Yaoi, Capítulo III

YAOI
Capítulo III

Leer el Capítulo II

Godo recibió entusiasmado las noticias de Emilio: había hecho las gestiones con sus padres y tíos para que le dejaran ir a pasar una noche al rancho.  Sólo los trabajadores estarían ahí ese fin de semana, por lo que tendrían el lugar prácticamente para ellos solos. El sábado a media mañana Emilio pasó en su X-Trail a recoger a Godo, que abordó la nave cargado de comida chatarra.

-Pues vámonos -dijo Godo en cuanto cerró la portezuela.

-¡Al infinito y más allá! -añadió Emilio.

No tardaron mucho en alcanzar el anillo periférico y de ahí pasaron otros minutos en tomar la salida a la carretera. Durante el trayecto, los chicos hablaron de toda clase de cosas, del fin de año escolar, del baile de graduación, de las próximas elecciones, de los nuevos videojuegos, de las películas que se estrenarían ese verano… Luego, sin acordarlo expresamente, guardaron silencio y contemplaron el paisaje mientras el reproductor de mp3 de la camioneta emitía suaves notas tipo road movie.

Godo observó que la carretera se hacía más angosta y que la vegetación se volvía más exuberante conforme se alejaban de la ciudad. Sin embargo, no identificó del todo ese mismo camino que había recorrido algunas veces varios años atrás, sino hasta que Emilio dobló bruscamente a la izquierda para dirigir el vehículo sobre un sendero de terracería que se internaba en la maleza. Entonces Godo reconoció la vereda por la que andaban, el único trecho que no había sido transformado en todos esos años por obras de pavimentación e infraestructura. La emoción por estar de nuevo en un lugar conocido, pero casi olvidado, del que no estaba consciente de añorarlo, conmovió tanto a Godo que una serie de leves risitas infantiles se le escaparon por las comisuras de los labios.

Tras avanzar por varios minutos sobre el lodo seco y entre arbustos espinosos, llegaron por fin a una amplia zona despejada, en cuyo centro se alzaba una fastuosa casa solariega. Emilio condujo el vehículo a través de unos portones y lo estacionó frente al pórtico. Un empleado del rancho, un anciano de rostro moreno tostado por el sol y surcado por venerables arrugas, estaba ahí para saludar a los muchachos cuando ellos bajaron del auto y ayudarlos a acomodarse en la habitación que iban a ocupar.

-¡Qué genial! -exclamó Godo echándose sobre una de las camas- ¡Esto está a todísima madre!

-Sí, es bastante cool, ¿no? Cuando era chico solía venir seguido con mis papás y mis primos, sobre todo en vacaciones de primavera. Pero desde que estaba en secundaria ya no…

-Pues qué mal… ¿Y ahora qué hacemos?

-¿Qué se te antoja?

-Ir al cenote, ¿no? Para eso venimos…

-¡Pues vamos!

El cenote rompía la tierra a unos minutos de marcha desde la casa. Aparecía al centro de un anillo de piedra desnuda de unos cuatro o cinco metros de diámetro, rodeado a su vez por una maraña de árboles de diversas formas y tamaños; la boca del cenote mismo tendría un diámetro de por lo menos la mitad y una escalera de metal empotrada en el borde descendía cuatro metros hasta la superficie del agua pura, cristalina y con reflejos azules. Abajo se abría una espaciosa galería, en la que el agua alcanzaba diferentes profundidades dependiendo de la zona. Estalactitas y raíces de plantas colgaban desde el techo y murciélagos y golondrinas volaban entre ellas.

Emilio fue el primero en emprender la bajada y Godo se quedó esperando unos momentos arriba, pues no era seguro que ambos usaran la escalera al mismo tiempo. Rodeado del canto de pájaros y de cigarras, Godo veía pasar mariposas y otros bichos menos glamurosos mientras filosofaba sobre la vida. De pronto Emilio le gritó que ya podía bajar; cuando alcanzó a su amigo, Godo le comunicó sus pensamientos.

-En algún lugar vi, leí o escuché que en el mundo moderno una persona llega a nuestra edad conociendo más logotipos de marcas que especies de animales y plantas de su propia tierra.

-¿De veras? -dijo Emilio- Eso es medio triste.

-Sí, bastante -reafirmó Godo-. Ahora que estuve ahí esperando, me di cuenta de lo cierto que es. No sé cómo se llaman todos esos árboles, ni puedo reconocer a los pájaros por su canto. Qué mal… -y al poco tiempo añadió-, ¿Sabes qué siempre he pensado?

-¿Qué?

-Ya ves cómo todos crecimos con cuentos de hadas y libros infantiles y caricaturas como de Winnie Puh y eso…

-Ajá…

-Ya ves cómo en todos esos cuentos siempre hay un bosque de aire fresco, con árboles altos y senderos claros por los que se puede pasear, y en el que habitan conejos y ardillas, mapaches y osos, venados y lobos…

-Sí…-

-Entonces, como que en nuestra mente tenemos muy grabada esa idea de un bosque, que hasta se vuelve parte de nuestra infancia. Pero aquí no hay lugares así; tenemos pura selva caliente, exuberante, por la que no puedes caminar porque el suelo está cubierto de maleza y arbustos espinosos, donde viven víboras y toda clase de cosas que te puede comer…

Emilio rió –Ay, no es para tanto. La selva también tiene lo suyo, y estas tierras también tienen sus cuentos de hadas, sólo que nadie se toma la molestia de enseñárnoslos…

-Pos no sé, pero me da la sensación de desde niños nos han estado prometiendo algo que no era verdad.

Emilio le dirigió una mirada profunda a Godo –Quizá te sientes inconforme porque nos han inculcado una falsa idea de lo que debe ser nuestra naturaleza.

Godo le devolvió la mirada y ambos chicos se quedaron como en trance, el uno mirando al otro, apenas sin moverse más que para mantenerse a flote en ese espejo sagrado de cristal líquido. Godo fue quien rompió el silencio:

-¿Una carrerita de natación?

-Ya vas.- dijo Emilio.

Se echaron unas competencias de nadado y otras de buceo, y ya después, fatigados, se detuvieron a descansar parados sobre unas rocas que les permitían mantener la cabeza fuera del agua. Las rocas eran pequeñas y resbaladizas, por lo que los chicos tenían que mantener el equilibrio dando eventuales brazadas. Ambos sonreían, con los rostros a la distancia de un suspiro el uno del otro.

-Emilio…

-Dime.

-Gracias por invitarme a pasar el día. Divertirme con un amigo era justo lo que necesitaba después de estos días tan grises.

-No, Godo, gracias a ti. Nunca he olvidado lo bien que nos la pasábamos juntos.

-Sí. No debimos dejar de frecuentarnos… ¡Auch! -Godo aulló de dolor y se llevó la mano a la cabeza.

-¿Qué pasó? -inquirió Emilio.

-Me cayó algo. Como una piedrita… ¡Auch! ¡Otra vez!

-¡Hey! -se quejó Emilio- A mí también me están lloviendo piedritas.

            -¡¿Quién anda ahí?! -gritó Godo hacia arriba, pero como respuesta sólo obtuvo una serie de risitas traviesas y cuchicheos-. ¿Qué está pasando?

            -Ven, vamos por acá -y tomando a Godo de la mano, Emilio lo condujo nadando hacia una de las paredes de la galería, alejada de la entrada al cenote, donde los chicos tuvieron que sujetarse de unas raíces porque el agua era muy profunda.

            -¿Quiénes nos están aventando piedras? -preguntó Godo.

            -Los aluxes.

            -¿Qué?

            -Los aluxes, los espíritus que cuidan la selva y el cenote…

            -¿Los aluxes? -Godo se puso pálido de pronto-. No mames.

            -Es en serio. ¿No te acuerdas?

            -¿De qué?

            -Fue hace muchos años, cuando vinimos aquí a nadar… La última vez que viniste a este rancho conmigo.

            -¿Ajá…?

            -Estábamos nadando, solos tú y yo, como ahora… -Emilio sonrió-. Éramos unos chavitos, pero yo… Yo ya sabía…

            -¿Ya sabías qué?

            -Estábamos nadando cuando empezaron a arrojarnos piedritas, y escuchamos risas y murmullos. Me preguntaste qué pasaba y cuando te dije que eran los aluxes te asustaste mucho. Me acuerdo bien; te pusiste pálido, con los ojos muy abiertos y los labios temblorosos. Te dije que te calmaras, que en un momento se irían. Pero tú tenías miedo y yo sólo quería protegerte… Y entonces…

            -Entonces me abrazaste -interrumpió Godo-. Me abrazaste y todo se sintió tan bien… Ya no tuve miedo. Ni siquiera me di cuenta de si seguían tirándonos piedras o qué… Sólo nos quedamos ahí, abrazados, con fuerza y no sé cuánto tiempo pasó…

            Emilio acercó su rostro al de Godo –Ni yo… hasta que mi madre nos encontró, y al vernos así, en traje de baño, mojados, en las penumbras, solos y abrazados, puso el grito en el cielo, y nos obligó a salir…

            -Y luego ya no te dejaban pasar tiempo conmigo, ¿verdad?

            -Es verdad… Pero eso fue hace años. Y ahora estamos realmente solos…

            Emilio aproximó sus labios a los de Godo y él, al momento de sentir el aliento del chico sobre su boca, cerró los ojos y se dejó llevar.

            Godo sintió los labios de Emilio en los suyos, y su lengua que entró con suavidad  y cariño en su boca, su brazo derecho que rodeó su cintura y lo atrajo con fuerza, sus pieles bajo el agua, rozando unas con otras, y las piernas que se acariciaban mutuamente. Godo pasó su brazo izquierdo alrededor de los hombros de Emilio, y saboreó con las yemas de sus dedos los músculos de su espalda, su brazo y su pecho. La mano de Emilio se deslizó por la columna vertebral de Godo y entró en su bañador para acariciar su glúteo, y Godo, excitado, hizo lo mismo por su amigo. Entonces Emilio circundó las caderas de Godo y su mano descubrió una erección, y Godo casi se deshace de placer cuando Emilio le agarró el pene, lo apretó con fuerza y luego lo frotó con suavidad; y para corresponderle, Godo hizo lo mismo, porque se sentía tímido y no sabía qué más hacer, excepto devolverle a su amigo el placer que de él recibía…

El ritmo con el que se tocaban y besaban, al principio lento, pausado, como de respiración ensoñadora, fue in crescendo hasta que se convirtió en furia desesperada, y entonces Emilio se bajó el bañador e hizo lo mismo con el de Godo, y entonces sus penes endurecidos se encontraron y entablaron un feroz y amoroso duelo de esgrima, hasta que Emilio los tomó a ambos con la mano y los hizo frotarse y besarse el uno con el otro. Godo dejaba que Emilio tomara la iniciativa y sólo imitaba sus movimientos. Ahí, en el agua cristalina, en las penumbras del cenote, parecían como un reflejo hermoso haciendo el amor consigo mismo, excepto porque uno de ellos era rubio y el otro bronceado.

Pero cada quien tenía que sostenerse de una liana y patalear para no hundirse, y tal situación interrumpía el desenfreno, lo que permitió a Godo apartarse un segundo de Emilio, tomar aire y percatarse de la situación en la que estaba.

-¡No! -gritó de pronto, y con la mano libre se subió el traje de baño- ¡Esto no!

-¿Qué? ¿Qué pasa? ¡Godo!

Pero Godo estaba en pánico total; con todas sus fuerzas atravesó nadando el cenote hasta llegar a la escalera, y ascendió por ella con toda la velocidad que le daba el miedo. Emilio trató de llegar a él antes de que saliera, pero sabía que subir por la escalera al mismo tiempo que Godo era muy peligroso, y entonces, impotente, lo llamaba por su nombre mientras lo veía alejarse hacia el cielo de media tarde.

-¡¡¡GODO!!!

Emilio no pudo ni empezar a subir sino hasta que Godo hubo alcanzado la superficie, y cuando el primero llegó hasta la cima, no pudo hallar rastros de su amigo. Las mochilas y ropas de los chicos estaban donde las habían dejado, junto a un árbol cercano; donde quiera que estuviese Godo, andaba mojado y semidesnudo. Emilio recogió las cosas y regresó a la casa solariega; preguntó por su amigo al viejo vigilante, pero éste le dijo que no se había acercado por ahí. Tras vestirse con premura, el joven Mondragón salió a revisar el terreno.

Emilio buscó en las cercanías de la casa y en los alrededores del cenote; se internó en la espesura y llegó a perder el norte en un par de ocasiones; cuando cayó la noche, había incluso llegado a las viviendas de unos peones, que no supieron darle información sobre Godo. Preocupado en extremo, Emilio regresó a la casa; temía que Godo hubiese sufrido algún accidente, quizá que lo mordiera una víbora o algo así.

Estaba listo para alarmar a todos los trabajadores del rancho para que se emprendiera la búsqueda del chico perdido, cuando de pronto lo vio entrar por la ventana de la habitación. Estaba aún semidesnudo, se le veía amoratado y tiritando por el frío de la noche. Se quedaron viendo el uno al otro fijamente…

-¿Qué… qué pasó? -preguntó Emilio a la vez intranquilo y aliviado.

En los ojos de Godo se mezclaban también las emociones; había miedo, tristeza y enojo.

 –No puedo hacer esto… -dijo.

Emilio tomó una frazada que estaba sobre una de las camas y se la ofreció a Godo, quien la tomó sin acercarse un paso al muchacho.

-¿Qué es lo que no puedes hacer? -preguntó Emilio.

Godo tardó en contestar y cuando lo hizo, tenía la mirada gacha y hablaba en voz baja:

–No puedo ser un putito. Todo menos eso.

-¿Qué?

-¡Lo que escuchaste! -gritó Godo abruptamente y mirando a Emilio con furia- ¡No voy a ser un putito!

-Oye, tranquilo…

-¡Nada de tranquilo! ¡Esto no es para estar tranquilo, carajo! ¡Tú lo tomas como si nada, pero no es poca cosa! ¡Tú me quieres arrastrar hacia algo horrible!

-Ay, Godo… Te has dejado llevar por prejuicios religiosos y la idea de que ser gay es un pecado y un crimen contra la naturaleza, algo sucio y perverso que condenará tu alma al Infierno, ¿es eso?

-¡NO! ¡Esto no tiene nada que ver! -la exclamación de Godo tomó a Emilio por sorpresa- Eso del Infierno y demás me tiene sin cuidado. No es ése el punto…

-¿Entonces?

-¿Que tú no lo ves? ¡Ser puto significa que fuiste tan poco hombre que nunca pudiste conseguir una chica! ¡Es ser rechazado de antemano por todo y por todos! ¡Ser puto es ser un poca cosa, un cobarde, un amanerado, un pusilánime, un alfeñique! ¡Ser puto es ser un fracaso de hombre! ¡Y yo no puedo ser eso! No puedo ser un maldito paria bueno para nada. ¡Ser puto es la peor forma de ser un loser!

Apenas Godo terminó esta frase cuando Emilio se le acercó con dos rápidas zancadas, le cruzó la cara con un bofetón, lo tomó con fuerza de los hombros y le asentó en la boca el beso más decidido y violento que le hubiesen dado en la vida. Entonces Godo se rindió y se perdió en el beso por un largo apacible momento.

Cuando los chicos se separaron, Godo estaba mucho más calmado.

-Por favor -le dijo a Emilio-, No me hagas esto. No puedo soportarlo.

-Yo no te estoy “haciendo” nada -le respondió-. ¿Por qué te importa tanto el estatus y lo que piense la sociedad? Digo, ya de todos modos eres un pinche friki.

-¡Pues por eso! No puedo además de todo ser un putito de mierda.

-¿Y por esas ideas estúpidas vas a perder algo que quieres?

-¿Y a ti quién te dijo que quiero algo de esto?

Emilio observó en silencio a Godo por unos momentos antes de decir –Godo… Ya lo sentíamos desde que estábamos en la secundaria, es sólo que no sabíamos lo que era. Yo me fui dando cuenta poco a poco, conforme pasó el tiempo. Y ese día que pasamos platicando en la marcha… supe que ese sentimiento había permanecido ahí todos estos años, aunque estaba dormido…

-Pues ése serás tú, no yo. Yo sólo quería pasar un rato con un amigo; no pensé que tratarías de abusar de mí…

-¿Abusar de ti? No ma… -Emilio suspiró- Godo, ¿qué fue lo que pasó entre tú y Rigo, cuando las cosas se pusieron “incómodas”?

-…

-Dime.

-No tengo por qué decirte nada.

-¿Qué fue lo que pasó?

-… Lo… besé…

-Ajá… ¿Por qué?

-No sé, fue el momento… Angélica estaba acostada boca arriba en la cama, y sus piernas sobresalían del borde. Rigo se las sujetaba y la estaba… pues… penetrando… Y yo como de costumbre no sabía muy qué hacer… Fui hasta la cara de Angélica para que… ya sabes… me la chupara… Y desde ahí vi a Rigo, haciendo todo ese esfuerzo, y vi su cara de placer y… bueno… Angélica antes nos había dicho que sería sexy que nosotros dos nos besáramos… No sé, en ese momento me pareció buena idea…

-¿Por qué sólo tenías sexo oral y anal con Angélica? ¿Por qué Rigoberto era el único que le daba por la vagina?

-¿Qué…? Pues no sé… Como que desde el principio tomábamos nuestros lugares… Y todos parecíamos estar contentos con el acomode.

-¿Y cuando tuviste sexo sólo con Angélica?

-Fue horrible.

-¿Por qué?

-No me excité bien. O sea, me excité como siempre cuando nos besamos y cuando nos desnudamos y eso, pero cuando llegó la hora de… entrar en ella… Todo se fue…

-¿Por qué?

-No sé. Angélica es bien sexy. Tiene buen cuerpo y es linda de cara…

-Sí, las chicas son bonitas, lo sé. Pero que puedas apreciar su belleza no significa que realmente te las quieras coger…

-Pero sí me la cogí.

-Excepto cuando se la tenías que meter por la vagina, ¿no? ¿Qué pasó? ¿Te dio asco?

-…

-¡Dime!

-Pues sí, un poco. No son mi máximo… las vaginas. Oh, para qué te digo, la neta son bastante feítas -Godo rió nervioso.

-Sí, lo sé. Puedo entender que a los hombres les gusten bonitas caras, bonitos culos y hasta bonitas bubis… ¿pero vaginas? -Emilio rió también- No es por ser misógino ni nada, pero… como que me dan cosita.

-Sí… A mí también… -Godo empezó a decir esta frase con una sonrisa, pero luego se puso muy serio- Mierda, creo que sí soy gay.

Emilio lo tomó otra vez de los hombros –Para mí tú sólo eres Godo.

Él lo miró de vuelta, como suplicándole con los ojos –Todo esto es muy extremo para mí. No es fácil, ¿entiendes? Aún si admito que es cierto todo lo que dices… No deja de ser un golpe, ¿ya sabes? No puedo dejar de sentirme que he fracasado de forma horrible.

-¿Fracasado? ¿Por qué?

-Ya te expliqué… Un putito es un hombre que falló como hombre…

-Yo no siento haber fracasado en absolutamente nada. Al contrario, habría fracasado, me habría rendido, de no haber aceptado ser yo mismo y de haberme acomodado a lo que se supone que debo ser.

Godo suspiró -¿Cuál es el peor insulto que le pueden decir a una mujer? “Puta”, ¿no es así? ¿Y cuál es el peor insulto que le pueden decir a un hombre? “Puto”, ¿verdad? A la mujer le insultan por su disponibilidad para el sexo, y al hombre por su falta de habilidad o voluntad para conseguirlo. O dicho de otra forma, el peor insulto que le pueden decir a una mujer es que coge con muchos hombres, y lo peor que pueden decirle a un hombre es que no coge con ninguna…

-Cierto -asintió Emilio–. No lo había visto así… ¿Pero eso a qué viene?

Godo tardó en responder –En que todo está mal, todo está del nabo…

En silencio, Godo a su vez colocó las manos sobre los hombros de su amigo y tras unos momentos en los que no hicieron más que mirarse mutuamente a los ojos, pidió con voz entrecortada-, ¿Te importa si esta noche sólo nos abrazamos? Sólo eso, ¿está bien?

-Me encantaría -respondió Emilio con suavidad.

Godo se quitó el traje de baño, que aunque ya se había secado, estaba cubierto de barro y hierbas, y se acostó en una de las camas, mirando hacia la pared. Emilio cerró la puerta, apagó las luces, se desnudó sin prisa y se acostó abrazando a Godo por la espalda. Tras unos minutos de estar acostados, las respiraciones de ambos se unieron a un mismo ritmo, suave y profundo, y pronto se quedaron dormidos los dos, tranquilos, cómodos, seguros…

_______________________

Continúa en el Capítulo IV

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a Yaoi, Capítulo III

  1. Pao Dennise dijo:

    Es tan lindo…
    Gracias 😉

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