Yumbina, Capítulo III

Yumbina
Capítulo III

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Al lunes siguiente, en el salón de clases, Godo aprovechó el primer momento oportuno para contarle a Rigo que había cometido la osadía de traer el gotero a la escuela.

            -¡No mames! ¡Nos van a cachar! -dijo Rigo, medio gritando, pero más que nada susurrando.

            -No pasa nada. Tú tranquilo, yo nervioso.

            -¿Y qué vas a hacer con eso acá?

            -Pos lo echamos en una bebida y se lo damos a alguien. Así de fácil.

            -¡No mames! ¿Y si funciona? ¿Qué vamos a hacer con una chava que se ponga loca de ganas aquí en la escuela?

            -Pos nada. No es para que cojamos ahorita; es no más como experimento…

            -¡Pero sería un escándalo! ¿Y si… y si se pone loca la chava, y luego nos acusa? ¿Y si le hacen análisis para saber qué le dimos…?

            -Chale, Rigo. No creo que existan análisis para detectar esa madre. Ni que fuera heroína. Además, ¿a quién se le va a ocurrir buscar eso? Si pudieran hacer eso, lo harán en la escuela o en cualquier otro lugar, y ya habrían arrestado al primo de Rubén y a toda la gente que compra esa madre en el Chetumalito.

            -Mmm… Quizá tengas razón.

            -¡Por supuesto! Mira, vamos a hacerlo a la hora de salida. Así, si algo sale mal, nos pelamos.

            A regañadientes, Rigo aceptó. Las horas siguientes pasaron con espantosa lentitud para él, que en parte moría de ganas por saber si la yumbina daría resultado. Cuando sonó el timbre de la salida, casi brincó del susto.

Los cómplices compraron una lata de Coca-Cola en la tienda de la escuela, tomaron una rápida desviación hacia el baño de varones, donde le pusieron quince gotas a las negras aguas del imperio, y se fueron a sentar a las gradas de la cancha de futbol, lugar en el que se reunían varios chicos y chicas para pasar el rato en lo que sus padres pasaban a recogerlos, o en lo que empezaban los entrenamientos deportivos de la tarde.

            -¿Y ahora? -parecía ser la pregunta recurrente para Rigo.

            -Le “convidamos” de la coca a alguna chica…

            -Sí, pero, ¿a quién?

            -Mmm… No sé… Mira, ahí está Claudia -dijo Godo señalando a una muchachita sentada en las gradas unos cuantos niveles más abajo-. ¿Le damos a ella?

            En cuestión de segundos, se proyectaron en la mente de Rigo, como avances de cine, una serie de escenas que incluían a Claudia volviéndose loca de excitación y a él mismo, junto con Godo, penetrándola de las más diversas e inverosímiles maneras, allí merito, en la cancha de futbol.

            -No sé… -dijo Rigo al cabo de unos instantes- Ella es nuestra amiga… No se le hace eso a las amigas…

            -Ay, ya chole con tus cosas, Rigo -y dicho esto, Godo se puso de pie y bajó las gradas dando saltos hasta alcanzar el nivel de Claudia.

            -Hola -le dijo.

            -Hola -contestó ella apartando la mirada de su teléfono celular, a través del cual estaba sosteniendo una divertida conversación.

            -Oye, Clau, me compré esta coca, pero ya no la quiero… Te la regalo.

            -¿Qué tiene? -preguntó ella.

            -¡Nada! -se apresuró a responder Godo y Rigo, que observaba atento la conversación desde arriba, pudo presentir que la misión se estaba yendo al traste.

            -Entonces, ¿por qué la regalas?

            -Por nada… Es sólo que ya no la quiero… Anda, tómala.

            -No gracias. Dejé la coca. Estoy tratando de bajar de peso.

            -Ay, chale. Ni falta que te hace -dijo Godo, aunque en lo personal siempre había opinado que Claudia estaba más bien gordibuena, con bonitas bubis y trasero, pero que no le haría mal bajar unos kilitos-. Toma la coca, si no, se va a desperdiciar.

            -No, gracias.

            -¿Segura? Es gratis.

            -Ay, ya. ¿Por qué estás insistiendo tanto?

            Godo sintió que había sido descubierto y Rigo ya se estaba preparando para poner pies en polvorosa, cuando de pronto hubo una intervención inesperada. Xariff, un tipo que aparte de grandulón y bravucón era intocable por ser el hijo de su padre, se acercó violento y sudoroso, arrancó la Coca-Cola de la mano de Godo y la bebió toda en cuatro sonoros tragos.

            -Gracias, tetines -dijo cuando terminó de beber-. Era justo lo que necesitaba -y aplastó la lata con su choncha mano para después arrojarla a la cara de Godo, quien apenas alcanzó a parpadear y a murmurar un tímido “auch”.

            -¡Eres un imbécil, Xariff! -le gritó Claudia, mientras el bravucón volvía a integrarse a la cascarita de tochito que en ese momento sucedía.

            -¡Me la pelas, pinche gorda! -le gritó él desde lejos y pintándole el dedo.

            Claudia emitió un gruñido, le dirigió una mirada de desprecio a Xariff, y otra no menos intensa a Godo y Rigo, con la que les reprochaba su falta de hombría, y se fue del lugar dando pisotones.

            Cuando Claudia se hubo ido, Rigo bajó al encuentro con Godo, quien observaba con atención a Xariff en la distancia.

            -No mames -dijo Rigo-. ¿Y ahora qué hacemos?

            -Nada… -dijo Godo- Esperamos.

            -¡Ese cabrón nos va a matar!

            -O a coger…

            -No maaaameeees.

            -A lo mejor ni le hace efecto -dijo Godo-. Los hombres tienen hormonas diferentes, o algo así, ¿no?

            -Ah… sí, creo que tienes razón…

            -¡Hola ñoños! -el saludo de Angélica los hizo brincar del susto- Tranquilos. ¡Así traerán la conciencia! ¿Qué se traen?

            -Nada… dijo Rigo- Aquí no más viendo la cascarita…

            -Chaz, qué hueva -opinó Angélica-. ¿No han visto a Claudia? Quedé de verla por aquí…

            -Se acaba de ir para allá -dijo Godo señalando la dirección por la que se había desvanecido su amiga.

            -Va, pos voy a buscarla. ¡Ái se ven, niños! -y tras darle un coscorrón afectuoso a Rigo, se alejó tras la pista de Claudia

            Los dos muchachos permanecieron en el lugar por casi veinte minutos, tras los cuales, convencidos de que la yumbina no había producido ni produciría efecto alguno en la conducta de Xariff, y atribuyendo este fracaso a los cromosomas XY del conejillo de indias, se retiraron para esperar a sus respectivos padres cerca del portón de entrada de la escuela.

            -¿Qué tal Angélica? -preguntó Godo de pronto.

            -¿Qué con ella?

            -Sería una buena candidata, ¿no?

            -¿Angélica? -Rigo parecía considerar la idea como un total disparate- No… No, no, no. Ella ha sido mi mejor amiga desde que estábamos en la primaria, incluso antes de conocerte. No sé… yo no la veo de esa manera…

            -Pero está bastante cogible -señaló Godo-. O sea, no se cae de buena, pero es una flaquita con tetitas bien paradas.

            -¡Oye! ¡Estás hablando de mi mejor amiga de toda la vida!

            -¡Con más razón! ¿Quién mejor para hacer algo salvaje y divertido que una amiga con la que ya tienes mucha confianza?

            -Mmm… No lo sé… No me late…     

            -Además, ella misma nos confesó que ya no es virgen y eso…

            -Sí… -Rigo recordó haberse sentido extraña y rotundamente celoso cuando supo eso durante una ronda de “verdad o reto” -Pero… caray, me da cosa.

            -Bueno, bueno, no tiene que ser ella… -Godo dejó la idea por la paz- Quizá lo mejor sería ir a una fiesta, y ver si tenemos la oportunidad de echarle esa cosa a la bebida de una chava.

            -No creo… ¿Y si funciona allí mismo, delante de todos?

            -Tienes razón, nos la podrían ganar, y después de que nosotros hicimos la inversión, me daría mucho coraje.

            -Déjate de eso. ¿Y si la agarran entre todos ahí mismo en un gangbang?

            -Ei, no lo había pensado. Mejor lo hacemos en un lugar privado…

            En ese momento llegó el auto de los padres de Rigo, por lo que él tuvo que despedirse de su amigo y retirarse para ir a pasar otro rutinario lunes como debía ser. Esa misma noche se encontraron en el chat, y ahí Godo le dio la noticia de que su madre saldría de la ciudad el fin de semana, y entonces él se quedaría solo en su casa. Era la oportunidad perfecta para invitar a un par de chavas y hacer el experimento. El problema ahora era conseguir a las hipotéticas muchachas.

            Durante toda la semana, Godo y Rigo estuvieron sondeando entre sus amigas, conocidas y contactos de Facebook, por si había alguna interesada en ir a pasar la tarde a casa de Godo. La mayoría declinó la oferta, y las que sí estaban interesadas tenían otros compromisos ese día. Así, se cumplía la horripilante e ineludible ley del sexo adolescente: “Cuando tienes con quién, no tienes dónde; cuando tienes dónde, no tienes con quién”. Para el medio día del viernes, Godo y Rigo estaban comenzando a perder toda esperanza, y el segundo, aunque lo disimulaba, se volvía loco a causa del intenso deseo que tenía por poner a prueba la yumbina, pues desde que la tenía en su poder había sido acosado por la sensación de que si no aprovechaba esta oportunidad, perdería toda esperanza de empezar una buena vida llena de experiencias extraordinarias y lejos del conformismo hogareño que había dominado su existencia

            -¡Mira no más! -saludó Angélica al toparse con los dos muchachos que, como de costumbre, esperaban a que sus respectivos padres pasaran por ellos -¡Pero si son Fuckencio y Fapencio! ¿Qué se traen? ¿Por qué tan aplatanados?

            -Por nada… -respondió Rigo, visiblemente cabizbajo.

            Godo no respondió al principio, pero luego le vino a la mente la convicción de que no podía dejar pasar ese momento, aún si tenía que actuar en contra de los pruritos morales de su amigo.

            -Oye, Angélica… -comenzó a decir con un dejo de timidez indomable- Mañana voy a tener la casa para mí solo, y estamos armando una partuza… Nada grande, todo muy íntimo…

            -Órale, ¿de veras? ¿Y me están invitando o qué?

            -¡A huech! Y puedes invitar a una amiga… ¿Por qué no le dices a Claudia y se caen las dos?

            -Va, genial. En tu casa, ¿verdad? ¿A qué hora?

            -Pues… como a las ocho. ¿Te late?

            -Sí, seguro. Ái nos vemos -dijo y se despidió de sus amigos con sendos besos tronadores en cada mejilla.

            Cuando Angélica se hubo alejado, Rigo le dirigió a Godo una mirada de reprobación, pero éste respondió sólo con una sonrisa y un gesto que gritaba a los cuatro vientos “qué chingón soy”.

_____________________

Concluirá en el Capítulo IV

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a Yumbina, Capítulo III

  1. Anónimo dijo:

    Jaja las negras aguas del imperio. Like!

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