó su enfermedad fueron todos esos libros y películas de espantos.

-Dios…- susurró el actor, mientras la culpa lo invadía. ¿Habrían sido sus películas en parte responsables por la locura del muchacho? –Bien, sólo nos queda esperar que se recupere…

-Dudo mucho que eso pase, señor. Él niño está completamente destruido.

            Van Tassel sintió que las fuerzas lo abandonaban y tuvo que apoyarse en el mostrador. Entonces vio allí el libro que Eddie estaba leyendo la semana anterior. Como si nada, el actor pidió tabaco y mientras el tendero iba a buscarlo, tomó el libro y lo guardó en el bolsillo de su saco. Después de haber recibido y pagado el tabaco, salió a toda prisa de la tienda. Una vez en su auto, sacó el libro y lo observó con detenimiento. No sabía qué lo había impulsado a tomarlo, pero sentía que no podía deshacerse de él.

            -¡Mira nada más!- le dijo Robert Benson echando un vistazo al periódico -Ese loco de Cooper enviará una expedición y un equipo de filmación al Pacífico Sur en busca de una isla misteriosa… cito “mencionada en un manuscrito hallado en una botella y que data del siglo XVIII”. ¡Ja! Increíble. ¿Alguna vez trabajaste con Cooper, Edward? ¿Edward?

            -¿Qué? Ah, no. No con Cooper.

            -¿Qué pasa, Edward?- Benson dobló el diario y lo asentó sobre la mesa -Estás muy distraído y tembloroso. Se diría que temes que alguien te esté persiguiendo. ¿Es por eso del Cazador de Monstruos?

            -¿El qué?

            -El asesino de las estrellas de películas de horror. ¿Crees que podría estar tras de ti?

            -No, no lo creo. Y todos modos ahora cargo siempre una pistola… Robert, he estado pensado en todas esas películas de horror, y en toda la literatura de monstruos y me preguntaba, ¿y si hay tales cosas?

            -¿Cómo vampiros y hombres lobo?

            -O cosas peores…

            -Debes estar bromeando, Edward.

            -Sí, supongo. Pero… He visto algunas cosas en los últimos días…. No sé, Robert. Creo que me estoy volviendo loco. Ya no sé lo que sueño y lo que vivo, lo que imagino y lo que es. Escucho gritos y carcajadas incluso cuando estoy despierto…- el hombre parecía a punto de quebrarse -Tengo miedo, amigo. Tengo mucho miedo todo el tiempo y ya no soporto vivir así… ¿¡Robert?!

            Benson había caído de su silla y estaba tirado en el piso convulsionándose y escupiendo espuma por la boca. Van Tassel vio en los ojos de su amigo una mirada salvaje y feroz que sólo había conocido en sus pesadillas. Sintió que Benson, entre sus convulsiones, lo miraba como un depredador a su presa. No puso soportarlo y salió corriendo del asilo, mientras los enfermeros sujetaban a su amigo y le inyectaban tranquilizantes.

Cuando Van Tassel llegó a su casa, la cena le esperaba servida en la mesa. Se sentó a comer en soledad, dirigiendo eventuales y rápidas miradas al ventanal que daba al patio. Apenas había terminado de comer cuando escuchó extraños sonidos, como de fuertes pisadas sobre el césped, y un ligero gruñido. Van Tassel tomó su arma y, lleno de miedo, pero movido por impulsos desconocidos, abrió la puerta del patio. De frente a él, a unos metros de distancia, vio una silueta voluminosa que se recortaba contra la luna llena. Van Tassel tenía al alcance de su mano un interruptor que habría encendido la luz del patio, pero no se atrevió a moverlo. La masa oscura se acercó a él con lentitud y, cuando quedó levemente iluminada por la tenue luz que salía de la casa, Van Tassel pudo ver a un lobo abominable, grande como un oso, y con un par de ojos insanamente humanos que lo miraban inyectados de sangre.

Van Tassel pegó un grito y se metió en su casa lo más rápido que pudo. Sus criados atendieron a su llamado y enseguida salieron a revisar los alrededores de la casa. No encontraron nada, ni una huella. Rogers le dijo a su patrón que seguramente lo había espantado algún perro callejero. Van Tassel aceptó la explicación y se retiró a su alcoba. Estaba a punto de administrarse una dosis de morfina cuando recordó el libro de Eddie. Lo sacó de su bolsillo y lo miró con detenimiento. El horror a través de los siglos. Lo abrió y comenzó a leer. Esta vez las voces no interrumpieron su lectura.

Conforme leía, su intelecto le explicaba que el libro era poco imaginativo y con una prosa torpe, un simple entretenimiento para adolescentes incultos; pero por dentro lo invadía el miedo. Estuvo leyendo hasta muy entrada la noche, hasta que llegó a un cuento titulado There are such things. Y leyó con horror y desconcierto lo que había hecho en las últimas semanas, y lo que había pensado y dicho. Y se leyó a sí mismo leyendo El horror a través de los siglos y luego cómo llegaba hasta el cuento There are such things, y se leyó leyendo que se leía, y leyó el horror que estaba sintiendo en ese momento. Leyó estas líneas que estás leyendo ahora y te leyó a ti leyendo estas líneas.

Pero la idea de quedarse atrapado en un ciclo interminable de paradojas fue demasiado intolerable y Van Tassel arrojó el libro lejos de sí. Lo estuvo mirando con terror por varios minutos antes de decidirse a prenderle fuego. Después se encerró en su habitación, se inyectó una triple dosis de morfina y se quedó dormido. Las pesadillas lo acosaron toda la noche.

Durante el transcurso de la mañana siguiente, casi esperaba que el detective Lance se le apareciera con la noticia de que otra estrella de cine había sido asesinada, pero no fue así. Ese día fue tranquilo y predecible, como a Van Tassel le gustaba que transcurrieran los días. Pero la rutina no bastó para que el veterano actor se sosegara y olvidara los horrores del mes anterior. Estaba cansado, pálido y tembloroso. Sudaba frío y constantemente miraba sobre su hombro, como si temiera que un rostro lívido fuera a aparecerse detrás suyo. El miedo se había vuelto la emoción dominante en su vida. Consideraba la opción de visitar a un médico, pero no se animaba a confesar a un extraño su adicción a la morfina, ni mucho menos los absurdos temores de los que era presa. Al medio día reunió el valor para llamar por teléfono al asilo de Benson. Le dijeron que se encontraba bien, pero que necesitaba descansar. Había tenido un ataque de epilepsia.

-No sabía que era epiléptico.- dijo Van Tassel.

-Nosotros tampoco.

-Dígame una cosa. ¿En algún momento Robert salió del asilo? ¿Se les perdió de vista por algún momento?

-No, desde luego que no.

-Gracias.

Por la noche pidió a Rogers que lo llevara a dar un paseo por la ciudad. El recorrido sin rumbo lo condujo hasta el club.

-Déjame aquí Rogers. Regresa en media hora.- Van Tassel bajó del auto y se paró frente a la entrada del club, dudando si entrar o no. Quizá si entraba y comprobaba de una vez por todas y sin lugar a dudas que lo que había visto unas semanas antes había sido sólo un espectáculo con humo y espejos, podría convencerse a sí mismo de que lo horrores recientes eran igualmente ilusorios

-¡Van Tassel! ¡Sabía que lo encontraría aquí!- el detective Lance se acercaba caminando por la acera, seguido por tres gendarmes –Balearon a Talbot, ¿sabía eso?

-¿Qué?

–Le metieron tres balas. Tres balas de plata. ¿Sabe algo de eso?

-Yo no…

Lance sujetó con suma brusquedad el brazo del sexagenario –Talbot logró llegar vivo al hospital, pero luego murió desangrado. Antes de expirar, sin embargo, recuperó la consciencia por un momento y dijo “Van Tassel”. ¿Cómo explica eso, señor?

-Yo no sé nada. ¡Esto es una locura!

-¡Está arrestado, maldito pervertido!

-¡No!

Van Tassel se escurrió de manos del detective, sacó su pistola y abrió fuego dos veces. Una de las balas hirió a un gendarme y, aprovechando la confusión, el actor echó a correr por la calle.

-¡Maldición!- exclamó el detective, desenfundando su arma y preparándose para abrir fuego sobre Van Tassel. –Carter, quédate a cuidar a Jones y pide una ambulancia. ¡Stevenson, sígueme!

-¡Espere, señor!- gritó un policía desde una patrulla que en ese momento se detuvo junto a la escena –Van Tassel es inocente. El inspector Atwill acaba de atrapar al verdadero asesino. ¡Ya lo confesó todo!

-¿Qué? ¿Quién es, sargento?

-Jason Piccoulas, el maquillista de Cosmopolitan Studios.

-¡¿Qué?! ¿Y por qué demonios Talbot mencionó a Van Tassel?

-Porque Van Tassel era el siguiente en la lista de Piccoulas y supongo que Talbot quería advertirnos. ¡Ese lunático estaba resuelto a acabar con todos los monstruos que había creado!

-¡Con un demonio! Bien, sargento, de todos modos tenemos que encontrar a Van Tassel. Desesperado y armado como está podría cometer una locura. ¡Vamos!

Van Tassel huyó sin dirección por las calles y callejuelas del vecindario. En cada sombra veía un vampiro sediento de sangre; en cada esquina imaginaba a un monstruo hecho con cadáveres; cada persona en su camino podía convertirse en hombre lobo. El miedo, el miedo conquistador y triunfante, era la única emoción que el actor conocía. No supo cómo se metió en un teatro en el que se proyectaba El Vampiro, y no se dio cuenta de que salió frente a la pantalla en el mismo momento en el que acababa la película y se encendían las luces. El público, compuesto por aficionados al cine de monstruos que asistían a ese homenaje a Roman Blasko, reconoció en seguida al actor y lo ovacionó de pie. Van Tassel, confundido por los aplausos que le recordaban los buenos tiempos en el escenario, cobró esa lucidez que proporciona la locura, se arregló el saco, se alisó el cabello, saludó a su público y dio un breve discurso.

-Esperen sólo un momento, damas y caballeros. Unas palabras antes de que se marchen. Espero que los recuerdos de lo que acaban de atestiguar no les causen pesadillas, así que sólo diré unas palabras para que se sientan seguros. Cuando lleguen a sus respectivas casas y las luces estén apagadas, y tengan miedo de mirar detrás de las cortinas y encontrarse con un rostro lívido y espectral que los observa a través de la ventana… bien, sólo recuperen la compostura y recuerden… Tales cosas existen.

            Dicho esto, apuntó el revólver a su sien y jaló el gatillo.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a There Are Such Things

  1. shamexfftl dijo:

    Que buen final! Siento que el asesino real fue presentado un tanto precipitado, pero me gustó mucho. Me gusta todo este rollo de los cuentos entrelazados, me gustó la manera “cómica” en que presentas al hechicero egipcio. No puedo esperar leer en qué acaba OMD D:

  2. Bryan García dijo:

    Me rompiste Ego, en verdad me rompiste junto con la cuarta pared, de todos los que he leído, éste en especial me ha hecho sentir como la piel se me erizaba, hacía mucho que un relato de horror no lograba ese efecto en mí… muchas gracias amigo!

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