Tentáculos, Capítulo IV

TENTÁCULOS
Capítulo IV

Leer el Capítulo III

A partir de entonces Claudia andaba de aquí para allá alegre y orgullosa como una reina. Se sabía poseedora de un secreto que sólo ella disfrutaba y que, de alguna manera, la ponía a una altura inalcanzable para los demás mortales. No volvió a invocar a su demonio de placer en muchos días, pues temía que el próximo encuentro la dejara tan exhausta y escaldada como la última vez, pero se complacía en saber que tenía a su disposición una criatura cuyo único objetivo en la vida era hacerla gozar de una forma que, ella lo sabía, ninguna otra mujer en el mundo siquiera imaginaba. Teniendo este maravilloso tesoro, Claudia sentía que no necesitaba nada y a nadie más y le sorprendió lo fácil que resultaba su vida sin tener que preocuparse por caer bien o agradar a los otros.

Dejó de preocuparse por Angélica, se alejó de sus otras amigas y abandonó cualquier intento de acercarse a Ádal. No obstante, cierto fin de semana Angélica llamó. Le dijo que necesitaba hablar con ella, y aunque a Claudia le daba mucha hueva la idea, acordó reunirse con su amiga en el parque, frente a la fuente de la Serpiente Emplumada. Claudia llegó temprano a la cita, pero se encontró con que Angélica ya estaba allí, sentada en un banco y mirando hacia el suelo con la cara llorosa. Claudia se sentó junto a su amiga.

-¿Qué pasa? -preguntó Claudia con preocupación sincera.

-Ay, Clau -murmuró Angélica-. Estoy muy mal.

-¿Qué tienes?

-Ando muy perdida… No sé qué hacer…

-Pero, ¿cuál es el problema, Angie? Cuéntamelo todo.

-No sé si debo…

-Tiene que ver con Godo y Rigo, ¿verdad?

Angélica tardó en contestar –Sí.

-¿Qué pasó con ellos? No me digas que te cogiste a alguno de los dos -dijo Claudia, que conocía las andanzas y desentuertos de su amiga.

Angélica guardó silencio, respiró profundamente y abrió la boca, pero las palabras expiraron en sus labios. Tomó otro respiro y dijo de golpe, como queriendo evitar cualquier posible arrepentimiento de último segundo:

-Me acosté con los dos… A la vez.

Claudia miró a su amiga con incredulidad. Siempre la había considerado medio casquivana, pero no pensó que fuera capaz de tanta putería. Por un lado se sintió fascinada por la revelación, pero al mismo tiempo le producía una envidia irritante y, aunque quiso racionalizar lo contrario, sintió que de pronto su propio íncubo tentacular no era la gran cosa.

-¡¿QUÉ?! -fue lo único que se le ocurrió decir.

Entonces Angélica le contó a grandes rasgos cómo había sucedido todo. De la primera vez que ella tuvo sexo con los dos chicos, de cómo los primeros meses la relación había funcionado de maravilla y los tres se la pasaban a todo dar, pero cómo algo, de lo que no quiso dar detalles, sucedió entre Godo y Rigo que los hizo sentir muy incómodos, de cómo Angélica se acostó con uno en ausencia del otro, y con el otro en ausencia del uno, de un distanciamiento que se convirtió en hostilidad, de desplantes y reproches, del último intento de Angélica por componer las cosas y, en fin, de cómo al cabo todo se desmoronó.

-¿Qué piensas? -preguntó Angélica, después de un rato de silencio.

-No mames -contestó Claudia.

-Sí, ya sé…

-¡No, no sabes! -la repentina brusquedad de Claudia asustó a su amiga- No mames, Angélica, te pasas la vida rodeada de hombres, y para colmo hasta tuviste a dos al mismo tiempo. ¡Y ahora lloriqueas por eso! No pinches mames. Y vienes a echármelo en cara. ¡A mí! ¡Cómo te atreves! ¿Y cuál es tu puto problema? Mañana conseguirás a otros dos, o tres, o cuatro…

Angélica se defendió con voz entrecortada- No lo entiendes, Clau. No lo entiendes -y entonces rompió en llanto- Todos me dicen siempre que soy una puta, pero no creí que tú… Por favor, Clau no me odies… No voy a poder si tú me odias también… Claudia, la cagué. ¡La cagué en grande! Y ahora he perdido para siempre al único niño que he querido de verdad…

Claudia sintió compasión por su amiga, pero la envidia y el enojo ahogaron tal misericordia. Sin decir palabra y ya sintiéndose culpable por lo que estaba a punto de hacer, se levantó de la banca y se alejó del sitio con pasos furiosos, dejando a su amiga descomponerse en lágrimas.

Claudia caminó de vuelta al centro y estuvo deambulando por sus calles durante un buen tiempo. No tenía ganas de volver a su casa ni de encontrarse con algún conocido, pero tampoco tenía un destino en mente. Rostros morenos y enjutos, hípsters de café orgánico, hippies extranjeros que jupeaban y tamborileaban, estudiantes vagales, reguetoneros con mirada de tíner, burócratas grises, orgullosas indias oaxaqueñas que vendían sus artesanías, algunos merolicos y pordioseros… en fin, toda la fauna del centro histórico pasó junto a ella en algún momento u otro.

Su discurrir la llevó a pasar frente a restaurantes, cafés, puestecitos de artesanías, kioscos que exhibían con mucho descaro portadas de revistas pornográficas del gusto menos refinado, tiendas de toda clase que ya empezaban a decorar con motivos navideños… y así hasta que se topó con una galería en la que, según el anuncio en la fachada, se exhibía arte japonés del siglo XIX. Le sorprendió que no hubiese escuchado sobre tal exposición de un tema que le interesaría tanto y entró para disfrutar de las obras exhibidas con la mitad de la atención y el aprecio que se merecían.

Un grupo de turistas gordos y paliduchos estaba siendo guiado por un muchachito moreno, que les explicaba los detalles y pormenores de las obras expuestas. Claudia decidió unirse discretamente a la comitiva para aprovechar las explicaciones. Llegaron al fin a una pequeña sala (más bien, un cubículo delimitado por paneles móviles) en la que se mostraba una sola pintura. Representaba a una mujer de fina belleza oriental, recostada desnuda entre lo que parecían ser olas crispadas, con evidente expresión de sereno placer. Dos pulpos eran los encargados de proporcionarle tal goce. Uno de ellos, el más grande, estaba colocado entre las piernas de la dama, proveyéndole cunnilingus, y con sus tentáculos acariciaba su cuerpo y su vagina. El otro pulpo, más pequeño, estaba cerca de la boca de la fémina, besándola, y jugando con sus senos. El resto del cuadro estaba cubierto con letras japonesas. Claudia sintió el enervante escalofrío de la excitación.

-Éste es otro ejemplo de shunga, arte erótico de principios del siglo XIX -explicó el guía- El título de la obra es Tako to Ama, “El pulpo y la esposa del pescador” y el autor es el célebre artista erótico Hokusai, que presentó esta pintura en 1814…

-¿La está violando el pulpo? -preguntó una linda chica rubia con acento español, expresando la duda que rondaba la mente de Claudia.

-No, no -respondió el guía–. Todo lo contrario. Como nos lo explica no sólo el gesto de la muchacha, sino el texto que acompaña a la imagen, las tres criaturas involucradas están sintiendo gran placer. En Occidente se malinterpreta este acto sexual como violación, pero en realidad es totalmente consensuado. Y no es la única obra de su tipo: el erotismo tentacular era un tema recurrente en el arte de esa época.

Al mismo tiempo, Claudia y la chica española exhalaron un suspiro tenso y sonoro. Entonces, sin quererlo, sus miradas se encontraron y entre sus ojos se intercambió un mensaje que ambas entendieron, pero que ninguna tuvo la osadía de confesarse. Claudia se dio la media vuelta y salió de la galería, deseosa de entablar un cuarto contacto con aquel monstruo que era a la vez su amo y su esclavo.

Entró a su casa y subió las escaleras a toda prisa. No había entrado a su habitación cuando ya se estaba quitando la blusa. Tropezando con sus pantis que bajaban por sus piernas, entró al baño casi completamente desnuda. Estaba tan excitada y deseosa que podía percibir su propio olor.

Se obligó a serenarse y a partir de entonces procedió con calma, no porque aún tuviera temor, sino porque así podría destilar la emoción con lentitud. Abrió las llaves y templó el agua. Introdujo un pie en la tina y luego el otro; con la misma parsimonia se recostó. Abrió sus piernas y acarició sus muslos por dentro; jugueteó con su ombligo e hizo mimos a su vello púbico; con las yemas de sus dedos recorrió su abdomen, sus caderas, su cintura, sus senos, su cuello…  No podía esperar más, necesitaba que el monstruo apareciera, pero el forzarse a ir despacio la calentaba aún más. Finalmente llevó su índice izquierdo a sus labios, lo remojó y después lo elevó hasta su boca. Eso era todo lo que hacía falta.

La tina, el baño, el edificio entero temblaron como si ocurriera un terremoto. Claudia se asustó, pero sólo por un instante antes de que un chorro de tentáculos azules y brillantes saliera disparado de la boca del león, y de la regadera y del desagüe. Solícitos, no tardaron en enredarse en las piernas y brazos de Claudia, para elevarla en el aire como a una diosa cargada por sus acólitos. Más tentáculos de los que podía contar acariciaron su piel, su vagina y sus glúteos. Y cientos más la rodearon por completo, hasta que taparon la poca luz vespertina que entraba que por la ventana y sólo quedó el azul eléctrico.

Claudia se encontró de pronto en el centro de una esfera hueca, cuya superficie la formaban miles de tentáculos que se retorcían por todas partes, mientras decenas de ellos se encargaban de deleitar a su cuerpo en suspensión. Su cuello, sus senos, su clavícula, sus muslos, su vulva, su clítoris, sus nalgas, sus pantorrillas, su cintura, la curva de su espalda… no quedaba una zona erógena que no estuviera siendo estimulada por uno o varios pseudópodos. Claudia estaba exultante.

Entonces se le ocurrió preguntarse, si estaba dentro de la esfera, de dónde provenía la luz ámbar que le permitía verse a sí misma en tal situación. No tardó en encontrar la fuente: eran dos haces gatunos amarillos y eléctricos que la observan predadores desde una distancia inapreciable. ¿Qué tan grande era la esfera? ¿Dónde estaba con exactitud? Las preguntas cruzaron su mente con fugacidad, antes de que su conciencia se perdiera en la mirada hipnótica del algo que la observaba desde el éter.

Bruscamente, sin delicadeza, un tentáculo penetró su ano. Antes de que Claudia pudiera objetar, otro tentáculo lleno su boca. Se relajó y se dejó llevar; lo estaba disfrutando más que nunca. Y mientras degustaba los falos elásticos y rígidos que entraban y salían de su cuerpo, notó que los ojos eléctricos se aproximaban lenta e inexorablemente hacia ella. Algo la excitaba de tal acercamiento, como si un deseo maravilloso y anhelado por siempre estuviera a punto de hacerse realidad. Pero no fue el rostro del íncubo lo que tuvo primero frente a sus piernas forzadamente abiertas; era algo más, algo que no había esperado en lo absoluto.

Un tentáculo azul oscuro, no era traslúcido sino sólido; no era flexible sino mucho más rígido; su grosor equivalía a dos o tres de los otros juntos, y remataba en una protuberancia semiesférica y más ancha que el resto… Cuando Claudia vio este cuerpo acercándose al centro entre sus piernas, sintió pánico.

Con mucho trabajo logró apartar la cara y expulsar el tentáculo que le penetraba la boca. Entonces se escuchó gritar:

-¡No! ¡Eso no! ¡No me va a caber…!

Pero no había terminado la última palabra cuando el flagelo forzó de nuevo la entrada entre sus labios y ahogó cualquier intento de súplicas. Sin embargo, al oírse a sí misma emitir ese grito y encontrarse atada e indefensa ante el inevitable avance de aquel gigantesco miembro, sólo se sintió más y más erotizada. El colosal falo azul presionó su cabeza contra los labios de la chica e inició así sus violentos esfuerzos por introducirse en su cuerpo. Claudia aceptó con ahogados gemidos el doloroso placer que tal presión le causaba. Cuando la terrible arma entró por fin, Claudia se perdió en el deleite de sentirse penetrada con mayor fuerza y profundidad de la que jamás se había atrevido a desear. Gritó a través del tentáculo que le follaba la boca y apretó con paroxismos aquel otro que le penetraba el culo, y se disolvió en placer infinito sobre la verga monstruosa que se la estaba cogiendo.

Instantes después los tentáculos que formaban la esfera cayeron todos sobre ella y todos juntos, al mismo tiempo, se dedicaron a acariciarla, frotarla, jugar con su cuerpo, deslizarse entre sus senos, sus muslos, sus glúteos, sus axilas y sus dedos, o a darle gentiles latigazos en sus partes más suaves. No hubo un punto de su piel que no fuera amada por los  tentáculos, y antes de que la oscuridad azul eléctrico la envolviera por completo, alcanzó a ver la ternura y pasión de los ojos brillantes que la miraban desde el éter azul.

No era posible saber cuánto tiempo pasó. Claudia dejó de ser ella misma para convertirse en un receptáculo de placer, una criatura de puro éxtasis intemporal que no conocía más que el eterno presente erótico. Mas llegó el momento en que una sensación explosiva comenzó a crecer en todo su cuerpo. En sus piernas, en su boca, en sus manos, en su boca, en sus tetas, en su culo, en su vagina, empezó a sentir el inconfundible tremor del orgasmo. Era como si cada centímetro de su piel y su carne fuera un punto G por sí mismo y, entre convulsiones y gritos, se corrió por todas partes. Pero los mejores orgasmos se preparaban para suceder entre sus piernas. Con el colosal falo dentro de ella, empujando en todas las direcciones posibles, Claudia experimentó el clímax supremo, y de nuevo otra vez, un orgasmo detrás de otro, como una reacción nuclear en cadena. El más fuerte de todos se dio cuando sintió un líquido, tibio como la sangre pero fresco como la menta, que la llenaba por dentro. Y mientras se venía rebosando de una confusión de líquidos propios y ajenos, todos los tentáculos que la sostenían, frotaban o penetraban descargaron en ella, dentro de ella y sobre ella una marejada de semen sobrenatural.

Todo terminó abruptamente. Los tentáculos bajaron a Claudia y desaparecieron, dejando a la chica cubierta y llena de un líquido azul, aperlado y brillante cuyo sabor mentolado se sentía como una droga que se degusta y provoca adicción. Más cansada y adolorida, más satisfecha y feliz que nunca, Claudia apenas tuvo fuerzas para encender la ducha y enjuagarse junto con la tina. Después se quedó tumbada al fondo, casi privada de conciencia, esperando a que el chorro de agua la limpiara poco a poco, sin hacer más movimientos que para llevar hasta su boca un poco del jarabe azul que le escurría entre las piernas.

Cuando apenas la última gota de elíxires mezclados se hubo escapado por el desagüe, otro temblor sacudió el baño. Claudia se asustó; no estaba lista para un nuevo encuentro. Pero no iba a suceder lo que ella temía.

Las fauces del león dejaron salir un chorro de tentáculos que se enredaron los unos con los otros y cubrieron el baño por completo. Por unos instantes estuvieron retorciéndose frente a Claudia sin dejarla ver nada más que a esos magníficos objetos del placer. Cuando la marea de miembros se retiró, una figura desconocida se mantenía de pie frente a la chica.

Se trataba de un hombre bellísimo. Era muy alto, de cuerpo fuerte y atlético, con los músculos muy marcados, y los rasgos de su rostro eran principescos, de ensueño. Pero su piel era de tono azul eléctrico, sus ojos brillaban con fulgor ambarino y su cabello parecía una flama fría del mismo color. De su espalda y hombros surgían decenas de tentáculos que flotaban ligeros como flotando en viento mágico. De entre sus piernas colgaba el inmenso miembro que casi había enloquecido a Claudia; ahora estaba en reposo, pero no era menos impresionante y apetecible.

Los tentáculos avanzaron hacia Claudia y ella, rendida, se dejó tomar; la levantaron con suavidad y la aproximaron hasta el rostro del extraño personaje. Él la beso con ternura y Claudia sintió que su boca sabía a menta. Después, con la misma delicadeza, los tentáculos volvieron a colocarla al fondo de la bañera.

Claudia y su desconocido amante estuvieron mirándose a los ojos por largo rato, sin hacer ni decir nada. Fue él quien rompió el silencio:

-Mi bella Claudia.- dijo con una voz que no parecía sonar en este plano de la existencia y con un acento que ningún hijo de esta esfera podría producir; Claudia no estaba segura de si lo escuchaba con los oídos, o de alguna otra forma incomprensible.

-¿Quién eres? -preguntó la chica.

-Si te dijera mi nombre en mi lengua, no podrías escucharlo.

Claudia lo miró sin comprender.

-Soy un príncipe –prosiguió-. Provengo de una dimensión ajena a la tuya, un paraíso del deleite en la que mi raza vive en un estado eterno de éxtasis que se dan los unos a los otros.

Claudia arqueó una ceja -¿Y qué haces en mi baño?

-Hace milenios, aburrido de vivir entre dioses perfectos, decidí explorar el mundo de lo material y lo efímero. Con el tiempo llegué a estas tierras, donde fui acogido como deidad por las mujeres que las habitaban y viví en paz y dicha por cientos de años, dando y recibiendo placer de las más maravillosas hembras que hubiese conocido. Pero hace algunos siglos llegaron hombres extraños y uno de ellos, alguna especie de sacerdote, persiguió a mis amantes y destruyó mis altares. Al final, con ayuda del poder su vengativo y amargado dios, me arrojó una maldición y me encerró bajo las ruinas de mi propio templo. Pasaron los siglos, muchos edificios se construyeron y destruyeron sobre mi prisión, y el mundo perdió conocimiento de mi existencia.

-¿Cómo lograste salir ahora?

-Sólo los elíxires eróticos de una virgen podían despertarme, y sólo sus orgasmos pueden ayudarme a recuperar el poder para salir de esta prisión y volver a mi añorado hogar. Estuve dormido hasta que el agua de esta fuente me llevó tus dulces ambrosías. Ahora, por fin, tengo fuerzas suficientes para salir del subsuelo. Pero la maldición aún pesa sobre mí y no podría ni siquiera salir de esta pileta, ni de esta habitación, mucho menos regresar a mi mundo. Necesito más y tú eres la única que puede ayudarme… Te aseguro que no te arrepentirás.

Claudia lo meditó largo tiempo, durante el cual aquel príncipe-demonio esperó con paciencia, sin hablar y casi sin moverse. Claudia rememoró todo lo que había experimentado desde aquella primera noche en la tina; pero también recordó sus enamoramientos, los chicos de la escuela, Ádal, sus amigos, Angélica, la necesidad de que alguien tomara su mano, el dolor de sentirse ignorada y rechazada y, no menos importante, el intenso deseo erótico que se apoderaba de ella en casi todo momento y en todo lugar, y que debía ocultar de su familia y de la sociedad.

Al final, Claudia miró a su demonio, el mismo que había soñado desde la pubertad, y le respondió con una sonrisa:

-¿Cuántos más orgasmos necesitas?

FIN

_________________

Siguiente relato: YAOI

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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8 respuestas a Tentáculos, Capítulo IV

  1. A huevo! Pinche Claudia golosota xDDD

    No ya sin mamadas, qué bueno estuvo éste, vino de menos a más, simplemente me encantó el final, pero sigo sin saber qué pedo con Angélica, Rigo y Godo; no nos hagas esperar tanto mi estimado

  2. Oliver dijo:

    Gran relato, estimado Maik de Sade.

  3. Anónimo dijo:

    ¿Yaoi? Ego r u homo?

  4. Maik Civeira dijo:

    Hola a todos, muchas gracias por sus comentarios. Más cosas serán reveladas en el siguiente relato.

    Anónimo: No soy homosexual, pero creo que el acto sexual puede ser hermoso, independientemente del género de sus protagonistas.

  5. XD pobres aunque ya se veía venir, pero que fue con Clau, que un ser de naturaleza indefinida e intenciones desconocidas la coja en repetidas veces no se puede comparar con tener un trio con dos amigos de habilidades muy poco desarrolladas por así decirlo.
    Por el relato buen final, aunque ya me la olía un poco (Ví Blue girl hace unos años), sol oque la revelación un poco apresurada, aunque puede que el demonio ese tenga otras intenciones.
    por el próximo relato, me parece muy chevere que ten animes a incursionar eso, generalmente los relatos yaoi son territorio exclusivamente femenino, aunque cre oque me traerán recuerdos no muy gratos ¬¬”.

  6. Maik Civeira dijo:

    “pero que fue con Clau, que un ser de naturaleza indefinida e intenciones desconocidas la coja en repetidas veces no se puede comparar con tener un trio con dos amigos de habilidades muy poco desarrolladas por así decirlo” Ya lo entenderás 😉

  7. Seguí los capítulos interesada y ciertamente excitada, la verdad me decepcionó un poco que se personalizara el súcubo, aunque haya sido una persona extraterrenal. En fin, las historias no están hechas para complacer las múltiples expectativas de los lectores. Gracias por tu relato Maik, lo disfruté de verdad.

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