El hálito del desierto

EL HÁLITO DEL DESIERTO

Norte de México, principios del Siglo XXI

            Después de muchos años por fin pude hacer realidad el sueño de tener mi propio negocio. Era un restaurante-bar familiar de mariscos, muy bonito, con techo de palma, sillas de plástico y mesas de latón. Siempre había música viva y mandé poner televisores para que mis clientes no se perdieran los partidos de futbol. Yo mismo era el chef y disfrutaba mucho mi trabajo. Construí el restaurante en la misma calle que mi casa, para poder estar cerca de mi esposa y mis hijos mientras trabajaba.

            Una noche, dos semanas después de haber abierto mi negocio, me levantaron. Como siempre, me despedí de los empleados que se habían quedado a limpiar y salí del restaurante con la intención de caminar hasta la casa. No había andado un par de metros cuando sentí un fuerte golpe en la cabeza y todo se puso negro. Cuando recuperé la conciencia estaba atado de manos, amordazado y encapuchado. Por el movimiento supe que estaba en algún vehículo que viajaba a gran velocidad. Empecé a rezar en mi mente.

            De pronto el vehículo se detuvo, oí que se abrió la portezuela y fui jalado con violencia fuera del vehículo y después arrojado al suelo. Me golpeé la cara contra una piedra y la sangre manó de mi mejilla. Hacía mucho frío. Entonces me quitaron la capucha. Tirado boca abajo y amarrado, lo único que podía ver eran pies calzados con botas vaqueras que iban y venían frente a mí. Miré hacia mi derecha y vi a otro hombre igualmente atado y amordazado. A mi izquierda había uno más. Alguien me dio una patada en las costillas; chillé bajo la mordaza.

            -Quédense quietos.- dijo alguien y a la orden siguió una retahíla de insultos.

            Nos tuvieron así, echados en el suelo por no sé cuánto tiempo. Yo estaba seguro de que moriría y no dejaba de sufrir por mi esposa y mis hijos. Trataba de rezar, pero el miedo no me dejaba. El viento ululaba frío y a lo lejos escuché el aullido de un coyote. Estaba en el desierto.

            -Al que se mueva me lo chingo.- dijo una voz seguida por una ráfaga de disparos que hizo que el alma se me encogiera. El hombre de mi izquierda estaba llorando. Alguien se rió a carcajadas.

            -A ver, a ver. ¿Qué tenemos aquí?- se oyó una voz con autoridad.

            -Éstos son los nuevos. Y ése de ahí es el pendejo que no pagó y fue con los policías.

            -Pos les vamos a dar una calentadita.

            -¡Jálenle, pendejos! ¡Levántense!

            Me jalaron del cabello y como pude, me puse de rodillas. A todos nos pusieron de rodillas. No cabía duda, estábamos en el desierto. Los matorrales y las rocas se extendían en todas las direcciones. No se veían construcciones a la redonda y no tenía idea de a cuánta distancia estábamos de la ciudad. Estaba amaneciendo.

            -Miren, hijos de la chingada.- dijo un tipo altísimo, moreno, fornido, quijadón y bigotudo, que usaba lentes oscuros y sombrero tejano –Así van a estar las cosas. Ustedes nos van a pagar una cuota mensual. Si no, pos se los carga la chingada. ¿Entienden?

            Asentimos. Debo admitir que sentí alivio: no me iban a matar. Ya había escuchado que en otras ciudades los narcos hacían esto de levantar a las personas por unas horas y luego dejarlas libres. Sólo debía esperar a que acabara la pesadilla. El hombre del sombrero dio una orden y los demás trajeron y asentaron frente a nosotros a un individuo regordete. Le habían atado las manos detrás de la espalda con un alambre de púas y estaba cubierto de moretones y cortadas.

            -Este pinche culero no pagó y nos quiso acusar con la tira. Ahorita lo vamos a usar de ejemplo, pa’ que vean lo que les va a pasar si no pagan.

            Entonces acostaron al pobre hombre, lo sujetaron entre dos de los narcos y un tercero se apareció con una segueta. Pensé “Virgen santa, no.” El narco agarró los cabellos del hombre, colocó el filo de la segueta sobre su cuello y empezó a serruchar. No quise ver.

            -¡Abre los ojos, pendejo, o te chingo aquí mismo!- me dijo alguien y me dio un culatazo en la cabeza.

Tuve que verlo todo. La mordaza del pobre hombre no alcanzó a cubrir un grito de horror y agonía. La sangre salió con tanta fuerza que nos cubrió a todos. “Ya que se muera”, suplicaba en mi mente. Pero no se moría. Entonces la segueta llegó al hueso y pude escucharlo; juraría que podía hasta oler el hueso siendo serruchado. El hombre a mi izquierda se vomitó y la mordaza contuvo el vómito dentro de su boca. El narco terminó de serruchar, levantó la cabeza del muerto para que todos la viéramos y luego la arrojó hacia mí. La cabeza me golpeó con fuerza en el estómago para luego caer al suelo y rodar por la arena. Luego me empujaron y quedé de nuevo tumbado boca abajo.

-¿Ya nos los llevamos?

-No, déjalos así. Que les dé un poco el solecito.- y se rió.

Y así nos tuvieron tirados en el polvo hasta bien avanzada la mañana. El sol me quemaba como si hubieran puesto fuego sobre mi piel. La sed era insoportable. No veía final para esta pesadilla. Alguien dijo con voz menos amenazante que las que había escuchado hasta el momento:

-Ya, tranquilos. Si hacen lo que se les dice, no les va a pasar nada. A ver, tú eres el de la farmacia. Vas a dar tres mil varos. Tú, el del lote de autos, diez mil. Tú, el del restaurante, cinco mil…- y dejé de escuchar.

Al poco rato me volvieron a poner la capucha y me subieron al vehículo. No sé cuánto tiempo estuvo en movimiento, pero cuando finalmente se detuvo, me cortaron las amarras, me quitaron la capucha y me sacaron a golpes del auto. Por fin lo pude ver, era una camioneta negra con vidrios polarizados. Me bajaron en una calle desconocida para mí y así, todo golpeado, tuve que buscar la forma de regresar a mi casa. Por fin llegué y me sentí a salvo. Mi esposa estaba muerta en vida por la preocupación. Cuando le conté lo que había pasado se echó a llorar. Convenimos no decir nada a los niños.

Al mes exacto de lo sucedido dos pistoleros llegaron al restaurante a cobrar, a pleno día, sin importarles quién los viera. En cuanto entraron, todos mis clientes se quedaron mirando hacia abajo. Les pagué el dinero que tenía separado desde el día en que me levantaron. En cuanto se fueron me metí al baño y me puse a llorar.

Al día siguiente hubo una balacera frente a la escuela de mis hijos. Murieron cinco soldados y arrestaron a dos narcos. Cuando llegué a casa el Presidente estaba en televisión anunciando lo bien que iba la guerra contra el crimen organizado. Dos días después apareció muerto un comandante de la policía; había sido torturado y quemado vivo.

Las historias de terror se multiplicaron en cuestión de días. Un taxista se atrevió a sonar el claxon a una camioneta que se le había atravesado; de las ventanillas se asomaron los cañones de unas ametralladoras y el taxista murió bajo una lluvia de balas. Una noche, un grupo de soldados del ejército mexicano entró a un campus universitario siguiendo la pista de unos hombres armados; en la oscuridad, mataron a unos estudiantes de posgrado que se habían quedado trabajando hasta tarde. Un campamento de scouts fue asaltado por tipos armados; todas las mujeres, adolescentes, niñas, fueron violadas. Un grupo de soldados abrió fuego contra un vehículo que se había pasado un retén; al hacerlo, mataron a una familia de seis.

Pasaron algunos meses, y llegó de nuevo el momento de pagar mi cuota y los dos pistoleros visitaron mi restaurante. Después de haberles pagado, como ya me había habituado a hacer, y mientras uno de ellos contaba el dinero, el otro me dijo:

-Mira, a partir del próximo mes va a ser diferente. Aparte de los cinco que ya nos das, nos vas a comprar diez mil de coca, así que ve juntando la lana de una vez. Luego tú ve qué haces con la coca, si la tiras o la vendes. Lo que decidas es muy tu pedo. Pero nos vas a estar comprando los diez mil cada mes. La puedes vender al precio que quieras, puedes hasta recuperar tu lana y ganar más. Por mí, puede vender la droga aquí en tu restaurante. Puedes vender a todas horas, puedes vender a los morritos… la policía no te va a molestar, eso te lo aseguramos nosotros. ¿Entendiste? Bien, nos vemos en un mes.

            No tuve más remedio que aceptar. Cuando volví a casa, le conté a mi esposa. Después de un rato de temeroso silencio, dijo:

            -Bueno, al menos si vendes la droga a buen precio puedes sacar buen dinero.

            Esa misma noche el Gobernador anunció en televisión que el ejército estaría patrullando la ciudad para cuidar a la ciudadanía de la amenaza del crimen organizado. Para ello, se instalarían más retenes y se daría a las fuerzas armadas la facultad de realizar cateos en casas particulares sin necesidad de una orden judicial. Unos días más tarde, la ciudad estaba inundada de militares, como otras ciudades ya lo estaban desde hacía tiempo. En una ocasión me detuve en un retén para que los soldados registraran mi auto en busca de armas o drogas. Lo que encontraron fue una revista de sátira política que leía mi hijo adolescente.

            -Mire lo que encontré sargento.- dijo un soldado extendiendo la revista a su superior.

            -Ajá. ¿Conque revoltoso, eh?- dijo el sargento, que hasta entonces había sido muy amable, y me dio un cachazo en la frente con tanta fuerza que caí sangrando al suelo.

            -Levántate, pendejo.- dijo un soldado al tiempo que me jalaba de los cabellos.

            -Ya.- ordenó el sargento –A ver si ahora vas cuidando lo que lees. Lárgate.

            Subí a mi auto y volví a mi casa. No dije nada a mi familia. La noche siguiente, alguien llamó a mi puerta y me apresuré a abrir. Eran unos soldados que venían a catear mi casa. Ni caso tenía pedirles explicaciones, nada más entraron y empezaron a revolverlo todo. Abrieron todas las gavetas y los armarios y vaciaron todos los cajones. Manosearon a mi esposa y se llevaron todas las alhajas y objetos de valor que pudieron cargar. Cuando se fueron mi esposa se echó a llorar histérica en medio del tiradero que habían dejado.

            -El próximo mes esos…- aquí cambió los gritos por susurros –Esos tipos te van a dar los paquetes… ¿Qué vamos a hacer con estos cateos? Si no nos matan los narcos, nos matan los soldados.

            -No se puede vivir así. Tenemos que irnos.

            -¿A dónde? ¿Y con qué dinero?

            -Ya nos arreglaremos. No vale la pena vivir así… Nos iremos lo más lejos posible. Tú tienes una prima que vive en Yucatán, ¿no?

            -Sí, pero hace años que no le hablo. No sé ni dónde está su casa, ni cómo contactarla, o si todavía vive allí.

-No importa. Lo puedes averiguar con tu familia, alguien debe saber. Quiero que mañana o a más tardar pasado mañana tú y los niños se vayan de aquí. Yo me quedo a vender el restaurante y la casa, y cuando los haya vendido, los alcanzo.

Lo hicimos según el plan. Mi esposa contactó a su prima y a los tres días se fueron al sur con todo lo que pudieron llevar. Ahora sólo quedaba vender el restaurante y la casa. Tenía dinero suficiente para pagar a los narcos dos meses más, así que me mantuve relativamente tranquilo. Pero una noche, al salir del restaurante, me levantaron otra vez. En esta ocasión no me golpearon hasta dejarme inconsciente; querían que estuviera muy despierto. Me golpearon en las costillas y en los riñones, me amordazaron y encapucharon y me amarraron las manos con un alambre. Durante las horas que me tuvieron dando vueltas en su vehículo, me hicieron varias cortaduras con algún filo delgado y me dieron choques eléctricos con un aparato que nunca vi. Cuando el vehículo se detuvo, me arrojaron fuera de él y me dejaron tirado boca arriba sobre la arena. Supe que estaba de nuevo en el desierto y que iba a morir. Luego se dedicaron a darme de patadas. Nunca había sentido un dolor tan fuerte como cuando se me rompieron las costillas.

Sentí el frío nocturno del desierto y cómo dio lugar a una brisa calurosa cuando amaneció. Pronto el calor se volvió insoportable y el sol, incluso a través de la capucha negra, me abrasaba la piel. Le pedía a Dios que me dejara morir antes de que me serrucharan la garganta. Después de un rato escuché llegar un vehículo que se detuvo muy cerca de mí.

-Y ahora, ¿qué tenemos aquí?

-Éste es el pendejo que se quería pelar. Estos dos son nuevos.

-Muy bien. Agárrenme a este cabrón. Ahorita lo vamos a usar de ejemplo.

Me agarraron de los pelos y me obligaron a ponerme de rodillas. Me quitaron la capucha y vi a los dos pobres diablos arrodillados frente.

-A ver, a ver.- dijo el bigotudo de sombrero -¿Conque te querías escapar, pendejo? ¡Pues ni madres! ¡Del Infierno nadie se pela! A ver… ¿qué vamos a hacer contigo?

Creí que estaba a punto de desmayarme, porque frente a mis ojos todo se puso nublado, como si estuviera viendo a través de un cristal húmedo. Luego pensé que debía ser el vaho del desierto. Pero vi que ese vapor invisible tenía forma, una figura imposible de describir. Frente a mis ojos, esa nube de distorsión rodeó al hombre del sombrero y lo levantó en el aire.

El narco pegó un chillido agudo cuando esa cosa le arrancó los dedos uno por uno. La sangre salió a chorros y cubrió el aire como aerosol rojo. Después de los dedos, el hombre del sombrero perdió los dientes y los ojos. Con mucho esfuerzo me puse de pie. El resto de los presentes, narcos y víctimas, miraban inmóviles la escena. Cuando el monstruo dejó caer el cuerpo sin vida del hombre del sombrero, se fue sobre los otros tres. Uno de ellos le disparó a la cosa transparente, pero las balas la atravesaron y en cambio le dieron a uno de sus compañeros. El monstruo agarró al de la pistola y lo estrujó y aplastó hasta convertirlo en una masa informe que chorreaba líquidos marrones. El sicario que quedaba había echado a correr, pero esa cosa lo alcanzó pronto. No me quedé para ver qué sucedía y corrí hacia el lado contrario.

Llevaba un rato corriendo cuando escuché un alarido; el monstruo debía estar matando a los hombres amarrados. Seguí corriendo a la vez que rezaba, no sé por cuánto tiempo. Cuando no pude correr más, troté, y después seguí andando con tambaleos. La debilidad me hizo tropezar y caí entre unos matorrales, para encontrarme con la cara a sólo unos centímetros de un dragón de Gila. Temí que este lagarto venenoso me rematara, pero la bestezuela me ignoró y siguió su camino arrastrándose por la arena. Con muchísimo esfuerzo me puse de pie y seguí caminando. No pude dar muchos pasos antes de caer una vez más. Quería morir cuanto antes, no podía soportar ya el dolor, ni el calor, ni la luz, ni la sed, ni el miedo. Frente a mis ojos vi la ondulación, la cosa transparente, y cerré los ojos para enfrentar mi destino.

Pero nada pasó. Abrí los ojos y la distorsión seguía frente a mí. Era sólo el hálito del desierto. Sentí una mano cálida en mi hombro y frente a mí apareció un venerable rostro de bronce surcado por numerosas y sabias arrugas. Era un viejo indio que me ayudó a levantarme y me llevó a su pueblo. Al fin estaba a salvo.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en El horror a través de los siglos. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El hálito del desierto

  1. David G. dijo:

    waw. impresionante.

  2. Alu Lalique dijo:

    Y lo que dá mas miedo no es precisamente lo sobrenatural 😦

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