Tentáculos, Capítulo I

TENTÁCULOS
Capítulo I

Relato anterior: YUMBINA

Claudia se hallaba cómoda y serena en la penumbra, recostada en una apacible bañera llena hasta la mitad con agua tibia y jabonosa. Con los ojos cerrados, Claudia inhalaba y exhalaba, tranquila y placentera. Recorrió su cuerpo, apenas rozándolo con las yemas de los dedos de ambas manos, desde su cuello, pasando por su pecho, sus senos redondos y confortables, su abdomen, sus caderas, sus acogedores muslos y hasta la punta de sus pies. Apoyó las palmas de sus manos en sus pantorrillas y acarició con fuerza su piel aterciopelada, ascendiendo por las curvas interiores de sus piernas. Su mano izquierda subió de nuevo hacia el pecho, se posó con suavidad en un seno y permaneció allí, quieta y cariñosa.

Su mano derecha se acomodó en su pubis y con gentileza, como quien mima a una mascota, acarició sus vellos rizados y sedosos. Su dedo índice se adelantó unos centímetros y palpó con suavidad el fino ángulo en el que sus labios se unían, y su clítoris sintió aquel dedo travieso rondándolo. Luego su mano toda se dirigió más abajo y acarició sus labios firmes, suaves y voluptuosos. La mano izquierda, que hasta entonces se había mantenido inmóvil sobre su seno, empezó a describir gentiles movimientos circulares, de tal forma que el pezón era en un momento acariciado por la palma, y al siguiente respingaba entre los dedos.

Claudia movió las caderas hacia arriba con lentitud, para que la piel del agua acariciara su entrepierna. Lo repitió unas cuantas veces y se volvió a recostar. Luego deslizó el dedo medio de la mano derecha entre sus labios mayores, y con parsimonia recorrió de arriba abajo, desde el clítoris, pasando por entre los labios menores, hasta la entrada de su vagina, y de nuevo hacia el inicio, una y otra vez. Pronto sintió en su dedo la deliciosa sensación de la humedad que creía allí dentro y que lo dejaba resbalar cada vez más fácil, cada vez más rápido, cada vez más delicioso. Su respiración y su corazón se aceleraron, y para seguir el ritmo de sus latidos Claudia apretó su seno, lo jugó moviéndolo en círculos, y pellizcó su pezón. Con su dedo medio jugó alrededor del borde de su vagina, provocándola, prometiéndole algo que la llenaría, pero que todavía no iba a concederle. Volvió a subir su dedo hacia el clítoris y empezó a mimarlo con ternura, presionándolo un poco, acariciándolo o haciéndolo girar ligeramente.

Su mano izquierda cruzó hacia su seno derecho, que estaba ansioso por sentir contacto, y le dio caricias, lo frotó, lo jugueteó y lo presionó con igual pasión, ternura y deseo con que había tratado a su gemelo. Entonces el dedo medio de su mano derecha recorrió de nuevo el húmedo y emocionante camino hacia la abertura, y una vez más estuvo ahí, jugando con ella, estimulándola como una chica coqueta y traviesa que se divierte confundiendo y excitando a otra. Entonces, cuando su cuerpo le suplicaba por tener algo dentro, Claudia metió el dedo. Con delicadeza, despacio, para sentir gradualmente ese calor, humedad y textura que sólo allí existía, y que era tan hermoso para su dedo, como éste lo era para su vagina.

Conforme el dedo entraba en ella, la respiración de Claudia se agitaba, su corazón golpeaba exigiendo más y un leve escalofrío la recorrió desde la punta de los pies hasta los labios. Introdujo su dedo hasta que ya no pudo, mientras los otros tres apretaban y estrujaban su vulva, y el pulgar se divertía dándole golpecitos al clítoris. Con la misma suavidad y lentitud con la que lo había metido el dedo, lo hizo salir por completo. Dirigió ese dedo mojado hacia su clítoris, y lo hizo patinar en círculos sobre él. Para entonces ya estaba jadeando y dando chillidos agudos; le excitaba escucharlos y a la vez duplicaba su éxtasis el tratar de reprimirlos. Cuando sintió que tal estimulación se estaba volviendo intolerable, retiró el dedo.

Su mano izquierda dejó sus senos tras una última caricia y bajó hacia su pubis para ocuparse de mimar con suavidad su clítoris a través de la piel que lo protegía. El dedo medio de su mano derecha volvió a introducirse entre sus labios, esta vez acompañado por el índice. Ambos jugaron con los bordes de su vagina, deslizándose o forzándolos a separarse. De golpe metió ambos dedos, y Claudia entera se retorció y tuvo que hacer un enorme y ardiente esfuerzo para reprimir los gemidos. Se había acabado la delicadeza; era el momento de la intensidad.

Mientras su mano izquierda estimulaba su clítoris, los dedos medio e índice de la derecha entraban y salían cada vez con mayor fuerza y cada vez más profundo. Claudia ronroneaba, chillaba y se retorcía provocando olas en la bañera, de tal forma que el agua tibia acariciaba toda su piel, como decenas de manos cariñosas que la envolvían. Entonces metió también el dedo anular y siguió penetrándose con fuerza, casi con furia. En cuanto sintió que le sería posible, introdujo también el meñique, y la presión de los cuatro dedos en su vagina, luchando por abrirla en todas direcciones y por penetrar lo más profundo que se pudiera, la llevó a un éxtasis que la perdió por completo. Su espalda se arqueó, sus rodillas se doblaron para levantar en el aire sus caderas, su cabeza se echó hacia atrás de forma casi involuntaria, como si sufriera de espasmos y calambres que en vez de dolor le hicieran sentir un deleite incontrolable e indescriptible. Sus párpados y sus quijadas se abrieron a más no poder en una expresión de arrebato placentero que en sí misma la hacía gozar. Dejó de reprimirse más y gimió, gritó y jadeó todo lo que quiso, al tiempo que con las manos continuaba haciéndose el amor.

Sintió entonces que estaba por tener un orgasmo y quiso evitarlo, disminuir la fuerza y la velocidad, para no venirse tan pronto y que el juego durara un poco más. Pero no pudo; su cuerpo le ordenaba que siguiera complaciéndolo y sus manos no respondían más que a esa necesidad. Pronto sintió una serie de extáticas convulsiones en todo su ser, por dentro y por fuera; su vagina se contraía y expandía sobre sus dedos, y vertía sus jugos en sus manos; en su vientre explotó una pequeña supernova y sus impulsos eléctricos se expandieron en todas direcciones; su cuerpo entero tembló de gozo y Claudia se sintió como una diosa.

Después del orgasmo, se recostó con calma en la bañera y se quedó ahí, satisfecha, con una sonrisa que no era para nadie sino para sí misma. Tras unos minutos, cuando sintió que había recuperado las fuerzas suficientes, se enjuagó, emergió de la tina, se envolvió en una toalla felpuda y salió del baño.

En su alcoba, camino a su cama se detuvo frente a un espejo de cuerpo completo y se quitó la toalla. Observó su cuerpo y le gustó lo que vio. Es cierto que estaba un poco llenita y cachetona, pero su cuerpo estaba firme, no tenía más que un poquito de panza, y esos kilitos de más se acomodaban de forma muy generosa en sus pechos y sus caderas, de las que su amiga Angélica le había confesado tener envidia.

Además, después de que a principios de aquel año escolar había flirteado con la anorexia y experimentado en algunas ocasiones con la bulimia, se había prometido no volver a preocuparse por tales insensateces, sino sólo por lo que ella pensaba de sí misma, y sentirse hermosa todos los días. Sin embargo, no siempre cumplía su promesa… A veces se sentía insegura de nuevo.

Angélica era la única que de vez en cuando alababa su belleza. En una ocasión, un fin de semana en que se fueron a bañar al mar, Angélica se puso uno de esos bikinis justos y diminutos que lucía tan bien; Claudia, apenada de mostrar su cuerpo, se puso un traje de baño completo, que le dejaba lucir sus pechos como el escote de un elegante vestido de noche.

-Wow, qué sexy te ves -le dijo Angélica riendo–. Si tuviera verga, te la metería -Así era ella, desenfadada; pero Claudia era más bien reservada y modosita.

Volcada hacia sí misma, Claudia amaba masturbarse. Lo descubrió desde muy temprana edad, incluso antes de saber lo que era el sexo o de siquiera empezar a fijarse en los chicos. Cuando era más joven, lo hacía casi a diario, incluso varias veces el mismo día. Había desarrollado diversas maneras de hacerlo y cada una le hacía sentir goces diversos. Sentada o acostada, boca arriba o boca abajo, con las piernas abiertas o apretadas; incluso había probado hacerlo de pie. Una de las formas en que más le gustaba era hacerlo frente al espejo, para admirar su belleza al ser penetrada. En ocasiones había probado meterse un dedo por detrás mientras se deleitaba la vagina, pero aunque la sensación le resultó placentera, la posición que tenía que adoptar para tal efecto le era incómoda y cansada.

A veces usaba objetos. Tiempo antes llegó a la conclusión de que los dedos no le eran suficientes y empezó a probar con objetos largos y gruesos. Le excitaba retar a su vagina con artículos que en principio parecían demasiado grandes. A veces, en su vida diaria, de pronto veía un artefacto y se preguntaba si podría metérselo y cómo se sentiría. En su cuarto guardaba, a la vista de todos, una colección de cosas preseleccionadas cuyas formas, tamaños y texturas le proporcionaban siempre un placer distinto. También tenía, atesorado en secreto, un dildo que Angélica le había regalado en su último cumpleaños; pero aunque también lo disfrutaba mucho, prefería siempre variar y no quedarse con lo mismo y le excitaba romper el tabú de utilizar cosas que no habían sido hechas para eso.

La mayoría de las veces escogía hacerlo sólo porque le gustaba su cuerpo, por el deleite que ella misma se otorgaba sin siquiera pensar en sexo ni en hombres; pero en ocasiones recurría a fantasías muy elaboradas que incluían seducción, un escenario exótico, a menudo fantástico, el acto sexual de muy variadas formas y los minutos que le seguían. A veces le gustaba ir saltando de una fantasía a otra, de un escenario al siguiente, de un compañero imaginario a otro. Cuando escuchó por primera vez sobre los íncubos, tuvo durante un tiempo intensas fantasías en las que uno o más demonios hermosos y sensuales, pero a la vez rudos y aterradores, se aparecían en su cuarto a media noche para tomarla, por la fuerza si era necesario.

Le gustaba imaginarse a otras chicas tocándose. No es que le interesara tener sexo con otras muchachas (había experimentado algunas veces con esas fantasías, pero no la entusiasmaron mucho), sino que le intrigaba saber si ellas se masturbaban también, cómo lo hacían, qué tanto lo disfrutaban, qué se imaginaban y cómo se veían al hacerlo. A veces, al masturbarse, pensaba en cómo sería hacerlo al lado de una amiga que la acompañara.

De todos los lugares en los que le gustaba tocarse, su favorito era la tina. Allí podía probar diferentes maneras de hacerlo, incluyendo aprovechar el chorro de agua tibia para estimularse hacia dentro. Por eso, cuando supo que su familia se mudaría desde esa casa alquilada hacia el caserón de la recién fallecida abuela, lo primero que hizo fue asegurarse de que le asignaran la recámara que incluía baño propio con una hermosa tina antigua; como no tenía hermanos, ello no fue problema.

La mudanza se realizaría al día siguiente y Claudia quiso despedirse esa noche de la tina que había sido escenario de tantísimos orgasmos desde hacía varios años. Después del baño, terminó de empacar lo poco que aún le quedaba pendiente y se acostó a dormir. Quién sabe qué experiencias podría darse a sí misma en su nuevo hogar.

El viejo caserón de la abuela se alzaba altivo en una zona poco turística y muy tranquila del Centro Histórico de la ciudad. Era un edificio que databa del siglo XIX; tenía una sobria fachada pintada de color marrón, con los pilares, las cornisas y los marcos de puertas y ventanas pintados de beige. La casa tenía altos cielos rasos, tanto en la planta baja como en el piso de arriba, y un patio central en el que crecían las flores que la abuela había querido tanto. La habitación de los padres estaba en el piso inferior, mientras que tres habitaciones destinadas para los hijos se acomodaban arriba.

 Claudia se pasó el día siguiente ayudando a sus padres a ordenar sus muebles y cachivaches en la nueva casa. No había mucho que hacer en realidad, pues durante los días anteriores ya habían estado transportando y acomodando sus pertenencias. Al final, muy entusiasmada, Claudia se instaló en su propia habitación, después de escoger un orden de cosas que satisficiera sus exigencias. Tuiteó “¡Desde mi nueva casa!”, feisbuqueó un rato, se echó en su cama sobre el edredón para meditar mientras observaba el techo de piedra sostenido por gruesas vigas de madera y, por fin, decidió que era momento de tomar un baño.

El baño era amplio, como no los hacen ya. En la pared opuesta a la pesada puerta, estaba el lavabo de talavera con dos grifos de bronce. Sobre él, estaba colgado un espejo bastante grande, con un sinuoso marco de metal. A la derecha, estaban el inodoro y el bidé, ambos de loza decorada. El piso estaba recubierto con antiguas losetas con patrones geométricos y orgánicos entrelazados. Dos o tres personas cabrían tendidas con comodidad en el espacio entre estos muebles de baño, la puerta y la bañera. Ésta era una belleza, pensaba Claudia. Era enorme, como para que cupieran dos personas, estaba hecha de cerámica blanca y se sostenía a unos diez centímetros sobre el piso mediante cuatro patas leoninas de bronce. Empotrada en la pared, a unos dos metros de altura, sobresalía una regadera con forma de delfín al estilo neobarroco. Unos palmos más abajo se encontraban las perillas  y, apenas por encima del borde de la tina, estaba un mascarón de bronce con la forma de una cabeza de león, de cuya amplia boca brotaba el agua que llenaba la tina como si fuera la elegante fuente de la plaza central de alguna ciudad antigua y cosmopolita.

Claudia se tomó unos momentos para contemplar su nuevo cuarto de juegos. Luego se desvistió con calma, disfrutando cada momento en que una nueva parte de su cuerpo era revelada ante el espejo. Desnuda, se acercó a la tina e hizo correr el agua a la temperatura deseada. Cuando la bañera estuvo llena, Claudia se inclinó para sacar del bolsillo de su short, ahora tirado en el piso, un encendedor y un porro bien enrollado que Angélica le había conseguido y que ella había estado guardando para esta ocasión. Entonces Claudia apagó la luz y, junto con el churro y el encendedor, se metió plácidamente en el agua tibia.

Tiempo antes, por casualidad, había descubierto una nueva forma de complacerse; si empezaba a tocarse cuando ya tenía mucho sueño y estaba casi dormida, y además se ponía muy pacheca y se relajaba en un lugar oscuro, llegaba un momento en que su mente se perdía en un estado enteogénico de duermevela, en el que los pensamientos se confundían y perdían lógica, los recuerdos y las fantasías se entremezclaban y podía llegar a soñar vívidamente, casi alucinando, aquello que imaginaba para acompañar sus caricias. Encendió, pues, el gallo y lo disfrutó con calma, recostada en la bañera. Cuando lo hubo terminado, estaba serena y somnolienta, pero al mismo tiempo estimulada por un tranquilo deseo de darse placer.

Con los ojos cerrados, ensoñadora, comenzó a acariciarse entre los muslos para después mimar sus voluptuosos labios con los dedos. Mientras lo hacía, en su mente divagaban entremezcladas deliciosas imágenes y sensaciones delirantes, y por momentos, en su ensoñación, llegó a creer que realmente estaba recibiendo las atenciones de un chico apuesto, sensible, cariñoso y apasionado, o que ella misma se estaba tocando, pero no en la tina, sino en una hermosa playa donde todos, hombre y mujeres, la observaban embelesados. Tan pronto caía sumergida en estas fantasías, como despertaba a la realidad, para darse cuenta de lo que hacía y renovar esfuerzos en consentir a su cuerpo.

En uno de esos momentos, en que apenas emergía de un ensueño, abrió los ojos para ver que algo resplandecía tenuemente frente a ella. Intrigada, pero no menos adormilada, observó un extraño objeto tubular que emergía de las tinieblas entre las fauces del león y serpenteaba con lentitud bajo el agua, en medio de las piernas abiertas da la chica. Tenía la forma de una manguera, cuyo diámetro debía ser el equivalente a dos o tres dedos de Claudia, y tenía una punta perfectamente roma y redondeada. Era traslúcido, de color azul eléctrico, y despedía una tenue luz feérica.

El extraño objeto continuó saliendo con lentitud de la boca del felino y su punta se acercaba cada vez más al sexo de Claudia. Ella, curiosa como una niña pequeña que ve algo bonito y desconocido, e incapaz de aprehender la situación, lo dejó aproximarse. Cuando la punta del objeto serpentino estuvo frente a sus labios, comenzó a acariciarlos con suavidad, como lo haría un cachorrito con su ama, abriéndolos un poco para introducirse apenas entre ellos. Claudia sintió un deleitoso impulso que viajó desde su entrepierna hasta su pecho y dominó su mente. Cómoda y cautiva, cerró los ojos y se sumergió en un trance ensoñador. La criatura continuó acariciando sus labios y su clítoris, mimando a la chica, que se dejaba llevar por completo, sin entender qué parte de todo lo que percibía y sentía era realidad y qué era sueño.

Entonces, tras regresar de otra fantasía más, los propios jadeos y suspiros gozosos de Claudia le hicieron abrir los ojos, justo en el momento en que la punta de aquel látigo luminoso penetraba como un relámpago en su vagina. Claudia sintió su textura aterciopelada y su calor, con mayor deleite del que había tenido con cualquier objeto o incluso con sus propios dedos. La forma tentacular no penetró muy profundo, pero su grosor abría tanto la vagina de Claudia, que pronto la hizo brincar de un placer sutil a un éxtasis arrebatado. El tubo entraba y salía, con gentileza pero decisión, rápido y poderoso. Drogada y somnolienta como estaba, Claudia de pronto se veía poseída por el íncubo de sus sueños, después recibiendo la generosa ayuda de Angélica con un dildo, y de nuevo abría los ojos para observar a esa forma luminosa que la estaba penetrando en la bañera.

Con apenas aliento para gemir, Claudia dirigía sus notas extáticas a la nada y a sí misma, apretaba las mandíbulas y los puños, y empujaba con las caderas, buscando por puro instinto al amante viril que la estaría raptando. En cuestión de segundos, se corrió con una fuerza que había experimentado pocas veces en su vida, y los bálsamos de su sexo perfumaron la bañera mejor de lo que habría podido hacerlo cualquier mejunje. Con delicadeza, el tentáculo se retiró de su cuerpo, dejando a Claudia vencida, exhausta y confusamente feliz. Antes de cerrar los ojos y perderse en la inconsciencia, vio al objeto que la amó regresar por la boca del león hacia las sombras de las que había emergido.

Claudia despertó cuando los rayos del sol entraron por la amplia ventana que estaba junto a la tina e iluminaron su rostro sonrosado. No recordaba muy bien lo que había sucedido la noche anterior, excepto por sensaciones vívidas de placer, que no lograba ubicar en un contexto. Salió de la tina, la vació y la enjuagó; se secó con la toalla, encendió un incienso para ocultar el olor a marihuana, salió a su habitación y se tendió sobre la cama para dormir un par de horas más.

Pasó ese domingo disfrutando de su pereza, relajada excepto por súbitos y efímeros impulsos de volver a sentir el placer de la noche anterior. Sus padres le permitieron estar inactiva todo el día, atribuyendo su cansancio a las fatigas de la mudanza. Esa noche, Claudia tomó una ducha rápida y se acostó a dormir temprano.

______________________

Continúa en el Capítulo II

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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7 respuestas a Tentáculos, Capítulo I

  1. Alejandro dijo:

    ”Su mano derecha se acomodó en su pubis y con gentileza […] acarició sus vellos rizados y sedosos”.
    Carnal, a lo mejor soy sólo yo proyectándome, pero veo que todos los que nacimos en los 80’s, tarde o temprano incluimos pelos en nuestras representaciones del erotismo ¿Por qué será? Aparte he descubierto que es algo más bien masculino, es decir, muchas conocidas mías nacidas en esa misma década, adoptaron sin chistar la costumbre (hoy casi obligación) de dejar el ”terreno llano”, mientras que sus contrapartes masculinas, aún suscribimos esa máxima que reza: ”donde hay pelo, hay alegría” ¿o eran alergias? no recuerdo jejeje.
    A propósito, hablando de tentáculos y niñas que se quedan dormidas, me recordaste al ”Sueño de la esposa del pescador” del artista japonés Katsushika Hokusai.

    • Maik Civeira dijo:

      😉 Mi experiencia ha sido en sentido opuesto, además esta chica es una tímida virgen de tercero de prepa, y por eso supuse que no habría adoptado estas costumbres…

      • Anónimo dijo:

        Hola la verdad no tengo idea como llegue aqui !! Pero te felicito estoy super emocionada por leer esto !! Muy buena !!

  2. Anónimo dijo:

    Ego, La Claudia y la Angélica de este cuento, ¿Son las mismas de Yumbina?

  3. Maik Civeira dijo:

    Anon 1: Pues qué bueno que te gusten ¿Ya checaste el relato anterior, YUMBINA?
    Anon 2: Sí, son las mismas.

  4. Pao Dennise dijo:

    Esa Claudia si que es una loquilla.
    Muy bueno, gracias 🙂

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