Daikaiju

Tokyo, década de 1950

            No eran las explosiones ni el estruendo de los edificios que se derrumbaban. Tampoco los disparos ni el silbar de los misiles cortando el aire. Ni siquiera las pisadas sísmicas o el temblor que subía por los pies y trepaba por la médula. No. Lo peor era el rugido, ese sonido ultramundano, como el chillar de un ave de rapiña o el bramar de un cerdo, o algo más, mezclado con otros sonidos, indescriptible, que el oído y el cerebro humano no podrían identificar. Ese rugido no sólo era captado por los oídos de los habitantes de Tokyo, sino por sus mentes. Más allá del terror instintivo y primario que se apoderaba de las personas, había un horror, más sutil pero más mucho terrible, que llegaba a la mente y nublaba la razón, como si la cosa allá afuera pudiera transmitir sus pensamientos, no como palabras, sino como ideas, de muerte, destrucción y desolación infinitas. El rugido no sólo causaba miedo, sino que sembraba el terror directo en sus almas.

            Después de la primera explosión, la familia Tanaka salió de su casa junto con algunos vecinos curiosos para ver qué sucedía. Hiroko, la madre, con el pequeño Yukio en brazos, y Akane, la hija preadolescente, se pararon en medio de la calle y fijaron su vista en los lejanos edificios del centro de la ciudad. Un rascacielos se había caído y permanecía inclinado sobre otro edificio que parecía a punto de desplomarse a su vez. Una humareda negra delataba la presencia de un gran incendio y el sonido de un golpe lejano, pesado y constante llenaba el aire.

            Más curiosos que asustados, los vecinos se preguntaban qué habría pasado y hacían conjeturas. Entonces, no supieron cómo, hubo otra explosión y un segundo edificio se desplomó en la lejanía. Una de las vecinas gritó aterrada, ¡Hay algo ahí, una cosa pasó detrás de los edificios! Luego se escucharon más explosiones y se vio salir más humo. Se oyeron lejanos gritos de multitudes. Al minuto siguiente, escombros salieron volando y cayeron a cientos de metros de su punto de origen. Fue en ese momento cuando se escuchó el primer rugido. Hombres y mujeres se llevaron las manos a los oídos y chillaron horrorizados; algunos se arrojaron al suelo en posición fetal gritando y lloriqueando ¡No, no, no!, y hubo quien se desmayó. Uno de los vecinos se echó a reír histérico y ya no recobró la razón. El pequeño Yukio empezó a llorar de forma incontrolable y ya no pudieron calmarlo. La familia Tanaka se refugió en su casa para ya no salir.

            La gente había escuchado historias extrañas desde hacía algunos años, desde el final de la guerra. Testimonios de personas que habían visto una cosa salir arrastrándose de entre las ruinas de Hiroshima; historias de pescadores que decían haber visto algo en el agua; reportes de embarcaciones desaparecidas; el relato del cuidador de un faro que, enloquecido, apuntó un revólver a sus oídos y, después de proclamar que no quería volver a escuchar eso, abrió fuego. Pero ninguna historia, ningún antecedente habría podido preparar a los pobladores de Tokyo para algo así.

            Akane encendió la radio. Las noticias eran confusas y la señal se perdía a menudo. Alcanzaron a escuchar reportes de lo que estaba sucediendo en el centro: incendios, edificios derrumbándose, cientos de muertes, gente huyendo, atropellándose para escapar, la promesa de una pronta intervención del ejército y la repetición de una palabra, atómico. La transmisión se interrumpió y por unos minutos los Tanaka escucharon atentos a la estática. Cuando la señal regresó, se oyó la voz de alguien que no parecía ser reportero, sino un funcionario, o quizás un militar, que se dirigía al público, Hace unos minutos… salió de la bahía de Tokio… destrucción… el ejército está en camino… permanezcan en sus casas… Atómico… Atómico…, y la transmisión se perdió una vez más.

            El bebé no dejaba de llorar; parecía sufrir algún dolor pues retorcía sus manitas y miraba desesperado a su madre. Akane prendió una varita de incienso y se arrodilló para rezar, mientras Hiroko trataba en vano de arrullar al niño. Cuando se consumió el incienso, la muchacha se levantó y miró por la ventana. El sol estaba por ocultarse y el cielo de Tokyo se había tornado rojo. Los pasos lo dominaban todo. Dos hombres pasaron corriendo. Entonces se oyó el rumor de helicópteros y más en la lejanía sonaron disparos de ametralladora. Akane sonrió.

            Yoshiki, el padre, que trabajaba en una oficina en el centro, llegó al atardecer. Madre e hija corrieron hacia él y lo abrazaron. Yoshiki apenas reaccionó. Se sentó en el suelo de la estancia con la espalda apoyada en la pared y la vista clavada en el suelo, Tanta gente, tanta gente, todos muertos… al mismo tiempo… Atómico…, murmuraba. Hiroko miró a su esposo y notó leves quemaduras en su rostro y en sus brazos. Después dirigió la mirada a Yukio y notó que el bebé también tenía quemaduras. Mandó a la hija por unos ungüentos, sólo para sentir que había un problema que se podía resolver.

            Cuando se escucharon los aviones pasar por encima del suburbio, Hiroko y Akane sintieron un poco de alivio, y cuando silbaron los primeros misiles, no pudieron evitar contagiarse de cierto entusiasmo. Pero los aviones cayeron y los misiles no hicieron daño. A partir de entonces los disparos y la esperanza que provocaban en quien los oía se hicieron cada vez menos frecuentes.

Se escuchó una gran explosión y luego el rugido, que invadió sus mentes, y trastornó sus emociones. El niño lloró más fuerte y Yoshiki se arrojó al piso, gritando y contorsionándose de pánico. Muerte… escucharon los Tanaka en la profundidad de sus consciencias, Yo soy la Muerte… Pasaron varios minutos de silencio y de nuevo se escucharon los pasos y los derrumbes. Hubo una lejana ráfaga de ametralladora que no duró mucho y unas explosiones pequeñas. Un rugido más grabó ideas de locura y desesperación en Akane. Las pisadas parecían acercarse. Y el bebé lloraba.

Yo lo vi…, dijo de pronto Yoshiki que no había pronunciado palabra, El fuego… Atómico…, Akane vio que su padre estaba pálido y parecía adelgazar; quiso hacérselo ver a Hiroko, pero ella estaba ocupada tratando de calmar a Yukio. De pronto la madre gritó horrorizada y Akane corrió hacia ella, Mira a tu hermanito, míralo… Unos bulbos le habían brotado en su cara y cuerpo, como unos tubérculos que crecían de su carne. Mi bebé, mi bebé…

Yoshiki hacía caso omiso de lo que sucedía con su familia. Acurrucado en un rincón, se limitaba a taparse los oídos con las manos y a mirar fijamente al vacío. Akane lo miró, parecía más flaco a cada minuto, le sangraba la nariz y se le estaba cayendo el cabello. De pronto, Yoshiki sufrió unos espasmos de dolor y vomitó. Se quedó ahí, en el rincón, en un charco de vómito y sangre.

Hiroko no prestaba atención al drama de Yoshiki, sólo miraba su bebé y lo abrazaba contra su cuerpo. Yukio lloraba inconsolable mientras bulbos carnosos le crecían a cada minuto y sus quemaduras se hacían más severas sin importar cuánto ungüento le aplicara Hiroko. Akane miró a su familia sin saber qué hacer ni qué esperar. Aún se sentían las pisadas.

A media noche, la siguiente vez que Yoshiki vomitó, escupió sus propios dientes. Para entonces, había quedado pálido, casi traslúcido, chupado hasta los huesos y calvo excepto por unos cuantos cabellos delgados colgando del pellejo de su cabeza. Hiroko seguía con el bebé en brazos; un apéndice extraño y retorcido le estaba creciendo como un gusano en el dorso de la mano. Unos minutos más tarde el apéndice se había convertido en un pequeño dedo nudoso y deforme. El horror de Hiroko rivalizaba con su amor maternal.

De pronto se oyó una fuerte explosión que hizo que retumbaran las casas y se cuartearan algunos cristales. Hubo rugido débil, apagado, menos terrible e invasivo que los anteriores. Después de eso, reinó el silencio. A los pocos minutos, la radio transmitió confusos e interrumpido mensajes a los que sólo Akane prestó atención: Tokyo… Se ha confirmado la muerte del Emperador… El ejército… Los muertos… Atómico… Ataque aéreo… Atómico… Base militar en el Ártico… Los americanos están en camino… Testigos han declarado… La Unión Soviética… Todos los testimonios coinciden… Atómico… Millones de muertos… Hibakusha…, después parpadearon las luces, se cortó la electricidad y no se oyó más.

El resplandor de los incendios lejanos se sumó a las llamas de las velas que encendió Akane, y el aire se tornó rojo. El llanto de Yukio había decrecido hasta convertirse en el leve gemido de una respiración dificultosa. Le habían crecido dedos como ramitas que salían de sus manos y de sus pies, la mandíbula le colgaba, le sangraban los oídos y sus ojos habían quedado completamente blancos, pero estaba quieto y callado en los brazos de Hiroko, quien acariciaba su cabecita cubierta de bulbos, sin prestar atención a nada más. Akane miró hacia donde estaba su padre, calvo, desdentado, pálido y huesudo, contraído y convulsionándose sobre sus propias excrecencias. La niña no lo soportó más y se echó a llorar en un rincón.

Entonces se escucharon de nuevo las pisadas. Cada vez se oían más y más cerca, haciendo vibrar las construcciones. Aquello estaba corriendo y corría hacia aquí. Akane, desesperada, se acercó a su madre, trató de tomarla del brazo, pero ella la apartó, absorta como estaba en su bebé. Se dirigió hacia el padre, pero al ver que la piel y pedazos de carne se le desprendían putrefactos, no quiso acercársele. Las pisadas se oían más cerca, acompañadas por el estruendo de casas que se derrumbaban. Sonó un rugido al que Yoshiki respondió con un grito histérico y Yukio con un último gemido. Los pasos de la cosa se hicieron más lentos, como si se detuviera sobre el suburbio. Las velas se apagaron y la casa quedó en la total oscuridad.

Está aquí, sobre nosotros, pensó Akane. Y entonces el ser comenzó su orgía de destrucción, explosiones, derrumbes, escombros y vehículos que salían volando y caían por todas partes alrededor de la casa Tanaka. Y los vecinos gritando como si fueran torturados. Y un calor repentino y creciente que inflamó el aire y lastimaba los pulmones y los ojos, y parecía derretir la misma piel. Y las pisadas, que estaban tan cerca y eran tan absolutas que era imposible saber de qué dirección provenían. Y Yoshiki, sin nariz y sin orejas, vomitando sus entrañas en un rincón. Y Hiroko arrullando a una masa de pólipos y huesos torcidos que antes era su bebé. Y el calor insoportable, y la lluvia ácida, y la nube radiactiva. Y el rugido neural, último y triunfante de la bestia que resonó en la mente de Akane como un susurro terrible, Yo soy la Muerte, la Destrucción Absoluta, la Desolación Infinita, el futuro y el fin, ¡YO SOY EL ÁTOMO!

Entonces Akane corrió al cuarto de sus padres y tomó la katana de su abuelo, el que había muerto en Iwo Jima. Regresó a la estancia y le dio un golpe certero y compasivo a su padre. Después se volvió hacia Hiroko, le arrebató la cosa que tenía en los brazos y la estrelló con fuerza contra el suelo. Antes de que la madre pudiera reaccionar, Akane le encajó la katana en el pecho.

Ahora Akane estaba sola, el calor seguía ascendiendo, el aire se tornó rojo y a la chica le era imposible mantener los ojos abiertos o respirar. Trataba de concentrarse para encontrar una forma rápida e indolora de quitarse la vida, pero no fue necesario; una pisada súbita y misericordiosa acabó con todo.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a Daikaiju

  1. shamexfftl dijo:

    ¿Brutal yo? Fue brutal. Hasta se me quitó el hambre. :S

  2. Yem dijo:

    Por momentos pensé que podía tratarse de godzilla, por otros, un relato algo distorsionado de un sobreviviente de Hiroshima o Nagasaki, al final no era ninguno de los dos.
    Espero que la próxima película de godzilla, tenga el espíritu de este relato (terror por el ataque de lo desconocido).

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