Tentáculos, Capítulo II

TENTÁCULOS
Capítulo II

Leer el Capítulo I

El lunes despertó con energía y buen humor inusuales. Se pasó algunas clases charlando con sus amigos y amigas, por lo que se ganó las reprimendas de más de un profesor malencarado. Sin percatarse, algo la impulsaba a tener contacto físico con sus amigos varones más cercanos y, raro en ella, le dio por acariciar de pronto el brazo del chico con el que platicaba, o de pegarle unas suaves palmadas cariñosas al muchacho sentado al lado.

A la hora del recreo, buscó a Angélica, pues quería compartir con ella lo poco que recordaba del extraño sueño que había tenido mientras se tocaba en la bañera. Registró pasillos, patios y salones, antes de finalmente encontrarla detrás de las gradas de la cancha de futbol. Estaba con Godo y Rigo, y para sorpresa de Claudia, uno al otro se gritaban y reclamaban, mientras Angélica trataba de conciliarlos. De pronto Rigo le dio un empujón a Godo, que casi se cayó de espaldas, y cuando Angélica trató de interponerse entre los dos, Rigo le espetó, con voz entrecortada:

-¡No eres más que una puta! -y se fue de ahí corriendo.

Claudia observó la escena en silencio y sin dar a notar su presencia. Luego se apartó del lugar, dejando solos a Angélica y a Godo, que seguían discutiendo.

Claudia se encontraba muy extrañada por lo que había presenciado. Desde principios del año escolar, Angélica se había vuelto muy unida a Godo y a Rigo, y andaba con ellos para todas partes. Cuando antaño las dos chicas solían salir juntas casi cada fin de semana, durante los últimos meses Angélica le había cancelado en muchas ocasiones para salir con los muchachos. Claudia se sintió un poco herida; Angélica siempre le había contado todo, y ahora era evidente que desde hacía tiempo algo sucedía entre ella, Godo y Rigo, y no se había dignado a confiárselo.

Cabizbaja e intrigada, Claudia se encaminó de regreso a su salón, mas en el trayecto se topó con Ádal, que, sentado en una banca, tenía vista y los dedos fijos en su iPad. A Claudia siempre le había agradado Ádal; medio mamón pero caballeroso, muy listo pero bastante distraído y condenadamente friki, tenía un no sé qué de vago carisma encantador. Muy alto y delgado, sin ser atlético ni escuálido, tenía una distinguida nariz recta que sostenía las gafas de pasta, detrás de las cuales observaban un par de ojos oscuros, poderosos y profundos. Pero lo que más le llamaba la atención de él, eran sus manos, grandes y fuertes, como las tendría un hombre adulto, pero que al mismo tiempo conservaban la delicadeza del adolescente. Como ese día Claudia se sentía animada y amistosa, se acercó al muchacho y se sentó junto a él.

-¡Hola!- saludó con una sonrisa amplia y una mirada pispireta.

-¿Qué onda? -contestó él, amable y cordial, pero nada efusivo.

-¿Qué haces?

A esa pregunta, Ádal se puso a explicar largamente una serie de asuntos de programación y hackerismo de los que Claudia no entendió ni madres.

-Oye -le dijo ella, cuando Ádal por fin cerró la boca–, el fin de semana va a estar la Otakon… ¿te gustaría ir conmigo?- y apenas terminó de decir esto, Claudia se sorprendió de su propia osadía.

-Nah -respondió Ádal, que había puesto su atención en el ir, sin reparar en el significado del conmigo-. Esas convenciones se llenan de emos retrasados y hípsters que ahora creen que ser friki es cool. Y estoy harto de pagar para ver cómo el panzón que hizo la voz de Gokú lloriquea por lo poco que le pagan a los actores de doblaje.

-Pero el domingo van a pasar un maratón de diez horas de la nueva serie de CLAMP. Es la primera vez que se presenta…

-Pfff. Ya encontré de dónde bajar todos los capítulos y los vi la semana pasada… Si quieres te los rolo -añadió Ádal con sincera generosidad.

-No, gracias -dijo Claudia, impaciente, y se alejó de ahí, justo en el instante en que a Ádal le pasó por la cabeza la idea fugaz de que habría podido invitar a Claudia a ver la serie con él en su casa.

Decepcionada, pasó el resto del día escolar pensativa y ajena. Sentía que había algo en ella que la apartaba de los demás, como si tuviera alguna experiencia distinta o una nueva percepción de las cosas que la ponía un poco por encima de lo que los otros hacían y pensaban, pero que al mismo tiempo le obligaba a desear su compañía y su contacto.

A la hora de la salida, Claudia seguía con tal estado de ánimo y tales ideas mientras caminaba a la esquina para tomar el camión que la llevaría a su casa. Entonces, caminando por la acera opuesta, Claudia vio a Santiago, uno de los chicos más populares de la escuela. Morenazo de ojos verdes, alto, atlético y fortachón, ancho de hombros y de brazos musculosos, pantalones ajustados y estrecha camisa de botones abierta hasta el pecho, captó la atención de Claudia como nunca lo había hecho, por no considerar ella que un granuja como aquel hijo de papi se mereciera sus pensamientos, o siquiera fuera capaz de notar su existencia. Pero en ese momento Claudia se sintió convencida de que, de quererlo, podría seducirlo y obligarlo a hacer lo que ella deseara. Con estas ideas traveseando en su conciencia, Claudia tomó el autobús y recorrió todo el trayecto de vuelta a su hogar.

Aquella tarde fue ajetreada para Claudia, pues los maestros, con la mala onda que los caracteriza, habían tenido la indecencia de marcar muchas y muy trabajosas tareas a pesar de que apenas era lunes. Cansada de aprisionar su atención en libros y cuadernos, levantó la mirada de su escritorio y la dirigió a través de la ventana. Desde su cuarto, iluminada por la luz dorada del atardecer, podía ver la calle, pavimentada con concreto estampado que simulaba el empedrado que habría tenido un siglo atrás. La flanqueaban edificios coloniales y decimonónicos, sobre cuyos tejados sobresalían los árboles más altos de cuantos crecían en sus viejos patios interiores. No muy lejos se alcanzaba a ver el campanario de una iglesia.

Los cielos estaban poblados por palomas y algunos zanates. Los suelos, por gentes de rostro parco que, sufriendo el calor, avanzaban por la escarpa rumbo a sus trabajos o algún otro deber o diligencia casi tan oneroso. De vez en cuando se aparecía alguna pareja de rubios extranjeros que se habían extraviado y alejado de la parte más turística del centro de la ciudad. Por la calle pasaban bicicletas, automóviles y motos, que eventualmente tenían que abrir paso a algún camión de pasajeros que se aventaba descortés y humeante entre conductores y transeúntes por igual.

La planta baja del edificio al otro lado de la calle estaba ocupada por un tendejón de aquéllos en los que podría encontrarse desde víveres hasta golosinas, desde revistas hasta papelería, desde artículos del hogar hasta piratería. Claudia se fijó en un muchachito moreno, de fuerte constitución, que metía y sacaba cajas de la tienda. Con el torso desnudo, lucía sus fuertes músculos bajo su piel cobriza y reluciente de sudor. El chico debía ser un par de años más joven que Claudia, pero ella presintió que estaba mucho más cerca de ser un adulto que sus propios compañeros de escuela.

“Es todo un hombre” se sorprendió a sí misma diciendo en voz baja, y luego pensó que quizá él ya había tenido sexo y trató de visualizarlo poseyendo a otras chicas de su edad. Imaginando de qué manera, en qué posiciones o con cuánta fuerza lo haría, llegó a la mente una clara imagen del pene del mozo: grande, erecto, moreno, duro y surcado por venas palpitantes.

Fue entonces que se dio cuenta de una verdad tan obvia que siempre se le había escapado: todos los hombres tienen un pene. Todos. No importa cuán educados, modestos, respetables, serios, pudorosos, tímidos, cariñosos, feos, atractivos, jóvenes o viejos puedan ser, todos tienen una pinga debajo de sus pantalones, una polla que se les puede parar, a través de la cual sienten placer y proporcionan placer, un arma de doble filo que los hace a la vez poderosos y vulnerables. Y lo tienen ahí todo el tiempo, el mismo miembro con el que cogen o que se jalan está siempre en el mismo lugar, bajo su ropa, así estén bailando en la disco, orando en la iglesia, tocando una guitarra, durmiendo la siesta, impartiendo una clase, dando un discurso, consolando a una amiga, practicando un deporte, besando a su madre, llorando en un funeral… La idea la hizo sonreír, pero después le preocupó que ya no podría ver de la misma manera a todos los hombres con los que tenía que convivir a diario, o si podría dirigirles la palabra y la mirada, sabiendo que allá mismo, un poco más abajo, tenían colgados ese órgano tan extraño y fascinante.

Claudia no lograba entender por qué esos pensamientos revoloteaban por su conciencia sin dejarla pensar en nada más. Después de terminar sus deberes escolares con escasa concentración y de concluir con sus actividades diarias, tomó una ducha rápida y se fue a la cama. Inquieta, pasó más de una hora dándole vueltas a las imágenes de los chicos atractivos que había visto ese día y las reflexiones que le había suscitado su descubrimiento sobre la universalidad del falo. Al final, se quedó dormida mientras recordaba la emoción que sintió años atrás, cuando vio sus senos y su vello púbico crecer y desarrollarse poco a poco, a la vez que en su cuerpo comenzaba a nacer el deseo.

Al día siguiente la inquietud se había convertido en una necesidad imperiosa e irresistible. Estuvo sonrojada y agitada durante toda la mañana, temiendo que alguien fuera a darse cuenta de su estado de ánimo y su ardor. Durante la tarde, mientras cumplía con sus tareas escolares y deberes del hogar, no veía la hora de que llegara la noche para poder estar en su glamurosa bañera, en intimidad consigo misma.

Cuando la hora le pareció prudente, Claudia se apresuró a meterse al baño, llenó la tina y se acurrucó en la tibieza y la oscuridad. De inmediato comenzó a acariciar esa parte consentida suya, con movimientos circulares, lentos pero fuertes. La apretó, la frotó, le dio palmaditas. No necesitó mucho preámbulo; en cuestión de segundos ya estaba muy mojada y su vagina le suplicaba, le ordenaba que introdujera un dedo, dos, tres, al tiempo su otra mano jugaba con su clítoris.

Mientras se dedicaba a estas agradables torturas, Claudia vio el resplandor azul que surgía de la boca del león. Le sorprendió y extrañó, pero no tanto como para detener a sus manos de la sagrada misión que les tenía asignada. Mas cuando la extraña serpiente traslúcida y brillante emergió de la oscuridad y se deslizó con lentitud hacia ella, Claudia no pudo reprimir un leve chillido e, incorporándose, se arrinconó en el extremo opuesto de la tina. La manguera azul se quedó bajo el agua, aproximándose con un lentísimo serpentear, y Claudia, mucho más curiosa que asustada, la contempló en silencio por un largo rato. Al cabo se aventuró a acercársele al intrigante cuerpo tubular, se inclinó para verlo mejor y extendió una mano temblorosa hacia él. Éste, con docilidad, dejó que Claudia lo cogiera y lo manipulara para ser examinado. Fue entonces que ella resolvió, más allá de toda duda, que aquél objeto exótico no era otro que el que se había aparecido en lo que hasta entonces consideraba un sueño o una alucinación. Claudia sintió un escalofrío cuando de golpe se dio cuenta que, apenas dos noches antes, esa cosa la había follado hasta el orgasmo.

Entonces el látigo azul se enrolló en su muñeca derecha, constriñéndola con fuerza, aunque sin lastimarla, y tirando hacia arriba la obligó a levantarse. Claudia emitió un quejido, más de susto que de dolor, y con la mano izquierda jaló, apretó y golpeó el flagelo en un esfuerzo fútil por liberarse. De pronto, de entre las fauces del león salió disparado otro tentáculo que sujetó la muñeca izquierda de Claudia en el aire, a la misma altura que la otra. Claudia se agitó y se retorció, pero sus empeños eran inútiles: los dos tentáculos la sostenían de las muñecas con la misma fuerza que si estuvieran encadenadas a un muro de piedra, obligándola a tenerse de rodillas.

Claudia creyó comprender las intenciones del imaginario ser al que pertenecían los tentáculos y el sudor frío del miedo resbaló por su frente, como el agua tibia de la bañera se deslizaba por su vientre y los elíxires de su deseo seguían emanando de entre sus piernas. Cuando un tercer y cuarto tentáculos salieron serpenteando del grifo, Claudia cerró las piernas y apretó fuerte. Pero cada uno de los tentáculos se dirigió a sus pantorrillas y se enredó en ellas. La joven luchaba con todas sus fuerzas contra el poder de los pseudópodos que la obligaban a abrir sus piernas; apenas gemía ya sin aliento cuando tuvo que aceptar un hecho innegable: mientras más forcejeaba ella y mientras más lograban los monstruos abrir sus piernas, más se mojaba y más sentía dentro de sí la necesidad de ser penetrada. No pudo resistir más y cedió, y su sexo húmedo quedó expuesto a los ataques sin cuartel de la entidad que sin duda se había determinado a poseerla.

Dos tentáculos más aparecieron y, sin miramientos, se dirigieron a sus senos, redondos y acogedores, y jugaron con ellos, apretándolos o acariciando sus pezones endurecidos. Otro par de pseudópodos se unió al caos; uno de ellos se fue a su pecho, para deslizarse con fuerza entre las tetas que apretaban los otros dos. El tentáculo restante, con delicadeza, merodeó por la vulva de Claudia, como si olfateara, antes de decidirse a acariciarla, resbalando por sus labios y rozando su perla hipersensible.

Claudia gemía excitada y jadeaba asustada, pero no gritó. Si la idea de pedir ayuda había visitado su mente, se desvaneció de inmediato. El profundo anhelo por sentir más, por averiguar qué estaba a punto de ocurrir, dominaba el leve temor innatural que apenas rondaba la superficie. Entonces, abandonando toda sutileza, el tentáculo entró con violencia hasta el fondo, y Claudia pudo constatar que así como había sido flexible, a voluntad se había vuelto rígido y duro, en el límite justo entre lo placentero y lo doloroso.  Lo que Claudia sentía ahora dentro de sí, en su vagina, entre sus senos, era algo que jamás había experimentado o que siquiera se habría atrevido a imaginar. Era una sensación indescriptible, inaprehensible, de energía atómica o bioetérea, celestial y bestial, que le causaba un terrible deleite físico y un irresistible terror metafísico.

El tentáculo entraba y salía, entraba y salía, apretando contra las húmedas y resbalosas paredes internas de Claudia, quien chillaba incontrolable, mientras los demás flagelos se entretenían con otras partes de su cuerpo. Para su consciencia pasaron horas interminables en las que esa cosa la penetraba sin detenerse; para su cuerpo de mujer ningún tiempo concebible habría bastado.

-¡Sí! ¡Sí! -se escuchó gritando entre sollozos- ¡Quiero más! -pero luego se avergonzó de la frase, por vulgar y trillada y se mordió los labios para no repetirse.

Pero cuando sintió ese sismo de su ser, esa avalancha de convulsiones, esa marejada de jugos, no pudo contenerse más y estalló en gritos inarticulados y sin aliento. Su vagina colapsó con furia alrededor del tentáculo que la allanaba y éste redobló sus esfuerzos, obligándola a venirse, una vez y otra más.

Cuando Claudia creyó que la calma estaba por seguir a la tormenta, un extraño nudo se formó en su pecho y un cosquilleo imposible se extendió entre sus senos. Incapaz de comprender qué sucedía, se rindió ante la absoluta invasión de su cuerpo y sus sentidos y, retorciéndose de placer, dejó escapar un agudo alarido de éxtasis en el que extinguió sus fuerzas y su hálito. Tras unos instantes más lo comprendió: había tenido un orgasmo en las tetas.

Exhausta y vencida como una marioneta, Claudia se dejó depositar suavemente en la tina, tras lo cual los atentos tentáculos, ahora sutiles y cariñosos, se retiraron de su cuerpo y desaparecieron por la boca del león. Satisfecha como nunca sospechó que podría sentirse, se quedó dormida en el agua tibia y perfumada de ambrosías.

Despertó fatigada y confundida; le dolía todo el cuerpo, pero con ese dolor saludable y exquisito que produce la actividad física vigorosa. Con trabajo se incorporó y se duchó, vació y enjuagó la bañera, se secó y se fue desplomar sobre su cama para dormir, exhausta, cogida y feliz, hasta el amanecer.

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Continúa en el Capítulo III

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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6 respuestas a Tentáculos, Capítulo II

  1. Bryan dijo:

    HAHAHAHAHA muy bueno mi estimado, aunque he visto suficiente porno y hentai para saber como continuaba esto, lo que me intriga es ¿qué pedo con Rigo y Godo, por qué salieron de pedos con Angélica? y te la mamaste con lo de la “actividad física vigorosa”

  2. Anónimo dijo:

    Coño Maik, usted es bueno escribiendo estás vainas. Y lo de Rigo y Godo con Angélica, ¿Qué pasó ahí?

  3. Raul Nava dijo:

    Buen relato , sin embargo es obvio que la amistad de Rigo y de Godo sufrió cambios luego del episodio en que ambos lograron su cometido….

  4. noah dijo:

    Que fue con Rigo y Godo (Creo que todos estamos amas interesados con lo que paso con héroes del relato pasado).
    Por cierto buen capitulo, muy interesante el punto de vista de una chica en este tipo de relatos, otra cosa que el próximo capitulo sera para Ádal no, algo me dice que el chico tiene un secreto.

  5. Alejandro dijo:

    ¿Qué puedo decir que no hayan dicho los demás comentaristas? Espero paciente el siguiente capítulo.
    Me dio risa eso de ”todos los hombres tienen pene”, me recordó veladamente a Lacan y su concepto de Forclusión, cuando afirma que si un hombre no logra fijar el referente ”las mujeres no tienen pene”, sobrevienen problemas de identidad de género.
    ¿Que me pasa compañero? En tu blog de opinión comento puras mamadas y en tu blog literario aflora mi lado ”culturoso”. Muy mal, muy mal.

  6. Maik Civeira dijo:

    Gracias a todos por sus comentarios y por su interés. Sus dudas se resolverán a su debido tiempo. 🙂

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