La Noche Infinita de Todos los Santos

 LA NOCHE INFINITA DE TODOS LOS SANTOS

Aquí, ahora.

Jorge Luisiano Bojórquez, reconocido profesor retirado de la Universidad de Todos los Santos, fue hallado muerto en su casa la noche de antier, aparentemente víctima de un homicidio. Se le encontró reclinado sobre su escritorio, ya sin vida, y con herida en el pecho, en apariencia producto de un arma punzocortante. La policía declaró que no se ha localizado el arma ni se han detenido a sospechosos.

Conocidos del fallecido indicaron que desde su retiro el profesor y bibliotecario se había convertido en un recluso y aún más desde que quedara ciego, aproximadamente un año atrás. Bojórquez habitaba en una vivienda modesta, repleta de libros de pared a pared y de piso a techo, y tenía poco contacto con el mundo exterior. Vivía de su pensión y, hasta antes de la ceguera, de eventuales encargos que le hacían instituciones e investigadores, cuando se trataba de encontrar información difícil o documentos raros.

En el escritorio sobre el que estaba el cuerpo del profesor se encontraron varias hojas de papel manuscritas y un cuaderno en el que Bojórquez evidentemente estaba escribiendo algo cuando ocurrió su deceso. Según Eloy Cáceres, colega de Bojórquez, éste trabajaba desde hacía tiempo en la traducción de un volumen conocido como The Infinite Night of All Hallows Evening, título en extremo raro y difícil de encontrar, y que el difunto había adquirido un par de años atrás. El volumen en cuestión no fue hallado en la vivienda del académico.

La policía, con auxilio de Cáceres y otros expertos, analizó los papeles y el cuaderno en busca de pistas, pero no pudieron hallar nada concluyente. Las notas en los papeles eran dispersas, inconexas y del todo carentes de sentido. En el cuaderno se pudieron encontrar lo que deben ser extractos traducidos del libro, intercalado con notas del propio Bojórquez y, lo más extraño, fragmentos de lo que parece ser un texto de creación literaria, cuya relación con el resto de los materiales no ha podido ser dilucidada. Además, el cuaderno quedó manchado con la sangre del difunto, por lo que la mayor parte de su contenido resulta ilegible.

Para interés de esta gaceta universitaria, a continuación se transcriben textualmente los pasajes rescatados del cuaderno de Jorge Luisiano Bojórquez, es decir, aquéllos que aún eran legibles:

Dioses, ángeles, demonios, espíritus, fantasmas, hadas, duendes, monstruos, dragones… Ésos son los nombres, los conceptos y las imágenes con que hemos revestido ciertas ideas captadas vaga e intuitivamente con nuestra conciencia colectiva, la inteligencia de nuestra especie… Ideas, o más bien nociones de seres, entidades, fuerzas cuya naturaleza escapa a nuestra comprensión.

¿Y por qué habríamos de comprenderlas? Nuestra inteligencia está determinada por nuestra naturaleza animal, orgánica, material y tridimensional. Nuestra inteligencia evolucionó lo mejor que pudo a partir de orígenes muy humildes. Pero más importante que ello, se desarrolló como una ventaja evolutiva que nos permitiera, como especie, sobrevivir y adaptarnos. No se supone que pueda ser capaz de penetrar los misterios del universo. ¿Por qué habría de desarrollar esa capacidad un simio que desciende de un lagarto que desciende de un pez que desciende de un gusano que desciende de una molécula que por puro azar un buen día pudo replicarse a sí misma?

Y sin embargo, por azares de la evolución nos hicimos capaces de captar, apenas de intuir, ciertas nociones extrañas y lejanas que se relacionan con la realidad multiversal del cosmos y del caos, y para pretender que las entendemos con nuestra mente animal, las revestimos con nombres y conceptos que se ajustan a lo que podemos imaginar. Pero la realidad está muy lejos de nuestra comprensión.

            Regresas a casa con el ánimo inquieto, asustada por los recuerdos, temerosa de las pesadillas que te pueda deparar la noche. ¿Por qué tenías que escuchar esas historias de espanto? Sabes muy bien que siempre te alteran, te dejan alerta, con una sensación de agujero negro en el estómago y de gusanos reptantes en la espalda. Estúpidas historias de fantasmas y embrujos y apariciones dizque reales que cuentan otros niños. Como esas historias de rostros que de pronto se asoman las ventanas de casas vacías cuando los niños caminan por calles solitarias. O esa anécdota de la niña que leía un libro ya muy tarde por la noche (una noche como ésta), cuando de pronto sintió un aliento helado en nuca, se volvió y vio de frente a sí una cara pálida y severa. Ella gritó, cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, ya no había nada, pero por una semana entera no pudo dormir en su cuarto. O el relato de aquel otro niño, que por quedarse viendo televisión, se metió a bañar después de la media noche y, mientras se lavaba el cabello, escuchó unas carcajadas que venían detrás de la cortina de baño. ¿No dicen que quedarse despierto y solo a deshoras es la peor de las ideas? También a los adultos les pasan esta clase de cosas, como al papá de una amiga, que un día, al abrir su armario, vio algo dentro, que nunca supo describir, en esa misma casa donde las cosas siempre cambian de lugar cuando no las miran y en la que, por alguna razón, el gato tiene pavor de entrar a la cocina.

            En esto vas pensando conforme pasas por el pórtico, atraviesas la sala de estar, subes la escalera, caminas por el pasillo y llegas a tu cuarto, ese lugar oscuro y aislado en el que tienes que pasar sola todas las noches. ¿Y si al abrir la puerta encuentras una sombra sentada en tu cama? ¿Y si al abrir tu armario algo te salta encima? ¡Bah, tonterías! Nunca te ha pasado algo así, ¿por qué habría de ocurrirte justo esta noche? Entonces recuerdas lo que dijo ese otro niño, que cuando hablas de estas cosas, o lees sobre ellas o siquiera piensas en ellas, es como invocarlas, llamarlas, y mientras más presentes estén en tu mente, más cerca están de ti, rondándote. Por ello, haces todo lo posible por borrar esas historias de tus recuerdos. Pero no puedes. Vas al cuarto de mamá y te quedas ahí platicando sobre banalidades, sólo para hacer tiempo antes de tener que enclaustrarte en tu propia habitación. Pasa media hora y entonces ella te envía a tu recámara. No quieres ir, de modo que bajas con el pretexto de servirte un vaso con agua. Pero allí, abajo, en una cocina envuelta en tinieblas, sientes miedo de nuevo. Caminas tensa, sin mirar atrás, con los brazos y las piernas tiesos, como engarrotados. Llegas al pie de la escalera. No quieres voltear hacia atrás. Te echas a correr. Sientes que algo te persigue. No mires atrás. Corres más a prisa. ¡Te va alcanzar! Llegas arriba, miras la escalera. No hay más que oscuridad… Estúpidas historias de ese niño estúpido.

         El poder de las Blasfemias estriba en su capacidad de romper el orden establecido por el Demiurgo, que retirado desde hace eones, como primer motor cósmico se limitó a darle orden al universo y a dejarlo tal cual, funcionando como un mecanismo de relojería, perfecto, perfecto, predecible por toda la eternidad, una maquinaria en la que no tiene cabida nada que no sea medible, que no sea cuantificable, que no se ajuste a un plan ideado por el Pensamiento puro, por la Razón pura para la existencia total del tiempo y del espacio, hasta que por las propias leyes que lo forman se enfríe, colapse, estalle de nuevo una y otra vez en un ciclo interminable, todo natural, tan natural…

            Pero el Demiurgo, en su fantasía de racionalidad, ha expulsado a los más oscuros rincones de su mente a aquellos elementos que en tiempos anteriores al tiempo lo hicieron crear un Caos (no un cosmos) sin reglas, ni límites, sino por pura improvisación y capricho, y esos elementos que son tan de sí como sí mismo, están ahí, acechando, listos para regresar con toda su fuerza, para pesar de este mundo creado con leyes arbitrarias de la lógica y la física.

          Pues el Demiurgo sueña que es racional y benévolo, pero en realidad ésas son sólo sus fantasías, y él está loco, tan loco como el que hombre que se cree lobo, o más loco aún, porque hombre y lobo son animales y más cercanos el uno al otro en su naturaleza, de lo que la cordura, la racionalidad y la benevolencia podrían estar del verdadero ser del Demiurgo.

            Entras a tu cuarto; mientras está la luz prendida, es ese lugar de juegos donde aún convives con tus muñecas y ositos de felpa. Te pones la pijama. Cuando apagas la luz esa misma recámara se convierte en un lugar amenazador, lleno de sombras altas, angulares y retorcidas que te miran desde todas las esquinas. Cierras la cortina sin mirar fuera por la ventana, temerosa de que alguien o algo te esté observando a través de ella. Cuando te volteas hacia tu cama, te sobresaltas y casi pegas un grito. Es ese estúpido cuadro de un payaso que tu tío te regaló el día de tu cumpleaños y que mamá te obligó a poner para no quedar mal. Lo odias. Ojalá de te dejaran poner afiches de personajes de animé, pero mamá cree que esas cosas son malas influencias para ti. Pero bueno, tienes un bonito retrato de un arcángel sobre tu cama, y eso te hace sentir segura. Tu cama… No quieres acercarte a ella. Presientes que si pones un pie a su lado una mano, una garra, saldrá debajo de ella y te sujetará del tobillo y de sólo pensarlo puedes sentirla sujetándote fría, velluda y escamosa… Pero no quieres permanecer un segundo más fuera de la seguridad de las sábanas, así que de un salto te metes y te cubres de pies a cabeza.

            No puedes dormir. Hace calor. Sientes una presencia que te observa desde la orilla del colchón. Necesitas aire. Temes descubrir tu cara y encontrar algo observándote a los ojos. ¡Qué diablos! Piensas. Ya tienes diez años, no deberías temer estas cosas. Te quitas la sábana de encima. Por un instante ves un par un par de lucecillas rojas al otro lado de la habitación. Son como ojos. Parpadeas y ya no están. Tu mente busca explicaciones lógicas. No las halla y se pierde en una marisma de pensamientos supersticiosos. Quieres apagarlos, pues tienes miedo de invocar no sabes qué. Cierras los ojos y te ocultas de nuevo; qué importa el calor.

         Por milenios tendimos a creer que la mente de los dioses era similar a la nuestra  y que  estaría dominada por las mismas pasiones y los mismos caprichos. Con el paso de los siglos empezamos a concebir que debían ser mejores que nosotros, más inteligentes, más sabios, más bondadosos y compasivos. Pero la idea era la misma: que los seres que dan orden al universo tienen mentes que de alguna manera se encuentran en la misma línea que las nuestras. Y eso es un error, porque nuestra mente es el producto del azar y está contenida en el soporte orgánico, material y tridimensional que es nuestro cerebro. Pero las mentes (y aún este nombre es inadecuado) de esas fuerzas no están contenidas por estas limitaciones ni han sido marcadas por nuestro sendero evolutivo, por lo que no tienen que ser parecidas a las nuestras. Lo único que puedo concluir es que con nuestros cerebros animales, ni siquiera nos es posible concebirlas.

            Entonces, tenemos un universo poblado por tales fuerzas que nos rodean y que habitan cada rincón de la existencia, pero a las cuales no podemos percibir porque no evolucionamos para ello, y con mente, naturaleza y moral que no podemos imaginar, que existen ignoradas e ignorantes de nosotros. La única forma de percibirlos es regresando a los estados más puros de la conciencia, como las de los pueblos primitivos para quienes el contacto con dioses y espíritus era cosa de todos los días, o seguir el camino de Vasily Makarov, cuyos diarios he estudiado, y perseguir el conocimiento absoluto por todos los medios posibles. Tal es mi objetivo.

            Estás casi quedándote dormida cuando escuchas un crujido. Abres los ojos bajo la sábana y ves la negrura que se ha arropado junto contigo. Quizá escuchaste ese ruido en sueños… No, ahí está otra vez. Y ahora el rumor de algo que se arrastra. Parece venir del interior de tu cuarto, pero eso no es posible. No lo soportas más. Te descubres. Todo en tu cuarto parece estar en quietud y no se escuchan más sonidos. Pero una oteada a la oscuridad revela el extraño territorio en que tu alcoba se convierte por las noches. Ves siluetas de lo que sabes que deben ser muebles, percheros, montones de ropa y juguetes, pero en su lugar percibes sombras deformes y retorcidas de criaturas monstruosas congeladas en danzas blasfemas y que se arrastran hacia ti con lentitud precisa, imperceptible y constante.

Quieres gritar, llamar a mamá, pero no te atreves. Te aterra la idea de que tus gritos puedan despertar a esos seres y hacer que se abalancen sobre ti. Temes que al llegar ella y encender la luz, las criaturas se revelen ante tus ojos en toda su monstruosidad. Temblando, intentas rezar, pero las palabras de la oración no vienen a tu mente. Buscas inspirarte y miras hacia arriba de la cabecera de tu cama para ver el cuadro del arcángel. En su lugar está el payaso, risueño. En tu mente reverbera una carcajada y las siguientes palabras recorren tu espinazo: ¿no deberías estar ya dormida? Entonces gritas con todas tus fuerzas.

Los libros prohibidos serán leídos en voz alta, se romperán las barreras entre este mundo y la infinidad de mundos, la criatura creará y se olvidará de su creador, y el hombre redescubrirá los pensamientos más oscuros y caóticos del Demiurgo, del hacedor de universos, y los llamará con júbilo a reconstruir la realidad a la imagen de su mente enferma. Entonces las Blasfemias habrán triunfado y llegará la Noche Infinita de Todos los Santos, una orgía de horror y dolor tan sublimes que será el mayor placer que haya podido concebir la realidad para nuestra mezquina y efímera especie, placer del que gozarán sólo los elegidos, los llamados, éxtasis tan intenso que hará que el instante que existamos justo antes de la aniquilación valga toda una eternidad.

            Mamá entra corriendo a tu cuarto y enciende la luz. Por un instante crees que los muebles no están en el mismo lugar que antes y que de cualquier forma su ubicación no corresponde con las sombras que viste hace un momento, pero pronto desechas la idea. Mamá llega a tu lado y te pregunta qué sucede. Le explicas lo que pasó esa noche, lo de las historias de miedo en la fiesta de tu amiga, lo de los terrores nocturnos, lo de las sombras… Ella te sonríe condescendiente y te asegura que no hay nada que temer. Para demostrártelo abre el armario y expone el desorden que tienes ahí. Corre las cortinas y te muestra el jardín iluminado por la clara luz de la luna. Se asoma bajo tu cama… Justo en el segundo en que te das cuenta de que el payaso aún está en lugar del arcángel, mirándote con su sonrisa perversa, algo sujeta a tu madre del cuello y la arrastra, entre gritos, gemidos y pataleos, a ese horrible reino bajo la cama.

         Logré  provocarme la ceguera y la sordera. También apagué mi sentido del gusto y del olfato. Si el tacto no me fuera absolutamente necesario para escribir, habría buscado la forma de renunciar a él también. He pasado una vida de estudio y he llegado al final. Los sentidos ya nada tienen que enseñarme; ni siquiera me sirven como canal para conocer las ideas de otros hombres. Debo buscar el conocimiento en la soledad de mi mente.

            Sin imágenes, sin sonidos, sin olores ni sabores, poco a poco voy liberando mi conciencia de conceptos que nuestra mente animal desarrolló para clasificar y medir el mundo material que habitaba. Poco a poco, en la quietud de mi propio yo, de mi verdadera esencia, se abre un vórtice hacia el mundo real…

            Despiertas. Tu cuarto está iluminado por la luz de un amanecer fresco y nublado. Ya no tienes miedo. En su lugar, sientes indiferencia hacia todo lo que ves. Tu habitación está como debe estar. Te asomas por la ventana y agradeces la llegada del día. Estás contenta, porque además es sábado, y observas el jardín ponderando la idea de salir a jugar. Entonces notas algo allá afuera, tendido detrás de un arbusto. Con la retirada del miedo ha llegado la curiosidad y decides ir abajo para investigar.

            Sales de la alcoba, caminas por el pasillo, pasas frente al cuarto de mamá y escuchas la televisión encendida con las noticias matutinas, bajas la escalera, atraviesas la sala de estar, llegas a la cocina y sales por la puerta que da al jardín. Estás descalza y en pijama, pero el rocío del pasto en las plantas de tus pies y el aire fresco de la mañana se sienten bien. Caminas por el jardín y disfrutas tales sensaciones. Llegas al arbusto y te asomas detrás de él.

            Están aquí. Puedo percibirlos, tengo comunicación con ellos. ¡Hay tantos! Pero claro, no están sujetos por las limitaciones del espacio físico. Todo está en todas partes. ¡Y son tan diversos! Los hay que existen sin pensamiento, sólo como una cascada de emociones con un flujo que jamás se detiene. Los hay idiotas, los hay locos. Los hay en un estado de embriaguez perenne. Los hay equivalentes a lobos o a tigres. Y muchos de ellos nos odian.

            Nos odian porque somos materia que cobró vida, y desarrollamos algo parecido a una mente, algo parecido a un alma que es capaz de sobrevivir y sin un soporte material… Vagar sin mente, sólo como un simulacro de mente, de personalidad y de consciencia, confundidos, aterrados y furiosos, en el peor de los destinos… Nos odian porque a pesar de nuestro origen grosero pudimos atisbarlos y anhelar comprenderlos, porque sentimos y pensamos, a ellos, que son puro sentimiento y pensamiento.

            No todos nos odian. Para la mayoría somos indiferentes. Algunos incluso nos aman, o desesperados de amor nos ofrecen recompensas a cambio de nuestra devoción. Algunos son incluso verdaderamente hermosos. Ahora los veo y los escucho…

            Oh, Dios. Están llorando. ¿No los oyes llorar? Y piden perdón suplicantes… Pero no piden perdón a nosotros, sino a todo… A todo lo que existe, a todo lo que dejará de existir, a lo que nunca podrá existir… Están muriendo… están muriendo a nuestro alrededor… Caen como lluvia entre nosotros… Ha llegado la Noche. Sólo nos queda esperar el Amanecer… ¿No los oyes, en verdad no puedes oírlos? ¿Es que acaso no los escuchas caer?

            Ves, tirado en la hierba, a un hermoso hombre de piel azul brillante y grandes ojos grises y cristalinos que miran vacíos hacia el cielo. No es como siempre te lo habían descrito. La bella crin luminosa que crece en su cabeza no está hecha de cabello. Sus alas maltrechas, que se extienden por el pasto, no están cubiertas de plumas. Su bello rostro no tiene rasgos que puedas llamar humanos. No sientes miedo, sino que te embarga una profunda tristeza. Empiezas a llorar en silencio. Él se percata de tu presencia y te habla, entrecortado y con gemidos, en un idioma que no conoces, pero que entiendes a la perfección.      

            -Lo siento… Ya viene… No pudimos detenerla… Perdónennos… Perdónennos.

            Escuchas una serie de gemidos lastimeros y miras a tu alrededor. Decenas de hombres alados agonizan por todo el jardín y en el patio vecino y en la calle. Decenas más siguen cayendo. Y, no estás segura de cómo lo sabes, pero te percatas de que el hombre alado a tus pies acaba de morir. No puedes dejar de llorar.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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7 respuestas a La Noche Infinita de Todos los Santos

  1. La criatura que se menciona es una especia de combinación de angel y feegle, pero a que se refería o mejor dicho que cosa no pudieron detener?

  2. Maik Civeira dijo:

    Híjole, ora sí que como dicen: Si lo explico no tiene chiste.

  3. Ahroa si entendi el chiste, pero no me dio mucha risa XD, chess de vi empezar a leer en orden XD, no pensé que lso relatos estaban conectados.

  4. Chloe Dg dijo:

    Este es el relato que mas me a gustado, siento que el profesor que mencionas esta algo basado en Borges y la parte final me recordó al spot de la ultima temporada de Supernatural XD.

  5. Pedro dijo:

    Una pregunta La noche infinita de todos los santo fue iniciada por los adoradores de la muerte ?

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