La transformación

LA TRANSFORMACIÓN

Cierta medianoche, Cucarachín despertó convertido en ser humano. Bueno, si era un ser humano o algún otro primate, no lo podríamos afirmar. Después de todo, ¿quién es capaz de distinguir entre un humano, un gorila, un orangután y un chimpancé? El caso es que cuando Cucarachín despertó, pensó lo que cualquier artrópodo decente pensaría si al despertar viera que en vez de sus patitas juguetonas tuviese un par de brazos huesudos rematados en manos con pulgares oponibles:

-¡Puta madre!

Se preguntó si estaría soñando, pero miró a su alrededor y se dio cuenta de que todo estaba como debía estar. Seguía acostado boca abajo en su cama de cáscara de plátano y su habitación seguía siendo un pequeño recoveco en una serie de túneles excavados en una pared de madera podrida.

Trató de reptar, pero sus miembros delanteros eran ridículamente más cortos que los traseros, así que tuvo que caminar en dos patas. Luego intentó trepar por la pared, pero sus manos ya no se adherían a ésta, así que resbaló y supo lo que significa darse un golpe cuando se es un vertebrado. Entonces trató de hablar con ese lenguaje al mismo tiempo crujiente y baboso con el que se comunican las cucarachas, pero lo único que salió de su boca llena de aperlados dientes fue un par de cantos gregorianos no muy bien entonados.

Al oír aquellos gritos infracucarachescos acudieron el padre y la madre de Cucarachín, don Cucaracho y doña Cucaracha, quienes al ver a su hijo convertido en un espantoso bípedo con pelos amarillos en la cabeza y (sólo dos) ojos azules, no pudieron sino pegar un alarido de horror. Cucarachín trató de hablarles, de explicarles que aún era él, su hijo, pero lo único que surgió de entre sus carnosos labios fueron unas arias de ópera italiana.

En ese momento llegaron los diez mil hermanos y las diez mil hermanas de Cucarachín, todos ellos llamados Cucarachín y todas ellas llamadas Cucarachina (no me culpen, entre las cucarachas no hay mucha variedad onomástica). Se amontonaron a lo largo del pasillo, cada uno de ellos tratando de averiguar qué carajos pasaba. Aquello era un gran conglomerado de patitas locas y cabecitas inexpresivas.

Don Cucaracho, sin entender lo que le había sucedido a su hijo, miró a su pareja en busca de ayuda. Doña Cucaracha le devolvió la mirada que claramente significaba:

-Pues ni pedo.

Así que ambos se acercaron a su hijo lentamente y relamiéndose las mandíbulas, valga la expresión. Cucarachín trató de suplicarles que no se lo comieran, pero don Cucaracho ya había empezado a morderle la pantorrilla. Antes de que sus padres y sus veinte mil hermanos y hermanas lo devoraran, el buen Cucarachín alcanzó a gritar completo el Ave María de Schubert.

¡Y luego el pusilánime de Samsa anda lloriqueando!

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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