Yumbina, Capítulo I

YUMBINA
Capítulo I

Esa mañana Rigoberto observaba firmes y altivos glúteos que se movían gráciles bajo faldas a cuadros, o le dedicaba atentas miradas a dulces pares de pechos bien formados y dispuestos, que bajo la blusa blanca parecían clamar por ser liberados de sus sostenes. Culitos y teticas adolescentes pasaban de un lado para el otro frente a los ojos, la mente y el deseo doloroso del muchacho; cuerpos femeninos perfectamente desarrollados a los que mojigaterías y tabúes pretenden en vano de negar y esconder detrás de uniformes colegiales.

Era el primer día de clases después de las vacaciones de verano, una mañana para reencontrarse y ponerse al tanto de lo que unos y otros habían hecho durante esos días de ocio, para fijarse en qué caras nuevas se veían por la escuela, en quién había ligado o cortado con quién, a quién le habían puesto el cuerno y quién había “dado un estirón” o quién se había “puesto muy bien”.

            Esta última cuestión era la que ocupaba los esfuerzos mentales y sensoriales de Rigo y su camarada Godo, quienes, sentados en una banca en el patio de la escuela, observaban, con la mayor discreción que les era posible, a chicas de nuevo ingreso cuyos cuerpos demandaban que las miradas ajenas las orbitasen y rindiesen pleitesía, y a las compañeras de siempre que habían experimentado un afortunado desarrollo durante el estío.

            Ciertamente no eran nada feos los muchachos; Rigo tenía una bonita piel de tono moreno claro que armonizaba muy bien con su cabello rizado y negro, y con sus ojos cafés tirando a miel, en un rostro a la vez juvenil y masculino. Godo era bonito como una niña; su cabello rubio y ondulado caía sobre su nuca en bucles prohibidos por el reglamento escolar, su piel era clara y sonrosada, y tenía un par de ojos verdes en una carita marcada por expresiones de finura casi infantil. Ambos eran delgados y de buena estatura, aunque a Godo le daba por andar encorvado y por eso se veía más bajito.

No obstante estos atributos positivos y hasta envidiables, este par de dos no alcanzaban el excluyente estándar de buenez que ostentaban los populares de la prepa, mismo que podía ser modificado sólo en función de la cuenta bancaria del padre del interesado. Por ello, Rigo creía cual dogma de fe que las señoritas a las que dedicaban sus miradas más atentas y sus pensamientos más intensos estaban fuera de su alcance. Lo que Godo pudiese pensar o sentir respecto a esta creencia, era oculto por bromas y comentarios indiscretos acerca de la contemplación de esas bellezas y las dedicatorias que pudiera hacerles a la hora de la ducha.

            Rigo, por su parte, se estaba volviendo loco con la mera contemplación de los cuerpos apetecibles y las arrogantes expresiones de las chicas más cotizadas de la escuela. Había llegado el punto en que las fantasías que sobre ellas elaboraba lo herían en lo más vulnerable de su autoestima, pues le dolía sobremanera el percibirse como aquel fracasado típico que no puede más que autocomplacerse con una mano enjabonada e imágenes mentales de chicas que sabía que nunca iba a tener. Por ello, dejó de lado tales fantasías y se fijó la meta de darse gusto pensando sólo en muchachas que no estuvieran lejos de su alcance y a las que fuera factible que algún día se llevaría a la cama. Así, sus amigas y compañeras más sencillas y menos despampanantes se convirtieron en protagonistas de sus elucubraciones nocturnas, cuando Rigo gustaba de empujar la almohada con las caderas. Estas nuevas ilusiones lo satisfacían más y mejor, pues para él no se trataba ya de fantasías sino de planes, de acciones que en realidad pensaba llevar a cabo en cuanto tuviera la oportunidad de hacerlo.

            -¡Hola! -el saludo espontáneo y entusiasmado de Angélica, quien les sonreía con los labios pintados de violeta y los ojos delineados de negro, sacó a los muchachos de sus cavilaciones.

            -Hola, qué ondas -aludaron ellos a su vez, poniéndose de pie y recibiendo a su amiga con un beso.

            -¿Qué tal sus vacas?

            -Bien -dijo Rigo.

            -Lo normal -respondió Godo.

            -¿Qué creen?

            -¿Qué? -dijo Rigo, mientras Godo observaba de soslayo el conspicuo sostén de color naranja fosforescente que Angélica lucía bajo la blusa blanca del uniforme, y que hacía resaltar sus senos juguetones enclavados en su delgado torso.

            -Me puse un nuevo piercing -y se llevó la mano a la curva más alta de su oreja, donde apenas se notaba una leve perforación rodeada por un enrojecimiento de la piel.

            -Órale -dijo Godo.

            -Chido -añadió Rigo risueño.

            -Pero pos obviamente no me dejan traerlo a la escuela.

            -Chale.

            -Sí, qué mal pedo.

            -También me pinté el pelo de rojo… -dijo señalando los remates puntiagudos de su excéntrico peinado -pero me lo tuve que despintar para poder venir a la escuela. ¡Mi jefa se puso como una loca!

            -Tsss -fue toda la respuesta de Godo.

            -Ah… -dijo la chica, aburrida por la parca conversación de sus amigos -Bueno, me voy al salón. Ái nos estamos viendo.

            -Sale -contestaron los otros dos al unísono.

            Hastiado de ver pasar los encantos de la vida, y consciente de que el timbre estaría a punto de sonar, Rigo le sugirió a Godo que se encaminaran al salón, y éste, al que le daba igual una cosa que la otra, accedió.

            Pegadas en la ventana de la oficina del director, estaban las listas que indicaban en qué salón estudiaría cada quien. Había cuatro salones para cada grado de preparatoria y Rigo sufría el mismo temor de todos los años: que lo asignaran a un salón en el que no estuviera ninguno de sus camaradas. Por su parte, Godo sólo insistía en articular su deseo de que en su salón hubiesen quedado algunas de las muchachas más guapas, a las que pudiera morbosear con alegría durante la clase, y hasta espiar por debajo de sus faldas cuando se agachara a recoger las plumas y lápices que inevitablemente se le caerían rodando del pupitre.

            Por fortuna, Rigo y Godo quedaron en el mismo salón, junto a algunos de sus mejores amigos, como Ádal, quien se pasó la primera hora de clase presumiendo su nueva iPad y la forma en la que había logrado piratear todos los juegos de moda para el PSP. También estaba Rubén, que había prometido contarles un chisme candente en cuanto tuvieran privacidad a la hora del recreo. Éste llegó tras cuatro aburridas e interminables horas de clase, y entonces los tres muchachos siguieron a Rubén hacia detrás de las gradas de la cancha de futbol.

            -Bueno, ¿nos lo vas a contar o no? -dijo Ádal impaciente.

            -Trankiki, monkiki -dijo Rubén- Me estoy fijando que no haya moros en la costa…

            -¿Pos qué es, güey? -dijo Godo- ¿A quién mataste?

            -A nadie, a nadie. Úchale, es que una historia tan wow, que no me la van a creer…

            -No podemos creerte si no nos dices nada -dijo Rigo- ¡Al grano, pues!

            -Bueno, bueno. Escuchen- dijo Rubén y los demás chicos pararon oreja-: Estas vacaciones me fui dos semanas a Tabasco a visitar a mi familia. Tengo un primo, que se llama Fito, y que es como de la misma edad que yo, así que naturalmente anduve con él casi todo el tiempo. Bien, pues un día me invitó a salir a dar el rol con unos amigos… ya saben, a pendejear por ahí, jugar maquinitas, fumar unos tabacos y uno que otro acto de vandalismo menor…

            -Ajá -musitó Ádal, y miró la hora en su iPhone.

            -Y ahí estábamos ociociando en una esquina, cuando uno de los amigos de mi primo, un güey al que llaman “el Nelson”, nos dijo que tenía algo muy canijo que mostrarnos. Sacó de su bolsillo una cajita de cartón, como las de cerillos, pero totalmente blanca, sin imágenes ni letras. Abrió la cajita y nos mostró en ella un par de pastillitas, como aspirinas.

            -¿Y qué eran? -preguntó Godo.

            -Pues yo al principio me asusté; pensé “ay verga, este güey nos va a querer dar drogas”. Pero luego me imaginé que nada más nos estaba choreando. Le preguntamos cuál era el trip y nos dijo “Si le dan estas pastillas a cualquier vieja, se excita como loca; tanto, que ya no se puede controlar y termina cogiéndose a lo que se le ponga enfrente”. Obviamente, al principio no le creímos ni madres, por más que él nos jurara y perjurara que era verdad. Entonces dijo “¿No me creen? ¿Pos ahorita se lo voy a demostrar!”

            -¿Y qué hicieron? -preguntó Rigo.

            -¿Te dieron una, te excitaste y te cogieron entre todos? -dijo Ádal con muy mala leche.

            -Tu culo, cabrón -respondió Rubén- Fuimos a casa de una amiga de ellos. Ella estaba sola porque sus papás trabajan toda la tarde (¡y el Nelson lo sabía muy bien!), pero como era muy amiga de mi primo y los demás, no le molestó que le cayéramos de sorpresa y nos recibió toda amable y buena onda. Nos sentamos ante la mesa del comedor y ella hasta nos sirvió refrescos a todos. Entonces Nelson le preguntó si no tenía papitas o algo que les invitara para botanear, y la chava se levantó y fue a la cocina. En eso Nelson echó las pastillas en la coca de la chava; las pastillas se deshicieron enseguida, como Alka Seltzers, y las burbujas no se notaron en la coca. Luego, luego regresó la chava con las papas, se sentó en la mesa, bebió su coca, y durante un ratito más estuvimos ahí comiendo, bebiendo y pendejeando.

            -¿Pero funcionó esa madre? -preguntó Rigo con mayor interés del que fingía.

            -Pérate, a eso voy. Después de como diez minutos, yo ya estaba pensando que de verdad el Nelson sólo estaba de chorero, pero luego vi cómo la chava se empezaba a poner rara.

            -¿Cómo que “rara”? -preguntó Godo.

            -Como que se agitó de pronto. Empezó a sudar y a respirar fuerte, y no dejaba de acariciarse las piernas como si algo le picara. Poco a poco se puso muy roja, y tenía las pupilas de los ojos muy dilatadas, y hasta respiraba con la boca abierta, como jadeando. Parecía no darse cuenta de lo que estaba haciendo, porque con la misma abría y cerraba las piernas cada vez más rápido, y hasta se pasaba las manos por las tetas, como si no estuviéramos ahí. Además, se notaba que no estaba escuchando nada de lo que decíamos y no más se nos quedaba viendo raro. Y de pronto, cuando nadie se lo esperaba, se tiró al piso y gimió “Quiero… ¡quiero sexo!” y así como así se bajó el pantalón con todo y panti, y se empezó a dedear ahí mismo, delante de todos. Nos quedamos así de “no mames”.

            -¿Y qué pedo? ¿Se la cogieron? -preguntó Godo.

            -¿Qué? ¡No! No mames. Nos fuimos de ahí enseguida y dejamos a la chava sola en su casa…

            -¡¿Por qué?! -exclamó Godo.

            -Pues pa’ empezar, estaba bien federica la chava…

            -¡Coño! ¿Y por qué no escogieron una que estuviera muy buenota para darle esas pastillas? -dijo Godo.

            -Pos precisamente por eso, pinche loco. Para que no nos fuéramos a poner pendejos y termináramos cogiendo con ella.

            -¡Eso no tiene el menor y más puto sentido! -gritó Godo llevándose las manos a la cabeza y dando una patada al aire.

            -Sí tiene -dijo Ádal-. Los hombres no necesitan drogas para ponerse estúpidos con el sexo. Hicieron bien.

            -Pe-pero… ¡Güey, imagínate poder poner cachonda a la vieja que quieras! -gimió Godo- ¡Piensa en las posibilidades!

            Ádal lo miró casi con asco -Pfff. Allá tú si sientes que necesitas drogar a una chica para que te haga caso…

            -No dije que lo necesite -se defendió Godo con cierta vergüenza-. Sólo digo que así es más fácil y rápido…

            -Chale -fue lo único que contestó Ádal.

            Rigo, por su parte, se había quedado estupefacto. La historia le provocaba muchas sensaciones al mismo tiempo; le daba celos que Rubén hubiese vivido algo así; le estimulaba imaginarse a la chica que se había puesto tan loca por el deseo que se había tirado al piso para masturbarse en público; le excitaba aún más la imagen de otras chavas que él conocía, poniéndose así de cachondas bajo los efectos de la sustancia; le asustaba que existiera una droga como ésa; le repugnaba moralmente que pudiera ser usada para hacerle daño a las mujeres; le intrigaba averiguar si en verdad funcionaba, y lo esperanzaba la idea de que él mismo pudiera usarla. Rigo estaba tan absorto en estas digresiones, que se perdió por completo del acalorado debate que se entabló entre Ádal y Godo. Al final, el sonido del timbre que llamaba de regreso a clases obligó a Rigo a volver al presente.

            -¡Bah, tú qué sabes! ¡Las únicas mujeres que has tenido son chicas manga! -exclamó Godo para poner fin a una discusión en la que Ádal no quería participar más, pues era claro que no iba a llevarlos a ningún lado.

            Los chicos regresaron a su salón, pero no pudieron continuar su plática, pues el maestro de la siguiente clase les asignó asientos muy distantes el uno del otro, y tuvieron que esperar hasta la hora de la salida para reencontrarse. Como los padres de Rubén siempre pasaban a recogerlo temprano, los demás chicos ni siquiera tuvieron la oportunidad de profundizar más en el asunto. Antes de que Rubén subiera al auto de sus padres, Rigo alcanzó a preguntarle:

            -¿Y te dijeron cómo se llamaba esa onda?

            Rubén acercó su rostro a la oreja de su amigo y susurró casi de forma imperceptible: -Yumbina.

            Mientras Rubén saltaba dentro del carro, esas tres sílabas reverberaron en la mente de Rigo.

            -Bueno -dijo él, volviendo con Ádal y Godo, que esperaban a sus respectivos padres apoyados en una barda-, ¿Qué opinan de la historia de Rubén?

            -Es puro choro -dijo Ádal-. Como todo lo que dice ese vato.

            -Pues yo creo que valdría la pena hacer el experimento -sugirió Godo y sus ojos brillaron.

            -Pfff -bufó Ádal-. Dejémonos de pendejadas y salgamos de la duda de una vez por todas -y dicho esto sacó su iPhone y con ágiles movimientos dactilares, en cuestión de segundos estuvo conectado a Wikipedia-. ¿Cómo te dijo que se llamaba esa madre? A ver… “Yumbina o Yohimbina, es un alcaloide encontrado naturalmente en las plantas Pausinystalia yohimbe y Rauwolfia serpentina… Tradicionalmente usado por sus supuestas propiedades afrodisiacas… Eficaz en el tratamiento de la disfunción eréctil… Efectos secundarios incluyen irritación, estrés y ansiedad… En las mujeres produce irritación de los genitales, consecuencia de un aumento de la concentración sanguínea en esa zona…” Ahí está, no dice nada sobre excitar a las mujeres hasta ponerlas locas. Puro choro, decía yo.

            -Mmmm, no me la creo -dijo Godo-. Cualquiera podría escribir en Wikipedia…

            -¡A huevo! -dijo Ádal rodando los ojos- En cambio Rubén es una fuente completamente confiable…

            -Pos yo sí le creo a mis amigos; no soy un pinche desconfiado.

            -Tú quieres creer en esa mamada porque tienes todas tus esperanzas puestas en que con esa madre por fin vas a coger.

            Otra discusión estaba a punto de desatarse entre Ádal y Godo cuando Rigo intervino -Quizá se equivocó con el nombre, o a lo mejor se lo dijeron mal…

            -¡Eso!- añadió Godo.

            -Bueno, allá ustedes con sus fantasías -dijo Ádal- Ya me voy. Ái nos vemos mañana, ilusos.

            Rigo y Godo se quedaron solos un rato antes de que pasaran a recogerlos. Rigo dedicó su tarde a hacer las tareas que sus profesores habían tenido el imperdonable desatino de marcarle el primer día de clases; después volvió a la escuela para el entrenamiento de básquetbol, y al fin, tras cenar y bañarse, recibió de sus padres el permiso de conectarse a Internet para chatear, tuitear y feisbuquear hasta que llegara la hora de dormir.

            Esa noche, en su cama, Rigo tuvo una fantasía en la que, por improbables circunstancias, se veía solo en una gran fiesta con las chicas más guapas de la escuela. Ahí, de forma clandestina, se las arreglaba para echar una gran cantidad de yumbina en el ponche (sabía que eso del ponche ya ni se hacía, pero qué más daba); todas las chicas bebían y en cuestión de minutos se volvían locas, desesperadas por fornicar con él. Se visualizó teniendo sexo con todas ellas, una tras otra, en las posiciones que, según él, más le acomodaban al físico y la personalidad de cada una: la nalgonzona, de perrito; la piernuda, de catapulta; la tetona, de cucharita; la mamona insoportable del tercero A merecía ser sodomizada… Se imaginó nadando en un océano de cuerpos femeninos deseables y deseosos, y casi pudo percibir el torrente de sensaciones, olores y sabores que todas esas féminas dejarían al alcance de sus sentidos… todo mientras se acariciaba la erección por encima del bóxer. Poco a poco la fantasía empezó a perder coherencia, los pensamientos de Rigo divagaron hacia otros temas y, sin darse cuenta, se quedó dormido.

___________________

Continúa en el Capítulo II

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a Yumbina, Capítulo I

  1. Jajajajaja… Lograste retratar a la perfección la juventud de nuestros días… Me cae que has tenido un chingo de inspiración… 😀

Sé brutal

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