Yaoi, Capítulo IV

YAOI
Capítulo IV

Leer el Capítulo III

Godo se recargaba sobre la cabecera de la cama, todo dorado, bañado en luz cálida, enhiesto y apuntando hacia el cielo. Emilio, también desnudo, se acercó a la cama, se subió a ella y se desplazó con las rodillas hasta colocarse encima del regazo de Godo; en ningún momento apartaron sus miradas. Entonces Emilio se sentó, y en ese momento en que ambos sintieron su propia carne fusionarse con la del otro, apretaron los párpados de placer. Emilio comenzó a brincar sobre las caderas de Godo, al principio sólo con rebotes tímidos, pero que fueron creciendo y creciendo, junto con los gritos y jadeos de los chicos, hasta convertirse en saltos desenfrenados. Así estuvieron, amándose sin medir el tiempo, hasta que ambos se vinieron, como de costumbre, casi al mismo tiempo.

            Entraron juntos a la ducha. Godo amaba el agua y le gustaba verla resbalarse por la piel apiñonada de Emilio y seguir las líneas de sus discretos músculos. Se enjabonaron el uno al otro y, al estarse frotando mutuamente las pieles, no pudieron resistirse y se entregaron a los besos apasionados.

            -Es mi turno -dijo Emilio, y entonces Godo le dio la espalda y se apoyó con los brazos en la pared.

            Emilio se le acercó con suavidad, le acarició la espalda, los hombros, los glúteos; se le aproximó más, hasta tocar su espalda con su pecho y hasta que Godo pudo sentir el pene de Emilio deslizándose hacia él. El chico moreno acarició el pecho, y el abdomen del rubio; le besó el cuello, le mordisqueó una oreja y le susurró:

            -Te amo.

            Entonces entró con suavidad, como a Godo a le gustaba, y mientras lo penetraba, con una mano se apoyó en la pared y con la otra sujetó el miembro de su amante, que agitó y frotó con la misma firme gentileza con la que el suyo propio entraba y salía. Esta vez, se vinieron al perfecto unísono. Como para cerrar la danza, se dieron un suave beso y terminaron de bañarse.

            Después del baño se recostaron en la cama. Podrían dormir un par de horas antes de tener que llegar a sus respectivos hogares, porque la hora límite para Emilio eran las tres de la mañana. Abrazados, respiraban profundo y miraban al techo, sin pensar, sólo dejándose llevar y perder en el gusto de estar el uno con el otro hasta que el sueño los dominara.

            -No es justo… -dijo Godo casi en un susurro.

            -¿Qué cosa? -preguntó Emilio, medio dormido.

            -Que yo sea tan feliz…

            -¿De qué hablas? -dijo Emilio, ahora más despierto.

            -No es justo que yo sea tan feliz, mientras las pendejadas que hice le arruinaron la vida a mis dos mejores amigos.

            -“Arruinar la vida” es una exageración. Nadie se muere por un desamor a esta edad. Además, no fue tu culpa: los tres cometieron toda clase de insensateces.

            -¿Has visto el blog de Angélica? Ha estado escribiendo cosas muy tristes.

            -Para eso son los blogs.

            -Como sea, el caso es que mientras mis amigos andan por ahí con el corazón roto, yo estoy aquí, feliz de la vida, con la persona que quiero. No es justo. Creo que debería hacer algo por ayudarlos.

            -¿Cómo qué?

            -No sé. Por lo menos tratar de que se reconcilien, aclarar las cosas, que ellos sepan que yo no seré más un obstáculo en sus vidas.

            Emilio miró a Godo a los ojos. –Eres muy bueno. Por eso te quiero -y lo besó.

            -En fin… -bostezó Godo- Ya mañana lo resolveré.

            En las semanas anteriores Emilio y Godo habían estado saliendo. Iban mucho al cine, o salían a pasear por la carretera con el coche de Emilio. Godo quería que su relación creciera a su tiempo, sin prisas; un buen día, sin embargo, no pudieron resistir más el deseo y Emilio llevó a Godo a su depa en el puerto. Hicieron el amor, durmieron, despertaron para hacer el amor una vez más, comieron, durmieron, y así… Cada vez que la casa del puerto estaba libre, cada vez que la madre de Godo salía en uno de sus viajes de negocios, los dos enamorados se reunían para amarse como locos. Así lo habían hecho aquella velada.

            A partir del lunes siguiente Godofredo hizo de todo para contactar a Rigo, en la escuela, por teléfono, a través de Internet  (hacía tiempo que él lo había eliminado de sus contactos de Facebook), pero seguía sin dirigirle la palabra. Godo entonces decidió que sería mejor idea contactar primero con Angélica; después de todo, no había sido con ella con quien se había peleado.

            Angélica no tuvo problemas en acceder a hablar con Godo, pero acordaron que lo mejor sería no hacerlo en la escuela, donde Rigo podría verlos y malinterpretar la situación. Quisieron hallar el lugar más solitario y menos transitado para tener privacía, y eligieron el Museo de Arte Contemporáneo, donde una amiga de Angélica trabajaba como recepcionista. Se encontraron en el lobby del museo y juntos pasaron a recorrer las salas llenas de pinturas, esculturas y quiénsabequés que poco llamaban la atención. La plática inició con timidez por parte de ambos y luego se perdió en rodeos, monosílabos y silencios incómodos mientras deambulaban por los pasillos y galerías. Godo, temiendo nunca llegar al punto, dijo de pronto:

            -Angie, sé que tú quieres a Rigo. Sé que lo quieres de verdad…

            -También a ti te quiero -dijo ella.

            -Y yo a ti. Pero la verdad, sinceramente, lo que sientes por Rigo es algo distinto. O sea, era obvio que en esas… sesiones, yo era el que sobraba…

            Angélica no respondió.

            -Angie… Estoy enamorado. Y estoy muy feliz con esta persona y la verdad es que lo único que quiero es que ustedes dos puedan ser tan felices como yo -entonces Godo relató a Angélica su historia con Emilio, desde su reencuentro en la marcha hasta su idilio actual; una gran sonrisa se dibujó en el rostro de la chica.

            -Me da mucho gusto que estés tan feliz -dijo ella y su sonrisa se esfumó-. Pero no creo que a estas alturas las cosas puedan solucionarse. Rigo me odia.

            -Él no te odia. Sólo está herido.

            -Sí, porque yo lo lastimé.

            -¿Por qué nunca le dijiste lo que sientes por él?

            -No sé… no pude… no se me da.

            Los chicos guardaron silencio por unos minutos; Angélica fue quien lo rompió con algo que fue casi un murmullo, casi un sollozo:

            -Todo fue un engaño…

            -¿Perdón?

            -Todo fue un engaño, desde el comienzo. Ustedes estaba tratando de engañarme para cogerme, y yo terminé engañándolos y cogiéndomelos a ustedes. Todo empezó como una mentira, por eso se vino abajo…

            -Dime una cosa, Angie… -le dijo Godo con mucha calma- ¿Por qué te portaste así esa noche, con lo de la yumbina? ¿Por qué nos seguiste el juego? ¿Por qué si querías a Rigo no sólo se lo dijiste? ¿Por qué tuvimos que pasar por todo esto?

            -No sé…

            -¿Por qué nunca te le acercaste a Rigo? ¿Por qué sólo pudiste hacerlo en el momento en que íbamos a tener una pinche orgía?

            -No lo sé…

            -¡¿Por qué?!

            -¡Porque ésa es la única forma en la que sé relacionarme con los chicos…! -Angélica se quebró al decir esta frase y se echó a llorar. No le importó que sus lamentos reverberaran en las bóvedas vacías del museo.

            -Ya, ya -dijo Godo desconcertado, sin saber si debía abrazarla o darle una palmada o qué-. No quise presionarte con eso.

            -¡Soy una puta! -dijo Angélica entre sollozos.

            -No, no es cierto. No lo eres. Sólo… no has sabido cómo tratar las cosas…

            Angélica seguía llorando, y entonces a Godo le pareció que lo mejor para ambos sería darle un abrazo, y así lo hizo. Angélica le devolvió el abrazo y, con la misma fuerza con que se apretó al pecho de Godo, ahogo un sollozo en su hombro.

            -No hiciste nada malo, sólo esconder lo que sentías -le dijo Godo mientras le daba unas palmaditas en su espalda-. Al principio, hasta nos divertimos, ¿recuerdas? Los tres la pasábamos bien, no había celos ni chiveos…

            Angélica apartó el rostro del hombro de Godo y se enjugó las lágrimas –Sí… Estuvo muy bien… Hasta que empezamos a regarla. Ojalá no hubieran pasado las cosas así.

            -No me arrepiento de lo que sucedió al principio, y creo que tú tampoco deberías. Más bien se trata de seguir adelante, de pasar a otra etapa, o algo así…

            -Sí, creo que tienes razón…

-Si consigo que Rigo acepte platicar contigo, ¿lo harías?

-Sí, claro…

-Bien, intentaré comunicarme con él y te aviso, ¿va?

-Va… -aceptó Angélica y, tras una pausa, dijo-, Por cierto, Godo, tú nunca sobraste… Es cierto que yo amo a Rigo, pero tú eres mi amigo… Si con Rigo estaba haciendo el amor, contigo estaba haciendo… la amistad -y apostilló su comentario con una sonrisa triste.

-Gracias -Godo estaba a punto de retirarse, cuando Angélica lo detuvo para preguntarle:

-Godofredo, dime algo, ¿en qué momento maduraste tanto?

            Godo sonrió, –Creo que en el instante mismo en que me enamoré.

Durante la semana que siguió, Rigo continuaba evitándolo y sin contestar sus llamadas, así que un buen día Godo resolvió escribirle un largo mensaje para enviarlo a su Inbox.

Rigo:

De verdad necesito hablar contigo. Hay muchas cosas que necesito explicarte. Cosas que debes saber. Después de que hablemos puedes no volver a verme si no quieres, que al cabo no falta mucho para el fin de año y cada quien jalará por su lado. Es más, si después de eso sigues molesto conmigo, puedes hasta caerme a madrazos. Pero por favor dame la oportunidad de aclarar las cosas. Después de todo el tiempo que fuimos amigos, es lo menos que merece nuestra amistad.

            

Rigo sólo respondió: “Ok, cuándo y dónde?”. Acordaron encontrarse en el parque una tarde. Cuando Godo llegó, encontró a Rigo de pie, tieso y tenso, con los puños apretados y el ceño fruncido. Godo comenzó a hablar, con pausas y cantinfleos al principio, poco a poco con cada vez mayor confianza y resolución; al principio no sabía por dónde empezar, pero luego le pareció que lo mejor sería hablarle de su relación con Emilio.

            -Momento -interrumpió Rigo-, ¡¿Me estás diciendo que eres gay?!

Godo, con las manos en los bolsillos, sólo se encogió de hombros y musitó: -Meh. Sólo sé que lo quiero, y que me gusta estar con él. Pero todo esto es muy complicado, más en esa pinche escuela…

Rigo observó en silencio a su amigo por un buen rato: -Órale… Estoy muy sacado de onda… Necesito asimilarlo…

-Ven -dijo Godo-. Vamos por un café al Oxxo y lo platicamos con más calma.

            Sentados en una mesa de la tienda, Godo le explicó a Rigo las razones que había tenido para comportarse de la forma estúpida en que lo había hecho, que Angélica a quien quería de verdad era Rigo y que, si de algo servía, la vez en que él había estado solo con ella, las cosas habían estado muy mal.  Rigo escuchó con atención y poco a poco fue recobrando la calma y el optimismo. Dentro de él, la esperanza de recuperar a Angélica era más fuerte que su voluntad de estar resentido.

            -Está bien -dijo Rigo al fin-. Creo que deberé hablar con ella.

            -Yo también pienso lo mismo -dijo Godo sonriente- Por eso le dije a Angélica que nos viera aquí… -Godo señaló a la puerta, en cuyo umbral estaba parada Angélica.

            Rigo se levantó de su asiento con un salto; no estaba preparado para eso. Angélica se acercó tímidamente a los chicos y cuando alcanzó la mesa, Godo le dio una palmada a Rigo y dijo:

            -Bueno, chicos, los dejo solos. Sé que tienen mucho de qué hablar.

Godo se levantó y se encaminó hacia la puerta; antes de salir del Oxxo se volteó y vio que Angélica había tomado asiento y que los comenzaban a charlar en calma. Godo salió del lugar con una sonrisa en el rostro.

Pasaron las semanas y Godo pudo apreciar desde la distancia cómo Rigoberto y Angélica fueron reconstruyendo su relación. También notó que ella y Claudia, después de unos meses de andar muy frías, fueron acercándose de nuevo y le dio gusto, como si otra vez las piezas estuvieran cayendo en su lugar. Una tarde, las dos parejas de enamorados salieron juntos para comer hamburguesas. Todo empezaba a encaminarse hacia un feliz desenlace.

-Estoy muy orgulloso de ti -le dijo Emilio en una ocasión-.Eres todo un superhéroe.

Pero en la prepa las cosas no pintaban color de rosa. Según Rigo le había advertido, ya corrían rumores sobre la homosexualidad de Godo, y algunos otros que aseguraban que su pareja era precisamente Emilio (otros sostenían que sus parejas podían ser Rigo, Rubén, Ádal, un chavito de secundaria, el profesor de música o hasta el mismo Santiago Mondragón).

Ese año escolar, el director de la prepa había decidido que sería muy buena idea imitar a las instituciones educativas del otro lado del Bravo y mandó a instalar casilleros en los salones de la escuela. Craso error, porque los alumnos solían tenerlos hechos un cochinero, y por lo general olvidaban sus llaves o las contraseñas de sus candados, y no faltaban los bromistas pesados que ponían candados desconocidos a los casilleros de algún incauto.

Mas nunca se había cometido un acto de vandalismo tan malicioso como cuando abrieron el casillero de Godo, regaron todos sus libros y cuadernos por el suelo y los cubrieron con pintura rosa, y con letras del mismo color escribieron “PUTO” una y otra vez por toda la superficie interior y exterior del casillero.

Godo fue a protestar ante el director, pero éste le dijo que no había forma de saber quién habría sido el culpable, y que de todos modos ya se iban a acabar las clases y que no valía la pena hacer mucho escándalo al respecto.

Esa misma tarde, cuando Godo se comunicó con Emilio, él le dijo que no podría verlo en toda la semana porque su familia lo tenía muy vigilado. Esto entristeció al buen chico, desde luego, pero por lo menos ahora tenía a Rigo para comunicarle sus penas. Después empezaron a llegarle mensajes amenazadores por correo electrónico y también a su teléfono, diciéndole que lo iban a matar, que le iban a cortar los huevos y que, si tanto le gustaba, que le iban a meter un tubo por el culo, “tal como le hicieron al maestrucho maricón en el Estado de México”.

Sobra decir que Godo estaba asustado. Una vez más Emilio se comunicó con él y le dijo que lo mejor era mantener el perfil bajo hasta después de la graduación; esa misma noche cumpliría la mayoría de edad y, con lo que tenía ahorrado de varias mesadas, se mudaría al departamento de una amiga suya, conseguiría algún empleo y entonces podrían iniciar una vida juntos sin que la familia Mondragón los estuviera fastidiando.

Llegó el penúltimo viernes de clases. Una semana más y entonces Godo y Emilio podrían olvidarse de todos los sinsabores de la vida adolescente. Con esto en mente, Godo salió muy contento de su salón cuando sonó el timbre que marcaba el fin del día escolar. Cerca de la reja de salida se topó con Claudia y Angélica que platicaban alegres; esto puso contento a Godo, quien no perdió la oportunidad de expresárselo y despedirse de ambas con sendos besos cariñosos.

El muchacho salió del terreno de la escuela y empezó a caminar a lo largo de la banqueta; venía contento, esperanzado y feliz. No escuchó el frenón detrás de sí y apenas se dio cuenta del empujón que lo mandó de bruces al suelo. Sintió la dureza del concreto en su cara y cómo enseguida se le abrió un pómulo; después, una fuerza brutal lo hizo volverse bocarriba y vio una mole salvaje recortada contra la luz del sol, que se apagó de pronto cuando un puño furioso cayó sobre su rostro; sintió el sabor de la sangre en su boca, perdió el aire y sintió ganas de vomitar cuando los golpes atacaron su abdomen, casi perdió el conocimiento cuando un puñetazo más le rompió la nariz.

A manera de banda sonora para todo este trance, Godo alcanzó a escuchar, como voces espectrales en la lejanía, a una mujer adulta que gritaba “¡Eso es, hijo! ¡Pégale a ese maricón; pártele su madre!”, y luego los gritos de Angélica y Claudia, como salidos de un sueño que medio suplicaban y medio exigían “¡Déjalo! ¡Déjalo, maldito bruto!”; los golpes cesaron y Godo pudo ver, a través de la sangre que le chorreaba sobre los ojos, a sus dos amigas que trataban de levantarlo. Entonces cayó inconsciente.

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Concluirá en el Capítulo V

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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4 respuestas a Yaoi, Capítulo IV

  1. Karina dijo:

    No pensé que fuera ha tener un giro tan inesperado la trama, la verdad es que uno oye de cosas parecidas por ahí pero nunca se pone a pensar que de verdad pasan y más cerca de lo que pensamos.

    Me ha gustado de principio a fin la actualidad del cuento y el romance, oh si, eso ha estado muy bien.

  2. Angel dijo:

    no me llama la atencion mucho el yaoi pero aun asi me esta gustando la historia, te felicito, los sentimientos que expresan los personajes son muy reales e intensos. me parecio muy tierno (Y) :3

  3. Maca dijo:

    Neta-wey que mal relato.

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