Leyendas modernas de miedos ancestrales

LEYENDAS MODERNAS DE MIEDOS ANCESTRALES

La playa. Tres jóvenes, de unos veinte años, estaban alrededor de una fogata, cercados a su vez por el rumor de las olas y el canto de los grillos. En la distancia, la luz de la casa playera trataba en vano de competir con la de las estrellas. La conversación había evolucionado de tal forma que los cuentos y las leyendas de terror se asentaron en su lugar apropiado, después de los comentarios jocosos y antes de las confesiones de tipo sentimental, amoroso y sexual.

-Bueno, bueno,- dijo Memo -Yo me sé una buena.

-A ver.- dijeron los otros dos casi al unísono.

-Muy bien. Es sobre un señor que vivía en un pueblo de ésos que están muy alejados de la capital. Este señor vivía solo con un cerdo muy grande y negro, al cual trataba tan bien como al más fiel de los perros. El tipo era muy mocho. Asistía a misa todos los días y siempre estaba criticando a la gente que iba a las fiestas y a los bailongos. Pero resulta que en una ocasión estaba por realizarse una boda muy aparatosa a la que todo el pueblo estaba invitado, incluyendo el fulano en cuestión. Éste decidió darle una oportunidad al pecaminoso mundo del festejo y aceptó asistir. La noche de la boda, el señor se arregló con mucho esmero y entusiasmo, pero cuando se preparaba para salir, el cerdo de pronto le dijo: “Así que tú también vas a ir con esos pecadores”. Y al hombre le dio tanto miedo que se metió a su casa y jamás volvió a intentar salir más que para ir a misa y al trabajo.

Memo estudió los rostros de sus compañeros, esperando una reacción que denotara que su historia había tenido éxito; un escalofrío, una interjección habrían bastado.

-¿Eso es todo?- exclamó Ricardo

-Pues… sí.- dijo Memo, algo confundido.

-¡Es una mamada!- dijo Ricardo -¡¿Y se regresó a donde estaba el cerdo negro grandote que hablaba?! Yo me habría ido corriendo y gritando como neurasténico.

-Sí, güey, no inventes.- dijo Orlando -¿Qué se supone que era el cerdo? ¿Un diablo o un ángel o qué?

-Sí.- comentó Ricardo -Además, está de la chingada que un cerdo te juzgue moralmente. ¿Pos qué se cree?

-Ya, güey. -se defendió Memo -Así me la contaron. Yo no me tengo la culpa.

-¿Y quién te la contó?- inquirió Ricardo

-Mauricio.

-¿Y a él quién se la contó?

-No sé.

-¡Ah!- exclamó Ricardo con impaciencia.

Un viento frío y ululante pasó como para epilogar la leyenda que había contado Memo y dar fin a la polémica que ésta había suscitado. Los tres muchachos guardaron silencio por menos de un minuto, reflexionando en secreto sobre lo que acababa de ser relatado. Orlando tocó algunos acordes con su guitarra, y luego interrumpió la mudez de sus compañeros diciendo:

-Yo me sé otra leyenda.

-A ver, cuenta.- dijo Ricardo.

-Muy bien. Era de una chava que tenía una hermanita que tenía un Furby

-¿Qué coño es un Furby?- interrumpió Memo.

-Eran esos robots, con forma de animalitos peludos, que hablaban, movían los ojos y sentían si los acariciabas o los apretabas. Estuvieron de moda hace algunos años.

-Ah, ya sé.- recordó Memo -De ésos que se parecían a la ñoña de Karla.

Los tres amigos rieron con la comparación. Terminadas las risas, Orlando prosiguió con su historia.

-El caso es que una noche, ya muy tarde, esta chava estaba estudiando en su cuarto. Le dio sed y bajó a la cocina por un vaso de agua. Al encender la luz, la sorprendió una vocecilla chillona que le ordenó con tono muy poco amable “Apaga la luz”. Ella se asustó y se volvió para ver que la voz provenía del Furby, que estaba asentado sobre la mesa de la cocina. Pero a la chava se le pasó pronto el susto, explicándose a sí misma que la causa de la reacción del juguete debían ser sus sensores, y siguió con lo suyo. Pero, mientras ella tomaba agua, el Furby le dijo con voz aún más fuerte y grosera “Te dije que apagaras la luz”. Entonces, la chava pegó un alarido, dejó caer su vaso y subió corriendo y llorando, llamando a gritos a su papá.

La reacción de los compañeros de Orlando fue en apariencia la misma que habían tenido con la primera historia. En apariencia, porque en realidad Ricardo era el único que estaba impasible. Memo, aunque lo disimulaba, estaba muy asustado. Tenía ganas de orinar, pero el temor de toparse en el camino con un cerdo parlanchín o un Furby malhumorado hacía que ir hasta el baño le pareciera por demás difícil y tortuoso.

-¿Y luego?- preguntó Ricardo a Orlando.

-¿”Y luego” qué?- respondió él -Allí acaba.

-¿Y qué hicieron con el Furby?- preguntó Memo.

-Pues no sé, güey. Así acaba la historia.

-¡Contras!- exclamó Ricardo -¡Es la misma mamada que con lo del cerdo! ¿Entonces qué? ¿El Furby estaba maldito o era extraterrestre o qué pedo?

-Hombre, pos no sé. Así me la contaron.- se defendió Orlando.

-¿Y no se te ocurrió preguntar?- dijo Ricardo con desdén.

-La neta, no.- confesó Orlando.

-Vaya.- dijo Ricardo -Esas leyendas de terror son como los chistes: una vez que cuentas la punch line te callas y nadie te pregunta. Por eso no pueden pasar como historias reales.

-Bueno, tú te crees mucho al criticar nuestras historias. Pero a ver, cuenta tú una.- lo retó Memo.

-¡Claro que les cuento una! Ésta sí da miedo, porque es real: me pasó a mí en esta misma casa. Fue hace dos años, cuando todavía no la habíamos amueblado. Jorge y yo vinimos una vez a pasar todo el día en la playa. Imagínense: en ese entonces no había otras casas cerca ni habían puesto la iluminación de la carretera, así que cuando llegó la noche todo estaba en completa oscuridad. Jorge y yo nos metimos a la casa y nos fuimos a dormir. El único mueble que había era un colchón, que estaba en lo que ahora es el cuarto de mis jefes; así que Jorge y yo nos acostamos allí, uno con la cabeza para un lado y el otro con la suya para el lado contrario, como oliéndonos los pies…

-O sea, en un sesenta y nueve.- acotó Memo riendo con malicia.

-Ya güey, no seas puto.- dijo Ricardo y prosiguió su historia. -Estábamos acostados de tal forma que mi cabeza era la más cercana a la puerta de la habitación. Jorge se durmió pronto, pero yo me quedé en duermevela, con los ojos cerrados pero semidespierto. Ya era muy de noche cuando escuché que la puerta del cuarto se abrió con un chirrido. Me sobrecogió un pánico que no puedo explicar, un especie de miedo primario. Entonces escuché unos pasos rechinantes que se acercaban lentamente hacia mí. Tenía tanto miedo que no me atreví a moverme, ni siquiera a abrir los ojos. Luego percibí que algo se apoyaba en el colchón, cerca de mí, y sentí un aliento cálido sobre mi oreja. Escuché que alguien me susurraba cosas que no entendía, pero no se oía como una voz cercana sino como murmullos lejanos. Me estaba muriendo de miedo; nunca había estado tan asustado en mi vida. Empecé a rezar con mucho fervor, cada padrenuestro detrás de un avemaría, sin parar hasta que las voces se detuvieron. Entonces sentí que la cosa dejó de apoyarse en el colchón y escuché los pasos alejándose hacia la puerta, que se cerró de golpe. No pude dormir en toda la noche.

Memo y Orlando se quedaron viendo a Ricardo con los ojos muy abiertos.

-¿Y qué pasó al día siguiente?- preguntó el primero.

-Cuando Jorge despertó, le conté lo que había sucedido, pero no me creyó. Nos regresamos a la ciudad como al medio día.

-¿Y no ha vuelto a pasar nada raro en la casa?- insistió Memo, mientras Orlando tocaba unos acordes para olvidarse del miedo.

-No.- respondió Ricardo. -Unos meses después la bendijeron y al poco tiempo mis jefes empezaron a amueblarla. Desde entonces no he vuelto a experimentar nada parecido.

-Vaya,- dijo Memo con aún más temor de ir al baño que antes.- Eso sí que da miedo.

Ricardo asintió con la cabeza -Así es.

Para los tres muchachos, el sonido de las olas pareció de pronto un susurro distante e ininteligible, mientras el viento se deslizaba entre ellos para depositar escalofríos en sus cuerpos. Una nube de murciélagos chillones pasó como un telón que cae para poner fin a aquella farsa medrosa.

-Bueno.- dijo Memo -Cambiemos de tema.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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