Yumbina, Capítulo IV

YUMBINA
Capítulo 
IV

Leer el Capítulo III

            La casa de Godo era muy diferente a la de Rigo. Si la de éste se encontraba en la avenida principal de un barrio norteño que diez años antes había sido el de más categoría en la ciudad, la de Godo estaba hacia el poniente, en un enorme fraccionamiento clasemediero habitado principalmente por chilangos y otros fuereños; si la casa de Rigo era espaciosa, de dos pisos, diseñada de forma especial por un arquitecto, la de Godo era un cubo de concreto idéntico a otros cientos de cubos de concreto vecinos, todos de un solo piso, con poco jardín y no mucho espacio.

Cuando por fin llegó la noche anhelada, por temor a no presentarse a tiempo para la cita, Rigo había arribado a casa de Godo una hora antes de lo acordado. Estaba vestido, peinado y perfumado tan a lo fashionista como si aquélla fuese una noche de antro. Godo, en cambio, lo recibió en bermudas y huaraches, sin la más mínima intención de emperifollarse más, y tarareando Tonight’s gonna be a good night. Invadidos por los nervios y las ansias, los chicos repasaron una y otra vez el plan: en cuanto llegaran Angélica y Claudia, irían a la cocina a servirles unas bebidas, con una buena dosis de yumbina cada una… y hasta ahí llegaba su estrategia. ¿Y si funcionaba la pócima? ¿Qué harían entonces? No lo sabían; su mente no daba para tanto esa noche y eligieron posponer esas deliberaciones para el momento en el que quedase demostrada la efectividad de la yumbina.

            Dieron las ocho. No había señales de las chicas. Godo y Rigo se sentaron en el sofá de la sala a ver televisión para pasar el rato, pero el tiempo se les hacía mortalmente lento. Dieron las nueve y Rigo empezó a concebir la aterradora idea de que las chicas no se presentarían.

            -No van a venir. ¡Lo sabía! Esto era demasiado bueno para ser verdad. ¡Todo lo bueno es demasiado bueno para ser verdad!

            -Tranquilo, macho -le dijo Godo-. Te me estás frikeando.

            En ese momento se oyó el timbre de la puerta. Ambos muchachos se levantaron corriendo a abrir.

            Ahí, en el umbral, estaba Angélica. Los ojos delineados de negro y los labios pintados de violeta.  Su cabello negro estaba recogido en una cola de pony y un bonito fleco caía sobre su frente. Tenía una blusita corta que dejaba ver su ombligo y la arracada que lo adornaba, y una putifalda diminuta a cuadros negros y morados. Bajo la falda llevaba unos leggins negros muy ajustados que se prolongaban hasta perderse bajo unas enormes botas obreras con punta de metal.

            -¡Hola, qué onda! -saludó con una amplia y sincera sonrisa y, volviéndose a Rigo, añadió- ¡Qué catrín! -antes de saludarlo con un beso en la mejilla.

            -Holas, pásale -le dijo Godo con un gesto tan ceremonioso que quien lo viese habría creído que era todo un caballero.

            -Qué patín, ¿llegué muy temprano? -dijo Angélica confundida al pasar a la sala y notar que no había más personas que ellos tres.

            Godo y Rigo intercambiaron una mirada de incertidumbre.

            -¿Y Claudia? -le preguntó Rigo para cambiar el tema.

            -No pudo venir, la muy ñoña -respondió Angélica- ¿Y a quién más invitaron?

            -Pos… -Rigo sintió encogerse bajo la mirada inquisidora de su amiga- A nadie más…

            -No mames, ¿en serio?

            -Sí… -dijo Rigo presintiendo que en ese instante Angélica saldría de la casa a toda prisa maldiciéndolos a ellos dos y tachándolos de losers. Pero para su sorpresa, la reacción de la chica fue muy distinta: se echó a reír a carcajadas.

            -No manchen, ¿y qué vamos a hacer nosotros tres? ¿Quedarnos aquí a vernos las caras?

            -Ah… pues… tenemos videojuegos… y películas… -dijo Godo.

            -Chale de los chales -se lamentó Angélica-. ¿Mínimo tienen chupe?

            -¡Y en cantidad! -exclamó Godo refiriéndose a la abundante licorera de su madre, pero una mirada represiva de Rigo le recordó que no podían mezclar la yumbina con el alcohol-. Ah, no. Digo, no tenemos -se corrigió Godo.

            -No me digan. Bueno, ni pex -dijo apoltronándose en  el sillón-. Total que por ahora no tengo otra cosa que hacer… Oigan, mínimo tráiganme una coca…

            -En seguida, madame -dijo Godo y acompañado de Rigo, se dirigieron velozmente hacia la cocina.

            -No mames, güey, ¿qué vamos a hacer? -decía Rigo en un susurro desesperado.

            -¿Pos qué más? Seguir con el plan.

            -Pero no vino Claudia.

            -Pos ni modos. Una es mejor que ninguna.

            -¿Y qué vamos a hacer si esta madre funciona?

            -Vamos paso a paso, ¿sí? No te me adelantes.

            -Bueno, bueno. Ok.

            -¿Haces tú los honores? -le dijo Godo ofreciéndole la botellita de la yumbina y el vaso de Coca-cola.

            -¿Y yo por qué?

            -Es tu amiga, ¿no?

            -Sí, pero…

            -¿O quieres que yo lo haga?

            -No, dámelo -y con pulso de maraquero con mal de Parkinson, Rigo echó las quince gotitas en la bebida de Angélica.

            -Mmmm, mejor ponle el doble.

            -¿Para qué?

            -Por si las dudas…

            -Ok… -aceptó Rigo y empezó a contar otras quince gotitas cuando, de forma por completo imprevista, el gotero se zafó de la botellita y todo el contenido de ésta se vertió en el vaso.

            -Ay, vergas -murmuró Godo y Rigo se quedó estupefacto.

            -¿Y ahora?

            Sin decir más, Godo tomó una cucharita y con ella extrajo el cuentagotas del vaso y lo dejó asentado en la mesa de la cocina junto a la botellita, tras lo cual revolvió con mucho ahínco la bebida.

            -¿Se lo vas a dar así no más? -le preguntó Rigo.

            -Pues sí, ¿ya qué vamos a hacer?

            -¿Y si le da una sobredosis o algo?

            -¡Nah! No pasa nada. Si fuera dañino para la salud, algo le habría pasado al Xariff, y ya ves que ni cosquillas le dieron. Lo peor que puede pasar es que se convierta en una loca ninfómana.

            -Changos -musitó Rigo.

            -Bueno, vamos. Es hora de la verdad.

            Rigo y Godo salieron de la cocina llevando no sólo la bebida de Angélica, sino un tazón de palomitas con chile y limón. Después se sentaron en el sillón, Rigo a la izquierda de Angélica y Godo a su derecha.

            -Gracias -les dijo Angélica tomando el vaso para después darle tres sedientos tragos-. ¿Y bien? Pongan una peli, ¿no? La tele está de la chingada. Chole con MTV, no más pasan puro pinche reality.

            -¿Cómo qué se te antoja ver? -le preguntó Godo, que no dejaba de mirar con atención a su invitada y a su bebida.

            -No sé, ¿qué tienes?

            -Tengo… Acabo de conseguir una película que no he visto pero se ve cagada, se llama Qué diablos es el sexo

            -Ah, ya la vi… -dijo Angélica tras dar otro sorbo- No está muy buena…

            -¿Ah sí? ¿Y de qué va?

            -Una par de chavitos pendejos que andan de calenturientos buscando coger por primera vez, pero en realidad lo que quieren es coger el uno con el otro y hasta terminan chaqueteándose mutuamente.

            De forma involuntaria, Rigo y Godo intercambiaron una mira de bochorno y culpabilidad.

            -Bueno… -Godo retomó la palabra tras tomar unos segundos para recobrarse del sacón de onda –También tengo American Pie 4, Una fiesta salvaje, Euroviaje censurado, La chica de al lado, Supercool

            -Qué. Pe. Do -exclamó Angélica-. ¿Que acaso hoy es el día internacional de las comedias pendejas?

             Rigo y Godo no supieron qué responder.

            -Espérense tantito -prosiguió Angélica–. Traigo unas pelis bien chidas en mi coche -y dicho esto, se terminó toda su bebida de un jalón, se levantó del sofá y salió de la casa.

            Apenas ella cruzó la puerta de la calle, Rigo empezó a imprecar a su amigo, -¿Qué pedo contigo y tu selección de películas?

            -No sé… Pensé en conseguir pelis cachondas para ayudar a crear el ambiente adecuado -se defendió Godo.

            -¡No seas pendejo! Angélica es demasiado inteligente para eso. ¡Ella lee libros! Verga, no puedo creer la manera tan estrepitosa en que la estamos cagando.

            Angélica regresó cargando varias bolsitas de DVDs pirateados y anunciando:

–Les voy a enseñar lo que es buen cine y no mamadas… A ver, Godo, pon ésta -le ordenó pasándole una DVD cuya portada anunciaba el título 9 Orgasmos.

            Godo observó la portada por unos segundos; el título parecía prometedor y él no pudo creer su buena suerte. Se arrodilló frente al mueble que sostenía el televisor e insertó el disco en el reproductor. Al poner el televisor en “video”, apareció la pantalla con el logotipo del aparato de blu-ray, y un mensaje que decía NO DISK.

            -Ah, chinga -murmuró Godo; sacó el DVD y lo volvió a meter, pero con el mismo resultado–. ¡Me caigo al mar! Este nuevo blu-ray no lee DVDs pirateados.

            Rigo y Angélica lo observaban sentados en el sofá, él con los brazos cruzados y la mirada de desesperación, ella jugueteando con el vaso vacío y la expresión de fastidio.

            -¿Segura que no quieres ver alguna de mis pelis? -le dijo Godo- O igual y podemos ver qué pescamos en la tele… o jugar X-Box… ¡Ya tengo Kinect!

            Angélica dejó escapar un suspiro de aburrimiento y cansancio. –Pues como sea, ya qué. De todos modos, creo que me voy a ir temprano. Más tarde va a haber un toquín en la Concha Acústica, en solidaridad con el 15-M o algo así, ¿por qué no vamos para allá?

            -No, no -suplicó Godo-. Dame chance, a lo mejor hago funcionar esta madre -y procedió a probar, infructuosamente, con cada una de las películas que había traído Angélica.

            Angélica suspiró de nuevo, y cada gesto de hastío suyo era como una bofetada para Rigo.

            -Bueno -dijo ella–, en lo que tú pruebas con eso, me voy a servir más refresco -se levantó y se dirigió a la cocina.

            Tras probar, por partida doble, todas las películas, Godo se sintió desalentado y se dejó caer en el sofá con un suspiro que más bien parecía una expiración. Rigo lo observaba con expresión lastimera, a lo que Godo respondió:

            -Tienes razón, esto ya se fue a la mierda.

            -No puedo creer lo mal que lo planeamos -se lamentó Rigo-. ¿Qué estábamos esperando que sucediera?

            -Bueno, nada perdíamos con intentar. Pero caray, yo sí quería que funcionara.

            -Quizá fue lo mejor… -reflexionó Rigo- Todavía podemos recuperar la noche. Acompañamos a Angélica al toquín y nos la pasamos bien.

            -Ei. Supongo que tienes razón…

            Los muchachos guardaron silencio y se quedaron observando enajenados el protector de pantalla del blu-ray por quién sabe cuánto tiempo. Cada uno estaba sumido en sus pensamientos; Rigo luchaba por convencerse de que lo mejor había sido que no funcionase la yumbina, pues no estaba seguro de cómo se iba a sentir o cómo iba a reaccionar al tener a su mejor amiga convertida en una maniática sexual; Godo, por su parte, sufría la decepción del que siempre está “a punto de…”, pero su sempiterno optimismo ya lo llevaba a imaginar que en el concierto de esa noche encontraría por fin a la chica adecuada para perder su virginidad y quitarse para siempre ese horrible estigma.

            -Oye, como que ya se tardó Angélica -dijo Rigo volviendo de sus cavilaciones.

            -Sí… ¿Será que ya se nos peló?

            En eso apareció Angélica sosteniendo un vaso lleno de Coca-Cola con hielos. Sonreía ampliamente y tenía una mirada misteriosa; Rigo se percató de que se había dado un cambio en su actitud y su estado de ánimo, pues nunca le había visto esa expresión en los más de diez años que llevaba de conocerla.

            -Entonces, ¿nos quedamos? -dijo ella con un tono juguetón y enigmático.

            -Sobres. ¿Y qué hacemos? -preguntó Rigo.

            -Lo que sea -contestó ella–. Pon un canal de música para que aunque sea veamos unos videos -y se sentó entre sus dos amigos, mientras Godo ponía la programación solicitada con el control remoto.

            No había pasado mucho más de un minuto en el que los tres adolescentes sin hablar veían videos pop de moda, cuando Rigo sintió la mano de Angélica en su pierna. El muchacho experimentó esa extraña sensación de calofrío que implica un entusiasmo inesperado y un temor vago cuando miró hacia abajo y comprobó que Angélica no lo tocaba por accidente; lo estaba acariciando. Rigo no hizo ni dijo cosa alguna, antes bien, se quedó quieto, como paralizado; temía que cualquier movimiento o palabra pudiera romper la ilusión que estaba viviendo. Pero no pudo reprimir un estremecimiento cuando la mano de Angélica se movió hacia su entrepierna y empezó acariciarle por encima del pantalón. Tuvo una erección en tiempo récord.

            Rigo empezó a respirar con fuerza. Nunca había estado tan excitado en su vida, ni siquiera cuando fajaba con Yajaira y ella le hacía las mismas caricias. Reunió valor, y volteó a ver a su derecha; Angélica miraba al frente, hacia la TV, con una leve sonrisa y un aire de travesura, y seguía acariciando a Rigo con suavidad, pero firmeza. Rigo notó que la mano derecha de ella estaba sobre la entrepierna de Godo, quien recibía la misma atención que él. Godo se volvió hacia Rigo y le dirigió una amplia sonrisa de complicidad; “ya chingamos”, parecían decir sus ojos.

            Entonces Angélica deslizó su mano bajo la bermuda de Godo, lo cual resultó fácil debido a que ésta era muy holgada, y empezó a acariciar con suavidad el endurecido miembro de su amigo, y hasta jugueteó un poco con sus testículos. Godo jadeaba y ahogó un leve gemido. El pantalón de Rigo, hecho de mezclilla, entubado y ceñido con un cinturón, estaba demasiado ajustado como para dejar pasar la delicada mano de Angélica, a pesar de los intentos de ella. Desistió y siguió acariciando la erección de Rigo por encima de la ropa durante unos segundos más, pero luego pareció hartarse y retiró su mano tanto de allí como de las bermudas de Godo.

            Angélica se levantó y se paró frente a Rigo, a quien dirigió una mirada depredadora para responder a la expresión de desconcierto del muchacho. Entonces, sin decir más, se arrodilló frente a él y, antes de que Rigo pudiera entender lo que estaba a punto de pasar, ella le desabrochó el cinturón, le abrió el pantalón, apartó el bóxer y con la mano sacó el pene erecto del muchacho.

Angélica se detuvo a contemplarlo con una gran sonrisa de satisfactoria sorpresa -¡Rigo! -fue lo único que dijo, y en seguida se lo llevó a la boca.

Cuando Rigo sintió la calidez y la poderosa succión de la boca de Angélica, pensó que nunca había experimentado una sensación tan exquisita y placentera y, al mismo tiempo, jamás se había sentido tan a la merced de alguien. Angélica no sólo succionaba con gentil fuerza, sino que movía su cabeza hacia adelante y hacia atrás, para recorrer la verga de Rigo con sus labios; también la frotaba con el interior de su boca y le hacía toda clase de caricias con la lengua. Rigo no pudo resistir más y comenzó a jadear y a emitir rudos gemidos mientras acariciaba los cabellos de su amiga con manos temblorosas.

Godo observaba la situación con mezcla de alegría e incredulidad, aunque pronto se aburrió de que lo hubieran dejado colgado y decidió reintroducirse a la acción. Se arrodilló junto a Angélica y se quedó observando la silueta de sus nalguitas, que se podían apreciar muy bien bajo los leggins. Tomó un respiro en lo que dudaba si lo que se proponía a hacer era prudente, y luego con suavidad posó su mano izquierda en el glúteo de la chica y, mientras ella mantenía a Rigo a bajo su dominio, Godo la acarició con suavidad. Excitado a más no poder y resuelto a dar el siguiente paso, levantó la faldita a cuadros de la joven y tomó el elástico de los leggins; con timidez los deslizó hacia abajo, dejando al descubierto unos adorables calzoncitos rosados con calaveritas negras.

-No creas que me he olvidado de ti -le dijo Angélica sacándose el pene de Rigo de la boca-. Ven, quédate así, hincado.

Angélica se apartó del regazo de Rigo y se puso a gatas en el suelo, y Godo quedó de hinojos frente a ella. Con extrema facilidad, bajó las bermudas y los bóxers del chico y empezó chupar su miembro con más fuerza y voracidad de las que había aplicado con Rigo. Éste había imaginado que se sentiría celoso de ver a Angélica con el pene de Godo en su boca, pero por el contrario, la imagen le agradó y lo excitó aún más.

-Vamos, Rigo -le dijo Angélica liberando el pene de Godo por unos segundos– No nos dejes solos.

Rigo se arrodilló detrás de Angélica y se quedó observando sus glúteos bajo el calzón de calaveras antes de decidirse a bajarlo. Se sintió como un niño pequeño que desenvuelve un regalo que había estado ansiando por mucho tiempo. Al descubierto quedaron las nalguitas de Angélica, no muy grandes, pero redondas, firmes y, como Rigo pudo constatar al pasar su mano, suaves y acojinadas. Y más abajo, entre sus delgados pero bien formados muslos, asomaban los labios vaginales de Angélica, carnosos y aterciopelados, tan bellos que Rigo se sintió conmovido por sólo mirarlos. El muchacho acercó tímidamente su mano a esos labios y los acarició con ternura; pudo escuchar cómo Angélica respondía a ello ronroneando con todo y la verga de Godo en su boca.

Entonces Rigo decidió no esperar más; se acercó a Angélica por detrás y, con decisión, aunque también con torpeza, dirigió su propio pene, erecto, endurecido, palpitante y letal, entre esos hermosos labios y lo hizo resbalar con fuerza por ese vórtice húmedo y cálido, hasta tocar fondo en la vagina de la chica.

-¡Ay… Rigo! -gimió ella.

Rigo nunca había sentido algo parecido. La calidez casi abrasadora, la deliciosa humedad, la suavidad y estrechez elástica de la vagina de Angélica, que cubría y apretaba cada milímetro cuadrado de piel del miembro de Rigo… Todo parecía demasiado bueno para ser verdad. Después de la primera estocada, Rigo entró y salió con suavidad, contemplando embelesado cómo su pene desaparecía y volvía a surgir de entre los exquisitos glúteos de Angélica. Por un momento, sus ojos se encontraron con los de Godo, quien le dirigió una sonrisa y levantó su mano hacia él con el puño cerrado y el pulgar alzado. Tras unos momentos Rigo no pudo aguantarse el furor que lo carcomía y, tomando con firmeza la cintura de Angélica, comenzó a penetrarla con fuerza, recibiendo un placer insospechado con el sonido que hacían sus carnes al chocar y el aroma cada vez más penetrante del sexo de la chica, que rebosaba de esencias y perfumes.

Angélica, al recibir el nuevo placer que Rigo le proporcionaba por detrás, comenzó a chupar el pito de Godo con mayor fuerza aún, y éste sentía que estaba a punto de desfallecer por tanto goce.

-Creo que… me voy… a venir… -dijo Godo entre jadeos, pues creía que lo educado era advertirle a Angélica, pero ella no detuvo su actividad-. Ay… Me voy a… ¡AH! -gimió Godo y, sin poder evitarlo por más tiempo, eyaculó dentro de la violácea boca de la chica.

Ella no dejó escapar ni una gota y, al sentir el semen de Godo llenando su boca, se excitó tanto que tuvo un orgasmo a su vez, y gritó tan fuerte que nadie en toda la calle la habría podido haber ignorado. Rigo disfrutó el orgasmo de Angélica, pues sintió con gran deleite cómo su vagina se humedecía y calentaba aún más, y se contraía con espasmos que apretaban el pene del muchacho de forma increíble y placentera.

En cuanto terminó, Godo se echó hacia atrás, escapando de la boca y manos de la joven y jadeando con mucho cansancio, pero mucha más satisfacción.

-No puedo más -dijo con voz trémula y se tumbó en el suelo.

Rigo siguió penetrando con fuerza a Angélica por un rato más, hasta que ella le pidió:

-Espera. Sal un momento.

-No quiero -dijo con tono apologético, incapaz de controlar sus acciones y sus palabras.

-Por favor. Sólo un momento.

-Ok -aceptó Rigo y, reuniendo toda su fuerza de voluntad, se salió del cuerpo de Angélica.

-Siéntate en el sofá -le ordenó y Rigo obedeció.

Angélica se puso de pie, tomó el vaso de Coca-cola, hizo algunos buches para limpiar su boca y bebió profusamente; le dirigió una mirada a Godo, que yacía flácido y fuera de combate en el suelo, y después se volvió hacia su amigo sentado en el sofá. Angélica terminó de quitarse la ropa e hizo lo mismo por Rigo. Cuando él la vio totalmente desnuda, con su piel dorada, las sutiles curvas de sus caderas, sus hombros y su cuello, y sus senos pequeños, pero bien formados, pensó que nunca había contemplado algo tan hermoso en la vida. Angélica entonces se sentó en el regazo de Rigo y con la mano dirigió su miembro hacia dentro de ella.

-¡Ay, Rigo! -volvió a decir cuando se dejó caer de una sentada y sintió que el pene del joven la llenaba por completo. Entonces ella empezó a moverse dando saltos y meneando las caderas como si bailara, y él, rodeando con sus fuertes brazos el esbelto cuerpo de su amiga, sintió que aquél era el mejor momento de toda su vida.

Los dos estaban jadeando y gritando sin controlarse; cada uno había dejado de pensar para actuar de manera instintiva y hacer lo que les produjera mayor éxtasis. Entonces, sin quererlo, sus ojos se encontraron, y cada uno miró al otro con absoluta ternura, de tal forma que parecía que sus cuerpos frenéticos estaban desconectados de su dulce mirada.

-Hace mucho que he querido esto -le dijo Angélica casi en un susurro y entonces él la besó por primera vez, conjuntando toda la pasión de ese momento y todo el cariño que se habían tenido por años.

Rigo no quería dejar de besarla; no quería dejar de sentir sus labios en los de ella, ni su lengua acariciando la de él. Angélica tampoco quería detenerse, y si no hubiera sido porque necesitaban un respiro, jamás habrían parado de besarse.

-¡Ya estoy de vuelta! -se escuchó de nuevo la voz de Godo, que se presentó detrás de Angélica con una nueva erección.

-Ven acá -lo instruyó Angélica con una sonrisa.

Godo se agachó un poco para ponerse a la altura adecuada, con la mano apuntó su pene entre las nalgas de Angélica, con un impulso firme, pero moderado, subió de nuevo, metiendo con lentitud su miembro en el culo de la chica. Angélica dejó escapar gritos inarticulados mientras Godo empujaba y empujaba, forzando su camino hasta que todo él estuvo adentro de ella. Angélica, por su parte, dobló su brazo hacia atrás para darle suaves nalgadas a Godo y así marcarle el ritmo adecuado.

Rigo podía sentir el pene de Godo moviéndose a través de la delgada membrana que separaba un conducto de otro… y se sentía bien. La situación lo excitaba tanto que comenzó a moverse con mayor fuerza, y sus dos amigos hicieron lo mismo. Para tener un punto de apoyo, Godo se aferró a las tetas de Angélica. Rigo no se sintió celoso, contra lo que había temido. No sólo el acto era un deleite para él, sino que le tenía tanto cariño a Angélica que estaba feliz de que ella pudiera disfrutar todo ese placer que evidentemente le causaba ser penetrada por ambos frentes. Y así, los tres siguieron muy contentos, follando y cogiendo por minutos hasta que el placer se hizo tan intenso que ninguno pudo resistir más… con una buena profusión de gritos y gemidos, todos se corrieron al unísono. Rigo rugió, Godo gimió y Angélica chilló de tal forma que los muchachos sintieron que les taladraban los oídos. Entonces, se separaron.

Los dos jóvenes se tumbaron en el sofá y Angélica, sofocada y temblorosa se levantó y se fue caminando tras murmurar de forma casi inaudible:

-Voy… a la cocina… por agua…

Godo y Rigo se quedaron en el sofá, aún desnudos, y resoplando de agotamiento. Ninguno podía creer lo que acababa de pasar.

-Bueno -dijo Godo en cuanto recuperó el aliento-, funcionó.

-Sí… -confirmó Rigo- ¿Quién lo diría?

-Yo no lo dudé un segundo.

-Aunque en realidad, Angélica no se puso como la chica de la historia que contó Rubén -reflexionó Rigo…

-Wow. Ya no soy virgen -dijo Godo cuando de súbito le cayó el veinte, e ignorando las cavilaciones de su camarada.

-…Más bien, ella parecía saber muy bien lo que hacía y tener el control de la situación todo el tiempo… -continuó Rigo y luego recordó- ¿Dónde quedó la botella de la yumbina?

-La dejé… -empezó a decir Godo, haciendo un esfuerzo por recordar– Creo que la dejé… -y entonces se le abrieron los ojos de par en par -¡En la mesa de la cocina!

Los dos muchachos se miraron con espanto; ¿habrían sido descubiertos?

-¿Buscaban esto? -se oyó la alegre voz de Angélica.

Los chicos miraron y ahí estaba ella, completamente desnuda, aún chorreando amor entre sus piernas, sonriendo más alegre que nunca, con un vaso de agua en una mano y la botellita de yumbina en la otra. Rigo y Godo se quedaron estupefactos y sin saber qué hacer.

-La vi cuando entré a la cocina a servirme otro vaso de coca -explicó Angélica-. Tontitos, yo trabajé en el Chetumalito el verano pasado, en un puesto que vendía estas pendejadas. Reconocí la botellita de inmediato, aunque le quitaron la etiqueta. Y por cierto, bobalicones, estas madres no funcionan, son un pinche fraude. Solamente traen suero.

Entonces, ante la mirada incrédula de Rigo y Godo, Angélica se sentó de nuevo en el sofá y entre los dos.

 –La verdad -prosiguió ella-, me la estaba pelando con ustedes, par de boboncios que no fueron capaces de idear nada divertido, pero cuando vi la botella, entendí lo que pretendían y decidí seguirles el juego -Angélica rodeó con cada brazo los respectivos hombros de sus dos amigos-. No tenían que darme yumbina, chicos. De todos modos me los habría cogido a los dos.

FIN

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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5 respuestas a Yumbina, Capítulo IV

  1. Alejandro dijo:

    Mi estimado Maik ”cincuenta sombras” Civeira, no pinche mames. Vamos por partes, sí, me gustó, lo leí, me reí y me dejó picado… sin albur, guácala. Pero punto y aparte de que sí me gustó, creo que la influencia de Beverly Hills bordelo y La mansión de Passion Cove en tu obra es por demás evidente ¿Dónde quedó el sexo ”friki” adolescente? Por un momento sentí que en cualquier momento encontraría un párrafo que diga ”y es así como perdí la virginidad, querido zapatos rojos. Saludos a tí y a Estella”.
    No sé, estuvo rara la experiencia ”porno pop”.
    Post data: si entendiste todas mis ”referencias”… eres igual de cerdo que yo ¿no nos da vergüenza? No, no nos da.

  2. Anónimo dijo:

    Ah que lindo los amigos. Estubo bueno eh, casi lloro al final. No en serio me gustó, está todo bien redactado no he visto muchos así.
    @Alejandro: Maldición, no puede ser… yo si entendí todas las referencias!.

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