Yumbina, Capítulo II

YUMBINA
Capítulo II

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-Averigüé más -le dijo Ádal a la mañana siguiente, sin antes darle un saludo o molestarse en explicar de qué diablos estaba hablando.

-¿Qué? -preguntó Rigo, confundido.

-No sólo eso de la yumbina es choro; parece ser que todos los supuestos afrodisiacos lo son. Jamás se ha comprobado científicamente que algún afrodisiaco cause excitación sexual en las personas…

-¿Huh?

-Lo más probable es que en tiempos antiguos las personas se hubiesen creado el mito de que tal o cual alimento podía poner cachonda a una persona, basándose en que las formas de dichos alimentos les recordaban el acto sexual…

-¿Cómo, cómo?

-¡Coño, pon atención! O sea, se dice que los mariscos son afrodisiacos, pero en realidad las personas que inventaron ese mito sólo se basaron en que la forma de los ostiones es parecida a la de la vagina, y que la forma de los camarones es parecida a la del pene…

-Oh…

-Los que hoy en día comen esos supuestos afrodisiacos, a veces se sienten afectados, pero esto se debe a un efecto placebo, o sea, que todo está en su cabeza.

Ah… -musitó Rigo- Ok…

El resto de la semana fue para Rigo un perfecto ejemplo de la sana rutina que sus padres le habían diseñado: escuela, deportes, tareas, uno que otro mandado o diligencia, y un par de horas en la noche para internetear, ver tele o jugar videojuegos. Ocupado tratando de entender las nuevas asignaturas y acoplarse a la dinámica de clase de los nuevos maestros, Rigo tenía poco tiempo para dedicarlo a fantasías yumbinosas, y aunque el tema visitaba su cerebro un par de veces al día, había decidido no hablar de ello para no parecer un jarioso urgido.

Godo, en cambio, sí que insistía en el asunto cada vez que tenía la oportunidad,; Rigo fingía no interesarse mucho, además de que las discusiones bizantinas de su amigo se centraban en la cuestión irresoluble de si la anécdota referida por Rubén había sido o no verdad. Éste, por su parte, hablaba poco del tema y sólo se refería al mismo presionado por Godo, a quien Rubén invariablemente respondía que sí, que todo era cierto, y que ya dejara de chingar.

Godo no dejó de chingar, sin embargo, e insistió en averiguar más, ya fuese con Rubén o con quien fuera. Así, ese sábado por la tarde, se encontró con Rigo en el chat de Facebook:

Yumbina - Chat

El Chetumalito era el mercado perfecto para encontrar piratería, falluca, videojuegos vintage y productos milagro. Como Rigo solía ir de vez en cuando a ese lugar para comprar viejos cartuchos de NES y Super NES (se había aficionado a coleccionarlos), no fue difícil para él y Godo inventar un pretexto con el cual despistar a sus padres e ir al día siguiente por la mañana. El Chetumalito se encontraba en el centro histórico de la ciudad, y los muchachos hicieron el viaje en camión. Bajaron no muy lejos del mercado, pero tuvieron que desviarse por que había una gran manifestación contra la guerra del narco, y tardaron un poco en llegar al lugar. Medio desorientados y medio intimidados por la situación, Rigo y Godo recorrieron los pasillos del Chetumalito tratando de aparentar la mayor naturalidad posible.

Decenas de puestesuchos flanqueaban el camino de nuestros héroes. Desde repisas, anaqueles y mostradores, los miraban las caras de zombis, superhéroes y estrellas porno en carátulas de DVD fotocopiadas. Al grito de “pásele, sin compromiso”, merolicos y taumaturgos de toda clase y presentación los invitaban a atestiguar las maravillas que “científicos orientales” y “chamanes europeos” habían enviado hasta ese mercadito en beneficio de toda la raza mexicana.

Tras dar vuelta en una esquina, los chicos aparecieron por un pasillo en cuyo fondo se erigía un puesto donde se ofertaban toda clase de remedios cuasi-mágicos para todo tipo de padecimientos. Cientos de diminutos afiches promocionales de curas improbables estaban pegados en cada centímetro cuadrado del mostrador y la pared de atrás. Y entre todas esas imágenes sobresalían varias que mostraban a sensuales mujeronas en poses de deseo o gestos de satisfacción.

-¡A huevo, ahí tiene que ser! -exclamó Godo entusiasmado, pero su emoción se esfumó en cuanto vio a la persona que estaba detrás del mostrador, distraída hojeando una revista.

-No mames -dijo Rigo- Es una chava.

-Sí, güey. Y se ve toda linda y decente…- añadió su amigo.

-Va a pensar que somos unos pervertidos… ¡Nos va acusar con la policía!

-No, ya te dije que esto de la yumbina no es ilegal -lo calmó Godo-. Si lo fuera no la venderían en el Chetumalito…

-¡Aquí venden un montón de madres que no son legales!

-Sí, pero esto diferente… O sea, no es lo mismo la falluca o los mejunjes que… no sé, droga o qué sé yo.

-Ok, ok… ¿Cómo se la pedimos?

-No sé… tú piensa en algo.

-¡Ni madres! Ve tú.

-No, mejor ve tú. Tienes verbo y te ves buena gente… Ándale… No te va a pasar nada. Cualquier cosa, nos pelamos.

Rigo se quedó de pie, todo tieso y estupefacto, mirando hacia el final del pasillo. Tras casi un minuto de deliberar en silencio, comenzó a caminar con pasos lentos y tímidos hacia el puestecito aquél. Llegó frente al mostrador y, armándose de valor, saludó:

-Buenas tardes.

-Buenas -dijo la señorita apartando la atención de la revista -¿Qué le damos?

-¿Tiene… este… tiene… ah… afrodisiacos?

-¿Qué? -dijo ella, sin comprender.

-Afrodisiacos -repitió Rigo.

-¿Qué son?

-Ah… eh… son… este… como medicinas… que sirven… para… eh… aumentar… el deseo… sexual…

-Ah…, ya sé -con un rápido movimiento, la señorita se inclinó, y de la gaveta del mostrador sacó una pequeña cajita de cartón blanco con forma de prisma, en la que estaba impresa en azul la silueta de una mujer que bailaba desnuda y en letras también azules, una sola palabra, “Yumbina”-. Cuesta cien pesos.

Con la mirada fija sobre la cajita, Rigo sacó su cartera y pagó con un billete de la cantidad solicitada.

-¿Son pastillas? -se atrevió al fin a preguntar.

-No, son gotas -respondió la señorita, guardando el billete en la caja registradora.

-¿Gotas?

-Ajá.

-¿Y cómo se usan?

-Las pones en la bebida.

-Ah… ok… ¡gracias! -y apretando la cajita contra su pecho, Rigo se alejó correteando de ahí. Al encontrarse con Godo, ahogó un gritó- ¡La tengo! -y atesoró la cajita en el bolsillo de su pantalón.

Los dos cómplices salieron del Chetumalito lo más rápido que pudieron, pero cuidándose de no correr para no parecer demasiado sospechosos. Tomaron el autobús y regresaron a la casa de Rigo. Sin detenerse a saludar a los padres de éste, que estaban mirando televisión en la sala, los dos muchachos subieron las escaleras corriendo y entraron a toda prisa a la habitación de Rigo, quien, tras asegurarse de que nadie los espiaba, sacó la cajita de su bolsillo, y el gotero de la cajita. Luego lo puso todo sobre una mesita y los dos chicos se quedaron observando atentamente su precioso contrabando. Además de la botella, la caja contenía un papelito con una sencilla instrucción: “Diluir quince gotas en un vaso de agua o refresco. No combinar con alcohol.”

-¿Y ahora? -dijo Rigo tras unos segundos.

-Pos ahora… hay que dárselo a alguien.

-¿A quién?

-¡Pos a una vieja, güey!

-¡Pero a quién!

-No, pos… no sé. ¿Oye y a Yajaira?

-¿Qué? -Rigo sintió que se revolvía el estómago de sólo escuchar el nombre de su exnovia.

-¡A huevo! Tú ya te la has fajado antes un chingo de veces, y donde hubo fuego cenizas quedan. Además, ya sabemos que esa vieja sí coge…

Rigo habría preferido que su amigo no le hubiese recordado que apenas unos meses atrás él se había enterado de las infidelidades de Yajaira de la peor forma posible, al encontrar de pura chiripa en Internet una serie de fotos en las que aparecía su entonces novia de año y medio cogiendo de perrito con un maldito universitario que tocaba el bajo en una banda emo-punk, cuando a él, su legítimo novio, no le había dejado ni siquiera llegar a tercer base. Rigo nunca le había dicho a nadie de los días que pasó llorando en silencio esa herida y preguntándose “¿Por qué yo no? ¿Qué hay de malo en mí que no quiso hacerlo conmigo y sí con él?”.

-Ni madres -dijo Rigo ensombreciéndose-. No quiero tener nada que ver con esa vieja el resto de mi vida…

-Bueno, cómo quieras. ¿Tons a quién?

-¡Pos no sé!

A lo que siguió una larga e infructífera discusión. Al final, los dos amigos acordaron en que cargarían consigo la botellita a toda hora y en todo lugar, esperando la oportunidad para darle un buen uso a su contenido. La botella tenía etiqueta de papel con un dibujo idéntico al de la caja, pero los chicos se la arrancaron y la tiraron a la basura después de hacerla trizas, para revestir al gotero de una apariencia inocente y no provocar la suspicacia de sus compañeros. Luego surgió la cuestión de quién cuidaría la botella. Rigo se negó rotundamente a correr el riesgo de que sus padres hallaran tan vergonzoso producto en su poder, e insistió en que Godo, cuya madre pasaba mucho tiempo fuera de casa, se encargara de custodiar el preciado elíxir. Godo aceptó, pero advirtió a su camarada que si encontraba la oportunidad de usar la yumbina cuando él no estuviera, lo haría y ya después le avisaría en caso de tener la ocasión.

Cuando su amigo se hubo marchado, Rigo se quedó muy inquieto y pensativo; se sentía un poco culpabe… y algo caliente también. Por momentos sentía un excitante escalofrío para después dejarse llevar un temor indefinido. Como sucedía en esos momentos en que lo dominaban por igual la calentura y el remordimiento, le entraron unas ganas terribles de ver porno, alguna escena que alimentara sus imaginerías e hiciera correr su sangre hacia una fuerte erección de las que mejor se sentían llenando la palma de su mano. La verdad es que a Rigo le gustaba esta forma universal de entretenimiento, aunque odiara admitirlo incluso a sí mismo y sólo se permitiera echarle un ojo cuando de plano andaba muy jarioso.

No le gustaban las películas que mostraban actrices plásticas y siliconosas fingiendo orgasmos en situaciones inverosímiles acompañadas con diálogos risibles, y sólo había visto de ésas cuando de plano no tenía otras opciones. Lo que le gustaba realmente eran los videos porno amateur que podía encontrar en YouPorn, RedTube, PornTube y similares. En estos breves clips, Rigo podía apreciar a gente real teniendo sexo real; personas que se habían conocido, se habían deseado y habían decidido coger frente a las cámaras para beneficio de millones de espectadores. Eran personas comunes y corrientes, cuyo atractivo variaba entre lo regular y lo extraordinario, teniendo sexo en sus casas, cuartos de hotel, antros o fiestas salvajes. Es decir, era gente como Rigo, o como Rigo podía aspirar a ser. No eran ficciones, sino experiencias que cualquiera podría tener, incluso él, y ello era compatible con su compromiso de no tener fantasías sino hacer planes.

Pero en su casa era imposible el acceso a la pornografía. En la tele no podía ver ni el softcore de Golden Choice, porque ese canal hacía sido bloqueado por sus padres. Para colmo, la única computadora que había en casa, aparte de la laptop que su padre usaba para trabajar, era una PC de escritorio colocada en el estudio, sitio que siempre estaba bajo la mirada paterna. Rigo pensó en visitar a Ádal, que tenía acceso ilimitado e irrestricto a la supercarretera de la información y podía acceder a todas las páginas del mundo sin que nadie le estorbara. Pero era domingo, había que ir a misa en la tarde, y los papás de Rigo respondieron que “ya había estado muchas horas en la calle ese día”. Por tanto, esa noche, el joven sólo pudo sujetarse con fuerza por encima de los calzoncillos mientras recordaba algunos videos que le habían marcado la memoria, como aquél de la despedida de solteras en que la novia y sus amigas terminaron cogiendo con los strippers, o ese otro que mostraba a una feliz pareja de donceles universitarios complaciendo a una insaciable señorita, al mismo tiempo por frente y retaguardia…

Entonces se preguntaba, “¿Por qué yo no? ¿Cuándo me tocará vivir algo así? ¿Será que estoy condenado para siempre a esta vida anodina y virgen?” A veces Rigo se entristecía; las más, se enojaba. La vida le debía una mujer hermosa y dispuesta a complacer todos sus deseos, ¿no era así? ¿No era ése el mensaje que enviaban todas las películas, todas las series de TV, todos los comerciales y hasta los cómics y los videojuegos?

Es que no era solamente la jariosidadad juvenil lo que afectaba a Rigo, sino la sensación de que se estaba perdiendo de algo importante y necesario que todo el mundo estaba disfrutando. Tenía la noción de que la mayoría de las personas tenían experiencias, no sólo sexuales, sino de todo tipo, que a él le estaban negadas tras un campo de fuerza alimentado por rutinas, normas y buena conducta. Después de todo, Rigo sólo había tenido su primer beso y consecuente faje a los dieciséis, cuando sabía de coetáneos que ya le entraban a la promiscuidad con todo desde los catorce. Se figuraba que él era de los pocos perdedores de la prepa que conservaban su virginidad intacta y le parecía que la niñez inmaculada se le había prolongado demasiado y que la adolescencia se le había ido sin vivirla, escapándose con cada puñeta que tenía que aplicarse. Temía honestamente verse como un quedado a los dieciocho, mientras allá afuera todos los otros disfrutaban los encantos que la existencia tenía que ofrecer.

Se sentía incómodo, casi celoso, cuando las chicas expresaban su atracción o deseo hacia algún chico en particular. Cuando había una fiesta y alguna muchacha conocida suya terminaba fajando con un mancebo inesperado, Rigo se retiraba con el ceño fruncido y murmurando “qué puta”. Pero de vuelta en casa se imaginaba cómo esas mismas mujeres se le arrojaban encima locas de deseo. Lo que le molestaba no era que las mujeres deseasen y disfrutasen del sexo, sino que no fuera con él. Para Rigo, en fin, la vida era algo que le ocurría a los demás, pero no a sí mismo, y tenía todas sus esperanza puestas en que en el momento mismo en que empezara a coger comenzaría a vivir como se debe.

Rigo tuvo que expulsar esas imágenes y esas cavilaciones de su mente porque su padre llamó a la puerta para hacer de cuenta que respetaba su privacidad, pero reafirmó su autoridad entrando de todos modos. Era momento de ir a la iglesia.

___________________

Continúa en el Capítulo III

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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6 respuestas a Yumbina, Capítulo II

  1. “Rigo tuvo que expulsar esas imágenes y esas cavilaciones de su mente porque su padre llamó a la puerta para hacer de cuenta que respetaba su privacidad, pero reafirmó su autoridad entrando de todos modos. Era momento de ir a la iglesia.”

    Me encantan las referencias a la cultura pop…. Jajajajajajajajajajaja 😀

  2. Anónimo dijo:

    Me pregunto si uso el ariete paternal

  3. Raul Nava dijo:

    es esquina no equina ….esta chido pero lo digo solo par mejorar

  4. Panchos dijo:

    Te la volaste con esa referencia a los padrinos mágicos y “El Chetumalito” me recuerda demasiado a un lugar que está en el centro aquí en Ags, aunque es normal que haya uno así en cada rincón del país.

  5. josselin dijo:

    si quieren comprar yumbina escriban a laprofecia2@yahoo.com yo ahi compre y esta super

Sé brutal

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