El Amanecer de la Muerte

EL AMANECER DE LA MUERTE

El mundo, mañana

Los muertos caminan.

Lívidos, con los ojos blancos y vacíos, inundan las calles y edificios con ansiosa lentitud. Torpes, ciegos y silenciosos, apenas emiten el susurro de un gemido o un leve siseo, apenas se mueven más que para desplazarse y comer. Devoran a los vivos, pero no se alimentan de ellos. No digieren. La carne que se tragan se acumula en sus estómagos hasta que revientan y ellos siguen su andar con vísceras propias y de extraños colgándoles de sus abdómenes abiertos. Su sangre no se coagula, sino que chorrea libre como un líquido inerte. Y ellos no se pudren. No, la putrefacción es señal y esperanza de nueva vida, de carne muerta que seres microscópicos transforman en nutrientes que vuelven a la tierra. Pero en ellos ya nada está vivo, las moscas no revolotean a su alrededor, los gusanos no se crían en su carne, las bacterias no transforman su ser. La hierba que pisan se marchita al instante, los árboles perecen a su alrededor y las aves y las bestias caen muertas a la tierra seca y polvorienta. El aire se torna frío, aunque hace semanas que ya no sopla el viento, y no aparece una sola nube en el perpetuo crepúsculo.

            Ahora están solos, padre, madre y un pequeño niño de un año que ella lleva en brazos. Son una joven pareja que apenas dos años antes habían iniciado una vida pródiga en promesas de dicha futura. Todo pasó muy rápido. Han estado huyendo de un lado al otro de la ciudad durante días enteros. Han visto a la gente morir y han visto a los muertos levantarse y caminar hambrientos. Leyeron los primeros diarios que anunciaron el comienzo de la plaga y presenciaron los intentos de contención y cuarentena. Atestiguaron cómo sus familiares, amigos y vecinos se contagiaban uno a uno. Observaron con incredulidad cómo el número de los vivos era sobrepasado por el de los muertos. Y ahora, en un atardecer rojizo de otoño, buscan un nuevo refugio.

            Él va siempre delante, con su rifle preparado (tarde descubrió que puede inhabilitar a los muertos con un disparo en la cabeza). La esposa lo sigue, siempre sujetando al niño con fuerza contra su seno. El padre se adelanta, dobla una esquina, se asegura de que la vía esté libre y hace una señal para que ella lo alcance. Avanzan así por muchas calles fangosas y sucias, flanqueadas por edificios derruidos, algunos de ellos incendiándose. Atraviesan jardines secos llenos de cadáveres de gente y animales que yacen ahí tirados, sin emitir olor alguno. Lo único que se mueve aquí son los muertos. Hombre y mujer han aprendido a ignorar estos espectáculos y, con cautela, siguen hasta llegar al estacionamiento de un centro comercial.

El hombre opina que podría ser buena idea refugiarse allí; podría haber alimentos, agua, municiones, herramientas, medicinas. Los vidrios son antibalas, y dentro habrá toda clase de cosas para hacer barricadas. El problema será entrar. Al recorrer con la vista la fachada del edificio en busca de un acceso, ve un grupo de tres muertos que caminan desgarbados hacia él. Podría dispararles (se ha vuelto bueno con el arma) pero el ruido atraería a más de ellos. En cambio, corre hasta darles alcance y, tomando ventaja de la lentitud con que ellos se mueven, logra destrozar sus cabezas a culatazos.

La mujer siempre padece en silencio cuando ve a su esposo aventurarse de esa forma contra el peligro. Sabe que una mordida, por más leve que sea, basta para infectar un cuerpo sano y convertirlo en un cadáver ambulante en cuestión de horas. Pero entiende también que es sólo en esos momentos, cuando él arremete contra esas cosas, que puede desahogar toda su furia, toda su impotencia. Segundos después, lo ve volver con lágrimas de rabia en los ojos.

Él le explica que deberán bajar al estacionamiento subterráneo; quizá allí encuentren una forma de entrada. Ella se aterra ante la idea de bajar a un sitio oscuro que podría estar infestado de esas cosas. Él insiste y finalmente la convence. Bajan por una rampa para automóviles.

Abajo se iluminan mediante una linterna con escasa batería. En la oscuridad y el encierro no escuchan más que su propia respiración y una gotera perdida en algún lugar de ese laberinto. Caminan lo más sigilosamente posible. Llegan hasta una entrada bloqueada por una cortina de hierro; el hombre la examina, trata de levantarla, pero está muy bien sujeta por dentro, seguramente con alguna cadena o candado. Él pondera la situación cuando un grito explota detrás suyo.

Voltea y ve a su esposa forcejeando con un muerto que trata de morder al niño. El hombre grita furioso, apunta su arma y en un instante despacha a la amenaza. Pero el disparo atrae a más merodeadores y pronto se ve rodeado de muertos que caminan. La mujer y el hijo se ponen entre el padre y la cortina de hierro, mientras él se prepara para el sitio. Dispara a los muertos más lejanos y descalabra a los que se acercan.

-¡Malditos, malditos sean, váyanse al infierno!- exclama y deja salir todo su odio y toda su desesperanza en cada golpe que da. Tras unos minutos, logra derrotarlos a todos.

Entonces se escucha un rumor tras la cortina y ésta se abre con lentitud, para que la luz de la linterna deje ver a un hombre demacrado, sucio y maloliente, que sostiene un gran machete.

-¿Han venido a rescatarme?

-No…- responde el padre. –Estamos buscando refugio… Mi mujer e hijo…

-¡Aquí no hay lugar ni provisiones! ¡Váyanse a otra parte!- vocifera el desconocido.

-Por favor, señor, tiene todo el lugar para usted. Nosotros sólo somos tres…

-¡Que no! ¡Márchense!

El padre intenta dar un paso dentro, pero el extraño lo amenaza con el machete y repite la orden -¡Váyanse ya!

El padre retrocede y contempla, con cólera contenida, cómo la cortina comienza a descender poco a poco; a sus espaldas, la mujer solloza y se aferra al niño con todo su dolor.

-¡Señor!- dice él de pronto y el hombre del machete se detiene. Entonces el padre apunta con el arma y dispara. El desconocido cae muerto con una bala en la cabeza. Sin decir palabra, la familia entra.

Debe tratarse de algún acceso para carga y empleados, pues tras la puerta hay un corredor gris y sucio que asciende entre niveles ocultos al público comprador. El padre cierra y asegura la cortina de hierro, y junto a los suyos se aventura por el pasillo. Después de recorrer laberínticos niveles salen al área conocida, atractiva, del centro comercial. Allí exploran un poco y, tras asegurarse de que no hay peligro, eligen acampar en la que fuera la tienda departamental más cara y lujosa de la ciudad. Escogen un área en el tercer piso, desde donde a través de un inmenso ventanal se puede dominar gran parte de los alrededores. Y lo que la familia ve desde allí es cada calle, cada azotea, cada patio, cada jardín, plagado de muertos.

El padre va en busca de víveres, pero no halla nada más que unas frazadas para cubrir al niño de este frío cada vez más intenso. Vuelve al lado de su familia e invita a su esposa a dormir, mientras él monta guardia. Así, se queda mirando por el cristal hacia la tierra poblada por los muertos. Tras unos minutos, prefiere dirigir su mirada al cielo y ve ponerse el sol en un horizonte sin nubes. Mira aparecer las estrellas, más pálidas que nunca y luego le parece que se apagan, que se extinguen, una por una, hasta la más brillante y la más lejana, hasta que sobre el mundo no queda más una gran negritud vacía y homogénea.

El aire se torna más frío y hiere su nariz y sus pulmones. Piensa en su hijo y en el daño que el clima y la falta de alimentos pueden causarle. Espera encontrar pronto a otras personas, a otro grupo de sobrevivientes, que los lleven a un lugar seguro. Pero hace semanas que no ve a otro ser vivo. ¿Serán ellos, acaso, los últimos? La idea lo abruma y por un momento casi lo quiebra. Pero no. Debe haber alguien más, en algún lugar del mundo, no muy lejos, que sobreviva. Él tiene que resistir y proteger a su familia hasta que estén a salvo. Por ellos debía seguir entero y con vida.

A mitad de la noche escucha los sollozos de su mujer que abraza al bebé inmóvil. Déjala que se desahogue, piensa, por lo menos el pequeño está durmiendo. Durante unos minutos él mismo se queda dormido, hasta que lo despierta la luz del alba. Es un amanecer trémulo, medroso, con un sol pálido y frío que se debilita, se consume, con cada segundo, con cada rayo que arroja impotente al vacío. El padre se vuelve hacia su familia y encuentra a su esposa sentada, con los ojos rojos, muy abiertos, abrazando el montón de frazadas en las que está envuelto el niño.

-¿Qué pasa?- pregunta, pero ella no responde y él con un vuelco en el corazón se aproxima hacia el bulto que ella sostiene y aparta las sábanas.

–No.- murmura entrecortado y lloroso cuando ve a su hijo pálido, con los ojos blancos y vacíos, que le sisea con la boca abierta y voraz, y que extiende hacia él sus brazos hambrientos y demenciales.

Entonces el padre, abatido, cae de rodillas.

-Fue en el estacionamiento. Esa cosa… alcanzó a morderlo.- explica ella.

Él se incorpora poco a poco y toma el rifle entre sus manos.

-¿Vas a matar a nuestro bebé?- le pregunta ella mirándolo fijamente con sus grandes ojos demacrados.

-No… No puedo.- dice él bajando el arma -Debemos… debemos dejarlo e irnos…

-¿Abandonarás a nuestro hijo?

-¡Entiéndelo, esa cosa no es nuestro hijo!- y con un gemido se deja caer de nuevo.

Tras unos segundos alza la mirada y la deja fija en los ojos de su esposa, que se vuelven más serenos y comprensivos. Él ni siquiera lo ve venir cuando ella mete su dedo en la boca del niño y éste le da fuerte mordisco que destroza su carne y derrama su sangre.

El padre con las pocas fuerzas que le quedan, emite un grito inarticulado de furia, dolor y derrota, pero ella, sin más temor, sin más dolor, le mira con determinación y posa en su hombro una mano.

Él, furioso, aparta esa mano con violencia y de un salto se pone de pie. Toma el rifle, apunta al niño muerto y a la mujer condenada… amartilla… pero no dispara. Con lentitud deja caer el arma. Dirige una mirada triste, perdida, a su familia.

Y estira la mano hacia ellos.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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