El horror, el horror

EL HORROR, EL HORROR

Vietnam, década de 1970

            Estoy enloqueciendo. Ya no sé lo que es real y lo que se presenta como sueño. Ya no sé distinguir entre lo que es naturaleza y lo que es maldad. No recuerdo lo que he vivido, en qué orden lo viví, o si todas mis memorias no son más alucinaciones y pesadillas. ¿Es esto la locura? Siempre pensé que de toparme con una alucinación estaría consciente de su falsedad. Pensé que aún que mis sentidos me dijeran con certeza que algo innatural se encuentre frente a mí, mi mente sabría cuándo algo es lógicamente imposible. Pero no es así. He visto cosas muy extrañas, de las que una parte de mí, moribunda y lejana, me dice que no pueden ser verdad, pero otras (me siento fragmentado en miles de yos diversos, desconocidos e incompatibles) dudan de las categorías de lógica, razón o posibilidad.

            Llegué al ‘Nam hace casi un año… ¿O no? No lo sé, a veces siento que he estado aquí toda mi existencia y que mi vida anterior son recuerdos ficticios. Tengo grabada en mi mente la aterradora y desgarbada imagen de Sam viniendo por mí y por los otros muchachos con una orden del Presidente en una mano y una bandera americana en la otra. Mis recuerdos anteriores a este suceso son nebulosos. Pero de una cosa estoy seguro: me duele, me duele mucho y muy adentro. Me duele tanto y tan profundo que no sé ni cómo expresarlo. Ya no puedo llorar. Quisiera hacerlo, pero no sé cómo. A veces siento que todo está mal más allá de toda descripción y otras veces tengo la certeza de que no podría ser de otra manera.

            He visto mucha muerte, demasiado dolor. He visto cómo mis compañeros de pelotón violan mujeres, golpean ancianos, matan niños y queman aldeas enteras. Por Dios, creo que yo también lo he hecho.

Las armas me pesan. El sonido de los disparos me llena de miedo. En realidad, todo me produce miedo ahora. El crujido de una rama me espanta, el chillido de los insectos me produce escalofríos y el rumor del agua distante no puede apaciguarme. Escucho susurros siempre en derredor, provenientes de la espesura vegetal que nos envuelve. Escucho el batir de grandes alas de cuero por las noches. Hay monstruos aquí.

¿O no? No lo sé. Quizá los únicos monstruos somos nosotros. Por momentos no puedo creer que hayamos sido capaces de hacer lo que hicimos. Recuerdo el olor de la carne quemada por el napalm y quisiera morir, para alejarme de todos mis recuerdos y de todas mis sensaciones. Pero ya no sé si en la muerte podría encontrar alivio.

Mi pelotón y yo nos internamos en la selva en una misión de reconocimiento. Fuimos atacados por Charlie, nos dispersamos y nos perdimos. La selva es una perversión mórbida de la naturaleza, es la locura hecha vida. Mis sentidos quedan abrumados por su densidad de visiones y sonidos. La selva te ahoga y te aplasta, te confunde y enloquece. Aquí no hay sólo tres dimensiones, sino múltiples, más de las que mis órganos sensoriales o mi mente pueden comprender… Pero no, eso no es posible, son sólo plantas y animales en un medio exuberante, pero natural. Soy yo el que la percibe así, porque estoy enloqueciendo… Pero ¿y si no? ¿Y si aún estoy cuerdo y lo que captan mis ojos y oídos es verdad? No lo sé, quizá todo está enloqueciendo conmigo.

Al ataque de Charlie sobrevivimos Martin, Tom, Vance, Larry, Bob, el sargento y yo. Vi morir a muchos de nosotros esa noche. No sé qué fue de los demás, pero nosotros emprendimos la huída y nos internamos en esta selva infernal, esta selva azul y de pesadilla en la que seguimos ahora. Aquí fue donde nos encontramos con los monstruos.

Tom ya me había hablado de la Mujer Alada. La primera noche después del ataque acampamos en un claro en la selva y Tom, junto con Martin, montaron guardia. A la mañana siguiente Martin había desaparecido y Tom se había vuelto loco. Lo encontramos sentado en el suelo con una sonrisa estúpida de oreja a oreja y la mirada perdida en la vorágine vegetal.

No supo decirnos nada de Martin, pero nos aseguró que la Mujer Alada lo había visitado la noche anterior. Dijo que era pequeña de estatura  y de complexión delgada, con los rasgos finos de una joven vietnamita de ojos almendrados. Estaba desnuda y su piel estaba cubierta por un pelaje corto, negro y aterciopelado. De sus hombros salían dos grandes alas, como de murciélago, con las que ella emprendió el vuelo después de visitar a Tom.

Ni los gritos ni amenazas del sargento lograron sacarle más información. Concluimos que Tom se había vuelto loco. Tratamos de llevarlo con nosotros, pero él resistió; quería estar allí por si la Mujer Alada volvía a aparecerse. De modo que lo dejamos allí, solo, abandonado, en la selva llena de alimañas y enemigos. Aún me parece ver su sonrisa entre la maleza.

Después de vagar durante días… ¿O no fue así? No recuerdo que hubiesen pasado varias noches, pero sí tengo la sensación de estuvimos andando por demasiadas horas como para que haya transcurrido solamente un día. Quizá no es importante. El caso es que llegamos a unas ruinas. Eran un par de edificios no muy altos, derruidos y devorados por la selva y rodeados de grandes colinas. Algo había de maligno en ese lugar. Había visto antes ruinas de los antiguos reinos vietnamitas, pero no eran, ni de lejos, parecidas a lo que habíamos encontrado. En realidad, estas ruinas eran algo que ninguno de nosotros hubiese visto o imaginado. Sus proporciones eran demasiado innaturales; su geometría misma no parecía humana.

Larry sugirió que bajo las colinas que rodeaban ese lugar debía haber otras ruinas enterradas por el paso de los siglos. El buen Larry era un tipo muy listo, que siempre nos ilustraba con sus conocimientos. Veía una planta o un insecto y él se ponía a recitarnos todo lo que sabía sobre ellos, aunque no le prestásemos atención. Supongo que de esa forma Larry se aferraba a la cordura y podía recordar que existía un mundo lejos de esta selva y de esta guerra, un mundo en el que la salud mental aún tenía valor.

Larry se encontraba especulando en voz alta sobre el probable origen de aquellas ruinas cuando noté un extraño sonido. No… no era un sonido… Por el contrario, percibí un extraño silencio, anómalo en la siempre ruidosa selva. Los sonidos del viento, del agua y de las criaturas vivas se atenuaron hasta desaparecer. Creo que mis compañeros lo notaron porque tomaron sus armas y se pusieron alerta, escrutando a nuestro alrededor. Escuché unos pasos secos, como de pies descalzos que caminaban sobre un suelo de roca. Entonces, de entre las ruinas, surgió un monstruo.

Tenía forma humana, pero no era un hombre. Era muy alto, quizá de unos diez pies de estatura. Estaba completamente desnudo y su piel era amarillenta, lampiña y aceitosa. Sus ojos eran grandes, blancos y vacíos y su rostro carecía de rastros. Cuando abrió la boca pude ver sus dientes deformes y aserrados. Sus brazos y piernas eran largos y huesudos, y en cada extremidad tenía largos dedos que remataban en afiladas garras negras. Nos quedamos estupefactos por unos segundos, hasta que el sargento abrió fuego.

Lo imitamos; vertimos decenas de balas en el cuerpo de la criatura. Vi con claridad cuando los proyectiles entraron en su carne. El monstruo cayó de espaldas y pusimos alto al fuego. Pero no apenas nos hubimos acercado a comprobar que el ser hubiese muerto cuando de nuevo se levantó, con lentitud, estirando los brazos hacia nosotros y gimiendo leve y lastimeramente. El sargento disparó una ráfaga de ametralladora en la cabeza del monstruo y éste se quedó quieto, tendido sobre el suelo de piedra de las ruinas. Nos quedamos observando el cadáver de la criatura durante unos instantes, hasta que fuimos interrumpidos por un grito de dolor.

Otro monstruo se había aparecido detrás de Larry y le había mordido el hombro. Uno monstruo más llegó casi enseguida, tomó a Larry del brazo y comenzó a arrancarle la carne a mordidas. Otras dos criaturas se acercaban con lentitud desde el este. Abrimos fuego contra todos ellos, sin importar que nuestras balas perforaran a Larry, como de hecho lo hicieron. Pero los monstruos ignoraron las balas y siguieron devorando el cuerpo acribillado de nuestro amigo. Persuadidos de que nada podíamos hacer por nuestro amigo o contra las criaturas que de él se alimentaban, Vance, Bob y yo emprendimos una huída cobarde y desesperada.

Cuando hube avanzado unas yardas, volví la mirada hacia las ruinas y vi que el sargento se había quedado allí. No sé cómo reuní valor para regresar; quizá tenía más miedo de verme sin él del que tenía por acercarme de nuevo a esos monstruos. Pero el sargento no tenía miedo. Estaba de pie, a unos pasos de los cuatro monstruos que se daban un festín con el cuerpo de Larry. Los observaba con detenimiento, como estudiándolos. Me acerqué a él y puse una mano sobre su hombro, como para llamarlo e instarlo a que nos largáramos de allí. El me dirigió una mirada paternal, tomó una granada de las que llevaba colgadas en el cinto, le quitó el seguro y la arrojó con suavidad en medio de las criaturas. Me sujetó del brazo y caminó con prisa, pero sin correr, en la dirección hacia que la había huido Vance. A los pocos segundos estalló la granada y, al volver la vista atrás, pude apreciar cómo los trozos de las criaturas volaron por todas partes. “Huele a victoria”, me dijo el sargento con una extraña sonrisa. Sentí un alivio extraño, como si al ver a esas cosas destruidas una sombra muy antigua que pesaba sobre la tierra se hubiera esfumado de pronto… Mas esa sensación no me duró mucho tiempo…

Pero ¿en qué estoy pensando? ¿Monstruos amarillos? Esto es imposible. Mi razón me dice que debió ser un mal sueño. Es la maldita guerra y la mil veces maldita selva, que están trastornando mi mente. ¿Cómo murió Larry en verdad? Debían ser unos malditos Vietcongs… sí… monstruos amarillos… eso eran. Mi locura me hace recordar monstruos en donde sólo hubo un combate… Pero ¿no es eso suficientemente terrible? No hay aquí más monstruos que la humanidad, monstruosa en todas sus razas y todas sus edades. Cruel, absurdamente cruel y ambiciosa. No necesitamos de monstruos para sentirnos aterrados de vivir en este mundo, en el que todo aquél que nos rodea puede ser un caníbal… Quizá todos debemos morir, quizá el sargento tenía razón…

El sargento… Desapareció a la noche siguiente. Dijo que él se quedaría en vela montando guardia y cuando desperté por la mañana ya no estaba. Seguimos sin él, sin dirección en el espantoso laberinto de esta selva. Los días eran eternos y sofocantes, las noches eran de una oscuridad insondable… ¿En realidad pasaron varios días y noches? No sé, pero estoy seguro de que nos picaron toda clase de insectos. Y una noche, Bob apareció muerto. Despertamos y lo encontramos clavado a un árbol; su abdomen había sido abierto y sus intestinos colgaban por fuera. No recuerdo si vomité. Vance y yo huimos de ese lugar.

Para entonces él se había vuelto realmente loco. Ya no hablaba, sino que se movía apenas por inercia. Su cara era inexpresiva y cuando vio el cadáver mutilado de Bob no reaccionó de forma alguna. Se la pasaba murmurando cosas ininteligibles y tarareando por lo bajo canciones de The Doors. Era como si estuviese drogado con ácido; lo sé porque yo mismo he usado LSD y he visto a gente hacerlo… mucho tiempo atrás, en días felices de música y amor… antes de que Sam viniera por mí… Pero en realidad no sé si eso alguna vez pasó.

No podía confiar en que Vance se mantuviera lo suficientemente sensato como para montar guardia. Temía que se fuera deambulando por allí y me dejara solo a merced de… lo que sea que hubiera en la selva. De modo que esa noche yo vigilé, si bien Vance no se durmió, sino que se quedó sentado en el suelo, murmurando canciones.

No me había tocado hacer guardia desde el ataque que acabó con mi pelotón. Era algo tan solitario que me abrumaba y anonadaba, incluso con el murmullo de Vance como acompañamiento. En la quietud y oscuridad mi mente divagaba y se llenaba de extraños terrores cuya causa no podía definir. Me debatía entre sueños, recuerdos y pesadillas, incapaz de identificar cuál era cuál. De súbito noté que el canturreo de Vance se había detenido. Lo llamé, pero no esperé a recibir respuesta, sino que me apresuré hacia donde el sitio en el que había dejado a mi compañero, oculto en la oscuridad. Encendí un fósforo, nuestra única fuente de luz en estas noches absolutas. El resplandor del fuego me mostró al sargento, agachado sobre el cuerpo de Vance  y destazándolo con su cuchillo.

Grité, no recuerdo qué, pero la reacción del sargento fue inmediata. Se abalanzó sobre mí blandiendo y cuchillo antes de que pudiera usar mi arma. Caímos al suelo y combatimos con furia. Recuerdo haberle preguntado por qué hacía eso, por qué había asesinado a Bob y a Vance, por qué me atacaba ahora. Él sólo respondió que nuestro episodio en las ruinas, que el combate contra Charlie, que la guerra, que la existencia misma de la raza humana le había demostrado que sólo había una verdad. El horror, el horror, repitió y dijo palabras confusas e inconexas acerca de servir a la Muerte. Entonces cayó en una especie de éxtasis mientras hablaba de su misión purificadora, de la salvación que había en el dolor, de la derrota de la cordura y el abrazo de la demencia como única fuente de libertad. Aproveché ese instante de distracción para arrebatar su cuchillo y enterrarlo en el pecho. El sargento cayó al suelo jadeando y resoplando con dificultad. Desde lejos pude oírlo suspirar, el horror, el horror. Entonces expiró.

Pude ver esto, porque en los últimos minutos había amanecido. Al amanecer, la selva se torna de un color azul monótono que da la impresión de estar en una película vieja o en una historieta. El único otro color era el rojo de la sangre del sargento y de Vance chorreados sobre la hojarasca. Contemplaba esto cuando me di cuenta de que estaba solo.

Y estoy solo. Soy el último hombre en la Tierra. Todo lo que queda además de mí es caos, barbarie y muerte. Ahora me río, me río a carcajadas y éstas resuenan por toda la selva, cuando lo que quisiera es llorar y no escuchar más que mi propio llanto. Entonces la veo, de pie frente a mí. Ahora sé que estoy loco.

Es en verdad hermosa, deseable, tentadora… y terrible. Al verla encuentro en mí sentimientos que creí olvidados hacía mucho. Hay algo de misericordioso que acompaña el miedo que me causa su imagen. Algo en sus ojos… Sé que no está allí, no podría existir. Pero no me importa. De cualquier forma ya enloquecí. Me acerco a ella y dejo que envuelva en su abrazo.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a El horror, el horror

  1. Hay dos errores de redacción, pero ya olvidé cuáles son, creo que el segundo está en la parte del sargento con el cuchillo

  2. Por lo demás, está excelente, gracias a ti soy fan de las historias de terror ^^

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