Un cuento sin título

UN CUENTO SIN TÍTULO

        Llegó el momento en el que me harté de mi hogar. Me harté de la rutina, del tedio, de la monotonía y de los deberes. Me cansé de ver siempre los mismos rostros, de escuchar las mismas canciones, de sentir los mismos olores y de estar entre las mismas paredes. Me llevó a la desesperación el verme atado, prisionero de una existencia mediocre, insípida e inútil.

También me harté de mamá. Llegaron a fastidiarme sus arbustos bien podados, sus pisos bien pulidos, sus calcetas bien dobladas, sus compromisos sociales, sus misas los domingos y, sobre todo, sus ridículas y absurdas reglas de “urbanidad y buena conducta” que para ella eran leyes tan vitales como los Mandamientos.

Pero lo que más me desesperó fue mi padre, ese hombre pasivo, sedentario y enfermizo que había dejado que se fuera toda su vida primero en el estudio académico y después en el trabajo de oficina. Lo veía cansado y desgastado, prematuramente avejentado por causa de esa misma vida sin sentido que me tenía prisionero. Pero a diferencia mía, él era un prisionero voluntario; jamás en su vida había hecho otra cosa que someterse a las reglas y a las rutinas, ya fuera de sus propios padres, de sus maestros, de sus jefes y -lo que más de exasperaba- de mamá.

Tenía diecisiete años cuando huí de casa. Tomé la decisión una noche en la que, acompañado por el insomnio, me encontré a mi padre en su estudio, silencioso, como siempre, inclinado sobre un cuaderno de contabilidad. Levantó la mirada de sus números y nos quedamos viendo por unos segundos. En ese momento, al ver a ese viejo con sus jaquecas, sus dolores de espalda y su miedo a las arañas, supe que si no quería terminar como él, tenía que largarme de allí. A la mañana siguiente tomé el poco dinero que tenía guardado, compré un boleto de autobús hacia el destino más lejano posible y me fui.

Realmente no importa describir con detalle todo lo que hice durante los seis meses que estuve lejos de casa. Sólo diré que cuando un policía, amigo de mis padres, me encontró tocando la guitarra en un conjunto callejero en una ciudad lejana y me llevó a casa, ya me sentía listo para volver. Estaba satisfecho y orgulloso de lo que había hecho en ese tiempo, y aunque, por supuesto, estaba determinado a hacer una segunda salida quijotesca en el futuro, por el momento me sentí tranquilo de regresar al hogar.

Una llamada telefónica había precedido a mi llegada, así que cuando crucé el portón de mi casa, mamá tenía preparado un largo sermón. Que cómo podía haberles hecho eso, que les tenía muertos en vida, que cómo iba a retomar el hilo de la escuela, que con qué cara iba a poder salir a la calle después de haber hecho lo que hice, etcétera, etcétera. En ningún momento se le ocurrió preguntarme por qué me había ido. Mi padre observó toda la escena en silencio y cuando mamá terminó, nos quedamos él y yo solos.

Lo miré altivo y orgulloso, preparado para cualquier regaño, cualquier castigo que me pudiera echar. Pero aquel hombre agotado por el tedio sólo se acercó a mí arrastrando su artritis y cargando sus migrañas, me puso una mano sobre un hombro y mirándome con ojos inexpresivos por encima de sus anteojos de media luna, con todo el peso de su aracnofobia y sus ojeras dijo casi en un susurro:

-Ay, hijo, cuánta envidia te tengo.

No estaba preparado para eso y mi padre, con el mismo paso lento y cansado de siempre, se dio la media vuelta y regresó a su estudio.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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