Nadie escuchará tus gritos

NADIE ESCUCHARÁ TUS GRITOS

Órbita baja de la Tierra, década de 1960

            El cosmonauta Fyodr Yurchenko se preguntaba en qué momento le sería concedido morir. El oxígeno que aún le quedaba en el traje espacial se acabaría rápido, en unos minutos cuando mucho, y Yurchenko, flotando en la órbita de la Tierra, alejado de su cápsula espacial por un estúpido accidente, esperaba que sus propias emanaciones de dióxido de carbono lo adormecieran para morir sin dolor. Los lentos giros y revoluciones que daba su cuerpo lo colocaron de frente a la Tierra y Yurchenko quiso que sus últimos pensamientos encerraran profundidad y filosofía, aunque nunca fueran conocidos por otro ser humano, de modo que, dando la cara al planeta que le diera la vida, reflexionó sobre su propia pequeñez e insignificancia en el mundo, y de la pequeñez e insignificancia de su mundo en el cosmos. De pronto notó que, contrario a lo que esperaba, se alejaba de la Tierra y se iba flotando hacia la inmensidad del espacio y entonces se refugió en la idea de que llegaría más lejos que ningún otro hombre; quizás su cuerpo caería en la Luna, o quizá en Marte, y futuros exploradores del espacio encontrarían sus restos décadas más tarde. Yurchenko, rodeado por el silencio absoluto, se quedó tranquilo y esperó con resignación su final.

            Pero súbitamente se sintió atraído, como succionado hacia el vacío por una fuerza invisible, y el cosmonauta se encontró viajando cada vez más rápido, cada vez más lejos de la Tierra. Emociones desagradables, presididas por el miedo, se apoderaron de su mente mientras veía el resplandor azul de su planeta perderse en la oscuridad del infinito.

            Infinito… La mente de Yurchenko se remontó muchos años atrás, cuando aún iniciaba su entrenamiento y conoció al brillante profesor Vasily Makarov, prominente colaborador del programa espacial. Yurchenko hizo amistad con el excéntrico científico y se habituó a visitarlo en su estudio para sostener largas y agradables conversaciones con él. Así fue hasta que el profesor enloqueció.

            -No podemos concebir el infinito,- le dijo Makarov uno de aquellos días tempranos –porque somos seres finitos con mentes y conciencias limitadas. Podemos imaginar un límite que se prolonga de forma indefinida, siempre sumar un número a la enorme cantidad que imaginamos, pero no podemos concebir la infinidad. El concepto de infinidad incluso choca con nuestras nociones de lógica. Es igual con la eternidad. Podemos imaginarnos inmortales, porque podemos pensar en una indefinida prolongación de nuestra existencia, un día más, un año más, una vida más. No podemos imaginar nuestra propia inexistencia porque siempre hemos existido. Pero tampoco podemos imaginar la eternidad. Simplemente no estamos hechos para hacerlo.

            Era un retazo de infinidad lo que el cosmonauta captaba con los sentidos y con la conciencia, allí en el silencio vacuo del espacio. Pero en su mente no había silencio, sino murmullos, zumbidos y aullidos que se hacían cada vez más fuertes revelando a Yurchenko la realidad de miles y millones de voluntades desconocidas que lo observaban y jugaban con su cordura desde los rincones de la existencia. Mientras viajaba a velocidades incalculables a través de infinitos años-luz, destellos de colores incomprensibles brillaron frente a él y su mente captó formas de criaturas predadoras que vagaban en el vacío. Mientras más crecía su espanto, más aborrecibles eran las percepciones que le llegaban. Entonces pudo ver el horror que acecha desde la oscuridad de las estrellas, el horror del que le había hablado el enloquecido Makarov y que le hizo desear más que nunca estar muerto.

            Yurchenko recordó que, hacia el final, la cordura de Makarov ya se ponía en duda y aquel eminente científico que alguna vez fuera cercano colaborador del mismo Tsiolkovskii y la envidia de los americanos, era calumniado por hombres ignorantes que no merecían llamarse sus colegas.

            -Hay mucho más en el universo de lo que conocemos burda y pretenciosamente como “realidad”. La ciencia y la razón no bastan para captar las cosas sublimes de la existencia. El hombre que busca el conocimiento de lo que se esconde tras las apariencias debe reunir todas las formas de saber humano: ciencias naturales, sociales y exactas, religión, teología y mitología, filosofía y lógica, ocultismo y magia, música y poesía, y formas de conocimiento que han sido olvidadas o que no se han descubierto aún. Pero incluso así sería insuficiente, pues aún el saber y la inteligencia reunidas de toda la humanidad en todos los tiempos no podría más que asomarse a un retazo de la totalidad del cosmos. He probado formas exóticas de meditación, ascetismo y misticismo… incluso he probado distintas sustancias enteogénicas que diversos pueblos de mundo tienen como sagradas, todo para librarme de los limitantes esquemas mentales que me alejan del conocimiento… ¡Y creo que he visto algo terrible!

            Por un instante el movimiento de Yurchenko se detuvo, los estímulos sensoriales y mentales se apagaron y el cosmonauta se encontró flotando con lentitud y suavidad en el vacío, rodeado de oscuridad y silencio. Yurchenko no podía ver nada en aquella negrura; no llegaba hasta sus ojos ni siquiera la débil luz de alguna estrella lejana. Sólo escuchaba su respiración agitada y los latidos aterrados de su corazón. Pero en esa oscuridad y silencio no había tranquilidad y reposo, sino que de allí emanaban terribles sensaciones de horror y maldad. Esas emanaciones se hacían más fuertes a cada momento y de golpe el cosmonauta se vio sacudido y arrojado hacia la oscuridad con la misma fuerza y velocidad que antes.

            Con la mente invadida por sensaciones omnidireccionales de sufrimiento, terror, y agonía, Yurchenko intuyó que atravesaba infinidades de infiernos cósmicos, inconcebibles para la mente humana, y supo que la crueldad del hombre, que él mismo había experimentado en las migraciones forzosas de Stalin y la invasión de las huestes de Hitler, era insignificante ante la maldad de las entidades que moran los confines de la existencia. Yurchenko sintió el dolor y el espanto de millones de conciencias atrapadas en esa oscuridad tortuosa e insondable. Deseó con todas sus fuerzas morir, pero no rezó, pues si algún resto de creencia en un ser supremo y benévolo se había salvado de ser eliminado por la ciencia y el comunismo, fue destruido por la contemplación de esas abominaciones cuya existencia ningún dios amoroso permitiría. Ya se lo había dicho Makarov cuando la locura asomaba a sus ojos.

            -La oscuridad que sirve de telón de fondo a los astros no es materia oscura, ni antimateria, ni vacío en el que se pierde la luz. ¡Es maldad! ¡La maldad pura! ¡El universo está rodeado por maldad infinita y cada vez que miramos al cielo nocturno vemos esa maldad acechándonos más allá de la estrellas!

            Por eras viajó Yurchenko en ese océano etéreo de malevolencia y sufrimiento, con el anhelo de la inexistencia a cada instante, mas llegó el momento en que traspasó esa región del universo y arribó a una nueva zona. Allí el cosmonauta fue testigo de una realidad demasiado grande para ser aprehensible. Los conceptos con los que el hombre interpreta su entorno no tenían cabida en ese lugar. Tamaño, sustancia, dimensiones, olores, sonidos, colores, velocidad, lógica, cantidad, tiempo, espacio, energía, materia… no tenían sentido allí. Los conceptos binarios con los que la humanidad cataloga su conocimiento del mundo, oscuro y claro, abstracto y definido, material y etéreo, realidad y ficción, belleza y fealdad, individuo y colectividad, amor y odio, dolor y placer, pecado y santidad, bien y mal… nada de ello tenía significado ante lo que Yurchenko contemplaba, no con los ojos, sino con lo más profundo de su ser. Allí sintió el poder de entidades que jugaban con él y con otros seres menos insignificantes. Pero en esas entidades alcanzó a percibir un temor perenne y se llenó de espanto al imaginar a qué cosa podrían temer tales seres.

            De pronto hubo un instante más de soledad y silencio y todas estas percepciones quedaron lejos de su alcance. Yurchenko se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados y tras reunir fuerzas, los abrió. Se encontraba de nuevo en la órbita terrestre, flotando y girando con lentitud en el vacío. Frente a él, la Tierra resplandecía de azul. Yurchenko no sabía qué pensar. ¿Había alucinado debido a la falta de oxígeno? El recuerdo de las sensaciones que había tenido en su odiosa travesía era demasiado vívido para sospechar de un sueño o ilusión. Recordó entonces lo que le había dicho un enloquecido Makarov, antes de que se lo llevaran preso a un gulag por declaraciones que revelaban un espíritu de traición a la Madre Rusia.

            -No debes ir, Fyodr, no debes salir jamás de este planeta– dijo Makarov –No se supone que un ser tan frágil como el hombre abandone la Tierra. Allá afuera hay horrores inefables que algún día caerán sobre nosotros, ¿para qué precipitarnos hacia ellos? ¡Oh, y estamos atrapados en esta roca! ¡No podemos huir de ella! Pero qué… no, no… da igual. Tiempo y espacio son conceptos infantiles mantenidos por una raza ignorante y supersticiosa. Cada punto del universo contiene al universo en su totalidad y la maldad que creí en el confín del cosmos está en todas partes. Da igual, Fyodr, todo da igual.

            El cosmonauta pensaba en esto y aguardaba la muerte misericordiosa cuando escuchó una Voz en su mente, una Voz que le recordó en un instante todas las cosas abominables que había presenciado. Entonces Yurchenko giró sin voluntad, dando la espalda a la Tierra y la cara al vacío y miró al Ser del que provenía la Voz, una Criatura ajena a todo lo posible, hecha de oscuridad y desolación. Yurchenko quiso gritar, dejar salir un gemido que aliviara en parte el espanto y el dolor del que sufría… Pero no pudo.

            -Ni si quiera te molestes.- dijo la Voz –En el espacio nadie escuchará tus gritos.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a Nadie escuchará tus gritos

  1. Miguel Ernesto Galván Del Moral dijo:

    MERGA! Que chingón está! Me imaginé al cosmonauta viajando con música de Ligeti de fondo, haha. Soy fan de este.

  2. Maik Civeira dijo:

    Yeah!, Qué bueno que te gustó! ^^

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