Yaoi, Capítulo I

YAOI
Capítulo I

Relato anterior: TENTÁCULOS

           Para Godo, lo malo de ser virgen no era el hecho de no haber tenido sexo. O por lo menos, no era ése el único ni el principal problema. No era que Godo no tuviera muchas ganas de tener relaciones sexuales; por supuesto que andaba tan jarioso como cualquier adolescente. Pero la necesidad física del coito en sí no era su principal preocupación. Ciertamente, la falta de sexo no era la causa de sus ratos de tristeza y melancolía, que pasaba a solas en su casa cuando nadie lo observaba. El problema de ser virgen era algo mucho más profundo y doloroso. Para Godo, ser virgen significaba que a ninguna mujer le había gustado lo suficiente como para desear acostarse con él. Ser virgen era sentir el rechazo tácito y perpetuo de todas las mujeres que conocía.

            Pero Godo ya no era virgen, ya había cogido, con una chica muy guapa y genial que además lo había hecho por su propia voluntad, sin necesidad de trucos o engaños… ¿No lo había dicho ella misma? “De todos modos me los habría cogido a los dos”. Sí, ella lo había deseado a él, había querido coger con él, y lo habían hecho. Muchas veces. Con Rigo. Había allí alguien que lo quería, que lo deseaba, que quizá hasta pensaba en él, que sentía placer cuando tenían sexo, que lo había escogido para tener ese placer… ¿O no era así?

A estas alturas, Godo invertía tiempo y esfuerzo en repasar cada una de las veces que había hecho esos tríos con Rigo y Angélica, y sobre todo en tratar de comprender su significado. ¿Qué había pasado realmente allí? ¿Cuál era el sentido de todo eso? ¿En verdad Angélica lo había escogido a él, Godofredo Morales, para tener sexo? ¿O era sólo que ella tenía muchas ganas de tener sexo con dos hombres al mismo tiempo y de pura casualidad él se encontraba ahí? Ella dijo “me los habría cogido a los dos”. No dijo “te habría cogido a ti, Rigo; y a ti también, Godo”; dijo “a los dos”. Entonces, ¿habría querido tener sexo con cualquiera de ellos en otra situación? ¿O sólo le pareció que sería divertido coger con dos hombres a la vez, fueran quienes fueran? Bueno, suponía Godo, que algún atractivo debía tener, porque en ningún momento lo rechazó. Quizá no era el chico que Angélica escogería, pero sí caía dentro del rango de lo que le parecía aceptable.

¿Pero era esto suficiente? No lo rechazaba, pero tampoco lo había escogido, sólo lo aceptaba. ¿Satisfacía esto su necesidad de apreciación? ¿Ser un recurso aceptable para una sola chica? Una chica que tenía fama de liviana y a la que siempre tenía que compartir con su amigo. ¿Y las demás mujeres? Lo seguían rechazando implícitamente, ¿no era así? ¿O qué otra mujer le había ofrecido sexo desde entonces? ¿Cuántas le habían siquiera tirado la onda? Ninguna; a Godo no le llovieron decenas de ofertas sexuales como pensó que ocurriría en cuanto perdiera su virginidad.

Y Rigo, ¿estaría en esta misma situación? No, él qué sabía. También era virgen antes de Angélica, pero por lo menos había tenido un par de novias antes, con las que hasta había fajado. Él no tenía necesidad de probarse a sí mismo que alguien lo podía desear. Además, Godo no era nada tonto y se dio cuenta de que entre Rigo y Angélica había algo más que sólo sexo de amigos. Se notaba a leguas. Godo siempre estuvo en la periferia, como un accesorio, un juguete sexual para ambos, un dildo de carne para completar la fantasía sexual de Angélica. Pocas veces había llegado a besarla, mientras que Rigo casi siempre lo hacía, y siempre se la cogía de frente, mirándola a los ojos…

Las cosas empezaron a ponerse raras entre los tres desde aquella ocasión en que… Godo hizo algo que hizo sentir incómodos a todos. Ésa fue la última vez que habían tenido sexo los tres juntos, y Godo hablaba poco con Angélica y menos con Rigo.

Cuando varios días después Godo se enteró de que Rigo y Angélica habían tenido sexo sin él, no sintió celos, ni envidia; se sintió solo. Un temor no articulado se hizo realidad: lo habían excluido. Claro, porque funcionaban bien sin él, porque no lo necesitaban, porque nunca lo habían necesitado, ni ellos, ni nadie…

Trató de expresarle sus sentimientos a Angélica, con un tono no exento de chantaje emocional. Ella acordó que lo justo era compensarlo. Entonces, en una ocasión, tuvieron sexo, ellos dos solos, sin Rigo. Fue un error. Fue un desastre. Se notaba que Angélica lo hacía por lástima y compromiso, y que Godo lo hacía por autoestima. Ni siquiera acabaron; Godo se cansó de intentarlo. Al final, estaban tan abochornados que no podían ni hablarse, ni mirarse a la cara, y sabían que cuando Rigo se enterara, las cosas iban a estar muy mal entre los tres. Y lo estuvieron. Todo acabó en cuestión de días, gracias al trabajo de los gritos, los celos, los insultos, la inseguridad, los reclamos, el miedo…

Algo quedó irremediablemente roto ese día y desde entonces los tres grandes amigos dejaron de dirigirse la palabra y la mirada. Godo pasó días de silenciosa melancolía. No se le daba llorar, pues ni de niño ello le había traído mucha ayuda, sino que se quedaba quieto y callado, observado a los demás vivir frente a él, en el patio de la escuela, en la plaza o en el parque…

Aunque el invierno fue caluroso, para Godo esos meses se pasaron en la oscuridad y el frío. Pero poco a poco fue aceptando la situación, se resignó a perder esas amistades que habían marcado su adolescencia, y aunque nunca dejó de dolerle, aprendió a convivir con ese dolor, colocado en una esquina, donde aún era evidente, pero ya no le cegaba. Eso era algo que no podría arreglar, pensaba, y entonces era mejor enfocarse en otros problemas. De alguna forma, Godo creía que si lograba conquistar a una chica y sentirse deseado y amado por ella, superaría la melancolía que sus experiencias recientes le causaban. Si lograba seducir y enamorar a una mujer hermosa, qué más daba si había perdido la amistad de Rigo y Angélica.

Cuando la madre de Godo salía por alguno de sus viajes de negocios, su primo Lalo era por lo general el encargado de llevarlo y traerlo de la escuela en su vieja Van, además de darse una que otra vuelta por la casa para vigilar que todo estuviera bien. Con frecuencia, se quedaba allí a pasar la noche viendo películas o jugando videojuegos con su primo menor. A veces llevaba a alguna chava para aprovechar la cama king size en ausencia de la tía. Godo quería al buen Lalo, aunque fuera medio mamón y presumido, pues se las daba de muy intelectual, cultoso y ligador. Lo irónico es que el primo era feo como la madre: grandulón, gordo, rubio pajizo y paliducho, tenía la cara cachetona cubierta de acné y un par de gafas de pasta. Con todo, Godo siempre lo veía llegar con una chica diferente (algunas de las cuales hasta estaban guapas), y alardear mucho de las otras a las que se ligaba.

-Es muy sencillo -le dijo Lalo en una ocasión-, si le pides las nalgas a cien viejas diarias, a huevo alguna te va a decir que sí. A las mujeres les encanta el palo, se hacen a las apretadas, pero muchas veces no más andan buscando un buen arrimón, como todos.

Pero para Godo ésa no parecía tan buena estrategia. Quizá a Lalo no le importaba ser rechazado por noventa y nueve mujeres, pero para Godo eso habría sido devastador. No podría soportar ni un solo no. Hacía algunos años, cuando estaba en segundo de secundaria, se obsesionó con una chica llamada Renata. Era una chica muy bonita, con cabello largo, negro y lacio, piel blanca aterciopelada y ojos grandotes y obscuros. Pero sobre todo, tenía las tetas más grandes de toda la escuela, y eso era lo que atrapó al muchacho. Godo se le declaró, con tanta torpeza como es posible imaginar y ella, obviamente, le dio el avión.

Eso fue descorazonador para el chico. Era la primera vez que se le declaraba a alguien, así que eso le daba un récord perfecto de cien por ciento de rechazo. Aquello lo lastimó tanto que nunca más quiso volver a intentarlo. Estaba convencido de que no sobreviviría un rechazo más. No obstante, consideró que con Renata ya no tenía nada que perder; daba igual si lo volvía a rechazar porque la herida ya estaba hecha. Entonces se puso insistente con la chica, y comenzó a acosarla y hacerle insinuaciones imprudentes. Renata, que alguna vez sintió simpatía por el muchacho, terminó hartándose de él, y sólo pudo librarse de sus patéticos intentos de ligue cuando se cambió a otra escuela para estudiar la prepa.

Entonces Godo dejó de intentarlo en lo absoluto. Temía que cada mujer a la que se le propusiera lo mandara a volar, y entonces quedaría confirmada su sospecha de que no podía ser querido ni deseado por ninguna. Entonces, prefirió adoptar la estrategia de sólo ser bonito, encantador y gracioso, y esperar a que alguna chica se le plantara de frente para decirle que estaba loca por él y que la hiciera suya. Lo cual, sobra decirlo, nunca ocurrió.

Ya nunca hablaba con Angélica y menos con Rigo; como su grupo de amigos no era muy extenso, y la mayoría los compartía con alguno de ellos dos, Godo pensó que la convivencia en la escuela sería muy complicada e incómoda y decidió alejarse de todos por igual. Los días pasaron lentos y solitarios en las gradas de la cancha de fut.

Llegó mayo con sus calores asfixiantes y el sol que demanda sacrificios. De nuevo la madre de Godo estaba de viaje y Lalo fue a dizque cuidarlo. Esta vez invitó a su primito a unirse a la Marcha #YoSoy132 que se llevó a cabo simultáneamente en varias ciudades del país.

-Pero yo ni voto, ni sé de política -le dijo Godo.

-No le hace, así te vas haciendo de una consciencia, y no hace falta votar para participar en la vida pública del país. Además, en una marcha siempre se conocen chicas guapas.

En efecto, a pocos minutos de que hubieron llegado a la plaza central, Lalo ya estaba echándole verbo a una hípsterciclista flaquilla que había llegado a la manifestación con todo y su bírula vintage. Mientras, Godo no pudo sino hacerse a un lado para no estorbar. Medio trataba de leer lo que decían las pancartas en contra de Televisa y el PRI, medio intentaba escuchar lo que decía el joven en el megáfono acerca de cómo la juventud había despertado y de cómo no iba a dejar que les impusieran a un presidente teledirigido.

En eso, mientras sus ojos surfeaban desinteresados sobre la multitud, se toparon con otro par de ojos verde oliva en un rostro apiñonado. Godo reconoció a Emilio, compañero de la escuela, y lo saludó con una sonrisa y un movimiento de cabeza, que fue respondido con la misma intención amistosa. Después, Godo desvió la mirada y siguió divagando.

Tras un rato, el contingente inició su marcha por las calles del Centro Histórico y Godo los iba siguiendo, en silencio, unos pasos atrás de Lalo y su hipsterette. De pronto notó con el rabillo del ojo una figura que se le acercaba con paso acelerado; volvió la mirada y se dio cuenta de que era Emilio, quien lo alcanzó en un instante y lo saludó una afectuosa palmada en el hombro.

-Hey, qué onda -dijo Godo con una sonrisa sincera; la soledad de ese día se había roto.

-Pos ya ves, aquí en el desmadre… -contestó Emilio, mientas caminaba al lado de su camarada.

-¿Y eso? No sabía que te interesabas en estas ondas.

-Pos ya ves, estoy lleno de sorpresas -y le dedicó un guiño–. No, la neta es que entre las clases del profe de historia y lo que uno va leyendo en Internet, como que me fui haciendo más o menos de una idea de cómo están las cosas.

-¿Y cómo están?

-De la chingada, si gana este pendejo.

Ambos chicos rieron.

-La verdad es que yo no estoy muy enterado de nada de esto, sólo vine a acompañar a mi primo…

-No importa -dijo Emilio con una sonrisa entusiasta-. Sólo con estar aquí, ahora, afuera, juntos, encontrándonos los unos a los otros, todo vale la pena.

Emilio y Godo habían sido muy amigos en la secundaria. Solían pasar los fines de semana uno en casa del otro, o ir juntos al cine y a las fiestas de luz y sonido. Como a ambos les gustaban mucho los videojuegos, hacían verdaderos maratones de Halo, u organizaban toquines de Rock Band a los que se unían otros chavos de la escuela. Pero hacia tercero de secundaria comenzaron a distanciarse. Emilio le dijo que ya no tenía permiso de visitar a Godo en su casa, ni de recibirlo en la suya. Dejaron da salir juntos y de pasar tiempo a solas. No es como si se hubiesen dejado de llevar; aún conversaban de sus intereses comunes si se topaban en el patio del recreo o en alguna fiesta, pero ya no eran ni de lejos tan unidos como antes, y Godo nunca entendió el verdadero porqué.

-En fin -dijo Emilio-, ¿Cómo has estado?

-Ahí la llevo…

-Ya se va a acabar la prepa…

-Sí…

-¿Ya sabes qué carrera vas a estudiar?

-Ni puta idea -contestó Godo–. Pero mi mamá me dijo que agarrara cualquier cosa, aunque fuera de mientras tanto, así que me voy a meter a Psicología… ¿Y tú?

-Yo quería estudiar Letras, pero mis papás dijeron que ni madres, que si quería algo cultoso, que me metiera a Comunicación en la de los Legionarios, y pues ni pedo, eso voy a tener que hacer… por ahora.

-¿Cómo que por ahora?

-Es que tengo el plan de salirme de mi casa, para poder hacer lo que yo quiera. Primero, tengo que esperar a que cumpla los dieciocho, que será en julio. Luego, sólo necesito dinero, una chamba… Entonces rento algún depa, con unos roomies para dividirnos los gastos, y me meto a estudiar Letras en la Universidad Autónoma y a vivir mi vida como se me dé la gana. ¿Cómo la ves?

Godo sintió un poco de envidia de la buena, pero sobre todo admiración hacia ese chico que sabía muy bien lo que quería –¡Qué chingón, eso sí suena a todísima madre! Oye, ¿pero y tus papás te van a dejar?

-Ya siendo mayor de edad y ganando mi propia lana no me lo podrán impedir.

-Pero tu jefe es capaz de mandar golpeadores pagados para regresarte a tu casa de las greñas.

-Y si lo hiciera, me volvería a escapar -Emilio cerró la conversación con una sonrisa y Godo no pudo evitar que se le contagiara.

La marcha siguió su derrotero y el contingente visitó las sedes de los principales medios de comunicación de la ciudad. Godo y Emilio, sin embargo, hicieron poco caso a los acontecimientos, pues se perdieron en su propia conversación, que pasó por toda clase de temas, desde la escuela y la futura universidad, hasta los videojuegos y lo chingona que había estado la película de Los Vengadores.

Hacia la puesta del sol, el contingente, en su camino hacia una estación de radio a la que irían a exigirle información veraz e imparcial, pasó frente al magnífico parque donde confluyen tantas historias de esta ciudad. Godo y Emilio se detuvieron allí y compraron sendos helados en una tienda cercana. Recorrieron los senderos del parque, remojaron los dedos en la fuente de la Serpiente Emplumada y pasaron frente a la Concha Acústica. Cansados de caminar, se sentaron en un par de sillas, de las llamadas “confidentes”, porque allí se miran de frente y muy cerca quienes se sientan en ellas.

            Cuando terminaron sus helados, había llegado el momento de despedirse, pero no sin antes ponerse de acuerdo para jugar X-Box en casa de Godo, pues ahora que Emilio tenía coche propio, no necesitaba pedir permiso ni avisar a dónde iba.

            -Pero eso sí, si llego tarde, me carga el payaso… -dijo Emilio poniéndose de pie-Mejor me regreso ya; no traje mi auto y no quiero que mis papás se enteren de que estuve en la marcha.

            -¿Eso les molestaría? -Godo también se levantó.

            -Sí, ya sabes: son panistas y odian al PRI como el que más, pero piensan que eso de las marchas no es de gente bien. Bueno, me voy. Me dio muchísimo gusto encontrarte y platicar contigo, amigo.

            -A mí también -Godo le dio un fuerte abrazo a Emilio-. Nos vemos el próximo sábado en mi casa, ¿eh?

            -Claro -Emilio le guiñó el ojo-. Es una cita.

            Sonriente, Godo observó a Emilio alejarse hacia la una esquina y pedir un taxi; después sacó su celular y le marcó a su primo, el cual le puso una severa cagotiza por habérsele perdido.

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Continúa en el Capítulo II

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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4 respuestas a Yaoi, Capítulo I

  1. Alfonzo dijo:

    Te seré sincero esperaba algo así como porno gay, de hecho creía que iba a dejar el cuento a medias, pero la verdad me gusta bastante. No esperaba que Godo fuera así de profundo psicológicamente, y bueno, los que seguimos siendo vírgenes tenemos esa sensación de rechazo.

  2. Buen relato, aunque era de esperarse que tan perfecto trato iba a terminar en desastre, aunque creí que iba a reventar por el lado de Rigo, una cosa que me gusto fue esa exploración del inseguro interior de Godo, cosa que me pareció muy importante (Fuera que es el mas profundo de los capítulos ) pues se supone que trata de adolescentes medio Frikis y por lo que el sentimiento de inseguridad es un poco mas agudo que en mayoría (Por algo que la aficiones resultan un importante escape de un mundo que les es indiferente u hostil) y considerando que Godo obtuvo lo que pensó seria la solución a sus problemas, al final al mundo ni se entero(Hay aceptarlo la experiencia sexual del friki promedio en el cole, va de escasa a nula) y ahora esta convencido que no se lo gano sino se lo regalaron por el esfuerzo, así que nuestro amigo esta con el ego herido y su autoestima por los suelos y para retarla tendrá que tratar con un chico al quien solo le falta un cartel.
    Por otro lado, lo sabia, lo sabia, andar en plan de solitario emo, se toma muchas mal interpretaciones.

  3. Pao Dennise dijo:

    Va genial… Godo es más de lo que esperaba, a leer el siguiente 🙂

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